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Tras el triunfo del radical Arturo Illia en las elecciones de julio de 1963, se registró un acercamiento en los vínculos comerciales entre Buenos Aires y Moscú, facilitado ante todo por el hecho de que una de las primeras medidas del nuevo gobierno fue precisamente la de anular los contratos petroleros que Frondizi había firmado con empresas norteamericanas. Esta medida tuvo un eco positivo en la prensa soviética. El Izvestia, del 14 de noviembre de 1963 subrayó que los Estados Unidos “se han quemado con el petróleo”. Por su parte, el órgano del ejército soviético, el Krasnaia Zvezda, comentó su reacción positiva ante la anulación de los contratos petroleros en un sugestivo editorial titulado “Un golpe al imperio del dólar: Argentina rompe la cadena de los monopolios petroleros”. Asimismo, el partido Comunista argentino -que acompañó al justicialismo en la posición de “abstención” en las elecciones que consagraron a Illia como presidente- también respaldó la medida adoptada por la gestión radical en materia petrolera a través de una declaración de apoyo firmada por Victorio Codovilla. (1)  
    Por cierto, otro gesto del gobierno de Illia que generó una positiva repercusión en el partido Comunista argentino y en las autoridades del Kremlin y de La Habana fue la negativa a participar con tropas en la Fuerza Interamericana de Paz enviada a la República Dominicana y liderada por Estados Unidos. (2)  
    No obstante, la posición adoptada en la crisis dominicana -que por otra parte no estuvo exenta de ambigüedades y titubeos- no implicó necesariamente una actitud pro-soviética o pro-cubana por parte de la gestión radical. Muy por el contrario, la Cancillería argentina asumió una actitud de  condena respecto del apoyo de Cuba y la Unión Soviética a los movimientos subversivos de izquierda, posición que ambos gobiernos habían explicitado tanto en la Novena Conferencia Tricontinental de Solidaridad de los Pueblos de Asia, Africa y Latinoamérica -realizada en La Habana en enero de 1966- como en la creación de la Organización de Solidaridad Latinoamericana (OLAS), donde el régimen de Fidel Castro tuvo un papel protagónico. Dado el apoyo que Moscú y La Habana ofrecieron a los movimientos guerrilleros, tan irritante a los sectores anticomunistas internos, la diplomacia argentina intentó articular una posición de condena. Así, el 7 y 28 de febrero de ese mismo año, la Argentina se pronunció junto a otros 17 países latinoamericanos miembros de la ONU, (3) condenando las acciones de Cuba y la Unión Soviética en la Conferencia Tricontinental de La Habana como violatorias del principio de no intervención. De todos modos la posición del gobierno argentino fue menos enérgica de lo que esperaba el gobierno de Washington. (4)  
    La posición argentina de rechazo a la estrategia cubano-soviética de “exportación de la revolución” quedó claramente explicitada en una carta que el canciller Zavala Ortiz envió el 5 de marzo de 1966 al embajador soviético en Buenos Aires, en donde le decía que

(...) ningún Gobierno puede, sin contraer una responsabilidad, avalar por medio de mensajes los actos que sus ciudadanos realicen a título particular y que tiendan a perturbar la paz interior, la soberanía política o la independencia de otros países. (...) Vuestra Excelencia reitera que la política soviética “parte de los principios de igualdad de todos los Estados, grandes y pequeños; el respeto mutuo a sus soberanías e independencias; observa estrictamente el principio de no intervención en asuntos internos de otros Estados” y que “siempre ha rechazado y rechaza la así llamada exportación de la revolución”, pero también señala que la Unión Soviética “ha prestado y sigue prestando el apoyo necesario a los países y pueblos víctimas de la agresión por parte de las fuerzas imperialistas”. La interpretación que cabe dar a esas expresiones suscita justificada alarma. Ni el idealismo ni el alcance que se asigne a las propias conflicciones, disminuyen el carácter intervencionista de toda actitud que tienda a inmiscuirse directamente en la política interna de un país. (5)

