Las relaciones con los países latinoamericanos
Las relaciones con Chile
Al
conocer la caída de Illia y su reemplazo por un gobierno militar a fines de
junio de 1966, diversos sectores del gobierno chileno no ocultaron su malestar,
ante el temor de que la llegada del nuevo gobierno abortara el acercamiento que
se había dado entre los gobiernos radical argentino y socialdemócrata chileno.
El mismo día del golpe, el ministro del Interior trasandino, Bernardo Leighton,
declaró el brusco cambio de gobierno en la Argentina como “una cosa
lamentable, no sólo para la Argentina sino para toda América Latina”. A la
vez, los integrantes del Parlamento mostraron una abierta actitud de rechazo. No
obstante, la Cancillería decidió aplicar pragmáticamente la llamada Doctrina
Estrada, sosteniendo que “Chile reconocerá al nuevo gobierno militar de la
Argentina si éste demuestra, dentro de un tiempo prudencial, que controla la
situación interna y respeta los tratados.” Incluso el canciller Gabriel Valdés
decidió mantener a su embajador en Buenos Aires, Hernán Videla Lira. (1)
Tras
una serie de incidentes fronterizos en la zona sur, el presidente Onganía
decidió a principios de septiembre de 1966 enviar una carta a su colega Eduardo
Frei, manifestando el propósito de “plantear franca y lealmente” el
problema limítrofe a fin de “evitar e impedir todo acto capaz de alterar los
términos en que están planteados los problemas pendientes de solución”. La
carta del mandatario argentino provocó una reacción favorable en su colega
trasandino, quien le respondió con un tono similar de conciliación. El
intercambio epistolar tuvo eco positivo en la prensa de ambos países. (2)
No
obstante, este clima de acercamiento bilateral se vio enrarecido por el disgusto
de los sectores nacionalistas chilenos con el fallo británico emitido en
diciembre de 1966 sobre la disputa limítrofe por la zona de Río Encuentro -que
le otorgó 71% del área disputada a la Argentina-. (3) A este acontecimiento se
sumaron dos incidentes en el canal de Beagle. En agosto de 1967, la goleta
argentina Cruz del Sur, que pescaba centolla a 400 metros de la isla
Gable (ubicada en el centro del canal), fue expulsada por el patrullero chileno Marinero
Fuentealba. A su vez, a fines de noviembre, se produjo la incursión sin
autorización previa de la cañonera chilena Quidora en Ushuaia, en aguas
de jurisdicción argentina. Dicha incursión provocó la nota de protesta
entregada por el canciller Costa Méndez al embajador Hernán Videla Lira. El
gobierno trasandino, aunque reconoció el desvío del Quidora hacia aguas
territoriales argentinas, hizo observaciones respecto del fuego intimidatorio
que contra el barco de guerra chileno efectuó el aviso argentino Yrigoyen.
(4)
Como
corolario de estos incidentes, en diciembre de 1967, el gobierno chileno, en
forma sorpresiva, e invocando el artículo 5º del Tratado General de Arbitraje
de 1902, recurrió unilateralmente al árbitro británico y comunicó su decisión
a la Cancillería argentina. El día 23, la Cancillería argentina entregó una
nota al embajador Videla Lira, manifestando sorpresa por la decisión chilena,
pues ambos gobiernos habían decidido en 1964 someter su diferendo limítrofe a
la Corte Internacional de Justicia de La Haya. (5)
No
obstante, el gobierno chileno insistió en el arbitraje británico. Incluso, el
1º de mayo de 1969, la Cámara de Diputados chilena aprobó una declaración,
exhortando al gobierno argentino a someterse a la alternativa elegida
unilateralmente por las autoridades de Santiago. Dicha resolución, aprobada por
los legisladores de todos los grupos políticos -salvo los comunistas, que se
abstuvieron-también atacó al gobierno de Onganía por la compra de armamentos.
