Las relaciones con Estados Unidos
La
llegada al poder del régimen militar argentino en marzo de 1976 no pareció
constituir en un primer momento motivo de conflicto con el gobierno republicano
de Gerald Ford, dado que la emergencia de un gobierno autocrático en la
Argentina fue percibida como una salida “necesaria” al caos generado por el
gobierno de Isabel Perón. (1) Así, desde Washington, medios de prensa y
organismos oficiales emitieron evidentes gestos de la posición favorable de la
administración Ford hacia el nuevo gobierno argentino. Un cable proveniente de
la capital norteamericana informó acerca de la “buena disposición” con que
el Fondo Monetario Internacional saludaba al régimen militar argentino, mencionándose
la posibilidad de que el gobierno de Videla obtuviese un crédito stand-by por
300 millones de dólares. A su vez, el propio gobierno de Ford recomendó el envío
a los militares argentinos de 49 millones de dólares en concepto de asistencia
militar para el año 1977. Por cierto, estos gestos demostraron la positiva
repercusión que en las autoridades y los hombres de negocios norteamericanos
tuvo el plan liberal del ministro Martínez de Hoz, que apuntaba a la apertura
financiera y la atracción del capital extranjero. (2) Desde la óptica de la
administración Ford, la política económica de Martínez de Hoz era una
“garantía de los intereses de la política económica exterior de los
EE.UU.” y el gobierno de Videla constituía “un factor de perfecta
estabilización” después de “las luchas con características de casi guerra
civil” en los años de las administraciones peronistas. (3)
Sin
embargo, a partir de la asunción de James Carter el 20 de enero de 1977, hubo
un cambio cualitativo en las relaciones bilaterales. La nueva administración
demócrata estuvo obsesionada con dos cuestiones que la llevaron inevitablemente
a chocar con el régimen militar argentino: las violaciones a los derechos
humanos practicadas por el régimen militar y la prioridad que el gobierno
argentino otorgó al desarrollo nuclear.
Respecto
de la cuestión de derechos humanos, las críticas efectuadas por la
administración demócrata y por los líderes de las socialdemocracias europeas
a la represión
en la Argentina hizo que los militares locales se sintieran
“incomprendidos”. En su particular percepción, las naciones de Occidente no
captaban la real dimensión de la ofensiva mundial emprendida por el comunismo
soviético y sus aliados. Frente a este Occidente que no parecía percibir la
importancia de la amenaza comunista, o parecía claudicar frente a ella, la
Argentina, por su experiencia en la lucha contra la subversión, constituía,
junto con otras naciones de la región, el “Extremo Occidente”, que, a
diferencia del dubitativo Carter, declaraba la “Tercera Guerra Mundial”
contra el comunismo y sus aliados. (4)
Inmediatamente
de instalada la nueva administración de Carter, en febrero de 1977 el
secretario de Estado, Cyrus Vance, anunció ante la Subcomisión de
Apropiaciones del Senado la reducción de ayuda militar a la Argentina, debido a
las violaciones de derechos humanos practicadas por el gobierno de Videla. La
Junta Militar argentina consideró la decisión una intromisión en los asuntos
internos y rechazó la totalidad de la ayuda crediticia norteamericana. (5)
No
obstante, cabe destacar dos elementos importantes respecto de la política de
promoción y defensa de los derechos humanos de la administración Carter en la
Argentina. El primero de ellos es que esta política podía aplicarse sin costos
en un país considerado estratégicamente irrelevante en términos de los
“intereses vitales” de la Casa Blanca. Mientras el gobierno de Carter fue
indiferente a las violaciones efectuadas por regímenes militares de países
estratégicamente relevantes para Washington, tales como los de Arabia Saudita o
Corea, intentó aplicar duras sanciones al gobierno militar argentino. Por
cierto, la “irrelevancia” estratégica de la Argentina permitió al gobierno
de Carter impulsar una política de sanciones al régimen militar sin sufrir
consecuencias. Pero esta política impulsada por la administración demócrata
no tuvo por objetivo central la promoción de la democracia en la Argentina. Tan
sólo se limitó a aprovechar los bajos costos de aplicar una política
coercitiva en un país de status irrelevante como la Argentina. Asimismo, la
aplicación de esta política frente al régimen militar argentino tuvo la
ventaja adicional de responder a los reclamos morales de los “cruzados” o
“principistas” en el Congreso y en la opinión pública norteamericanos,
siempre presentes pero particularmente intensos luego de los síndromes de la
guerra de Vietnam y del escándalo Watergate. (6)
El
segundo elemento a tomar en cuenta respecto de la aplicación de la política de
derechos humanos de Carter es que, si bien dicha política podía tener un bajo
costo en términos estratégicos, ello no significaba que contara con un sólido
consenso o que su aplicación fuera necesariamente exitosa. El ala liberal del
Departamento de Estado pudo condenar las violaciones a los derechos humanos
practicadas por el régimen de Videla, y con ello satisfacer los apetitos
morales de los “cruzados”. Pero esta actitud fue abiertamente criticada por
los sectores “pragmáticos” que, dentro y fuera del gobierno de Carter,
percibieron que el perfil “principista” adoptado por la Casa Blanca hacia el
régimen militar argentino podía afectar intereses políticos y económicos de
Estados Unidos en la Argentina. Después de todo, el de Videla fue un gobierno
anticomunista que además practicó una política económica que favorecía las
inversiones norteamericanas. Partiendo de este razonamiento exento de pruritos
ideológicos, la línea “dura” impulsada desde el Departamento de Estado fue
públicamente criticada por funcionarios que respondieron a la línea “pragmática”
de la administración Carter, tales como el embajador norteamericano en Buenos
Aires, Robert Hill, (7) y el secretario para Asuntos Interamericanos, Terence
Todman. (8)
Asimismo,
en 1978 el frustrado intento del Departamento de Estado de vetar los créditos
del Eximbank a la Argentina como “castigo” por las violaciones a los
derechos humanos practicadas por el régimen militar fue un claro caso del
influyente peso de los sectores “pragmáticos” en su puja con los
“cruzados”. A pesar de los esfuerzos de Carter y de los miembros del
Departamento de Estado, el Eximbank continuó sus operaciones con la Argentina.
Sus créditos pasaron de 27,4 millones de dólares en 1978 a 32,7 millones en
1979 y 79,2 millones en 1980. (9) Este resultado, que evidenció la debilidad de
la política impulsada por el ala liberal del Departamento de Estado, fue
producto de la presión ejercida en contra de esta sanción por numerosos
representantes del sector privado norteamericano, (10) y de las excelentes
relaciones del ministro de Economía argentino Martínez de Hoz con los
representantes del ámbito financiero de Wall Street, las autoridades del
Departamento de Tesoro y el propio presidente del Eximbank, John Moore. (11)
Asimismo,
por el lado de las agencias gubernamentales, tampoco tuvo éxito el esfuerzo de
Carter de “castigar” la violación de derechos humanos por parte del
gobierno militar argentino con el bloqueo de créditos. Por cierto, el tan
publicitado “poder de veto” de los representantes oficiales norteamericanos
en los organismos multilaterales de crédito, ejercido como repudio por las
violaciones a los derechos humanos en la Argentina, fue inefectivo en la práctica.
Los datos del Departamento de Tesoro revelan que la Argentina ocupó un lugar
privilegiado en las garantías gubernamentales para créditos durante los
conflictivos años de la administración Carter. En el rubro de los government
contingent liabilities, para el 31 de marzo de 1979 la Argentina ocupaba el
séptimo lugar de importancia, detrás de Corea, Brasil, Israel, Taiwán,
Filipinas y México. Asimismo, en 1980 la Argentina fue uno de los
“principales beneficiarios” del sistema generalizado de preferencias de
Estados Unidos. En consecuencia, y en contra de lo que afirman la mayoría de
los autores, no fueron los prestamistas privados los únicos que boicotearon la
política de derechos humanos de Carter contra el régimen de Videla. (12)
Aprovechando
el enorme prestigio externo del ministro de Economía Martínez de Hoz en los círculos
financieros y empresarios norteamericanos, el gobierno de Videla intentó
explicar a través de la figura de su “superministro” el carácter
“indispensable” de la represión interna. Los contactos de Martínez de Hoz
abarcaron a figuras tanto del ámbito empresario como gubernamental
norteamericano, y excedieron las atribuciones propias de la cartera económica,
al tocar temas eminentemente políticos, como la situación de los derechos
humanos en la Argentina. (13)
A
este canal de contacto con las autoridades económicas y políticas de la Casa
Blanca protagonizado por el ministro de Economía, el gobierno de Videla agregó
otros dos. Uno de ellos fue el canal diplomático formal, integrado por
el entonces segundo canciller del Proceso, vicealmirante Oscar Antonio Montes, y
por los funcionarios de la Cancillería -entre los que se destacó el embajador
argentino en Estados Unidos, Jorge Aja Espil-. El otro fue la diplomacia personal
del presidente Videla, quien procuró contactos directos con el presidente
Carter y otras autoridades norteamericanas con el fin de mejorar la imagen
negativa del gobierno en Washington.
