Conclusión
El examen del período de la Revolución Argentina revela la presencia de tres conceptos erróneos, provenientes de la corriente nacionalista y de la historiografía revisionista, que, al establecer una rígida diferenciación entre el gobierno de Onganía y los de sus sucesores Levingston y Lanusse, simplifican excesivamente la comprensión de la compleja política interna y exterior de la etapa que se abrió a partir del golpe de junio de 1966. Estos tres juicios erróneos son los siguientes:
a)
caracterizar a los gobiernos de la Revolución Argentina, y muy particularmente
al de Onganía, como una dictadura basada en un poder unipersonal;
b) definir la política
exterior de Onganía como centrada en las “fronteras ideológicas”,
anticomunista, pro-occidental sin reservas, pro-norteamericana y pro-brasileña;
(1) y
c) etiquetar a la política
interna y exterior de Lanusse como aperturista, en contraposición a la basada
en las “fronteras ideológicas” del período de Onganía. (2)
Respecto
del primer error -el del poder unipersonal de Onganía-, vale apuntar que, si
bien era el presidente quien adoptaba las decisiones en política interna y
exterior, lo hacía consultando a los comandantes en jefe de las tres fuerzas y
a los dos órganos gubernamentales encargados de velar por los objetivos de la
seguridad interna y el desarrollo -el CONASE y el CONADE-. Formalmente, los
jefes de las fuerzas armadas podían parecer apartados de la participación política,
pero ello no era así. Además, como se ha explicado, el presidente Onganía, al
igual que sus sucesores Levingston y Lanusse, debió equilibrar en sus
decisiones los postulados de tres sectores que tenían influencia en el
gobierno: los nacionalistas ortodoxos que impulsaban en el ámbito
interno las medidas vinculadas al anticomunismo, el antisemitismo, el
corporativismo, la disolución de los partidos políticos y las “fronteras
ideológicas” en las relaciones exteriores; los nacionalistas
desarrollistas, partidarios de una política interna y exterior más
centrada en medidas que estimularan el desarrollo que en actitudes represivas o
condicionamientos ideológicos en sus vinculaciones externas; y los sectores liberales,
partidarios de la apertura política, las medidas de estabilización económica
y una política exterior de corte universalista, completamente desatada de
limitaciones ideológicas. De este modo, para poder gobernar, Onganía
necesitaba contar con el respaldo de sectores que propiciaban recetas muy disímiles
entre sí, por ello jugó más bien un papel de árbitro o de mediador entre los
grupos en pugna que el de un dictador clásico con un poder omnímodo.
El
segundo juicio erróneo asigna a la política exterior de Onganía tres
elementos definitorios: a) las “barreras ideológicas” respecto de Cuba y
otros países de la región, debido al régimen comunista en la primera y al
predominio en los últimos de regímenes democráticos, de tendencia
centroizquierdista o izquierdista, con actitudes abiertamente hostiles a regímenes
dictatoriales (caso de Venezuela), o conflictivas con el gobierno argentino
respecto de la seguridad continental y el derecho de intervención (casos de
Chile y México). Se atribuye en consecuencia a Onganía una inclinación hacia
los países del Atlántico -Brasil y Uruguay- en virtud de la presencia en éstos
de regímenes militares ideológicamente afines al argentino (los de Castelo
Branco y Costa e Silva en el caso de Brasil y el de Pacheco Areco en el de
Uruguay); b) el alineamiento o “satelismo” respecto de Brasil, que llevó al
onganiato a reconocer la primacía regional brasileña, y c) el alineamiento o
“satelismo” respecto de los Estados Unidos en materia de seguridad
continental, confirmado por el proyecto argentino de impulsar la creación de un
Comité Consultivo de Defensa en la OEA, supuestamente acorde con el proyecto de
seguridad interamericano impulsado por Washington. (3)
Por
cierto, el primero de los elementos mencionados es sólo parcialmente correcto.
Es válido en el caso de Cuba, en tanto el castrismo y su respaldo a las
guerrillas en la región era percibido por los militares argentinos como la
principal amenaza a la seguridad argentina y continental. Pero en el caso de
otros países de la región la mencionada aseveración es inválida, porque no
tiene en cuenta la situación particular de cada uno. Por ejemplo, las
relaciones del gobierno de Onganía con el de Venezuela fueron malas, pero ello
no se debió a pruritos ideológicos del régimen militar argentino hacia la
democracia venezolana, sino a que el gobierno de Venezuela no reconoció al régimen
militar argentino. Asimismo, la tendencia apuntada supuestamente común a todos
los países del Pacífico tampoco puede sostenerse. Ecuador normalizó
relativamente rápido sus relaciones diplomáticas con el gobierno de Buenos
Aires. A pesar del distinto signo ideológico de las autoridades argentinas y
chilenas -una democracia socialcristiana como la de Eduardo Frei y una dictadura
militar como la de Onganía- la mayor parte de los problemas bilaterales
estuvieron vinculados no a razones ideológicas, sino al viejo conflicto limítrofe
sobre el canal del Beagle. Curiosamente, no hubo tampoco barreras con el régimen
izquierdista de Juan Velasco Alvarado en Perú, con quien las autoridades de
Buenos Aires no rompieron vínculos diplomáticos.