Respecto del litigio territorial, la declaración sostenía que
al
no existir entre los gobiernos de Chile y Argentina otro diferendo que el
provocado por una errada interpretación argentina del tratado de límites de
1881, materia que Chile ha sometido al arbitraje de Su Majestad Británica,
procede que el gobierno argentino se haga parte en el juicio arbitral en
cumplimiento del tratado general de arbitraje plenamente vigente y obligatorio
para ambos países. (6)
Respecto
de la compra argentina de implementos bélicos, la declaración señalaba que la
Cámara de Diputados de Chile había tomado nota de las adquisiciones de armas
realizadas por el gobierno argentino, dentro del contexto de un plan de
reequipamiento militar conocido por la denominación de “Plan Europa”, que
propiciaba, además, la creación de una industria bélica pesada en el país
hermano. Consideraba además que este plan de reequipamiento sobrepasaba en
medida apreciable la simple renovación de material anticuado, tanto en lo que
se refería al volumen de las compras proyectadas, cuanto por la adquisición de
armas ofensivas cuyo uso no se concebía en América latina. En consecuencia,
denunciaba la intención de iniciar un proceso armamentista que podía obligar a
todos los países a destinar a la compra de armamentos recursos que debían
dedicarse al desarrollo social y económico. Finalmente, la declaración
recordaba el compromiso suscrito por los presidentes de los países de la región
en la localidad uruguaya de Punta del Este, en abril de 1967, en cuanto a la
limitación de los gastos militares “a las reales necesidades de la seguridad
nacional”. (7)
Pero
a pesar de la insistencia chilena en el arbitraje británico, el gobierno
argentino no se apartó de su postura de rechazar la presión chilena y evaluar
alternativas. (8) En octubre de 1969, en una reunión llevada a cabo en
el CONASE, a la que asistieron el presidente Onganía, los tres comandantes en
jefe de las fuerzas armadas, el canciller Juan B. Martin, el ministro de
Defensa, José Rafael Cáceres Monié, y el secretario del Consejo, almirante
Jorge Boffi, se decidió encarar la negociación directa con Chile como medio
para solucionar el diferendo austral. (9)
En
enero de 1970, la visita de Onganía a Chile, con el objetivo de inaugurar en
forma conjunta la ruta pavimentada que une la ciudad argentina de Mendoza con la
chilena de Valparaíso, inició un tibio acercamiento entre ambos países. Por
cierto, esta aproximación respondió tanto a consideraciones de política
externa como interna. En el caso argentino, los vínculos con Chile constituían
un contrapeso geopolítico ante los avances de Brasil en la subregión de la
Cuenca del Plata. Respecto de la política interna, Onganía buscaba lograr algún
efecto político que pudiera fortalecer su gobierno luego de los levantamientos
del “Cordobazo” y el “Rosariazo”, que habían demostrado tanto la
oposición de los sectores populares a la política económica liberal de Onganía,
como las divisiones existentes entre liberales y nacionalistas dentro del
gobierno y de las fuerzas armadas. (10) Por cierto, el tono inequívocamente
nacional-desarrollista del discurso que pronunció Onganía en Chile estuvo
tanto dirigido al gobierno de Eduardo Frei como a los propios nacionalistas
argentinos. (11) Desde el lado chileno, la visita del presidente argentino podía
otorgar a Frei un no desdeñable ingrediente proselitista a favor del candidato
oficial, en un contexto de fracaso del frente izquierdista y de intensa campaña
electoral presidencial. (12)
Esta
mutua necesidad de acercamiento hizo que ambos mandatarios diseñaran una agenda
de alcance amplio, donde se subrayaran las coincidencias. Finalmente, Frei y
Onganía suscribieron una declaración conjunta que apenas mencionó la cuestión
limítrofe, limitándose a elogiar la labor de la Comisión Mixta de Límites.
Hizo además ambiguas referencias a un “sistema de convivencia” entre la
Argentina y Chile y a una “estrategia general latinoamericana”. Por cierto,
esta cuasi omisión de una cuestión tan espinosa como el conflicto limítrofe
estuvo vinculada al hecho de que tanto el presidente Frei como su canciller Valdés
eran conscientes de que una resolución opuesta a los intereses chilenos se
convertiría en un arma electoral siniestra para la democracia cristiana. Dado
que, a su vez, el gobierno de Onganía no estaba dispuesto a aceptar la tesis
chilena de recurrir al arbitraje británico, resultó más conveniente para la
gestión de Frei eludir este tema hasta después de las elecciones. (13)
Pero,
a pesar de este acercamiento, el clima de los vínculos bilaterales no mejoró.
La referencia efectuada en la declaración a un posible establecimiento de una
reglamentación para las migraciones mutuas a través de la frontera produjo una
pésima impresión en los sectores nacionalistas argentinos. Estos sostuvieron
que la declaración no tenía en cuenta que la migración se producía en un
sentido (de Chile a la Argentina, y no al revés) y que no contemplaba que buena
parte de la migración era clandestina, y por lo tanto no podía ser protegida
por la futura reglamentación. Además de las falencias de la declaración
conjunta, otros obstáculos impidieron un entendimiento mayor entre los
gobiernos de Buenos Aires y Santiago: la estrategia chilena de percibir a Brasil
como el poder hegemónico regional y el respaldo de Frei al esquema de integración
regional alentado por el presidente Lyndon Johnson y por el Departamento de
Estado norteamericano, que impulsaba la división de Sudamérica en áreas,
reservando a la Argentina el papel de productor agropecuario, mientras Chile sería
un país industrializado. (14)
En
tanto, continuaron los endémicos conflictos fronterizos. Poco más de un
mes de la cumbre presidencial entre Onganía y Frei, el 25 de febrero de 1970
ocurrió un incidente entre arrieros chilenos y gendarmes argentinos en
territorio chileno, en las proximidades de Paso Valdez, al norte de Chos Malal.
El saldo fue un alférez de la gendarmería argentina -quien estaba a cargo de
la patrulla- herido; un arriero chileno muerto -Aurelio Parra- y otro detenido.