Respecto
del canal integrado por el canciller y funcionarios del Ministerio de Relaciones
Exteriores, lo calificamos como formal en tanto su margen de maniobra
estuvo condicionado por dos factores: su subordinación a las órdenes emanadas
de la Armada y su puja por espacios de poder con la “diplomacia económica”
del ministro Martínez de Hoz. No obstante estas limitaciones, la diplomacia formal
desplegó una intensa actividad, destinada a “aclarar” la
“verdadera” situación argentina en los foros multilaterales. Así, durante
la Séptima Asamblea General de la OEA realizada en junio de 1977 en Grenada, el
delegado argentino Juan Carlos Arliz presentó un proyecto de resolución donde
denunció como una “concepción liberal obsoleta”, la tesis respaldada por
Carter de que los gobiernos son los causantes exclusivos de las violaciones a
los derechos humanos. Arliz sostuvo que la OEA debía ocuparse de los casos
“cometidos por individuos o grupos terroristas”, y que debía cooperar
“con los gobiernos que enfrentan al terrorismo”. Por su parte, el canciller
argentino, vicealmirante Oscar Antonio Montes, propuso que la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos, un organismo de la OEA destinado a
inspeccionar la actuación de los diversos gobiernos de la región en materia de
derechos humanos, ampliara su competencia a los casos de violaciones causadas
por grupos subversivos. Para defender su posición, Montes recordó los
atentados subversivos contra su antecesor, el canciller Guzzetti, y contra el
canciller salvadoreño, Mauricio Borgonovo. No obstante los esfuerzos de la
delegación argentina, la tesis triunfante fue la sostenida por Estados Unidos,
Costa Rica y Venezuela, que afirmaba que ninguna circunstancia justificaba “la
tortura, la ejecución sumaria o la detención prolongada, sin juicio, en forma
contraria a la ley”. (14)
El
segundo canal, el de la diplomacia personal de Videla, se puso en práctica
en una serie de contactos bilaterales que tuvieron lugar durante la segunda
mitad de 1977 -la visita del subsecretario de Asuntos Interamericanos, Terence
Todman, a Buenos Aires en agosto; (15) la del presidente Jorge Videla a
Washington en septiembre para asistir a la firma de los tratados de Panamá;
(16) y la del secretario de Estado, Cyrus Vance, en noviembre- (17). Estos
contactos no produjeron ningún cambio esencial en la relación entre Washington
y Buenos Aires, a pesar de las afirmaciones del gobierno y de la mayoría de los
medios de prensa, que, ante cada visita, hablaron interesada o apresuradamente
de “giro” de las relaciones o de comienzo de un período de “entendimiento
recíproco”. (18) Muy por el contrario, las autoridades norteamericanas
reforzaron su convicción acerca del carácter represivo del régimen militar
argentino. En particular, las condenas de Vance influyeron de manera crucial en
el ánimo del asesor para Asuntos Interamericanos del presidente Carter, Bob
Pastor. Este, a su vez,
jugó un rol decisivo en la aprobación por parte del Congreso
norteamericano de la llamada enmienda “Humphrey-Kennedy” que prohibió la
asistencia militar de Washington a la Argentina. (19)
Decidido
a empañar tanto el prestigio del “superministro” Martínez de Hoz en el
exterior como los contactos del presidente Videla con funcionarios
norteamericanos, el comandante en jefe de la Marina, almirante Massera no dudó
en utilizar la cuestión de derechos humanos como un instrumento más para
debilitar la autoridad presidencial. Así, en diciembre de ese agitado año de
1977, el jefe naval envió a dos oficiales superiores de la Armada a Washington
y Nueva York. Estos desarrollaron contactos con dos funcionarios cercanos al
presidente Carter, el senador demócrata neoyorquino, Jacob Javits, y el
presidente del Consejo de Asuntos Hemisféricos, Lawrence Birns. El mensaje
enviado por Massera a los funcionarios de la Casa Blanca era el siguiente: la
Marina deseaba la transferencia de las áreas militares a la jurisdicción de
las cortes civiles, el retorno de la democracia y el mejoramiento de las
relaciones con Washington, pero la cerrada oposición de Videla y del Ejército
-respaldados por el gobierno norteamericano- impedía la concreción del plan de
apertura política. Los enviados de Massera sostuvieron que la imagen que en
Estados Unidos se tenía de la Armada como representante de la línea dura de la
represión se debía en realidad a la ineptitud de Videla. Incluso transmitieron
a los funcionarios norteamericanos la voluntad de la Armada de publicar la lista
completa de detenidos y desaparecidos que hubieran tenido lugar desde la visita
de Vance en noviembre. (20)
Hacia
la segunda mitad de 1978, una conjunción de factores internos y externos llevó
a que tanto en Washington como en Buenos Aires el tenor de las declaraciones
respecto de la espinosa cuestión de los derechos humanos disminuyera. Por el
lado del gobierno de Estados Unidos, esta flexibilización estuvo vinculada a
dos factores. En primer lugar, a la existencia de sectores internos con
intereses estratégicos, financieros y comerciales en la Argentina, que
se opusieron a la política de sanciones impulsada por el Departamento de
Estado. Entre ellos, vale citar al Departamento de Tesoro, los militares y
algunas empresas norteamericanas. En segundo término, a la adopción de una
actitud de mayor pragmatismo por parte del propio gobierno demócrata, que
incluyó declaraciones respecto del mejoramiento relativo de la situación de
los derechos humanos en la Argentina, como la del portavoz del entonces
subsecretario de Asuntos Interamericanos, Vyron Vaky, en septiembre de 1978.
Esta actitud de Washington se debió a la emergencia de conflictos en distintas
partes del mundo -las crisis de Irán, Angola, Nicaragua y Afganistán- de mayor
prioridad que la violación de los derechos humanos por parte del régimen
militar argentino. (21)
Por
el lado de las autoridades de Buenos Aires, hubo una explícita intención
-impulsada por la Secretaría de la Presidencia- de que el gobierno de Videla
evitara las críticas al gobierno norteamericano, colocando la responsabilidad
de la situación no exclusivamente en Washington sino en la falta de
“comprensión mutua” en determinados funcionarios del Ejecutivo y miembros
del Poder Legislativo. (22) Así se concretó, por iniciativa del vicepresidente
norteamericano Walter Mondale, una entrevista entre éste y el presidente
argentino Videla en Roma en septiembre de 1978, en ocasión de la ceremonia de
entronización del Papa Juan Pablo I. En este encuentro, ambas partes llegaron a
un acuerdo, por el cual el Departamento de Estado prometía rever su política
de no autorizar al Eximbank la financiación del proyecto hidroeléctrico de
Yacyretá, en tanto Videla se comprometía a permitir el ingreso a la Argentina
de una delegación de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA
para constatar la situación de esos derechos en el país. Por cierto, en estos
gestos de “conciliación” de la administración demócrata tuvo mucho que
ver la incidencia de los sectores empresariales y financieros con intereses en
el mercado argentino, quienes percibieron que la política del “garrote” podía
perjudicar sus inversiones. (23)
Pero
al mismo tiempo esta flexibilización de la administración Carter que apuntó a
disuadir al régimen militar con “zanahorias” económicas para que
suspendiera las violaciones a los derechos humanos, se vio limitada en la práctica
por la injerencia de los “cruzados” norteamericanos que presionaron
precisamente en la dirección contraria desde el Congreso. En consecuencia, la
política del “garrote” hacia la Argentina volvió a evidenciarse,
provocando nuevas fricciones entre Washington y Buenos Aires. Así, a pesar de
los esfuerzos “moderadores” del Ejecutivo, el Congreso decidió poner en
vigencia, el 1º de octubre de 1978, la enmienda Humphrey-Kennedy a la Sección
620-B de la ley norteamericana de Ayuda Exterior -que había sido aprobada por
el Legislativo en agosto de 1977-. Por esta enmienda, se suspendió toda ayuda
militar a la Argentina bajo la forma de créditos, donaciones, garantías de préstamos,
ventas y licencias para exportación acordados con posterioridad al 30 de
septiembre de 1978. (24)
Junto
a la suspensión de la ayuda militar, otro fracaso en los intentos del gobierno
de Videla por granjearse la buena voluntad de la administración Carter fue la
repercusión negativa que tuvo la presencia en Buenos Aires de la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), (25) entre los días 6 y 20 de
septiembre de 1979. Dicha presencia intentó ser políticamente explotada tanto
por los dirigentes de los partidos políticos, (26) como por los sectores
“duros” del Ejército y la Marina, quienes nunca estuvieron de acuerdo con
la decisión de los sectores “blandos” o “videlistas” de permitir la
visita del organismo a la Argentina. (27)
Pero
las reacciones de repudio a la visita de la CIDH no se limitaron a los sectores
“duros” del Ejército y la Marina. En una curiosa demostración de respaldo
a la política antiterrorista aplicada por la Junta Militar argentina, una serie
de agrupaciones mayoritariamente vinculadas a los sectores agroganadero y
empresarial -entre ellas la Cámara Argentina de Frigoríficos, la Sociedad
Rural Argentina, el Rotary Club de Buenos Aires, el Centro de Exportadores de
Cereales, la Federación de Cámaras de Exportadores de la República Argentina,
el Centro Argentino de Ingenieros, la Cámara Argentina de Productos Avícolas,
la Unión General de Tamberos, el Consejo Empresario Argentino y el Consejo
Publicitario Argentino- emitieron la siguiente solicitada de respaldo al
gobierno argentino:
Los
Argentinos queremos decirle al mundo:
Los Argentinos estuvimos en guerra.
Todos la vivimos y sufrimos.
Queremos que el mundo sepa que la decisión de entrar en la lucha que provocó e
impuso la subversión, no fue privativa de las Fuerzas Armadas.
Tampoco fue privativa del Gobierno Argentino.
Fue una decisión de Argentinos. Todos, absolutamente todos los hombres de buena
voluntad que habitan el suelo argentino, pedimos en su momento a las Fuerzas
Armadas que entraran en guerra para ganar la Paz.
A costa de cualquier sacrificio.
Y todos deseamos que la guerra terminara cuanto antes.
Hoy, la guerra terminó, aunque no la vigilia. (...)
Las instituciones que (...) firmamos, queremos refrendar de esta manera nuestro
apoyo a aquella dolorosa pero imprescindible decisión.