La
afirmación de un satelismo argentino respecto de Brasil, basado en las
coincidencias ideológicas entre las autoridades militares argentinas y brasileñas
también tiene sus puntos débiles. Paradójicamente, las tan apuntadas
coincidencias ideológicas con el régimen militar brasileño -basadas en el
anticomunismo y en el pro-occidentalismo de Onganía y Castelo Branco, primero,
y de Onganía y Costa e Silva, después- no lograron la armonización de las políticas
exteriores de Buenos Aires y Brasilia en muchos temas. Costa e Silva no reconoció
a Velasco Alvarado y Onganía sí lo hizo. Salvo el común apoyo a la estrategia
de “integración gradual” de la ALALC -un respaldo no basado en cuestiones
ideológicas sino en razones de interés económico práctico-, y un esporádico
acuerdo en fomentar medidas de amplio alcance para combatir el terrorismo en la
OEA, las delegaciones de la Argentina y Brasil chocaron en temas relevantes de
la agenda como el aprovechamiento de los recursos hídricos de la Cuenca del
Plata y en la extensión del mar territorial.
A
su vez, la caracterización de la política exterior de Onganía como
anticomunista, pro-occidental y pro-norteamericana, entendida como una actitud
de “alineamiento”
respecto de Estados Unidos, también debe revisarse. En realidad, la política
exterior de Onganía puede definirse con más propiedad como anti-castrista que
como anti-comunista en general y anti-soviética en particular. Así lo
demuestran la firma de una serie de convenios con el gobierno socialista de
Rumania en abril de 1969 -que abarcaron un amplio espectro desde la cooperación
económica hasta la cultural-, y los frustrados intentos del ministro de Economía
Krieger Vasena, de los funcionarios de la Cancillería argentina y del embajador
argentino en Moscú, Jorge Casal, por alcanzar un convenio comercial con Moscú,
a pesar de los condicionamientos ideológicos y de los incidentes diplomáticos
surgidos en razón de las incursiones de pesqueros soviéticos en mar
territorial argentino. (4)
Incluso
respecto del caso paradigmático de Cuba es conveniente introducir algún matiz.
Es cierto que Onganía impulsó, como Washington, la necesidad de una acción
coordinada para hacer frente al régimen de Fidel Castro. Pero la oposición a
la amenaza castrista no implicó que el gobierno de Onganía otorgara un
respaldo incondicional a los proyectos supranacionales de coordinación que, en
materia de seguridad continental, respaldaba el Departamento de Estado
norteamericano. Más bien sucedió lo contrario: la delegación argentina impulsó
la concesión de funciones permanentes al Comité Consultivo de Defensa como una
forma de coordinación regional que estuviera manejada por los miembros de la
OEA y no exclusivamente por Estados Unidos. En otras palabras: coordinación
militar sí, pero sin que los ejércitos nacionales perdieran su conducción en
manos de las autoridades de Washington. Por ello la diplomacia argentina se
esforzó, en todas las reuniones multilaterales, por distinguir su propuesta de
la norteamericana de creación de la Fuerza Interamericana de Paz (FIP).
Asimismo,
varios ejemplos desmienten la caracterización de la política exterior de Onganía
como pro-occidental y/o pro-norteamericana. Así parecen demostrarlo la adopción
del “Plan Europa”, cuyo fin último era el autoabastecimiento de armamentos
para no depender del mercado norteamericano; la política nuclear, que procuró
la opción de uranio natural en vez de uranio enriquecido -cuyos proveedores
eran precisamente Estados Unidos y la Unión Soviética-; la búsqueda de
proveedores alternativos al mercado norteamericano para la construcción de
reactores nucleares -caso de Alemania Occidental para Atucha-; el rechazo a
firmar el TNP y la negativa a ratificar Tlatelolco; la posición argentina en la
ONU respecto del conflicto árabe-israelí de 1967, no alineada ni con Estados
Unidos ni con la Unión Soviética; los acercamientos con países “no
alineados” o, en todo caso, vinculados a un occidentalismo heterodoxo o crítico
hacia Estados Unidos -casos de la India, Francia, Alemania Occidental, entre
otros-, o con países socialistas -Rumania-.