Los oficiales de la gendarmería justificaron el envío de la patrulla argentina
a suelo trasandino, debido a la denuncia de que una tropa de 400 lanares se
proponía pasar la frontera de la Argentina a Chile. (15)
Si
bien a principios de marzo el gobierno argentino envió a Santiago un comunicado
lamentando lo ocurrido, (16) la Cancillería chilena calificó de
“inaceptable” la violación del territorio chileno por parte de los
gendarmes argentinos en la nota que entregó al embajador argentino, Teodoro
Gallac. En dicha nota se calificaba de “asesinato” la muerte del arriero
chileno Aurelio Parra y se hacía mención al convenio bilateral de 1929. De
acuerdo con dicho convenio, los delincuentes detenidos debieron haber sido
entregados por los oficiales de la gendarmería argentina a las autoridades
chilenas, cláusula que no fue observada por el gobierno argentino. Finalmente,
la nota exigía sanciones para los responsables del asesinato de Parra. (17)
Por
cierto, la inicial posición argentina de rechazo al arbitraje británico (y
preferencia por el de la Corte Internacional de Justicia) fue modificándose
paulatinamente por una posición intermedia entre ésta y la insistencia chilena
en recurrir a los buenos oficios de Londres. A partir del año 1970, ya con Juan
Benedicto Martín como nuevo canciller argentino, fue gestándose un compromiso
por el cual el litigio sería elevado al arbitraje británico, y éste lo pasaría
a cinco jueces de la Corte Internacional de Justicia, que decidirían el laudo.
La resolución de la Corte pasaría a la reina Isabel II, que podría aceptar o
rechazar la misma, pero no modificarla. (18) Ya en la nota del secretario
general del CONASE, almirante Jorge A. Boffi, al canciller Martín, del 12 de
marzo de 1970, en la que se transcribía lo acordado por dicho Consejo en su
reunión Nº 22 (de la que participaron el presidente Onganía, el ministro Martín
y otros altos funcionarios del estado) se percibía el cambio de orientación.
En esa nota, se especificaban varios caminos de negociación: a) un acuerdo
directo entre los gobiernos argentino y chileno; b) de no ser posible la primera
alternativa, “el arbitraje a cargo de un grupo de árbitros designados de común
acuerdo por los gobiernos argentino y chileno”; c) la desmilitarización de
las islas e islotes “a perpetuidad”, más allá de la opción por la
negociación directa o el arbitraje; y d) el arbitraje “podrá ser homologado
por la Corona Británica siempre que Chile lo solicite sin que su intervención
pueda alterar en nada los resultados de la decisión a que arriben los árbitros”.
Asimismo, en esta nota se mencionaba como objetivo el de “resolver en bloque y
definitivamente, todos los problemas de límites existentes entre ambos países
en toda la frontera, desde Jujuy hasta el Cabo de Hornos”. También subrayaba
el interés muy relativo de las islas en disputa en el canal de Beagle tanto
desde el punto de vista económico como estratégico, supuesta su
desmilitarización. (19)
Durante
los días 12, 13 y 14 de mayo de 1970 hubo una serie de reuniones entre
representantes argentinos y chilenos, en las que se llegó a un acuerdo sobre
“un eventual sometimiento a arbitraje” de la cuestión del Beagle. En
aquella ocasión, ambas partes convinieron tanto la composición de la Corte
Arbitral -los juristas Mohamed Zaffrullah Khan (Pakistán), Manfred Lachs
(Polonia), André Gros (Francia), Sir Gerald Fitzmaurice (Reino Unido) y Hardy
C. Dillard (Estados Unidos)- como el área de la controversia. (20)
Designado
el general Levingston como presidente, su heterodoxia en la política exterior
con los regímenes socialistas se hizo evidente también en el caso de las
relaciones con Chile. Ante la victoria de la izquierdista Unidad Popular en
Chile en septiembre de 1970, el general Levingston reiteró la política de no
intervención y, un mes después, hizo referencias comprensivas a los regímenes
de Salvador Allende en Chile y del general Juan José Torres en Bolivia,
sosteniendo ante los periodistas que ambos procesos debían ser analizados
“como experiencia histórica contemporánea, incorporándolos a los factores
que debemos tener en cuenta para la solución de nuestros problemas durante el
proceso revolucionario”. (21)
La
mayor flexibilidad de Levingston fue por cierto correspondida por su colega
trasandino. Ya antes de hacerse cargo del poder, el presidente Allende había
prometido que
(...)