Aunque en idénticas circunstancias volveríamos a actuar de idéntica manera,
quiera Dios que nunca tengamos que pagar este precio para vivir en Paz. (28)
Por
su parte, la llamada “Agrupación Democrática Argentina” emitió una
declaración de enfático repudio al informe de la CIDH, sosteniendo que
(...)
nuestras Fuerzas Armadas, lejos de ser ponderadas por la victoria obtenida sobre
la subversión, resultan absurdamente vilipendiadas y condenadas. Ante este
desconcertante informe, es muy lógico que para el ciudadano medio, el proceder
de los Estados Unidos se torne ininteligible, en un indescifrable jeroglífico
(...). (29)
A
fines de marzo de 1980, el canciller Carlos Washington Pastor intentó
descomprimir la tensa situación creada por la visita de la CIDH, sosteniendo
que “no hay derecho moral ni material” para investigar a la Argentina. (30)
Cuando
en abril de 1980 se conoció oficialmente en la Argentina el dictamen negativo
de la CIDH, el gobierno de Videla se vio obligado a responder con un extenso
documento que acusaba al informe de no guardar “los requisitos de ecuanimidad
y objetividad que deberían ser indispensables en un documento de tanta
importancia”. Asimismo, sostenía que dicho informe utilizaba “elementos
distorsionantes de la verdad”, ignorando “la realidad argentina de la
última década, sin cuyo conocimiento acabado es imposible la comprensión de
la situación actual y del pasado reciente”. (31)
Asimismo,
el gobierno argentino decidió revertir su negativa imagen externa a través de
una intensa campaña de relaciones públicas en Estados Unidos. Con este
objetivo, la embajada argentina en Washington publicó un boletín mensual
titulado Argentina y distribuido a personas influyentes en los sectores
privado y público de la sociedad norteamericana. Asimismo, el embajador Aja
Espil estableció sólidos vínculos con grupos conservadores de Estados Unidos,
contando con la colaboración de la Fundación Heritage de Washington y el
senador Jesse Helms. En 1980, una empresa editora norteamericana privada, la Southern
Cone Publishing & Advisory Services, Inc., fue contratada por la
embajada para que se ocupara de distribuir materiales impresos sobre la
“verdadera” realidad argentina, entre ellos un nuevo boletín mensual
titulado Argentine Report. También, especialmente entre 1980 y 1983, se
organizaron seminarios donde se reunieron argentinos y norteamericanos para
analizar temas de política exterior. (32)
Paradójicamente,
la presión ejercida desde Washington como “castigo” a la violación de
derechos humanos produjo el fortalecimiento de los sectores militares
“duros”. (33) Este fue precisamente el efecto contrario al buscado por el
presidente Jimmy Carter y por la directora de la Oficina de Derechos Humanos,
Patricia Derian. Carter y Derian no percibieron que, en gran medida, la
estabilidad del presidente Videla frente a sus colegas militares estaba
condicionada no sólo por el éxito del plan económico, sino también por su
capacidad para resistir la campaña externa en repudio a la política de
derechos humanos del régimen, que se convirtió en un leitmotiv que
tiñó la agenda bilateral durante los años 1978 a 1980. Debido a la
percepción que los sectores nacionalistas tanto militares como civiles tuvieron
de la presión norteamericana como un caso inaceptable de interferencia externa,
Videla no podía transigir en esta cuestión sin correr el riesgo de perder
legitimidad frente a sus pares. (34)
Cabe
agregar que luego de la visita de la CIDH en septiembre de 1979, los militares
norteamericanos, opuestos a la política de derechos humanos impulsada por la
administración demócrata, tuvieron contacto con sus colegas argentinos. Entre
éstos contactos, pueden mencionarse el viaje a Buenos Aires del teniente
general del Ejército, Gordon Summer, en noviembre de 1979; y el del teniente
general del Ejército, Daniel Graham, asesor del candidato republicano a la
presidencia Ronald Reagan, en junio de 1980. En la conferencia que diera a su
paso por Buenos Aires, Summer estableció claramente sus diferencias de enfoque
con la política de derechos humanos impulsada por Carter y Derian:
Estoy
especialmente preocupado por la polarización de este hemisferio (...) donde los
Estados Unidos han dividido a toda la América latina en dos grupos: los de
‘sombreros blancos’ -en los Estados Unidos los buenos- que son los
dictadores de izquierda que ‘defienden los derechos humanos’, y los de
‘sombreros negros’ que son todos los demás. A éstos, bajo la retórica
internacional, se les niega la entrada a los mercados internacionales, de
dinero, etcétera. Y, estratégicamente, el hemisferio está siendo sacrificado
sobre el altar de los derechos humanos. (35)
Por
su parte, el teniente general Daniel Graham sostuvo un mensaje muy agradable a
los oídos de los militares argentinos:
(...)
la Argentina y el Cono Sur es de mucha importancia para la defensa de Occidente.
Como los buques petroleros de Occidente (...) que llevan el fluido a Estados
Unidos o a Europa, atraviesan el Atlántico Sur, la Argentina tiene una gran
importancia estratégica por su posición geográfica. (36)
En
una disertación organizada por el Instituto para el Desarrollo del Empresariado
Moderno (IDEM), Graham dio un paso más, definiendo a la Argentina como un
“gobierno amigo”, y prometiendo un cambio en las relaciones bilaterales a
partir de la llegada de Reagan a la presidencia norteamericana, pues el
candidato republicano “trataría al mundo tal como es y no como algunos
idealistas dicen que es”. (37)
No
obstante la creciente resistencia de algunos sectores a su política de derechos
humanos, Carter mantuvo sus ataques al régimen militar argentino. Esta actitud
quedó demostrada en la Décima Asamblea General de la OEA en noviembre de 1980,
cuando la delegación norteamericana presentó un proyecto que proponía
individualizar en la resolución final del organismo interamericano los nombres
de los países donde, según los informes de la CIDH, éstos habían sido
violados. Mientras los representantes estadounidenses sostuvieron que la no
mención individualizada de los países comprendidos en los informes debilitaba
las funciones de la Comisión como órgano supervisor de la forma en que los
estados debían respetar los derechos humanos, la delegación argentina
interpretaba esta actitud norteamericana como un paso discriminatorio de
Washington contra el gobierno de Buenos Aires, que en nada contribuía a
fortalecer el espíritu de cooperación regional frente a amenazas relevantes
como la ofensiva cubano-soviética en el continente. (38)
En
esta reunión de la OEA, el presidente de la CIDH, el norteamericano Tom Farrer,
leyó el informe sobre la situación de derechos humanos en la Argentina, el
cual sostenía la persistencia de “signos de dura represión”. La lectura de
este informe contó con la presencia de las Madres de Plaza de Mayo. Su
contenido fue enfáticamente rechazado por el embajador argentino ante el
organismo panamericano, Raúl Quijano, quien afirmó que el informe de la
Comisión
parece
reconocer que en la Argentina hubo una verdadera guerra provocada por la
subversión terrorista pero, por la otra, pretende analizar algunas de sus
consecuencias sin prestar la debida atención a ese factor fundamental de
alteración.
Quijano
añadió que la OEA “debe ser un foro para promover la cooperación entre
nuestros países y no un campo de confrontación”. El choque de las posiciones
argentina y norteamericana llegó a un punto tal que la Argentina amenazó con
retirarse de la OEA y la reunión estuvo a punto de fracasar. Finalmente, la
gestión mediadora de la mayoría de los países latinoamericanos llevó a una
resolución final, cuyo texto representó una transacción entre las posiciones
extremas de Buenos Aires y Washington. Como suele ocurrir, esta solución
intermedia no conformó a ninguna de las partes. Contra lo que deseaba Carter,
la resolución no condenaba a la Argentina, pero la mencionaba, poniendo en una
situación incómoda al gobierno de Videla. (39)
Junto
con la espinosa cuestión de los derechos humanos, la vocación de los militares
argentinos por un desarrollo nuclear independiente fue otro tema que generó
roces con Washington. En este sentido, la gestión del almirante Carlos Castro
Madero al frente de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) continuó
con la preferencia por la utilización del uranio natural iniciada durante el
gobierno de Onganía. El propio titular de la CNEA se encargó de explicar que
la opción por el uranio natural implicaba “la independencia del monopolio de
uranio enriquecido que estaba prácticamente en manos de los Estados Unidos.”
(40)
Un
avance de la administración Carter en sus esfuerzos por convencer al gobierno
militar de que firmara el Tratado de No Proliferación Nuclear y el Tratado de
Tlatelolco tuvo lugar durante la visita del secretario de Estado norteamericano,
Cyrus Vance, a Buenos Aires en noviembre de 1977. En dicha ocasión, los
representantes de los gobiernos argentino y norteamericano firmaron un
comunicado conjunto, donde el régimen de Videla hizo una ambigua referencia a
su intención de ratificar el Tratado para la Prohibición de Armas Nucleares en
América Latina. (41)
Para
impulsar la política de no proliferación, la administración Carter sancionó
la Non Proliferation Act en 1978. Esta fue juzgada por los militares
argentinos como un acto discriminatorio, que apuntaba a cercenar el
“derecho” de la Argentina a poseer un desarrollo autónomo en esta materia.
En octubre de 1978 Castro Madero efectuó una terminante declaración en
Washington, sosteniendo que “la Argentina seguirá adelante con sus planes de
construir una planta de reprocesamiento de uranio”. Por cierto, este paso
significaba la posibilidad de que el régimen militar argentino construyera una
bomba atómica. Si bien las autoridades de Buenos Aires expresaron en
innumerables ocasiones la vocación pacífica que orientaba el desarrollo del
Plan Nuclear, estos gestos no constituyeron señales tranquilizadoras para la
Casa Blanca. Desde la sanción de la Non Proliferation Act, el gobierno
de Carter estaba embarcado en la tarea de evitar desarrollos nucleares en
aquellos países que no aceptaran las inspecciones a sus instalaciones,
disposición contemplada por el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) de
1968. Precisamente la Argentina estaba ubicada en la categoría de países
“rebeldes” que aspiraban a un desarrollo nuclear independiente sin aceptar
los controles internacionales establecidos en el TNP. En este conflictivo
contexto, las palabras de Castro Madero provocaron inquietud entre los miembros
de la administración Carter, quienes hicieron un llamamiento para que “se
detenga ese programa hasta tanto haya mayores salvaguardias para la no
proliferación nuclear”. (42)
A
pesar de las objeciones de Washington al ambicioso programa nuclear argentino,
el presidente de la CNEA subrayó la “vocación pacífica” del mismo en la
Vigésimo Tercera Reunión de la Conferencia del Organismo Internacional de
Energía Atómica (OIEA), que se celebró en Nueva Delhi en diciembre de 1979.