Otro ejemplo del rechazo del Palacio San Martín al apoyo del Kremlin a la estrategia de “exportación revolucionaria” fueron las expresas instrucciones que la Cancillería argentina dio a su  embajador en Moscú, Lucio García del Solar, para que éste comunicara al canciller Andrei Gromyko la preocupación con que el gobierno argentino veía el apoyo de la Unión Soviética a los movimientos subversivos en América Latina. En dichas instrucciones, se exhortaba a las autoridades soviéticas a que dieran cumplimiento a la Resolución 2131 de las Naciones Unidas sobre no intervención. (6)  
   
Junto al respaldo de Moscú a la estrategia de “exportación revolucionaria” adoptada por La Habana en América latina, otra cuestión que generó roces en la relación bilateral fue el viaje y-sobre todo- las declaraciones de apoyo a Estados Unidos efectuadas por el canciller Zavala Ortiz respecto de la guerra de Vietnam, que generaron expresiones de condena en el importante diario soviético Pravda. (7) Un tercer tema conflictivo en la agenda no fue de carácter político-ideológico sino económico: las incursiones de pesqueros soviéticos en el Atlántico Sur en abril de 1966 que generaron preocupación en la armada argentina. (8)
 
    A pesar del que el respaldo soviético a la estrategia de “exportación revolucionaria” y las incursiones de pesqueros soviéticos en el Atlántico Sur fueron elementos perturbadores de la relación entre Buenos Aires y Moscú, no constituyeron para el gobierno de Illia factores lo suficientemente poderosos como para impedir un acercamiento pragmático hacia la Unión Soviética en términos comerciales, dada la necesidad de los productores agropecuarios argentinos de encontrar mercados de colocación alternativos a los de Europa Occidental, cuyos países estaban embarcados en una política de subsidios agrícolas que entorpecía las exportaciones provenientes de Buenos Aires. Por el lado de las autoridades soviéticas, la percepción era similar: las episódicas condenas de la delegación argentina a la injerencia castro-soviética en diversas partes del mundo no podían ser un obstáculo para impedir el incremento de las relaciones económicas con un país como la Argentina, que constituía un mercado interesante para la maquinaria soviética; una plaza atractiva donde los inversores de Moscú podían eventualmente ocupar el lugar vacío de las ex empresas contratistas de petróleo norteamericanas, y un área del mundo que además contaba con una tentadora riqueza pesquera en su plataforma marítima. 
   
Sin lugar a dudas, esta mutua necesidad de acercamiento económico-comercial fue el aspecto más positivo de la agenda bilateral. Un claro testimonio del interés soviético por fortalecer el intercambio con la Argentina fue el contenido de la nota de felicitación enviada por el presidente del Consejo de Ministros de la URSS, Nikita Kruschev, al presidente Illia, a principios de noviembre de 1963, en la que el mandatario soviético subrayaba su esperanza de que

(...) entre la Unión Soviética y la República se desarrollarán relaciones amistosas, de recíproco entendimiento y de cooperación económica, basadas en los principios de respeto mutuo de la soberanía y de la no intervención en los asuntos internos de uno y de otro, en beneficio de nuestros pueblos y los intereses de la paz en todo el mundo (...). (9)

Por cierto, el interés de Kruschev en incrementar las relaciones comerciales con la Argentina era plenamente compartido por el gobierno de Illia, como lo demuestra el contenido de una carta que el presidente Illia le envió al primer ministro soviético Alexei Kosiguin por intermedio del embajador argentino en Moscú, Alejandro Lastra, en febrero de 1964. En dicha misiva, Illia transmitió a las autoridades del Kremlin su deseo personal de lograr “un amplio tratado que significase para la Argentina una ayuda sustancial para su industria que estimaba no había alcanzado el desarrollo que le correspondía.” (10) 
    En síntesis, el acercamiento económico con la Unión Soviética que intentó la gestión de Illia -y que Kruschev intentó con las autoridades argentinas- estuvo basado en dos elementos muy concretos, exentos de toda carga ideológica: la importancia del know-how soviético -por ejemplo para la construcción de obras hidroeléctricas como la del Paraná Medio- y la relevancia de la URSS como mercado comprador de granos argentinos. Respecto del primer elemento, el entonces titular de YPF, Facundo Suárez, sostuvo:

Recorrí las obras hidroeléctricas de la URSS y llegué a la conclusión de que este uso integral en el sistema soviético era formidable. Yo creí que teníamos que avanzar con Paraná Medio porque podíamos conseguir la financiación y terminar esa obra que generaría energía muy rápidamente. No estábamos condicionados a lo que decidiera Paraguay, como ocurrió con Yacyretá, donde siempre se negó participación a los países del Este. Yo siempre pensé que en la Cuenca del Plata podríamos haber tenido un respaldo muy grande de los soviéticos. (11)

Respecto del segundo elemento rector de las relaciones con la URSS -la importancia del mercado soviético como comprador de los granos argentinos-, el ministro de Economía Eugenio Blanco explicó la posición de su gobierno en estos términos:

(...) Nosotros con la Unión Soviética vamos a comerciar activamente, ya que tenemos relaciones diplomáticas, y esto se determina en la política exterior argentina que tiene su tradición histórica; no la pusimos nosotros, pero la vamos a mantener. (...) frente a un país que no nos compra y un país que nos compra, los dados están para el país que nos compra. De manera que si los EE.UU nos abren las exportaciones para las materias primas argentinas y productos industriales como los textiles, o para productos terminados de distintas actividades, nuestras relaciones serán muy maduras. Pero si nosotros no tenemos más compradores que la Unión Soviética, nuestras relaciones con ellos serán cada día mejores.(...) (12)

Como resultados concretos de estos contactos diplomáticos, en diciembre de 1964 se firmó en Buenos Aires un tratado relativo al intercambio de 400 m3 de nafta soviética por productos argentinos, tales como lana, cueros, aceite de semilla de lino y tung; a fines de abril de 1965, un acuerdo, en régimen de trueque, de 1.000.000 de toneladas de trigo argentino por 750.000 toneladas de gas oil soviético; (13) y a principios de septiembre de 1965, un contrato con las empresas Machinexport y Autoexport de 2.000.000 de dólares, para el suministro de 35 camiones, 15 grúas y material de repuesto para las bombas de extracción de petróleo. (14)
   
Además, las autoridades argentinas activaron negociaciones para la firma de un convenio comercial más amplio que reemplazara el de 1953, anulado en 1962 por la gestión de Guido. De acuerdo con Rapoport, estas gestiones no tuvieron buen eco en los sectores empresariales tradicionales, representados en la Unión Industrial Argentina (UIA), pero, en cambio, despertaron entusiasmo en la Confederación General Económica (CGE), entidad que agrupaba a los pequeños y medianos empresarios, en la que sobresalió la figura de José Ber Gelbard, quien durante la etapa peronista de la década de los ’70 sería el gestor de los acuerdos con la Unión Soviética y países de Europa del Este. Por su parte, y a diferencia de la tajante distinción efectuada por Rapoport, Gilbert aclara que el acercamiento comercial con la URSS no sólo interesó a Gelbard y a la CGE, sino a todos los sectores empresariales vinculados al sector cerealero, incluso a empresas representadas en la UIA, como Del Plata, Bunge y Born, y a los bancos ligados a este sector, que podían extraer jugosos dividendos en el intercambio con Moscú. En realidad, las grandes empresas que se opusieron a la política de “pragmatismo y acercamiento comercial” con la URSS impulsada por la gestión de Illia fueron aquéllas que no tenían nada que venderle al mercado soviético. (15)  
    De acuerdo con los datos aportados por Vacs, estos esfuerzos del gobierno argentino tuvieron su correlato en el crecimiento del volumen del intercambio comercial durante los años 1964, 1965 y 1966 y en la mayor diversificación de los rubros que se comerciaron en dicho período. (16) 
    Por cierto, este acercamiento comercial con Moscú generó roces entre el gobierno y los sectores anticomunistas internos. También los partidos de la oposición atacaron los acuerdos comerciales con la URSS, señalando dificultades tales como la falta de capacidad de almacenamiento en los puertos argentinos para recibir a los buques petroleros de bandera soviética con cargas de gasoil. Asimismo, se criticaron los términos de los contratos de compra de gas a la URSS y de venta de trigo al mercado soviético. Según un pedido de informes presentado el 20 de abril de 1965 por el senador de la UCRI (Tucumán) Celestino Gelsi, el precio pagado por Moscú era inferior al del mercado mundial; la Argentina no necesitaba el gas soviético, y, en caso de incumplimiento de dichos convenios, el compromiso del gobierno argentino de indemnización a los petroleros rusos inmovilizados en los puertos argentinos era oneroso. (17)  
    No obstante las dificultades técnicas -vinculadas con la falta de infraestructura adecuada en los puertos argentinos- y políticas del acercamiento comercial con la URSS, cabe recordar que el último decreto firmado por el canciller Zavala Ortiz antes de que el gobierno de Illia fuera derrocado por los militares, fue precisamente uno referente al envío de una misión argentina a la Unión Soviética. (18)