El gobierno popular actuará para resolver los problemas fronterizos pendientes
sobre la base de negociaciones que prevengan las intrigas del imperialismo y de
los reaccionarios, teniendo presentes el interés chileno y el de los pueblos de
los países limítrofes. (22)
Finalmente,
el 18 de octubre de 1970 el subsecretario de Relaciones Exteriores, José María
Ruda, y el consejero legal de la Cancillería, Julio Barboza, oficializaron el
acuerdo sobre arbitraje con sus colegas diplomáticos chilenos. (23)
Así
preparado el terreno, el gobierno de Lanusse logró un acercamiento con Chile,
coronado por la firma del Compromiso sobre Arbitraje en Londres y la Declaración
de los presidentes Lanusse y Allende en Salta, ambos en julio de 1971. Más que
una “ruptura” respecto de las gestiones anteriores -como plantea Miguel
Angel Scenna-, (24) el hecho sería la culminación de un proceso cuyo principal
obstáculo eran los pruritos de los sectores nacionalistas de ambos países a
negociar el ya secular conflicto limítrofe. Si bien durante el gobierno de
Onganía las relaciones argentino-chilenas habían atravesado una serie de
incidentes fronterizos que agriaron los vínculos entre las autoridades de
Buenos Aires y Santiago, el camino de la negociación venía siendo transitado
por los funcionarios de las Cancillerías de ambos países desde inicios de
1970. (25) Las negociaciones apuntaron a tres objetivos: a) reducir al máximo
la capacidad de decisión del gobierno británico sobre el fondo de la
controversia argentino-chilena; b) atribuir la máxima capacidad de decisión a
un Tribunal arbitral de reconocida imparcialidad y competencia; y c) lograr que
el acuerdo de arbitraje fuera decidido por las partes en litigio y no
establecido por un laudo arbitral británico. (26)
A
pesar de las resistencias de los sectores nacionalistas dentro y fuera del
gobierno, la actitud argentina de negociar una salida bilateral con las
autoridades de Santiago se mantuvo durante la gestión de Lanusse, por varias
razones. Primero, el gobierno socialista de Allende en Chile funcionaba como un
test case de la política exterior argentina de pluralismo ideológico.
Segundo, el acercamiento del gobierno argentino a Chile y otras naciones del Pacífico
contrarrestaba la presencia geopolítica brasileña en el frente atlántico
(Bolivia, Paraguay, Uruguay). Tercero, Lanusse necesitaba aliados externos para
fortalecer su figura frente a los sectores nacionalistas locales. Cuarto, la
gestión de Allende, compartía la necesidad de Lanusse: necesitaba un aliado
externo para contrarrestar la oposición brasileña a su gobierno y, a la vez,
mitigar la debilidad interna. (27)
Como
producto del acercamiento argentino-chileno, el 26 de junio de 1971, los
cancilleres Luis María de Pablo Pardo y Clodomiro Almeyda Medina firmaron el
Acta de Santiago sobre Cuencas Hidrológicas en la capital chilena. (28)
Asimismo, los días 23 y 24 de julio del mismo año, tuvo lugar la entrevista
entre los presidentes Lanusse y Allende en Salta. Fruto de estas conversaciones
fue la llamada Declaración de Salta, firmada el día 24. Sus puntos más
relevantes fueron -además de la coincidencia expresada en una serie de
principios como el pluralismo ideológico, la no intervención y la coexistencia
pacífica-, la satisfacción de los gobiernos argentino y chileno por la firma
del Acuerdo sobre Arbitraje en el Beagle y por el acuerdo respecto de una serie
de instrumentos de especial significación para las relaciones futuras de los
dos países en el área de litigio: el modus vivendi para regular
las actividades de pilotaje y practicaje de ambos estados hasta que se
solucionara el litigio, el propósito de ambos gobiernos de asegurar la libertad
de navegación y sobrevuelos para los barcos y aeronaves de todas las banderas
dentro de zonas que estaban sometidas a las respectivas jurisdicciones marítimas,
y la intención de cooperar conjuntamente en la investigación científica en la
Antártida. Asimismo, se destacaron en esta declaración de Salta las
coincidencias respecto de la tesis de las 200 millas como límite de soberanía
territorial en el mar. (29)
A
su vez, el Acuerdo sobre Arbitraje en el Beagle fue firmado en Londres el 22 de
julio de 1971 por el embajador argentino, general Gustavo Martínez Zuviría; el
embajador de Chile, Alvaro Bunster, y Joseph Goldberg por el gobierno británico.
Este compromiso arbitral solicitaba la determinación de los límites
argentino-chilenos en el canal Beagle y la adjudicación de las islas Picton,
Nueva y Lennox e islotes adyacentes. Asimismo designaba al Gobierno de Su
Majestad Británica como árbitro de la disputa limítrofe, pero éste a su vez
debía nombrar un Tribunal Arbitral de cinco jueces de la Corte Internacional de
Justicia -Hardy C. Dillard (de los Estados Unidos), Gerald Fitzmaurice (del
Reino Unido), André Gros (Francia), Charles D. Onyeama (Nigeria) y Sture Petrén
(Suecia)- con el objetivo de producir el laudo. (30)
Diversos
sectores, partidarios de las tesis geopolíticas más tradicionales de rivalidad
con Chile, criticaron el Acuerdo sobre Arbitraje en el Beagle. Por ejemplo, días
antes de volar a Salta para encontrarse con el presidente chileno, Lanusse
recibió un memorándum suscripto por el presidente de la Academia Nacional de
la Historia, Ricardo R. Caillet Bois, y otros cuatro académicos, Ernesto J.