Basándose en este argumento, Castro Madero reiteró las críticas al sistema de
salvaguardias del OIEA establecido por el TNP, sosteniendo que un plan nuclear
de índole pacífica como el argentino no debía ser interferido con la excusa
de la política de no proliferación. Asimismo, anunció la renuncia argentina
al programa de asistencia del organismo multilateral, pues según el titular de
la CNEA dicha asistencia “no alcanza el nivel adecuado en los terrenos de la
ingeniería y de la tecnología nuclear, que son las urgentes necesidades del
país”. (43)
Por
cierto, el gobierno argentino pudo superar las restricciones a la transferencia
de tecnología impuestas por Washington como represalia por no firmar el TNP y
no ratificar Tlatelolco. A pesar de este inconveniente, el régimen militar
encontró otros proveedores para seguir adelante con su Plan Nuclear. Así, a
mediados de marzo de 1980 la empresa suiza Suizer Brothers firmó con la
CNEA un contrato para la provisión y montaje de una planta de agua pesada. (44)
Por su parte, a principios de mayo del mismo año, la empresa alemana Kraftwerk
Union AG firmó un acuerdo con la CNEA para la construcción de la central
nuclear Atucha II, que fue la primera construida con un sistema de no “llave
en mano”. Este acuerdo, junto con un convenio firmado con las empresas Kraftwerk
Union AG y Maschinenfabrik Ausburg-Nuremberg de Alemania y Voest
Alpine Aktiengesehischaft de Austria, sobre provisión de energía y
asistencia a la fabricación de componentes pesados para centrales nucleares,
fueron aprobados por el gobierno argentino en enero de 1981. (45)
Ante
la falta de adhesión de países como Canadá, la URSS y Alemania Federal a las
restricciones en la transferencia de tecnología nuclear a la Argentina
impuestas por el gobierno de Carter, las autoridades de la Casa Blanca
decidieron enviar una serie de misiones cuyo objetivo fue lograr la adhesión al
TNP por parte de los militares argentinos. De este modo, en marzo de 1980 tuvo
lugar la misión del embajador especial Gerald Smith, quien no logró ningún
resultado. Igual suerte corrió la misión de la Cámara de Representantes de
Estados Unidos, encabezada por su presidente John W. Wydler, que llegó a Buenos
Aires a principios de abril del mismo año, con el objetivo de “superar las
diferencias existentes en materia de transferencia de tecnología nuclear”.
(46)
Por
otra parte, a principios de enero de 1980, la administración Carter anunció
una serie de medidas destinadas a “castigar” la invasión soviética a
Afganistán iniciada en diciembre de 1979. Entre ellas se destacó el embargo de
17 millones de toneladas de cereales que habían sido anteriormente solicitados
por las autoridades de Moscú. Pocos días después el gobierno norteamericano
convocó a los grandes productores mundiales de granos -Argentina, Australia,
Canadá y la Comunidad Económica Europea- a una reunión en Washington, con el
objeto de crear un “frente occidental” de repudio a las acciones militares
soviéticas en Kabul.
La
propuesta norteamericana y sus efectos en el comercio exterior argentino fueron
evaluados en dos reuniones realizadas en el Ministerio de Economía en el mismo
mes de enero, que contaron con la participación de funcionarios de Economía y
Cancillería y del presidente de la Junta Nacional de Granos. En dichas
reuniones se resolvió recomendar al gobierno la no participación en el boicot
cerealero, así como el envío de un grupo más técnico y menos político al
encuentro de países productores de granos en Washington, con el objetivo de
demostrar que el gobierno argentino no estaba dispuesto a negociar su adhesión
al embargo. En una reunión del día 9, el ministro de Economía Martínez de
Hoz propuso al presidente Videla asumir una posición pragmática que rechazara
el embargo y a la vez condenara la invasión soviética a Afganistán. Dicha
propuesta fue aceptada por Videla y contó con el respaldo del entonces
canciller, brigadier Carlos Washington Pastor. (47)
El
día 10 de enero ocurrieron dos importantes acontecimientos. Uno fue el anuncio
oficial, a través de un comunicado de la Cancillería, de la posición adoptada
tanto respecto de la invasión soviética a Afganistán como del embargo
cerealero dispuesto por la administración Carter contra las autoridades del
Kremlin. Respecto de la primera cuestión, el comunicado reafirmaba la
pertenencia de la Argentina a Occidente “por vocación y destino” y
condenaba la intervención militar soviética en Afganistán “con absoluto
menoscabo de toda norma o principio”. Respecto del embargo, el comunicado
sostenía la negativa del gobierno a “participar en decisiones o actitudes
punitorias que se hayan adoptado sin nuestra intervención previa y que surjan
de centros de decisión ajenos al país”. Asimismo, la declaración de la
Cancillería dejaba en claro el desacuerdo de las autoridades de Buenos Aires
con el embargo como medio de castigar la actitud soviética, al afirmar que
“es una constante de la política exterior argentina la no utilización de
sanciones económicas como forma de presión o punición en el ámbito de las
relaciones políticas entre los países”. (48)
Al
día siguiente, exactamente uno antes de la reunión de países productores de
granos que debía celebrarse en Washington, Carter envió una carta a su colega
argentino, en la que calificaba la invasión soviética a Afganistán como una
“agresión” que afectaba “la paz y la estabilidad”. Apelando a las
tradiciones “occidentales” de la Argentina, el mandatario demócrata sostuvo
en su carta que “ninguna nación comprometida con la paz y la estabilidad
puede continuar haciendo negocios como siempre con la Unión Soviética”. (49)
En su respuesta a Carter, Videla reafirmó la pertenencia “fervorosa” de la
Argentina a Occidente y sostuvo que su gobierno había condenado la invasión
soviética a Afganistán con el voto en la ONU, pero que ello no excluía -en
forma acorde con la declaración del 10 de enero- “la decisión de no secundar
medidas adoptadas en forma unilateral y sin consulta”. (50) En la reunión de
productores de granos que tuvo lugar en Washington, los representantes
norteamericanos presionaron reiteradamente a la delegación argentina con el fin
de obtener la promesa de que las autoridades de Buenos Aires no intentarían
“sacar ventaja” de la situación de embargo de granos a Moscú. Para disipar
estos temores, tanto el titular de la Junta Nacional de Granos David Lacroze
desde Washington, como el secretario de Agricultura Jorge Zorreguieta desde
Buenos Aires, sostuvieron en forma unánime que la Argentina no participaría
del embargo, pero tampoco vendería granos adicionales a la URSS, aunque ambos
representantes dejaron librado al mercado y a los exportadores privados la
decisión final de incrementar las ventas a Moscú en respuesta a una
ampliación de la demanda. En la práctica, la promesa de las autoridades
argentinas se limitó a lo que vendía el Estado -que era una parte ínfima del
total de exportaciones de granos a la URSS-. El grueso de dichas exportaciones,
en manos privadas, no se vio afectado por las promesas de Lacroze y Zorreguieta.
(51)
Las
presiones de Washington sobre el gobierno argentino continuaron, pues la
administración Carter no confió en el compromiso asumido por las autoridades
de Buenos Aires de no renovar los convenios comerciales con Moscú. Para ello
envió a Buenos Aires, a fines de enero de 1980, al comandante de la Academia
Militar de West Point, general Andrew Jackson Goodpaster, quien sólo obtuvo la
promesa del ministro Martínez de Hoz de que la Junta Nacional de Granos no
tomaría nuevos compromisos con la URSS. Finalmente, la misión Goodpaster no
tuvo éxito, dado que, tras su visita, el intercambio comercial con Moscú, se
incrementó. Por cierto, este crecimiento estuvo impulsado más por los
intereses de los productores argentinos de aprovechar el mercado soviético, que
-como pensaron en su momento algunos funcionarios norteamericanos- por el deseo
de “venganza” del gobierno militar debido al “maltrato” que las
autoridades de Washington le prodigaban en materia de derechos humanos.
(52)
Asimismo,
también fracasaron los esfuerzos de Goodpaster por atraer a los sectores más
duramente anticomunistas de las Fuerzas Armadas a través de argumentos
ideológicos, tales como el peligro de que la dependencia comercial argentina
respecto de la URSS pasara al plano político. Pero paradójicamente, los
sectores “duros”, enemigos de la dupla Videla-Martínez de Hoz en la
mayoría de los temas de agenda interna y exterior, respaldaron la decisión del
gobierno argentino de no sumarse al embargo cerealero contra la URSS, por dos
razones. En primer lugar, la decisión adoptada por Videla y Martínez de Hoz
aparecía ante los ojos de estos sectores como un ejemplo de política exterior
independiente. En el segundo, el rechazo a la estrategia norteamericana
permitía a estos sectores canalizar su disgusto respecto de la política de
derechos humanos adoptada por la administración demócrata. (53)
Unos
meses más tarde, el gobierno de Videla decidió prohibir la participación de
deportistas argentinos en los Juegos Olímpicos de Moscú, como manifestación
de repudio a la intervención soviética en Afganistán. Con esta decisión, el
régimen militar pretendió demostrar su vocación “occidental”, pero sin
dejar de hacer negocios con Moscú. (54)
Otro
tema que se presentó en las relaciones argentino-norteamericanas durante el
gobierno de Videla estuvo relacionado con el golpe militar que se produjo en
Bolivia en julio de 1980. La actitud protagónica del gobierno argentino en
dicho golpe que derrocó al presidente Hernán Siles Suazo provocó conflictos
con la administración Carter. En el ámbito bilateral, el gobierno
norteamericano decidió suspender la programada visita a Buenos Aires del
subsecretario de Asuntos Hemisféricos William Bowlder -que representaba la
continuación del diálogo iniciado en enero de 1980 por la misión Goodpaster-.
