Las relaciones con la Unión Soviética
El
gobierno de Onganía mantuvo con la Unión Soviética relaciones aparentemente
conflictivas. El presidente nunca concedió audiencia al embajador Iouri Y.
Volski, y en pocas oportunidades los diplomáticos soviéticos consiguieron
entrevistarse con el canciller Costa Méndez. En algunas de sus notas, el
embajador transmitió a su gobierno la preocupación por una posible ruptura de
relaciones, especialmente luego de la intervención soviética en Checoslovaquia
en agosto de 1968. (1)
No
obstante, y a pesar de que el anticomunismo de los sectores nacionalistas
presionara al gobierno de Onganía a adoptar una posición muy intransigente
respecto de la Unión Soviética, dicho gobierno guió su acción por una posición
más bien pragmática. Uno de los temas más ríspidos de la agenda bilateral
fue el tema de la pesca por parte de buques soviéticos en aguas argentinas.
Este inconveniente motivó en gran medida la sanción de la ley 17094 en enero
de 1967, que ampliaba la
soberanía marítima argentina a 200 millas de la costa. Esta decisión
tuvo un indudable impacto en las relaciones con Moscú, siendo uno de los temas
tratados por la Cancillería argentina con el embajador Volski. Pero más allá
del hecho de que algunos sectores nacionalistas dentro y fuera del gobierno (2)
presentaran las detenciones de pesqueros soviéticos en el Atlántico Sur por
parte de oficiales de la Armada argentina como una “cruzada” contra el
Soviet, (3) lo cierto fue que dichas detenciones fueron causadas por razones de
índole económica y no ideológica: el uso de explosivos por parte de las
flotillas soviéticas provocaba la reducción de especies normalmente abundantes
en el Atlántico Sur (como la corvina y la pescadilla) o la desviación de los
cardúmenes hacia otras áreas para realizar las actividades de desove, lo cual
atentaba contra la riqueza ictícola argentina. (4)
Otro
conflicto diplomático entre los gobiernos de Buenos Aires y Moscú tuvo lugar
en julio de 1967, provocado por la presencia de 15 misteriosos bultos en el
buque soviético Michiurinsk, que sus tripulantes pretendían descargar
en el puerto de Buenos Aires sin permitir la revisión de los oficiales de la
aduana argentina. Como el gobierno argentino se opuso a la realización de la
operación, se sucedieron notas de protesta de las cancillerías de ambos países
hasta que, finalmente, el 28 de julio, una nota soviética sostuvo que los
bultos eran “valija diplomática”, pero aclaró que las autoridades de Moscú
ya no pensaban introducirlos en territorio argentino. (5)
A
su vez, la invasión soviética a Checoslovaquia en agosto de 1968 provocó
incidentes que involucraron a la embajada soviética en la Argentina. Esta fue
atacada por manifestantes que contaban con protección policial y que arrojaron
piedras y botellas. Poco después un explosivo destruyó parte de la oficina del
agregado militar. El propio embajador Volski sufriría luego un ataque de parte
del Movimiento Nacional Argentino Organizado (MANO), organización de extrema
derecha compuesta por policías que actuaban cuando estaban fuera de servicio.
Los atentados de MANO se hicieron extensivos también a estudiantes o militantes
sindicales de tendencia izquierdista. (6)
Se
registraron además expresiones de repudio a la invasión a Checoslovaquia
provenientes de agrupaciones de diversa índole: el Consejo Eslovaco de Liberación,
la Asociación Católica Eslovaca, la delegación argentina de las Naciones
Cautivas Europeas, la Asociación de Jóvenes Argentinos Amigos de la Asamblea
de las Naciones Cautivas, los 32 Gremios Democráticos, la Agrupación Unidad Gráfica
(de los trabajadores de imprenta), el Comité Ejecutivo Nacional del ex partido
Socialista Democrático, el Comité Argentino de Juventud -miembro de la Comisión
Nacional Argentina para la UNESCO-, el Centro Anticomunista Democrático
Argentino y la Federación de Sindicatos Unidos Petroleros del Estado (SUPE). No
obstante estas demostraciones, el Partido Comunista argentino aprobó la invasión
soviética como medio de “salvaguardar el régimen socialista amenazado por la
contrarrevolución burguesa, la libertad e independencia nacional amenazadas por
el pacto de la OTAN y el revanchismo germano-occidental y, por consiguiente,
para salvaguardar la paz mundial”. (7)
Por
cierto, la intervención soviética en Checoslovaquia permitió al canciller
Costa Méndez sostener su posición de un occidentalismo heterodoxo. En
una entrevista con un periodista de La Nación en Nueva York
efectuada el 12 de octubre de 1968, el ministro aprovechó la ocasión para
criticar tanto el intervencionismo soviético como el norteamericano:
(...) Nosotros nunca hemos interpretado el sistema americano, por lo menos la Argentina nunca lo ha aceptado ni lo aceptará, como una renuncia a las soberanías individuales. El principio de no intervención es esencial. Y por no intervención entendemos la no intervención dentro de los países y no dentro de los bloques o agrupaciones. El principio de no intervención significa, por ejemplo, que Checoslovaquia tiene derecho no solamente a que Estados Unidos o cualquiera otra nación respeten su soberanía sino a que la respete también la Unión Soviética (...). (8)
Por
otra parte, cabe mencionar que a fines de marzo de 1970 MANO incluyó entre sus
víctimas al ingeniero Iouri Pivovarov, subjefe de la representación comercial
de la URSS, quien fue herido en un frustrado intento de secuestro. A fin de
calmar a las autoridades soviéticas, el gobierno argentino envió una nota
lamentando el hecho y prometiendo investigar lo ocurrido. Finalmente, fue
detenido el inspector de policía Carlos Benigno Balbuena bajo el cargo de
tentativa de secuestro de Pivovarov, aunque por decreto 2489 del 2 de mayo de
1972, ya durante la gestión del general Alejandro Lanusse, se lo indultó junto
con los otros dos autores del frustrado hecho: Luis Alberto Germinal Borrel y
Guillermo Hernán Johnson. (9)
Pero,
no obstante el sesgo anticomunista que perturbó los vínculos entre Buenos
Aires y Moscú, a fines de 1969 Onganía efectuó una declaración al periodismo
que constituyó un guiño dirigido a los nacionalistas “desarrollistas”. En
esa ocasión, el presidente adoptó un discurso cargado de pragmatismo y
bastante alejado de las supuestas “barreras ideológicas” con las que suele
caracterizarse la política exterior del período:
(...)
La República Argentina está decidida a mantener relaciones comerciales con
todos los países del mundo, tanto del Este como del Oeste de Europa. Es propósito
del gobierno argentino, como lo hemos dicho en otras oportunidades, promover
estas relaciones internacionales con todos los países donde existan
posibilidades mutuamente convenientes(...). (10)
Esta
posición tenía un temprano antecedente en el hecho de que la Cancillería
argentina informara a Moscú el 27 de enero de 1967 que el nuevo equipo económico
estudiaba el tema de un convenio comercial con la Unión Soviética, y anunciara
al mes siguiente una misión comercial encabezada por el embajador Juan
Benedicto Martín. En mayo de 1968, fue el mismo presidente Onganía quien
encargó al Ministerio de Economía la creación de un grupo de trabajo para
evaluar la compra de productos soviéticos como paso previo a una estrategia de
estímulo a las exportaciones argentinas hacia la URSS.
Si
bien la posibilidad de cerrar un convenio comercial con la URSS durante la
presidencia de Onganía debió ser postergada en virtud de la resistencia de los
sectores más conservadores dentro del nacionalismo a establecer vínculos con
una nación comunista, la sola existencia de esta alternativa de acercamiento
pragmático con el Kremlin demuestra que la caracterización de la política
exterior de Onganía como monopolíticamente anti-soviética es un supuesto que
debe ser revisado. (11)
A
pesar de la persistencia de dificultades motivadas por las incursiones de
pesqueros soviéticos en mar territorial argentino, que provocaban periódicas
protestas de la Cancillería argentina, durante el gobierno de Levingston se
concretó la apertura hacia la Unión soviética con el envío de dos misiones
importantes para el
intercambio bilateral: una misión comercial argentina encabezada por el
banquero Hernán Ayerza en septiembre de 1970, que dejó preparado el terreno
para la firma de un nuevo acuerdo comercial, y la liderada por el científico
Mariano Castex en octubre del mismo año. (12)
Así,
la línea pragmática esbozada por los dos primeros gobiernos de la Revolución
Argentina alcanzó sus frutos durante la gestión de Lanusse. La misión del
subsecretario Antonio Estany-Gendre a Moscú logró la firma de un convenio
comercial con la Unión Soviética en junio de 1971, que reemplazó al anulado
en 1962. De acuerdo con Archibaldo Lanús y Aldo Vacs, la firma de este convenio
comercial tuvo una “significación política” en las relaciones con Moscú,
por cuanto venía a confirmar el reemplazo de las “barreras ideológicas” de
Onganía por el “pluralismo ideológico” de Lanusse. Isidoro Gilbert
sostiene que a partir de Lanusse se aflojaron las tensiones diplomáticas con la
Unión Soviética que habían caracterizado al período del onganiato. Las
declaraciones de Lanusse en favor de practicar una política exterior