Fitte, Julio César González, Raúl de Labougle y Julio Irazusta, donde se señalaban
tanto errores de procedimiento como el hecho de que fuera una cuestión que debía
decidir en última instancia el Congreso y no un presidente de facto. A su vez,
Juan Carlos Puig, quien sería canciller del gobierno de Cámpora, señaló que
el arbitraje cuestionaría la jurisdicción argentina sobre el Atlántico y por
tratarse de un conflicto sobre intereses vitales nunca debió resolverse por
medio de recursos ajenos a las partes. Por su parte, el general Osiris Villegas
criticó el acuerdo, sosteniendo que la usurpación inglesa de las Islas
Malvinas inhabilitaba éticamente al gobierno de Su Majestad Británica para
actuar como árbitro en la controversia. Asimismo, el Instituto Argentino de la
Soberanía de los Espacios Marítimos y Fluviales, grupo en el que se
congregaron muchos representantes del nacionalismo tanto de raigambre
tradicional como “desarrollista”, rechazó en agosto de 1971 el acuerdo
firmado por el gobierno argentino en términos muy similares a los expuestos por
Osiris Villegas. (31)
Posteriormente
a la firma del acuerdo, hubo problemas para determinar la sede donde trabajaría
la Corte Arbitral. Los representantes argentinos rechazaron la posibilidad de
que fuera Londres, y para los chilenos era inadmisible La Haya. Pasaron varios
meses de discusiones hasta que, finalmente, la Corte Arbitral se instaló en una
sede neutral -Ginebra- en abril de 1972. A partir de ese momento, los
funcionarios del Ministerio de Relaciones Exteriores fueron los que tomaron las
riendas de la gestión procesal, si bien los oficiales de marina siguieron
cuidadosamente cada paso del litigio. Los intereses argentinos fueron
representados por los diplomáticos Ernesto de la Guardia y Julio Barboza.
Ante
las crecientes críticas de los sectores nacionalistas al acuerdo firmado por el
gobierno de Lanusse, que implicaba la aceptación del arbitraje británico, las
autoridades de Buenos Aires iniciaron los pasos tendientes a desandar el camino.
El 11 de marzo de 1972, el canciller argentino de Pablo Pardo envió a su colega
chileno Almeyda Medina una nota denunciando el Tratado General de Arbitraje de
mayo de 1902, e invitando al gobierno chileno a negociar uno nuevo, más acorde
a la realidad internacional. Finalmente, ambos cancilleres firmaron en Buenos
Aires, el 5 de abril de 1972, el Tratado General sobre Solución Judicial de
Controversias. Este tratado era similar al firmado en 1902, con la salvedad de
que sustituía al árbitro británico por la Corte Internacional de Justicia. Sólo
podía ser denunciado cada diez años y con seis meses de anticipación a su
vencimiento. (32)
Por
cierto, el acercamiento al régimen de Allende implementado por el gobierno de
Lanusse, tradicionalmente señalado por la mayoría de los autores como una
demostración del giro de Lanusse hacia el pluralismo ideológico en política
exterior, sin embargo,
no estuvo exento de contradicciones, tanto del lado chileno como del
argentino. El gobierno de Allende, presionado por el sector más extremo de la
coalición gobernante Unidad Popular, adoptó en agosto de 1972 una decisión
que activó los recelos de los nacionalistas argentinos más duros. Decidió
ofrecer asilo y autorizar la salida con destino a Cuba de diez extremistas
argentinos que se habían fugado del penal de Rawson y habían cruzado la
frontera con Chile, secuestrando un avión de pasajeros. Los grupos
nacionalistas anticomunistas argentinos, tales como el grupo Concentración Cívica
en Pro de la República, liderado por el almirante (RE) Carlos Sánchez Sañudo,
criticó la actitud de Allende y proclamó la defensa de la bandera de las
“barreras ideológicas”, poniendo en una posición muy incómoda al gobierno
de Lanusse. (33)
El
gobierno chileno lamentó, en una nota de principios de septiembre, las
divergencias surgidas con la Argentina a raíz del asilo político concedido a
los guerrilleros argentinos, pero sostuvo que no se violaron los tratados
internacionales vigentes sobre la materia e invocó la Declaración
Internacional de Derechos Humanos para justificar el asilo otorgado. Finalmente,
tanto Lanusse como Allende intentaron poner paños fríos a la situación para
que el incidente surgido no abortara el clima de acercamiento bilateral. Así,
el presidente argentino sostuvo que en ciertos temas podía haber criterios
diferentes con Chile, pero no un endurecimiento de las relaciones. A su vez,
estas declaraciones fueron bien recibidas por Allende, quien sostuvo que la
situación con la Argentina se estaba “atemperando” y prometió que la
experiencia del asilo a los guerrilleros prófugos del penal de Rawson no volvería
a repetirse. (34)
Pero
las limitaciones del “pluralismo ideológico” volvieron a manifestarse, esta
vez del lado argentino, cuando el 9 de mayo de 1973, el presidente Lanusse
decidió firmar el decreto de asilo a Walter Roberto Thieme Sheiresano y Miguel
Juan Sessa Birgnardello, del movimiento ultraderechista chileno Patria y
Libertad, implicados en un complot dirigido precisamente contra el presidente
chileno y que debía estallar en mayo. Finalmente, Thieme desechó el
ofrecimiento de las autoridades argentinas y partió de Buenos Aires el 15 de
mayo. (35)
NOTAS
Ver al respecto los siguientes editoriales “Los diversos comentarios suscitados en el exterior”, La Nación, 29 de junio de 1966, p. 7; “El reconocimiento por otros países”, La Nación, p. 8 y “Enfoques en torno del reconocimiento del nuevo gobierno. Varios países expresaron el reconocimiento, otros estudian la situación y algunos suspenden relaciones”, La Nación, 30 de junio de 1966, p. 5.