Asimismo, dejó la embajada en la Argentina a cargo de un ministro y decidió no
designar nuevo embajador hasta después de las elecciones norteamericanas
previstas para noviembre de ese año. (55)
En
el plano multilateral, el gobierno de Carter apoyó en la OEA un proyecto de
resolución, presentado por Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela, que condenó
enérgicamente el golpe militar en Bolivia y fue finalmente aprobado por el
Consejo Permanente del organismo panamericano a fines de julio. Frente a este
proyecto respaldado por Washington, el delegado argentino, Raúl Quijano, se
abstuvo, fundando paradójicamente su postura en el principio de no
intervención en los asuntos internos de otros Estados. (56)
Por
cierto, el involucramiento argentino en América Central fue otra cuestión
relevante en la agenda bilateral, que tuvo por protagonistas a los militares
argentinos y a la Agencia Central de Inteligencia norteamericana (CIA). Ambos
sectores coincidieron en sus críticas a la actitud de apaciguamiento del
gobierno de Carter respecto de los focos guerrilleros en América Central. En
este sentido, vale recordar que la administración demócrata, a diferencia de
sus antecesoras, percibió que estos conflictos tenían un origen exclusivamente
local. Fuertemente influido por el enfoque de su secretario de Estado Cyrus
Vance, Carter planteó que la intervención norteamericana en América Central y
otros países del Tercer Mundo, lejos de contribuir a contener la expansión
soviético-cubana como sostenían los sectores anti-comunistas, facilitaría su
expansión, al enajenar a los sectores populares y volcar sus simpatías hacia
los infiltrados izquierdistas. Aplicando este razonamiento en el caso
nicaragüense, Carter hizo nada para prevenir el derrocamiento de la dictadura
derechista de Anastasio Somoza a manos de los sandinistas en 1979. Mientras las
anteriores administraciones, preocupadas por la contención de la infiltración
comunista, respaldaron al régimen somocista, Carter optó por correr el riesgo
de que llegara al gobierno un régimen izquierdista. Para una administración
que recibió la herencia del exceso de intervención norteamericana en Vietnam,
este costo era preferible al de intervenir en favor de una dictadura de derecha
que además violaba los derechos humanos. Por cierto, el enfoque
“regionalista” de Carter y Vance fue enfáticamente criticado por los
sectores anticomunistas dentro y fuera del gobierno. Así, además de la
oposición republicana, encabezada por el candidato presidencial Ronald Reagan,
sumaron sus voces de protesta el asesor de Seguridad Nacional, Zbigniew
Brzezinski, y los funcionarios del Departamento de Defensa. Estos sectores,
percibieron la llegada al poder de los sandinistas con las lentes ideológicas
de la Guerra Fría: esto es, como un triunfo del expansionismo
cubano-soviético. (57)
El
anticomunismo intervencionista de sectores del gobierno como la CIA encontró
importantes aliados en los “halcones” militares argentinos, quienes se
sentían incomprendidos por la política del “garrote” que Carter y Patricia
Derian impulsaron contra el régimen de Videla. Los “cruzados” argentinos,
decididos como sus contrapartes norteamericanos a combatir los focos de
expresión izquierdista dentro y fuera del país, contaron con el aval de la CIA
para jugar un rol crecientemente intervencionista en América Central,
justificado por la conexión de los elementos de izquierda de esta subregión
con emigrados argentinos provenientes de grupos ideológicamente afines, como el
ERP, Montoneros o peronistas de izquierda. (58)
Existen
diferentes interpretaciones acerca de la fecha de inicio de la intervención
argentina en el área centroamericana. Según el académico norteamericano
Riordan Roett, la misma comenzó supuestamente hacia fines de 1979, cuando el
general Leopoldo Fortunato Galtieri, un “halcón”, fue designado comandante
en jefe del Ejército. Actuando como una agencia diplomática autónoma del
Poder Ejecutivo, el Comando en Jefe del Ejército, conducido por Galtieri,
envió asesores militares a Honduras, El Salvador y otros países del área.
(59) De acuerdo con el académico argentino Roberto Russell, los contactos
iniciales para el envío de militares y armas argentinos hacia la subregión
centroamericana tuvieron ocasión de realizarse durante el denominado Cuarto
Congreso de la Confederación Anticomunista Latinoamericana, celebrado en Buenos
Aires en septiembre de 1980, foro en el que participaron diversos representantes
de la extrema derecha latinoamericana. Entre éstos figuraron precisamente, el
presidente de la organización cubana anticastrista de Miami Alpha 66, Andrés
Nazario. Alpha 66 era una agrupación que oficiaba como conexión de la
operación argentina en América Central. Asimismo, el presidente de este Cuarto
Congreso fue el comandante del I Cuerpo de Ejército argentino, general Carlos
Guillermo Suárez Mason, identificado con el ala más dura del Proceso, quien no
dudó en extender al escenario centroamericano la Tercera Guerra Mundial contra
el comunismo librada dentro de la Argentina. (60)
Sin
embargo, el ex integrante del Batallón 601 del Ejército, Leandro Sánchez
Reisse, y el periodista Daniel Santoro coinciden en sostener que la presencia
argentina en América Central es muy anterior al arribo de Galtieri a la
jefatura del Ejército. Comenzó en realidad en 1976, como una extensión
regional de la lucha antisubversiva que se estaba llevando a cabo dentro del
territorio argentino, y se prolongó hasta 1984. Desde 1976 a 1979, estuvo en
manos de un “halcón”, el comandante del I Cuerpo de Ejército, general
Carlos Guillermo Suárez Mason. Pero a partir de 1978, la intervención
encubierta de los militares argentinos en América Central se llevó a cabo a
través del llamado Grupo de Tareas Exterior (GTE), creado en secreto por el
batallón de Inteligencia 601, dependiente de la jefatura II de Inteligencia del
Ejército. La función del GTE fue la de extender la lucha contra la guerrilla
local al plano regional. La parte financiera del Grupo fue manejada por un
agente civil del 601: el licenciado en Administración de Empresas y oficial de
nominación primera de ese batallón, Leandro Sánchez Reisse, quien abrió la
casa de empeño Silver Dollar en Miami como cobertura legal del
GTE. Sánchez Reisse financió a las fuerzas argentinas en El Salvador con
conocimiento de la CIA y apoyo de los grupos anticastristas Omega y Alpha 66 de
Miami. Mientras Sánchez Reisse estaba encargado de la parte financiera de esta
“guerra sucia” contra elementos izquierdistas en América Central, oficiales
del Ejército, de la Seguridad Federal y de la Escuela de Mecánica de la Armada
(ESMA) comandaron y asesoraron a los elementos contrainsurgentes en Nicaragua,
Honduras y Costa Rica. (61)
Por
cierto, este creciente involucramiento argentino en el área centroamericana
contó con el visto bueno de la CIA. Esta agencia mantuvo desde mucho antes de
la llegada de la administración Reagan a la Casa Blanca, fluidos contactos con
las dos figuras clave del GTE argentino -el mencionado Sánchez Reisse y el
agente de inteligencia civil Raúl Guglielminetti. Los contactos de la CIA con
los militares argentinos eran John Bull, un hacendado norteamericano radicado en
Costa Rica; el cubano-norteamericano Joe Sancho, y el abogado norteamericano
Norman Faber. El último era socio de Sánchez Reisse en la empresa Argentshow,
dedicada a la compra de programas de televisión y a la organización de giras
de artistas norteamericanos, y que también servía de “pantalla” para
operaciones secretas como la emprendida por el GTE. Faber era socio del titular
de la CIA, William Casey, en la empresa Hold Dicker. Vale recordar que
Casey fue uno de los responsables del escándalo en torno a la conexión
“Irán-contras”, que puso a la administración Reagan al borde de un nuevo
“Watergate”. (62)
Con
el reemplazo de la administración demócrata de Carter por la del republicano
Ronald Reagan en enero de 1981, se abrió una nueva etapa en las relaciones
entre la Argentina y Estados Unidos. Por cierto, la llegada de Reagan a la Casa
Blanca auguraba a Viola un horizonte más propicio al acercamiento que el que
había caracterizado la gestión de Videla. Reagan, a diferencia de su
antecesor, definió al comunismo como un “enemigo” cuya expansión no sólo
había que contener, sino también revertir. Los militares argentinos celebraron
tanto este discurso de cruzada de Reagan como la distinción hecha por Jeanne
Kirkpatrick entre regímenes autoritarios -dictaduras de derecha que
Estados Unidos debía respaldar debido a su anticomunismo- y regímenes totalitarios
-de orientación izquierdista y por ende amenazantes para los intereses
estratégicos de Estados Unidos y del conjunto de Occidente-. (63)
De
acuerdo con una entrevista efectuada al canciller de Viola, Oscar Camilión, en
las relaciones
con Estados Unidos el gobierno argentino partió de su autodefinición como
“occidental”, aunque sin excluir la existencia de “campos parciales de
discrepancia” tales como la política nuclear, la cuestión de las islas
Malvinas, los derechos humanos y los problemas comerciales. Camilión también
reconocía puntos de concordancia entre las percepciones argentina y
norteamericana a partir de la llegada de la administración Reagan, tales como
la mutua preocupación por mantener la estabilidad en América Central frente a
los grupos de izquierda. (64)
Basándose
en la convicción de que la recomposición de relaciones con Washington era una
alternativa viable tras el alejamiento de Carter, el gobierno de Viola trabajó
en esa dirección. Antes de asumir su cargo, en marzo de 1981 Viola, acompañado
por Camilión, realizó un viaje a Estados Unidos. Viola procuró obtener de
Washington alguna promesa de levantamiento del embargo a la ayuda militar, lo
cual fortalecería su autoridad en el frente interno.
