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Es un lugar bastante común evaluar la presidencia de Illia y percibir una serie de elementos en común con la experiencia de su antecesor radical, Frondizi: la común procedencia del tronco radical, su común discurso cepalino-desarrollista, la débil base de sustento electoral que sufrieron ambos candidatos, su igualmente conflictiva relación con los factores de poder -empresarios, sindicatos y Fuerzas Armadas-, y por último su ambigua posición respecto de Cuba y de la Unión Soviética, que alarmaba a los militares y otros sectores anticomunistas de la sociedad argentina.
   
No obstante, un análisis relativamente cuidadoso que intente comparar los períodos de gobierno de Arturo Frondizi (1958-1962) y de Arturo Illia (1963-1966) revela que muchos de los elementos de continuidad anteriormente nombrados lo son sólo en apariencia. El análisis comparado de las dos experiencias radicales revela, por un lado, elementos de aparente continuidad que ocultan mal indicios de ruptura y, por otro, elementos de abierta ruptura en las políticas internas y exteriores de las dos experiencias radicales. Tanto unos como otros pueden explicarse por el esfuerzo de Illia por diferenciarse de la experiencia frondizista en varios temas relevantes de la agenda que tenían una enorme carga ideológica en ese momento, como el petróleo y las relaciones militares con Estados Unidos.  
    Los elementos de aparente continuidad -o de ruptura encubierta- más relevantes de ambas experiencias radicales son los siguientes: 
    En primer lugar, ambas gestiones tomaron del enfoque desarrollista la vinculación entre democracia y desarrollo socio-económico, como clave del fortalecimiento democrático y factor que impediría la penetración del modelo castro-comunista en la sociedad argentina. Fuertemente influidas por el pensamiento cepalino-desarrollista, las administraciones de Frondizi e Illia intentaron llevar a la práctica planes de desarrollo basados en el modelo de industrialización por sustitución de importaciones y expansión del mercado interno. Ambos gobiernos dieron prioridad a sectores tales como el petroquímico, la industria automotriz y la papelera. No obstante, esta similitud es sólo aparente pues ambos gobiernos adoptaron recetas económicas diametralmente distintas: Frondizi buscó atraer el capital extranjero como motor de la expansión económica, que posibilitaría lo que Frigerio denominaba “nacionalismo de fines”. En cambio, la gestión de Illia, con una impronta menos desarrollista y más orientada hacia el nacionalismo tradicional de cuño yrigoyenista, intentó poner en marcha un plan quinquenal en donde el capital extranjero cumplía un papel limitado. (1) 
   
En segundo término, los dos gobiernos tuvieron en política interna un restringido margen de legitimidad. Sin embargo, y como sostiene Wynia, hubo una importante diferencia en la naturaleza de las victorias electorales de Frondizi y de Illia. En el primer caso, si se incluyen los votos peronistas -que el propio Frondizi se encargó de espantar tras su giro estabilizador en política económica-, Frondizi sí logró una mayoría: el 52 % del voto popular. En cambio, Illia obtuvo de entrada sólo el respaldo de la cuarta parte del electorado, y su política económica, enmarcada en una estrategia desarrollista-populista, no logró cambiar la situación -que muy por el contrario tendió a agravarse con el ejercicio de gobierno-. También se registraron importantes diferencias en el impacto que la victoria electoral de ambos tuvo en la relación Ejecutivo-partido oficial-Congreso. La oposición de Frondizi en el Parlamento residió fundamentalmente en la UCRP, que controlaba un tercio de los escaños. En cambio, Illia se enfrentó a una vigorosa oposición en el Congreso, constituida por nueve partidos diferentes, que controlaron casi dos tercios de las bancas. (2) 
   
En tercer lugar, el examen de la composición del partido gobernante durante las gestiones de Frondizi e Illia parecería revelar una idéntica heterogeneidad. Sin embargo, la heterogeneidad del oficialismo durante el gobierno de Frondizi fue menos compleja que la del caso de la gestión de Illia. Durante el gobierno de Frondizi, la principal divisoria de aguas que se registraba dentro del oficialismo era la división entre frigerismo y partido radical intransigente. El frigerismo estaba compuesto por la eminencia gris y mentor ideológico del gobierno de Frondizi, Rogelio Frigerio, y sus colaboradores, que provenían de sectores ideológicamente muy diversos, desde el comunismo hasta el nacionalismo de derecha. Aunque tuvieron un papel protagónico en la política interna y exterior del gobierno de Frondizi, los frigeristas no pertenecían al partido entonces gobernante, la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI), factor que provocó no pocos roces entre el gobierno y el partido. (3) En el caso de Illia, la constitución del gabinete de gobierno fue producto del deseo del jefe natural del partido, Ricardo Balbín, por equilibrar las distintas corrientes dentro del radicalismo (con excepción, claro, de la UCRI): balbinismo, unionismo, larraldismo y sabattismo o línea cordobesa, a la que pertenecía Illia. Esta heterogeneidad, aparentemente producto de la sabiduría política de Balbín, fue un factor que incidió negativamente en la cohesión o en el ritmo del proceso de toma de decisiones tanto en política interna como exterior. Las frecuentes idas y venidas, las dudas y las vacilaciones del gobierno a la hora de tomar decisiones claves, le valieron al presidente Illia la oprobiosa comparación con la lentitud de una “tortuga”. 
   