  1. Ver al respecto los trabajos de M. Rapoport, op. cit., p. 368, e Isidoro Gilbert, El oro de Moscú. La historia secreta de las relaciones argentino-soviéticas, Buenos Aires, Planeta, 1994, p. 214.

  2. Aldo Vacs, Los socios discretos. El nuevo carácter de las relaciones internacionales entre la Argentina y la Unión Soviética, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1984, p. 34.

  3. Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Haití, Honduras, Nicaragua, Panamá, Perú, Paraguay, Uruguay y Venezuela.

  4. “Acusan a Cuba y Rusia 18 países del continente. Señalan que violaron los compromisos de no intervención”, La Nación, 1º de marzo de 1966, pp. 1 y 2. Acerca de la posición argentina de crítica a la estrategia de la URSS y Cuba de “exportación revolucionaria”ver los trabajos de A. Vacs, op. cit., p. 34, y A.E. Castello, op. cit., pp. 283-284.

  5. Ver texto de la carta del canciller Zavala Ortiz al embajador soviético en Buenos Aires, 5 de marzo de 1966, citado en A.E. Castello, op. cit., p. 284. 

  6. L. García del Solar, op. cit., p. 199.

  7. “Política exterior. Vuelco argentino en el caso Vietnam...”, op. cit.

  8. P. Sánchez, op. cit., p. 145. Ver también editoriales “Buques soviéticos incursionaron en aguas argentinas. Fueron avistados alrededor de la isla de los Estados por nuestra Armada catorce unidades balleneras”, La Nación, 20 de abril de 1966, pp. 1 y 20; “Informó la Marina a la Cancillería sobre naves rusas. Se hace constar la acción de la armada nacional ante la violación de nuestras aguas jurisdiccionales”, La Nación, 21 de abril de 1966, p. 1; e “Ininterrumpida actividad de las naves soviéticas”, La Nación, 22 de abril de 1966, pp. 1 y 5.

  9. “Envió una nota al doctor Illia el Sr. Khruschev”, La Nación, 9 de noviembre de 1963, p. 4.

  10. M. Rapoport, op. cit., p. 368.

  11. Entrevista de Isidoro Gilbert a Facundo Suárez, 13 de agosto de 1992, citada en I. Gilbert, op. cit., pp. 217-218. 

  12. Declaraciones del ministro de Economía Eugenio Blanco, citadas por el entonces titular de YPF, Facundo Suárez, en entrevista de Gilbert a Suárez, 13 de agosto de 1992, cit. en I. Gilbert, op. cit., p. 218.

  13. M. Rapoport, op. cit., pp. 368-370. Sobre este tema ver también “El convenio de trigo con la URSS”, La Nación, 29 de abril de 1965, p. 1 y “La operación con Rusia sobre trigo”, La Nación, 4 de mayo de 1965, p. 1.

  14. En realidad, el monto de este crédito otorgado por las empresas soviéticas provenía de un préstamo anterior concedido por la URSS a la industria petrolera argentina. Dicho crédito era reembolsable a cinco años y con un interés del 4 %. “Material soviético para la Argentina”, La Nación, 9 de septiembre de 1965, p. 2. 

  15. M. Rapoport, op. cit., pp. 371-372, e I. Gilbert, op. cit., p. 218.

  16. A. Vacs, op. cit., pp. 34-35.

  17. Pedido de informes al Ejecutivo - Proyecto de resolución del senador Gelsi, Cámara de Senadores de la Nación, Reunión 50º, Abril 20 de 1966, cit. en Congreso Nacional, Diario de sesiones de la Cámara de Senadores año 1965, Tomo IV: Sesiones extraordinarias (del 3 de noviembre de 1965 al 28 de abril de 1966), Buenos Aires, Imprenta del Disuelto Congreso de la Nación, 1968, p. 3176.

  18. A.E. Castello, op. cit., p. 286.

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