Respecto de la crisis centroamericana, Viola y Camilión
prefirieron mantener un bajo perfil, temerosos de que la expansión
revolucionaria en el área tuviera efectos negativos en la propia estabilidad
política del gobierno argentino. Así sucedió en el caso de Nicaragua, frente
a la junta sandinista que derribó la dictadura de Anastasio Somoza en 1979. En
cuanto a El Salvador, la Argentina respaldó política y económicamente el
régimen del líder demócrata cristiano José Napoleón Duarte, oponiéndose a
la declaración franco-mexicana de agosto de 1981, que reconoció al movimiento
guerrillero Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN), fuerza opositora al
gobierno de Duarte. Incluso la Cancillería argentina trabajó en forma conjunta
con el Departamento de Estado norteamericano en el ámbito de la OEA con el
objetivo de obtener consenso multilateral para las elecciones previstas para
marzo de 1982 en ese país centroamericano. No obstante, y a diferencia de lo
que esperaban escuchar los “halcones” militares argentinos y
norteamericanos, el respaldo económico del gobierno de Viola a las autoridades
salvadoreñas no incluiría la ayuda militar, de acuerdo con lo que el propio
canciller Camilión le transmitió a las autoridades de Washington en sus
contactos de fines de agosto de 1981. (65)
El
acercamiento entre las posiciones de los gobiernos argentino y norteamericano
respecto de la cuestión salvadoreña se reveló con toda claridad en ocasión
de la Undécima Asamblea General de la OEA en Santa Lucía, en diciembre de
1981. En dicho foro, el canciller Camilión sostuvo al término de una reunión
con el secretario de Estado Alexander Haig la “coincidencia muy amplia”
alcanzada con Washington en la apreciación del problema salvadoreño. Además,
la delegación argentina respaldó el proyecto de resolución presentado por El
Salvador, Honduras y Costa Rica, que, en coincidencia con el enfoque oficial
norteamericano, apoyaba la apertura de un proceso electoral y condenaba el
estímulo de los sandinistas nicaragüenses a la guerrilla salvadoreña. (66)
Pero
mientras el presidente Viola y su canciller Camilión defendían en la OEA el
principio de no intervención, el sector de los “halcones”, liderados por el
entonces comandante en jefe del Ejército, general Leopoldo Fortunato Galtieri,
entrenaba a oficiales somocistas en lucha antisubversiva. Por cierto, guiado por
el objetivo de desplazar al presidente Viola de su cargo, Galtieri montó una
diplomacia militar paralela que halló eco en la administración republicana de
Ronald Reagan, obsesivamente preocupada por la presencia del régimen sandinista
en Nicaragua. Tanto para los “halcones” argentinos como para la Casa Blanca,
no cabía ninguna duda de que el triunfo de la revolución sandinista, que
tenía el poder en Nicaragua desde 1979, implicaba una puerta abierta a la
infiltración comunista en la región. Esta común preocupación ya había
motivado en febrero de 1981, la visita del enviado especial del secretario de
Estado Alexander Haig, el general Vernon Walters, quien solicitó al presidente
Videla, al comandante en jefe del Ejército Viola y al canciller Pastor
información sobre la “intervención de naciones extracontinentales y de
América” en el conflicto entre los guerrilleros marxistas y el gobierno
salvadoreño. (67) En el mes de abril, ya con Viola sentado en el sillón de la
Casa Rosada, se registró una nueva visita, la del jefe de Estado Mayor del
Ejército norteamericano, general Edward Charles Meyer, quien se entrevistó
directamente con el entonces comandante en jefe del Ejército Galtieri, con el
fin de acordar un sistema de consultas periódicas entre los Ejércitos
argentino y norteamericano. (68)
Por
cierto, la visita de Walters a Buenos Aires evidenció la común vocación de
los “cruzados” argentinos y norteamericanos de erradicar a los elementos
izquierdistas de América Central. Del lado argentino, el comandante en jefe del
Ejército Galtieri manifestó en dos oportunidades su voluntad de cooperar con
Washington en la “guerra sucia” de América Central. La primera fue durante
la visita de Galtieri a Estados Unidos en mayo de 1981, ocasión en la que se
entrevistó con el secretario de Estado norteamericano, Alexander Haig, y le
ofreció la ayuda argentina para contribuir a la lucha contra el comunismo en
América Central. Pero el compromiso formal de intervención militar argentina
en Centroamérica fue asumido en noviembre de ese mismo año, en el marco de una
nueva gira del titular del Ejército por Estados Unidos. En esta nueva gestión,
Galtieri acordó en forma secreta con el entonces director de la CIA, William
Casey, el envío de oficiales argentinos para entrenar y organizar a los
“contras”. A pesar del carácter secreto de este contacto, Galtieri realizó
ante periodistas norteamericanos el sugerente comentario de que el Ejército
argentino podía ofrecer al gobierno de Reagan cooperación “y mucho más”.
Pocos días después, fue el propio presidente norteamericano quien firmó una
orden secreta de seguridad nacional en la que se autorizaba a la CIA a trabajar
con los militares argentinos para sostener la contrainsurgencia en Nicaragua:
Washington aportaba el dinero y éstos su experiencia en la lucha
antisubversiva. (69)
Pero
el terreno de las coincidencias ideológicas entre los “halcones” argentinos
y la administración Reagan no se limitó a América Central. Otro ejemplo de
estas coincidencias fue el entusiasmo de Galtieri por participar en la fuerza
multinacional de paz destinada a supervisar la retirada israelí de los
territorios del Sinaí, ocupados durante la guerra árabe-israelí de 1967.
Durante una visita realizada a Buenos Aires en agosto de 1981, la embajadora
norteamericana ante las Naciones Unidas, Jeanne Kirkpatrick, demostró el
interés de la administración republicana por obtener la participación
argentina en el Sinaí. Asimismo, Claus Ruser, segundo del embajador
norteamericano en la Argentina, Harry Shlaudemann, procuró lograr la
participación argentina a través de sus contactos con el entonces jefe del
Estado Mayor General del Ejército, general José Antonio Vaquero. La estrategia
norteamericana logró un entusiasta respaldo del entonces comandante en jefe
Galtieri, y del agregado militar en Washington, Miguel Alfredo Mallea Gil,
quienes impulsaron la participación en la fuerza multinacional de paz como un
“signo de amistad” hacia Estados Unidos. Incluso Galtieri no dudó en
emprender una nueva gira a Estados Unidos en ese mismo mes de agosto de 1981,
señalando ante funcionarios del gobierno norteamericano la necesidad de que la
Argentina saliera “del caparazón en que estuvo encerrada durante tantos
años.” Asimismo, en su siguiente viaje a Estados Unidos en noviembre de ese
año, Galtieri comunicó a Meyer la necesidad de que la Argentina estuviera en
el Sinaí. (70)
A
pesar del entusiasmo de Galtieri, los oficiales de la Fuerza Aérea y de la
Marina fueron remisos a esta iniciativa de Washington. Diversos funcionarios
diplomáticos argentinos en Estados Unidos también le hicieron saber a Galtieri
durante su estadía en Nueva York en noviembre de 1981 sus reparos respecto de
la intervención en Sinaí. A su vez, el presidente Viola se opuso a la
participación argentina, haciendo suyos los argumentos del canciller Camilión,
quien sostuvo que la región del Sinaí no constituía un área donde se jugaran
intereses nacionales “vitales” de la Argentina; que la participación
argentina tendría un impacto negativo en las relaciones con los países
árabes, afectando la tradicional “equidistancia” de la Argentina en el
conflicto árabe-israelí; que la fuerza multinacional de paz era un mecanismo ad
hoc extraño a las Naciones Unidas; y que esta participación tendría
también un impacto negativo en las fuerzas políticas locales. (71)
Finalmente,
el presidente Viola y los funcionarios de la Cancillería lograron convencer a
la Junta Militar, y ésta decidió la no participación de militares argentinos
en la fuerza multinacional de paz en el Sinaí, para desazón de los
“cruzados”. Por lo menos en este caso, la diplomacia oficial logró imponer
su voluntad sobre la de la diplomacia militar paralela.
Otra
cuestión donde se registraron convergencias entre los militares argentinos y
norteamericanos fue el de la emergencia de un pacto de defensa del Atlántico
Sur para contener la agresión comunista. A fines de mayo de 1981, tuvo lugar en
Buenos Aires un encuentro entre el comandante de la flota del Atlántico de los
Estados Unidos, almirante Harry Train; el comandante en jefe de la Armada
argentina, almirante Armando Lambruschini, y el jefe de Estado Mayor del arma,
almirante Jorge Anaya. En este encuentro se planteó el tema de un pacto,
tratado o convenio para el Atlántico Sur similar al de la OTAN, idea que
volvió a ser propuesta por Train en Montevideo ante los marinos uruguayos a
principios de junio. (72) Otro defensor de la colaboración de la Argentina en
una futura Organización del Tratado del Atlántico Sur (OTAS) fue el general
Vernon Walters, quien, como se sabe, tuvo contactos con los militares argentinos
por otros temas. (73)
Pero
la lista de los temas donde se registraron indicios de cooperación entre los
“halcones” argentinos y los norteamericanos en nombre de la lucha contra el
comunismo quedaría incompleta si no se mencionara la participación argentina
en el envío clandestino, por vía aérea, de repuestos y municiones
norteamericanas para Irán -entonces en guerra contra Irak, respaldada por la
URSS-. Estos vuelos, a cargo de la empresa Transporte Aéreo Rioplatense (TAR)
-propiedad de brigadieres retirados de la Fuerza Aérea argentina- tuvo como uno
de sus protagonistas claves al ex representante de Perón, Héctor Villalón,
que hizo de nexo entre Anthony Mac Donald, titular del First National City Bank
de New York, y el coronel Oliver North, el principal acusado del escándalo
“Irán-contras”. Incluso el propio Villalón hizo referencia a su intención
de organizar efectivos argentinos en Irán para atacar objetivos estratégicos.
Uno de los aviones de la TAR, que había partido de Irán en julio de 1981,
chocó contra un avión de combate soviético MIG -o fue derribado por éste- al
atravesar el territorio de la entonces URSS. Fuentes vinculadas al Senado
norteamericano sostienen que este vuelo del avión argentino había sido
contratado por la CIA norteamericana. (74)
Sin
duda, la etapa más crítica en las relaciones argentino-norteamericanas durante
el Proceso militar sobrevino con el acceso al poder en la Argentina del
comandante en jefe del Ejército, general Leopoldo Galtieri, quien, como se
sabe, logró desplazar del gobierno al general Viola, en diciembre de 1981,
conservando además su cargo militar. Durante la gestión de Galtieri, las
relaciones con Estados Unidos atravesaron dos fases netamente diferenciadas. La
primera abarcó desde su asunción a la presidencia hasta el estallido de la
crisis de Malvinas en abril de 1982, y se caracterizó por una creciente
cooperación bilateral, alimentada por la común preocupación por contener el
avance de elementos izquierdistas en América Central. Con todo, una serie de
hechos demostró que las coincidencias estratégicas entre Washington y Buenos
Aires no implicaron una total identidad de intereses. Galtieri y su canciller
Costa Méndez quisieron gestar una alianza con Estados Unidos basada en el
común perfil occidentalista y anticomunista con la administración de Reagan.
Sin embargo, este intento de alineamiento con los objetivos estratégicos de
Washington fue, como sostiene Roberto Russell, un alineamiento “heterodoxo”.
El compromiso de la diplomacia militar con los intereses y valores de Occidente
no era “una mera adecuación periférica al esquema de globalismo estratégico
impulsado por la administración Reagan”. Respondió, por el contrario, a una
“racionalidad y definición propias de los intereses de seguridad nacional del
Estado argentino”. (75) Durante la administración Carter, esta percepción
“heterodoxamente argentina” del concepto de “Occidente” llevó a los
militares a sentirse “incomprendidos”. Frente a un Occidente que se mostraba
débil y claudicante frente al avance cubano-soviético, la Argentina era “la
reserva moral de Occidente” o, directamente, el “Extremo Occidente”.
Llegado Reagan a la Casa Blanca, los militares argentinos creyeron que
“Occidente” había por fin entendido la importancia de la “cruzada”
argentina. Pero el estallido de la crisis de Malvinas demostró a las claras los
límites del nuevo entendimiento argentino-norteamericano, evidenciando las
diferencias entre los intereses “nacionales” de ambos países,
ocultadas tras el común ropaje anticomunista.