Un cuarto elemento de aparente similitud durante las experiencias de Frondizi e Illia fue la posición adoptada en el caso de Cuba. Los cancilleres de ambos gobiernos se opusieron a los intentos de “exportación revolucionaria” del castrismo. En ambos casos, se registró una oposición al aislamiento de Cuba como el instrumento más eficaz para enfrentar la “exportación” del modelo castrista en la región. Tanto en el caso de la reunión de la OEA en Punta del Este en enero de 1962, como en la de Washington en julio de 1964, las respectivas delegaciones argentinas se opusieron a las opciones extremas: partidarios de sanciones versus no intervencionistas. En el primer caso, el canciller Miguel Angel Cárcano se abstuvo de expulsar a Cuba del sistema interamericano; en el segundo caso, si bien el canciller Miguel Angel Zavala Ortiz votó con la mayoría de los miembros de la OEA la resolución que aconsejaba la ruptura de relaciones diplomáticas y comerciales con la isla, se opuso a una acción armada inmediata, y optó por advertir que dicha acción podría tomarse a futuro, si el régimen castrista persistía en su actitud de promover agresiones revolucionarias contra cualquier estado miembro de la organización.
   
No obstante, la existencia de actitudes similares en el caso de Cuba no oculta la existencia de importantes diferencias. En el gobierno de Frondizi, existió un énfasis mayor que en el de Illia en la necesidad del desarrollo socio-económico vía la Alianza para el Progreso como antídoto para la multiplicación en la región de casos como el cubano. Por su parte, la actitud del canciller de Illia, Miguel Zavala Ortiz, en la reunión de la OEA de julio de 1964, fue la de “flexibilizar” el principio de no intervención que tan enfáticamente defendiera el canciller de Frondizi, Miguel Angel Cárcano, para justificar su postura de abstención. Pero, no obstante estas diferencias, las posiciones adoptadas por los cancilleres Cárcano y Zavala Ortiz en la OEA respecto de Cuba generaron idéntica hostilidad en los militares y los sectores anticomunistas de la sociedad argentina. 
    Un quinto elemento de aparente continuidad entre las políticas exteriores de ambas administraciones radicales fue el enfoque pragmático en las relaciones con la Unión Soviética y los países de la órbita comunista. Si bien en ambos casos este acercamiento hacia el Este respondió claramente a móviles más económicos que ideológicos, y en ambos casos generó reacciones hostiles en los sectores anticomunistas y en los militares, vale también destacar importantes diferencias. Como comenta Rapoport, para Frondizi, la Cancillería y el equipo de Frigerio, el acercamiento económico con la URSS estaba inscripto dentro de la creencia personal de Frigerio de que la “coexistencia pacífica” entre las superpotencias era una realidad cercana. Además, era un elemento que permitía mantener conforme al ala izquierda del núcleo gobernante, desilusionada por el acercamiento a los Estados Unidos. (4) En el esquema de Illia, el acercamiento económico con la URSS y Europa del Este tenía que ver más bien con el perfil “universalista” de la Cancillería argentina y con la percepción de los sectores “desarrollistas” del gobierno de que Moscú podía ser un buen proveedor de máquinas y otros bienes de capital para los emprendimientos hidroeléctricos y, a la vez, un buen mercado para los productos primarios argentinos. Illia, a diferencia de Frondizi o Frigerio, al acercarse a Moscú, no tuvo objetivos políticos: no buscó contentar al ala izquierda de su partido y, muy por el contrario, condenó la estrategia de “exportación revolucionaria” respaldada por Moscú como contraria al tradicional principio de no intervención tan defendido por la tradición del radicalismo. Ahora bien, un elemento que sí es común a ambos casos es el similar interés de los sectores exportadores, en ambos gobiernos, por colocar sus productos en el mercado soviético.
   
Por otra parte, existieron también ejemplos de la agenda de política interna y exterior donde la necesidad de diferenciación partidaria condicionó al gobierno de Illia a producir claras rupturas respecto de la gestión de su antecesor Frondizi. Entre los muchos ejemplos de éstas, cabe destacar la anulación de los contratos petroleros, la no renovación del acuerdo de garantía de inversiones, la firma de un convenio militar con los Estados Unidos y la anulación de los “Pactos del Setenta” con Chile.

  1. Para un análisis detallado de las políticas económicas de los gobiernos de Frondizi e Illia ver G. W. Wynia, op. cit., especialmente pp. 167-174 y 179-185; D. Rock, Argentina 1516-1987..., op. cit., especialmente pp.418-428; M.L. San Martino de Dromi, op. cit., especialmente pp. 284-286; Juan V. Sourrouille, Bernardo Kosacoff y Jorge Lucangeli, Transnacionalización y política económica en la Argentina, Buenos Aires, Centro Editor de América latina / Centro de Economía Transnacional, 1985, pp. 24-29, y R.D. Mallon y J.V. Sourrouille, op. cit., pp. 30-37 y 77-80. 

  2. G.W. Wynia, op. cit., p. 167.

  3. M. Rapoport, op. cit., pp. 351-352.

  4. Ibid., pp. 350 y 353. 

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