Ver “Nuestro país había tomado la iniciativa” y textos de las cartas de los presidentes Onganía y Frei en La Nación, 4 de septiembre de 1966, pp. 1 y 15; “Gran repercusión en Chile del intercambio de cartas. Se lo considera un paso muy útil para prevenir incidentes”, La Nación, 5 de septiembre de 1966, p. 1; editorial “Significativo cambio de notas”, La Nación, 6 de septiembre de 1966, p. 6, y “Son elogiados los mensajes cambiados por Frei y Onganía”, La Nación (una selección de la semana), 12 de setiembre de 1966, p. 1.
Vale destacar, en este laudo sobre la región del Río Encuentro, el contraste de interpretación entre los sectores liberales y los nacionalistas argentinos respecto de las consecuencias del fallo británico. Respecto del punto de vista liberal, ver “El arbitraje sobre el litigio con Chile. Satisface la posición de nuestro país”, La Nación, 15 de diciembre de 1966, pp. 1 y 20; y texto del fallo de la reina británica Isabel II citado en “Razón jurídica al derecho argentino”, La Nación, 15 de diciembre de 1966, pp. 1 y 20, y La Nación, (una selección de la semana), 19 de diciembre de 1966, pp. 1 y 4. Consultar también “Litigio con Chile. A la búsqueda del límite perdido”, Panorama, Nº 45, Buenos Aires, febrero de 1967, especialmente pp. 9-10. A diferencia de la posición de los liberales argentinos, conformes con el fallo británico sobre Río Encuentro, la posición de los nacionalistas -caso de Miguel Angel Scenna- era que el laudo otorgaba a la Argentina un territorio mayor, pero menos productivo; dándole a Chile la porción menor pero más productiva. No obstante, Scenna rescata de este laudo que reconoció como válidos los fallos de la Comisión Mixta de Límites de 1955, rechazando la pretensión chilena de pasarlos por alto o negarlos. M.A. Scenna, Argentina-Chile..., op. cit., pp. 179-180.
Sobre estos incidentes fronterizos ver M.A. Scenna, Argentina-Chile..., op. cit., pp. 185-189; “Límites. El bloqueo de Ushuaia”, Primera Plana, Año V, Nº 245, 5 al 11 de septiembre de 1967, p. 13, y Clarín, 1º de diciembre de 1967, p. 18. G. Bra, op. cit., p. 32.
El CONASE había decidido el 19 de diciembre de 1967 no aceptar el arbitraje de la reina Isabel justificando dicha negativa en dos argumentos. En primer lugar, consideró que esa mediación resultaba “improcedente e injustificada cuando, a sesenta y cinco años de establecida esa mediación, se ha convenido reiteradamente procurar la solución del litigio a través de negociaciones directas o, eventualmente, a través de la Corte Internacional de La Haya”. En segundo lugar, consideró que el Reino Unido, como la Argentina y Chile, aspiraba a una participación territorial en la Antártida, y este factor lo inhabilitaba para aceptar el rol de árbitro en el conflicto argentino-chileno por el canal del Beagle. J.A. Lanús, op. cit., vol. II, pp. 268-269. Ver también G. Bra, op. cit., p. 34; Clarín, 12 de diciembre de 1967, p. 21; editorial “A pesar del hermetismo. Rechazo al arbitraje”, Clarín, 20 de diciembre de 1967, p. 16; del mismo diario, 29 de diciembre de 1967, p. 16; y 30 de diciembre de 1967, p. 15 y “El problema con Chile se ahonda”, La Nación, (una selección de la semana), 2 de enero de 1968, p.1. Consultar también “Diplomacia. De Herodes a Pilatos”, Primera Plana, Nº 262, p. 14.
Esta declaración de la Cámara de Diputados chilena surgió como una propuesta presentada por el diputado demócrata-cristiano Enrique Zorrilla como consecuencia de un debate anterior relacionado con la compra de armamentos por parte del gobierno argentino. A dicho debate asistieron los ministros de Relaciones Exteriores, Gabriel Valdés, y de Defensa, general Tulio Marambio.
Texto de la declaración de la Cámara de Diputados chilena citado en La Nación, 2 de mayo de 1969, p. 3.
De acuerdo con el testimonio del subsecretario técnico de la Presidencia, Roberto Roth, el presidente chileno Frei procuró someter a arbitraje la última disputa sustancial que le quedaba con la Argentina, que era la referente a la delimitación del canal de Beagle. Para conseguir este objetivo, Frei tentó a su colega argentino Onganía con el ingreso de la Argentina al Pacto Andino a cambio de aceptar el arbitraje británico. Pero Onganía no quería ni el Pacto Andino ni el arbitraje, aunque la Cancillería argentina sí era partidaria de esta alternativa. R. Roth, op. cit., pp. 206-207.