A partir del inicio de la guerra de Malvinas se abrió una
segunda fase en las relaciones argentino-norteamericanas, que abarcó hasta la
renuncia de Galtieri en junio de 1982. En esta segunda etapa, Estados Unidos
pasó de ser el aliado a ser el enemigo de la Argentina. A fin de comprender las
relaciones argentino-norteamericanas durante la gestión de Galtieri, se debe
considerar la vinculación en particular de dos temas -al menos desde la
particular óptica de los militares argentinos-: la crisis de Malvinas y la
participación argentino-norteamericana en América Central.
Por
cierto, el estallido de la guerra de Malvinas entre la Argentina y Gran Bretaña
-este último país aliado de Estados Unidos en la OTAN- mostró la precariedad
de la alianza estratégica forjada entre los “halcones” argentinos y los
“globalistas” de la administración Reagan. Un mes antes del desembarco
argentino en el archipiélago, en marzo de 1982, el régimen militar argentino
buscó sondear la actitud de Washington frente a la cuestión Malvinas, a
través de un encuentro entre el presidente Galtieri y el subsecretario de
Estado, Thomas Enders. Este contacto resultó crucial en tanto evidenciaba que
el interés argentino en América Central estaba vinculado no sólo a
coincidencias ideológicas entre Washington y Buenos Aires en torno de la
necesidad de contener el comunismo. También se relacionaba con el deseo puntual
del régimen militar argentino de que el gobierno de Reagan utilizara su
influencia ante la administración conservadora de Margaret Thatcher para
obtener concesiones de Londres.
Pero
Enders subestimó la importancia de las islas Malvinas en la cultura política
argentina. La cuestión de la recuperación de las islas era un viejo anhelo no
sólo del gobierno militar, sino también de la mayor parte de la sociedad
argentina, factor que explica la popularidad que tuvo la invasión de las islas
del 2 de abril de 1982. Consciente de ello, el gobierno de Galtieri utilizó
políticamente este “sentimiento” para otorgar un aura de prestigio a un
régimen que atravesaba serios conflictos internos. Pero el funcionario
norteamericano nunca concibió que los argentinos le otorgaran tal importancia
sentimental a un puñado de islas de escasa importancia económica, y que el
régimen de Galtieri estuviera dispuesto a invadir el archipiélago como una
forma de obligar a las autoridades de Londres a romper con el estancamiento
diplomático y, por esta vía, obtener prestigio interno. (76)
La
administración norteamericana se sorprendió ante la realidad de la ocupación
argentina de las
islas Malvinas el 2 de abril de 1982, iniciativa que el propio Reagan
había intentado inútilmente disuadir a través de una llamada telefónica a
Galtieri. (77) Ante este hecho, el gobierno de Reagan respondió garantizando el
aprovisionamiento de la flota británica en la base militar norteamericana de la
isla Ascensión y el paso de dicha flota por el canal de Panamá. Además, las
autoridades de Washington consideraron al régimen militar argentino como
agresor y exigieron el cumplimiento de la Resolución 502 del Consejo de
Seguridad de Naciones Unidas, que exigía el inmediato cese de las hostilidades
y el retiro de las tropas por parte de la Argentina como un paso previo para la
solución de la disputa. (78)
Tras
las infructuosas gestiones de mediación del secretario de Estado, Alexander
Haig, en la primera quincena del mes de abril, (79) el Senado y la Cámara de
Representantes norteamericanos se pronunciaron mayoritariamente a favor de Gran
Bretaña en la disputa por el archipiélago, fundamentando su decisión en lo
resuelto por la Resolución 502. Tanto esta actitud del Congreso (80) como la
del Ejecutivo
(81) generó la sorpresa y el desconsuelo de los “cruzados” argentinos,
quienes se sintieron traicionados. (82) Esta sensación de los militares
argentinos quedó claramente evidenciada en la calificación que el propio
presidente Galtieri hiciera del gobierno de Estados Unidos como país
“sorprendentemente enemigo de la Argentina y su pueblo”. (83)
La
“sorpresa” del gobierno de Galtieri ante lo que consideró una
“traición” del gobierno de Reagan fue producto de supuestos erróneos.
Según la percepción del régimen militar, las autoridades de Washington
adoptarían una actitud de apoyo o, al menos de pasividad, en la disputa
angloargentina sobre las islas Malvinas, como retribución por la colaboración
argentina en la “guerra sucia” en América Central, y como consecuencia de
las obligaciones norteamericanas como integrante de la OEA y suscriptor del
TIAR. Esta percepción del gobierno de Galtieri fue alimentada a través de
sondeos indirectos que el presidente y otros “halcones” militares argentinos
mantuvieron con figuras de la administración republicana, entre ellos la
embajadora Jeanne Kirkpatrick, el subsecretario para Asuntos Latinoamericanos
Thomas Enders, el general Vernon Walters, y un grupo reducido de congresistas
republicanos pertenecientes al llamado “lobby sudafricano”. En estos
encuentros, los militares argentinos tocaron el tema Malvinas y creyeron
interpretar en sus interlocutores una actitud de respaldo frente a la opción de
recuperar el archipiélago de las islas Malvinas por acciones de fuerza. (84)
La
crisis de Malvinas obligó a la diplomacia del gobierno de Galtieri a adoptar un
poco creíble sesgo “tercermundista” en la política exterior, lo cual
implicó un giro completo respecto del perfil “occidentalista” que había
caracterizado la política exterior de Costa Méndez hasta abril de 1982. Así,
en el mensaje que dirigiera al pueblo argentino el 1º de mayo de 1982, en plena
guerra, el presidente Galtieri señaló:
(...) La inmensa mayoría de los pueblos de América nos dieron una respuesta franca y clara, una respuesta solidaria y fraternal. Fue la actitud de los que siempre creyeron con pureza y sin segundos intereses que este continente tenía su proyecto y su destino y que su pasado colonial estaba muerto y convertido en polvo o rezago de la historia. Contamos, también, con la comprensión y la adhesión de las naciones no alineadas, que han sentido en carne propia el rigor de la lucha anticolonialista y que comprenden el valor de esa lucha y las exigencias que la obtención de la victoria demanda. De tal manera, nuestra causa ha dejado de ser una problema argentino. Se ha convertido en una causa de América y del mundo, que no reconoce al colonialismo como una situación que pueda ser soportada en este siglo. (85)
Asimismo, el canciller Costa Méndez presentó el nuevo discurso anticolonialista y tercermundista del gobierno de Galtieri ante la Reunión de No Alineados en La Habana, Cuba, en junio de 1982:
(...) La lucha contra el colonialismo (...) tuvo lugar y se sigue desarrollando porque ha sido la reacción legítima de los pueblos contra un sistema de relaciones internacionales destinado a perpetuar un statu quo que es ilegítimo, que es injusto, del cual sólo se benefician las potencias colonialistas e imperialistas... La Argentina compromete su acción en defensa de los principios y propósitos del No Alineamiento, que no son más que los principios dirigidos a construir un sistema de relaciones internacionales basado en la justicia, en la paz y en el desarrollo de los pueblos (...). (86)
Pero
los efectos de Malvinas no se limitaron a los cambios en la política exterior
argentina. También obligaron a un replanteamiento del diseño regional
elaborado por la administración Reagan en 1981. Como sostiene Luis Maira, el
conflicto del Atlántico Sur demostró en primer lugar la fragilidad de las
alianzas militares de los distintos gobiernos norteamericanos con regímenes
anticomunistas desde los años de la Guerra Fría, diseñadas sin tener en
cuenta las diferencias entre los intereses nacionales de dichos gobiernos y el
de Washington, ocultas tras el común credo anticomunista. La decisión del
gobierno de Galtieri de invadir las islas Malvinas, aun contra la voluntad de la
Casa Blanca, evidenció los límites del enfoque estratégico de la
administración republicana, basado en una supuesta armonía de intereses entre
Washington y Buenos Aires. A partir del estallido de la guerra, se quebró
definitivamente la “luna de miel” entre la administración Reagan y las
gestiones de Viola y Galtieri. (87)
En
segundo lugar, la guerra de Malvinas demostró la fragilidad del sistema
interamericano, tanto en su armazón institucional como en su expresión
militar, el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR o Tratado de
Río, establecido en 1947). Un ejemplo acabado de esta falencia fue la fallida
invocación de la delegación argentina en la OEA a lo establecido por el TIAR,
presentando a Gran Bretaña como el país “agresor” y reclamando el respaldo
a los restantes miembros del sistema interamericano. (88)
En
lo que respecta a la situación centroamericana, el gobierno de Galtieri
profundizó el acercamiento de las posiciones argentina y norteamericana
iniciado durante la gestión de su antecesor. Así, se mantuvo la actitud de
asistir con créditos al gobierno salvadoreño, acosado por la guerrilla. En
enero de 1982, Galtieri decidió abrir una línea de créditos al régimen de
Duarte, gesto que repercutió favorablemente en Estados Unidos. (89) Pero, como
lo demostraron las denuncias efectuadas a mediados del mismo mes por los
ministros del Interior y de Relaciones Exteriores de Nicaragua, general Tomás
Borge y padre Miguel D’ Escoto, la ayuda argentina no se limitó al plano
financiero, sino que abarcó también la directa intervención de oficiales del
Ejército argentino en la preparación de los grupos contrarrevolucionarios
Unión Democrática Nicaragüense (UDN) y Fuerzas Armadas Revolucionarias de
Nicaragua (FARN). (90) No obstante, este creciente acercamiento bilateral,
basado en una común vocación anticomunista,
y que durante el gobierno de Galtieri tuvo un componente más
abiertamente mesiánico e intervencionista que en los días de Viola, pronto se
enfrentó con sus propias limitaciones. Por cierto, el hecho de que los
gobiernos argentino y norteamericano coincidieran en el objetivo de luchar
contra los focos de izquierda en América Central y otras partes del mundo, no
implicó una total coincidencia a nivel de “intereses nacionales”.
Los
militares argentinos colaboraron en la “guerra sucia” que Reagan y la CIA
impulsaron en América Central, siguiendo dos motivaciones esenciales. Una de
ellas, la de “extender” a la región la lucha emprendida contra la
subversión a nivel interno, fue compatible con los intereses norteamericanos de
exterminar los focos izquierdistas en América Central. La otra motivación, la
de “vincular” la “ayuda” en esta guerra a una posible colaboración
norteamericana en la disputa anglo-argentina por los derechos de soberanía en
Malvinas, no sólo iba más allá de los intereses nacionales de Washington sino
que los contradecía, pues ni Reagan ni ningún otro gobierno norteamericano
podía adoptar una actitud que implicara el resquebrajamiento de las relaciones
con un socio de la OTAN.