Por
último, el tercer juicio erróneo indica que el “pluralismo ideológico” se
inició con el gobierno de Lanusse. Si se entiende este concepto como sinónimo
de una política exterior no limitada por consideraciones ideológicas, esto no
es correcto. Hubo indicios de búsqueda de una política exterior menos
ideologizada ya mucho antes del Cordobazo de mayo de 1969, lo cual demuestra que
la tensión entre liberales y nacionalistas, e incluso entre fracciones dentro
del nacionalismo, fue una pugna presente en el seno mismo del régimen militar
desde su asunción al poder en junio de 1966. Los intentos por cerrar un
convenio con la URSS, la gira europea efectuada por el canciller argentino en
abril de 1969, en la que Costa Méndez se contactó con países muy disímiles
ideológicamente -desde la España franquista hasta la Francia gaullista y la
Alemania de la Ostpolitik de Willy Brandt- son ejemplos de un perfil que
difícilmente congenie con un esquema de “fronteras ideológicas” y está
curiosamente más cerca del “pluralismo ideológico” o, al menos, de un
occidentalismo flexible o heterodoxo. Por su parte, fue la gestión de
Levingston y no la de Lanusse la que inició las primeras aperturas hacia la Unión
Soviética con la firma de un convenio comercial, y las primeras conversaciones
con el gobierno socialista de Salvador Allende en Chile.
Como
ocurriera con sus predecesores, el gobierno de Lanusse combinó en su seno en
forma contradictoria las tendencias provenientes de los sectores liberales,
nacionalistas ortodoxos y nacionalistas desarrollistas. Sólo partiendo de este
argumento pueden comprenderse ciertas incongruencias de la política exterior
del período que escapan al esquema demasiado rígido de “pluralismo ideológico”
versus “fronteras ideológicas”. Así, por ejemplo, fue Lanusse quien se
entrevistó con Allende, y este encuentro es usualmente explicado por los
autores como ejemplo de “pluralismo ideológico”. Pero también fue este
mismo gobierno quien, en una suerte de retorno del criterio de “barreras ideológicas”,
concedió el asilo a los líderes del movimiento ultraderechista chileno Patria
y Libertad, que habían planeado un fracasado golpe contra Allende y huyeron a
la Argentina. Asimismo, fue Lanusse quien se opuso al restablecimiento de
relaciones con la China comunista por motivos ideológicos, lo que justamente
motivó un enfrentamiento con el canciller de Pablo Pardo, partidario de
reanudar los vínculos con Pekín.
NOTAS
Esta caracterización de la política exterior de Onganía aparece en J.C. Puig, “La política exterior argentina..”, op. cit., pp. 145-146; en M.A. Scenna, Argentina-Brasil..., op. cit., pp. 377-378; y en E. Vera Villalobos, “Realidad y ficción en la política exterior...”, op. cit., pp. 5-6. Por su parte, Carlos Echagüe vincula a Onganía con los intereses privados norteamericanos. Ver al respecto Carlos Echagüe, El socialimperialismo ruso en la Argentina, Buenos Aires, Agora, 1984, pp. 130-131.
A.A. Lanusse, op. cit., pp. 240-241; J.C. Puig, “La política exterior argentina...”; op. cit., pp. 145-147; G. Ferrari, Esquema de la política exterior argentina, Buenos Aires, EUDEBA, 1981, pp. 85-86; M.A. Scenna, Argentina-Brasil..., op. cit., pp. 399-400; E. Vera Villalobos, op. cit., pp. 5-6. Carlos Echagüe señala la alianza entre Onganía y los intereses privados yanquis, en contra de los intereses terratenientes locales; y la alianza de Lanusse con los sectores liberales partidarios de la apertura pragmática, en función de los intereses de los terratenientes de exportar hacia mercados alternativos como la URSS y los países socialistas. Ver al respecto C. Echagüe, op. cit., pp. 130-132.
Los conceptos de “política atlántica”, “barreras ideológicas”y satelismo argentino respecto de Washington y Brasilia en la política exterior de Onganía son sostenidos por M.A. Scenna, Argentina-Chile..., op. cit., pp. 206-207, y M.A. Scenna, Argentina-Brasil.., op. cit., pp. 392 y 394-395.
Respecto de las gestiones diplomáticas entre Buenos Aires y Moscú para lograr un acuerdo comercial durante los tiempos de Onganía ver M. Rapoport, op. cit., pp. 373-376.
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