J.A. Lanús, op. cit., vol. II, p. 230.
Como ejemplo de lo señalado, vale apuntar que en el mismo mes de enero de 1970 en que el presidente Onganía se encontró en Chile con su colega Frei, el general (RE) Eduardo Labanca, ex segundo comandante del I Cuerpo de Ejército, formuló en Mendoza declaraciones de un tono político fuertemente crítico hacia el gobierno. Con un sesgo marcadamente nacionalista, Labanca sostuvo que por el camino trazado por la gestión de Onganía “no será posible llegar a una solución de los problemas nacionales” y que el objetivo “consiste en nacionalizar al país, volverlo a conquistar, es decir (...) que los resortes nacionales estén en manos argentinas (...)”. Asimismo, el general Labanca manifestó que no existía sector alguno del gobierno que sea “auténticamente nacionalista” y que cualquier salida institucional debía tener en cuenta al movimiento peronista. “La semana política. El general Labanca”, La Nación, 4 de enero de 1970, p. 8.
Durante
su visita a Chile, el presidente Onganía pronunció las siguientes
palabras:
(...)
Deberemos fijar posiciones comunes frente a los grandes centros de poder
económico y político, continuando la línea ya señalada en el Congreso de
Viña del Mar y en la presentación argentina ante los países del Mercado
Común Europeo. Esta unión para el bienestar propio y de América no supone
una política de aislamiento continental. Chile y la Argentina y nuestros
hermanos de América, han tenido siempre vocación universal. Nuestro
desarrollo en lo económico requiere una apertura a los demás países del
sistema internacional; aún aquellos trascontinentales inclusive de otro
signo ideológico, con la sola condición de que estas relaciones se
inspiren en el respeto recíproco y en la total exclusión de cualquier
interferencia política.
Sabemos
hasta qué punto el atraso social, la injusticia económica y la subordinación
política a intereses extraños, pueden frustrar el destino de nuestras
naciones.
Sabemos
también que en nuestro tiempo la interdependencia entre las distintas
regiones de la tierra es más grande que nunca y que es necesario contar con
la colaboración de las naciones más adelantadas para realizar nuestro
progreso. Pero también sabemos, con profunda convicción, que nada
lograremos si no empeñamos nuestra energía y nuestra tenacidad para
alcanzar un destino de grandeza y merecer entonces el derecho de conducirlo
de acuerdo con nuestros propios intereses (...).
Discurso de Onganía en Chile, cit. en La Nación, 10 de enero de 1970, p. 4.
“La semana política. Encuentro de presidentes. Primero protocolo, después conversaciones”, La Nación, 4 de enero de 1970, p. 8.
Texto de la declaración conjunta argentino-chilena del 10 de enero de 1970 citado en ”Documentos. Entrevista Frei-Onganía”, Estrategia, Nº 4, Buenos Aires, noviembre-diciembre de 1969, pp. 126-130, y en La Nación, 11 de enero de 1970, pp. 1 y 20, y La Nación, (una selección de la semana), 12 de enero de 1970, p. 5. Ver también R. Roth, op. cit., p. 207; M.A. Scenna, Argentina-Chile..., op. cit., pp. 193-194, y “Política exterior. El riesgo de la decadencia”, Confirmado, Año V, Nº 240, del 21 al 27 de enero de 1970, p. 24.
Idem nota anterior.
G. Bra, op. cit., p. 81.
Texto del comunicado oficial de la Cancillería argentina citado en Clarín, 7 de marzo de 1970, p. 10, y en La Nación, 7 de marzo de 1970, p. 5.
Clarín, 11 de marzo de 1970, p. 35. Texto de la nota del gobierno chileno, entregada por el canciller trasandino al embajador argentino en Chile, cit. en La Nación, 12 de marzo de 1970, p. 3.
M.A. Scenna, Argentina-Chile..., op. cit., pp. 207-208.
Carta del Secretario del CONASE, almirante Jorge A. Boffi, al canciller Juan B. Martin, 12 de marzo de 1970, cit. en J.A. Lanús, op. cit., vol. II, p. 230.
J.A. Lanús, op. cit., vol. II, p. 231.
Declaraciones del presidente argentino Levingston respecto del régimen de Salvador Allende en Chile, efectuadas en septiembre y octubre de 1970, cit. en A.A. Lanusse, op. cit., pp. 178 y 240.
Miguel A. Scenna, “Argentina-Chile: el secular diferendo”, 2ª parte, Todo es Historia, Nº 44, diciembre de 1970, p. 91.
“Periscopio. Beagle: solución”, Primera Plana, Año VIII, Nº 403, Buenos Aires, octubre 20, 1970, p. 11 y “Diplomacia , 1: El Beagle en danza”, Primera Plana, Año VIII, Nº 405, noviembre 3, 1970, p. 19.