independiente, la discreción para solucionar los problemas referentes a la
pesca de barcos soviéticos en aguas territoriales argentinas y el peso de los
grandes negocios de esa época, conducidos por el titular de la Confederación
General Económica, José Ber Gelbard, fueron elementos que tuvieron un
favorable efecto en los vínculos diplomáticos con Moscú. Sin embargo, como
sostiene Mario Rapoport, no queda clara cuál es la “significación política”
concreta que Lanús, Vacs y Gilbert atribuyen al envío de la misión
Estany-Gendre a Moscú y la firma del convenio comercial de 1971. La “cláusula
de nación más favorecida” que la Argentina otorgó a la URSS le permitía
ventajas económicas: no pagar con divisas. Pero no queda claro su vinculación
con las relaciones diplomáticas. Además, dicha misión y la firma del convenio
comercial fueron
iniciativas que tuvieron su precedente en los abortados intentos de
enviar una misión comercial a Moscú durante la presidencia de Onganía y las
misiones comercial y técnica, encabezadas por el banquero Ayerza y el científico
Mariano Castex, en septiembre y octubre de 1970, durante la gestión de
Levingston. Por otra parte, como lo reconoce el propio Gilbert, el convenio
comercial con la URSS no tuvo consecuencias inmediatas, e incluso el intercambio
comercial en 1972 decayó respecto de años anteriores. Además, las incursiones
rusas en aguas argentinas -en realidad el problema diplomático más importante
en tiempos de Onganía- continuó en tiempos de Lanusse. Por más que Gilbert
mencione una mayor discreción para resolver estos incidentes, no queda claro en
qué medida el convenio comercial de 1971 tuvo implicancias benéficas en las
relaciones político-diplomáticas. Quizás el impacto político más importante
de la firma del acuerdo comercial fuera el hecho de que coincidiera con la
celebración de los 25 años de las relaciones diplomáticas entre los dos países
y que en que en el acto de la firma estuviera presente el canciller Andrei
Gromyko. (13)
NOTAS
Isidoro
Gilbert, El oro de Moscú. La historia secreta de las relaciones
argentino-soviéticas, Buenos Aires, Planeta, 1994, p. 226.
Tal
el caso de la entidad nacionalista Agrupación Democrática Argentina, que
expidió un comunicado el 1º de diciembre de 1966:
Ante
la grave denuncia formulada por patrones de barcos que recorren la zona
marplatense, la Agrupación Democrática Argentina reitera la advertencia
que hizo llegar oportunamente cuando unos pesqueros de origen ruso surcaban
el Río de la Plata. Agregábamos, entonces un llamado a la Cancillería
para que tomara los recaudos del caso ante la gravedad de los hechos y
recurriera, por vía diplomática, a la embajada de la Unión Soviética
para poner fin a la violación de la soberanía argentina (...)
Debe,
por lo tanto, el gobierno de la Revolución Argentina, proceder con sentido
patriótico haciendo la reclamación diplomática al gobierno comunista de
Moscú, tomando represalias si la situación lo requiere.
Comunicado de la entidad Agrupación Democrática Argentina, citado en “La necesidad de fijar límites para la pesca. Posibilidad de una inminente decisión”, La Nación, 2 de diciembre de 1966, pp. 1 y 20.
I. Gilbert, op. cit., p. 221.
“Síntomas graves de la acción de pesqueros rusos”, La Nación, 3 de diciembre de 1966, p. 4.
“El país. Gobierno: ¡Ahí vienen los rusos!”, Primera Plana, Año V, Nº 240, Buenos Aires, 1º al 7 de agosto de 1967, p. 12. También I. Gilbert, op. cit., pp. 221-222.
I. Gilbert, op. cit., p. 226, y D. Rock, Argentina 1516-1987..., op. cit., p. 438.
Clarín, 23 de agosto de 1968, p. 24, y 25 de agosto de 1968, p. 20.
“Refirióse Costa Méndez a la intervención soviética”, por Santiago Ferrari, La Nación, 13 de octubre de 1968, p. 2.
Clarín, 30 de marzo de 1970, p. 23; 31 de marzo de 1970, pp. 26, 27 y 31. Asimismo, La Nación, 30 de marzo de 1970, pp. 1 y 10, y 31 de marzo de 1970, pp. 1 y 14. Ver también editorial “El caso de los secuestradores de Pivovarov. La justicia no aconsejó el indulto y el Ejecutivo lo aplicó sin dar los motivos”, por Rodolfo H. Terragno, en La Opinión, 21 de junio de 1972, p. 18. También G. Bra, op. cit., p. 83.
Clarín, 12 de septiembre de 1969, pp. 26-27.
Ver al respecto Mario Rapoport, El laberinto argentino. Política internacional en un mundo conflictivo, Buenos Aires, EUDEBA, 1997, especialmente pp. 374-380 y pp. 384-385.
Ibid., pp. 379-383.
Ver
al respecto Aldo Vacs, Los socios discretos, Buenos Aires, Sudamericana, 1984, pp. 45-46; J.A. Lanús, op. cit.,
vol. I, p. 106; M. Rapoport, op. cit., pp. 383-385, e I. Gilbert, op.
cit., pp. 226-228.
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