Según Miguel Angel Scenna, con el acercamiento a Chile el gobierno de Lanusse hizo un giro espectacular respecto de la política atlántica que orientó a los gobiernos de Onganía y Levingston. Ver M.A. Scenna, Argentina-Brasil..., op. cit., p. 399; M.A. Scenna, Argentina-Chile..., op. cit., pp. 206-207.
J. A. Lanús, op. cit., vol. II, pp. 230-231.
Gastón Pillet (seudónimo) “La cuestión del canal del Beagle”, Estrategia, Nº 12, Buenos Aires, julio-agosto-septiembre-octubre 1971, p. 39.
M.A. Scenna, Argentina-Brasil...op. cit., pp. 399-400, y M.A. Scenna, Argentina-Chile..., op. cit., p. 206.
Texto del Acta de Santiago sobre Cuencas Hidrológicas en “El convenio sobre cuencas hidrológicas”, La Prensa, 27 de junio de 1971. pp. 1 y 4.
Texto
de la declaración de Salta citado en La Prensa, 25 de julio de 1971,
pp. 1 y 11, y en Estrategia, Nº 12, Buenos Aires,
julio-agosto-septiembre-octubre 1971, sección Documentos, pp. 136-140. Ver
también al respecto J.A. Tulchin, La Argentina y los Estados Unidos...,
op. cit., p. 252. Asimismo, Lanusse aprovechó la ocasión para
reafirmar ante su colega chileno Allende el principio del “pluralismo
ideológico” en sus relaciones con los países latinoamericanos:
(...)
La República Argentina (...) está dispuesta a guiar sus relaciones
exteriores con un amplio criterio de universalidad, que no admite
restricciones impuestas por prejuicios o tabúes ideológicos. En nuestro
tiempo, las filosofías políticas que puedan sustentar los distintos países
que integran el sistema interamericano juegan un papel secundario frente al
interés supremo de la paz y seguridad internacionales. Esto no significa
abdicar de los principios que constituyen el ser nacional de cada país. Lo
que importa es estar a la altura de las exigencias de un mundo al que el
avance de la técnica y de la ciencia ha vuelto cada vez más
interdependiente. El postulado de universalidad, junto con el respeto al
derecho que cada país tiene para reglar sus asuntos internos, son
fundamentos indispensables para asegurar una relación más justa entre los
Estados miembros de la comunidad de naciones.
A.A. Lanusse, op. cit., p. 242. Ver también M.A. Scenna, Argentina-Chile..., op. cit., pp. 214-215.
Texto del artículo 1º del Acuerdo para el Arbitraje o Compromiso del 22 de julio de 1971, cit. en La Prensa, 23 de julio de 1971, p. 1; en Estrategia, Nº 12, julio-agosto-septiembre-octubre 1971, pp. 132-135, y en J.A. Lanús, op. cit., vol. II, pp. 233-234 y p. 256, nota 17. Ver también M.A. Scenna, Argentina-Chile..., op. cit., pp. 211-213, y Osiris G. Villegas, El conflicto con Chile en la región austral, Buenos Aires, Pleamar, 1978, p. 61.
Memorándum de miembros de la Academia Nacional de la Historia al presidente Lanusse, titulado “Inconveniencia de un arbitraje sobre el Beagle.1971”, Estrategia, Nº 45, Buenos Aires, marzo-abril de 1977, fuente citada en M.A. Scenna, Argentina-Chile..., op. cit., pp. 208-210; J. C. Puig, “La política exterior argentina...”, op. cit., tomo I, p. 147; O.G. Villegas, El conflicto con Chile..., op. cit., p. 80; “Declaración del Instituto Argentino de la Soberanía de los Espacios Marítimos y Fluviales”, Buenos Aires, 9 de agosto de 1971, cit. en Estrategia, Nº 12, Buenos Aires, julio-agosto-septiembre-octubre de 1971, pp. 145-146.
Texto de la nota del canciller argentino, Luis María A. de Pablo Pardo, al ministro de Relaciones Exteriores chileno, D. Clodomiro Almeyda, Buenos Aires, 11 de marzo de 1972, citado en O.G. Villegas, El conflicto con Chile..., op. cit., Apéndice 12, p. 163; ibid., p. 62; texto del tratado en ibid., Apéndice 13, pp. 165-166.
“Atacan la decisión de Allende sobre los extremistas argentinos. Declaración ultraconservadora criticando a Chile”, La Opinión, 2 de septiembre de 1972, p. 12.
“Respuesta en el caso de los extremistas enviados a Cuba. Chile lamenta el entredicho con Argentina y afirma haber respetado normas vigentes”, La Opinión, 8 de septiembre de 1972, p. 4; “Allende elogió declaraciones de Lanusse”, La Opinión, 15 de septiembre de 1972, p. 9.
Ver los editoriales “A causa de la medida que favoreció a los fugados de Rawson. El asilo político a dos extremistas de Chile sería una respuesta argentina”, La Opinión, 10 de mayo de 1973, p. 4, e “Insta al derrocamiento de Allende un dirigente de Patria y Libertad”, La Opinión, 17 de mayo de 1973, p. 2.
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