No
obstante, y evidenciando un absoluto desconocimiento de las más elementales
reglas del realismo geopolítico, Galtieri creyó que, tras la invasión a las
islas Malvinas del 2 de abril de 1982, podía aún contar con la buena voluntad
de la Casa Blanca para frenar una contraofensiva británica. Basado en esta
errónea percepción, el presidente argentino decidió cumplir su promesa de
ayuda al gobierno derechista de El Salvador, que había sido solicitada por la
CIA y por el secretario de Estado Alexander Haig. Esta ayuda se concretó a
través del decreto presidencial secreto 721, seis días después del desembarco
argentino en las islas. El 10 de abril, Galtieri se encontró en la Casa Rosada
con Haig. En esa ocasión, Galtieri manifestó su esperanza respecto de la ayuda
norteamericana en el conflicto con Gran Bretaña, y le recordó a Haig el
compromiso asumido por las tropas argentinas en América Central y Bolivia. Pero
contra las expectativas de Galtieri, Haig no emitió ningún gesto de apoyo
concreto. (91)
Durante
la guerra, la posición mayoritariamente pro-británica de la administración
Reagan socavó la cooperación argentino-norteamericana en la “guerra sucia”
en América Central. Esta actitud fue criticada por el senador norteamericano
Jesse Helms, uno de los principales apoyos de los “contras”. De acuerdo con
un informe secreto enviado por el embajador argentino en Honduras, Arturo
Ossorio Arana, al canciller Costa Méndez y fechado en Tegucigalpa el 22 de
abril de 1982, Helms se quejaba ante el gobierno norteamericano de la falta de
“reconocimiento a la labor argentina en Centroamérica” y solicitaba que no
se retirara la “asistencia militar argentina a la zona”. (92)
No
obstante, y a pesar de la innegable crisis que representó la guerra de Malvinas
en la cooperación argentino-norteamericana en América Central, ello no
implicó necesariamente el fin de la intervención de los “halcones”
argentinos. Tras Malvinas, Estados Unidos pasó a ser el “enemigo”, pero la
diplomacia militar siguió involucrándose en la “guerra sucia” en
Nicaragua, Honduras y El Salvador, respaldando con armas y asistencia técnica a
los elementos contrainsurgentes de estos países. Sólo que en la etapa
post-Malvinas lo hicieron con absoluta prescindencia de Washington. (93)
Por
cierto, la posición norteamericana durante la guerra de Malvinas quebró la
precaria alianza construida entre los “halcones” militares argentinos y sus
contrapartes de la administración Reagan. Como efecto de este sentimiento
anti-norteamericano post-Malvinas, el Comando en Jefe de la Armada argentina
decidió a principios de marzo de 1983 no participar en el operativo Unitas XXIV
con la Marina norteamericana. En su comunicado, los oficiales navales locales
hacían expresa referencia al apoyo norteamericano a Gran Bretaña durante la
guerra como la causa de esta decisión. (94)
Al
mismo tiempo que se conocía la decisión argentina de no participar del
operativo Unitas, fue difundido un documento por parte de la CIA norteamericana
que describía el apoyo de Cuba a las organizaciones subversivas argentinas
Montoneros y ERP. Este documento fue divulgado justo veinticuatro horas después
del discurso pronunciado por el presidente Bignone en la Reunión de No
Alineados de Nueva Delhi, en el que el primer mandatario argentino precisamente
agradeció al gobierno de Fidel Castro su apoyo a la causa argentina durante y
después del conflicto de Malvinas. Por cierto, este documento provocó un
profundo desagrado en las autoridades de Buenos Aires. (95)
No
obstante el pronunciado clima de frialdad que caracterizó las relaciones con
Washington durante el último gobierno militar del general Reynaldo Bignone, la
actitud de la administración Reagan fue cautelosa, procurando acelerar el ya
irrefrenable proceso de transición hacia la democracia. En julio de 1982,
levantó las sanciones económicas impuestas el 30 de abril; en septiembre,
anticipó en un gesto simbólico de buena voluntad, el levantamiento de las
sanciones militares impuestas desde la enmienda Humphrey-Kennedy de 1978; y a
fines del mismo mes, a iniciativa de la diplomacia norteamericana, tuvo lugar en
Nueva York el primer diálogo a nivel de cancilleres después de la guerra de
Malvinas entre Juan Aguirre Lanari y Geoge Shultz. Por último, en noviembre el
gobierno de Estados Unidos votó a favor un proyecto de resolución moderado,
que se limitaba a solicitar a la Argentina y Gran Bretaña el reinicio de
negociaciones “con el propósito de encontrar, a la mayor brevedad, una solución
pacífica a la disputa de soberanía” en las Malvinas. Con este último gesto,
la Casa Blanca abrió la posibilidad de recomponer relaciones no sólo con la
Argentina sino con el resto de la región, que habían quedado notoriamente
alteradas tras el estallido del conflicto angloargentino de 1982. (96)
Por
cierto, estos gestos conciliatorios del lado norteamericano, sumados a la
actitud negociadora de Washington en un tema como el de la deuda externa, tan ríspido
para un gobierno de transición como el de Bignone, tuvieron un indudable
impacto en la diplomacia argentina, que también adoptó una actitud cautelosa
hacia Estados Unidos, aunque sin abandonar la retórica tercermundista. Así,
los funcionarios argentinos no dejaron de reclamar la soberanía argentina en
Malvinas, pero lo hicieron omitiendo en los foros internacionales toda
referencia ofensiva directa a Washington. (97)
NOTAS
Cabe advertir que también los medios de prensa norteamericanos coincidieron con esta percepción oficial. El diario liberal Washington Post sostuvo que los militares argentinos “merecen respeto por su patriotismo, al tratar de salvar un barco que se hunde. El fin del gobierno civil, normalmente un hecho lamentable, era en este caso una bendición”. Por su parte, otro medio relevante como el New York Times coincidió con las apreciaciones del Post, remarcando que “nadie puede discutir con seriedad la declaración de la Junta Militar de que el régimen depuesto creó un tremendo vacío de poder que amenazó con lanzar a la Argentina al abismo de la desintegración económica y la anarquía política.” Comentarios del Washington Post y del New York Times citados en E. Anguita y M. Caparrós, op. cit., tomo III, pp. 27-28.
Ver al respecto los trabajos de R. Russell, “Las relaciones Argentina-Estados Unidos...”, op. cit., p. 15; Aldo C. Vacs, “A delicate balance: confrontation and cooperation between Argentina and the United Sates in the 1980s”, Journal of Interamerican Studies and World Affairs, Volume 31, Number 4, Winter 1989, University of Miami, 1989, p. 31; Carlos Escudé, “Argentina: The Costs of Contradiction”, en Abraham F. Lowenthal (editor), Exporting Democracy. The United States and Latin America. Case Studies, Baltimore, The Johns Hopkins University Press, 1991, p. 20, y E. Anguita y M. Caparrós, op. cit., tomo III, p. 21.
Wolf Grabendorff, “¿De país aislado a aliado preferido? Las relaciones entre la Argentina y los Estados Unidos: 1976-1981”, en Peter Waldmann y Ernesto Garzón Valdés (compiladores), El poder militar en la Argentina (1976-1981), Buenos Aires, Galerna, 1983, p. 157.
Carta Política, Nº 59, octubre de 1978, y Discurso del general Carlos Suárez Mason, La Razón, 4 de septiembre de 1980, citados en Roberto Russell, “Sistemas de creencias y política exterior argentina: 1976-1989”, FLACSO, Serie de Documentos e Informes de Investigación, Nº 204, Buenos Aires, julio de 1996, pp. 15-16.
La decisión del Ejecutivo norteamericano anunciada por Vance en febrero de 1977 implicó la reducción del crédito norteamericano de los 32 millones de dólares recomendados por la administración de Gerald Ford en el presupuesto del Programa de Asistencia para la Seguridad (Security Assistance Program) a tan sólo 15,7 millones. Frente a esta reducción crediticia, ligada a la violación de los derechos humanos por parte del régimen militar argentino, el gobierno de Videla decidió el 1º de marzo de 1977 rechazar la totalidad de la ayuda económica norteamericana, pues en la percepción de la Junta, la aceptación de los remanentes equivalía a convalidar las acusaciones de Washington. Finalmente, el 30 de septiembre de 1978, el Congreso norteamericano decidió “castigar” las reiteradas violaciones a los derechos humanos por parte del régimen militar argentino y prohibió todos los suministros de armas a la Argentina, incluyendo los de carácter comercial. Ver al respecto los trabajos de W. Grabendorff, op. cit., p. 159; R. Russell, “Las relaciones Argentina-Estados Unidos...”, op. cit., pp. 15-16, y C. Escudé, “Argentina: The Costs...”, op. cit., p. 19. Asimismo editoriales “La Cancillería dio un comunicado sobre el corte a los créditos militares. Se denunció la intervención norteamericana” y “Ni soberanía de la tortura ni tortura de la soberanía”, por Enrique Alonso, La Opinión, 1º de marzo de 1977, pp. 12-13.
Sobre este tema ver los trabajos de Carlos Escudé, La Argentina ¿Paria internacional?, Buenos Aires, Ed. de Belgrano, 1984, especialmente pp. 40 a 43; C. Escudé, “Argentina: The Costs...”, op. cit,, pp. 19 y 31-32; J.A. Tulchin, op. cit., p. 263; y Francisco Corigliano, “El impacto de los Estados Unidos en el proceso de democratización en Argentina”, en varios autores, El apoyo internacional a la democracia en América Latina, en revista Síntesis, Nº 21, Madrid, julio-diciembre 1993, p. 236.
“Dos voces norteamericanas”, Extra, Nº 142, abril 1977, p. 17; “El ex embajador en Buenos Aires criticó la política exterior de Carter. Robert C. Hill pidió “paciencia y entendimiento” para la Argentina”, La Opinión, 29 de junio de 1977; “Argentina-EE.UU. El sillón de Hill sigue vacío”, Somos, Nº 42, 8 de julio de 1977, pp. 18-19, y declaraciones de Hill en O. Troncoso, op. cit., pp. 39-40.
C. Escudé, “Argentina: The Costs...”, op. cit., p. 19.
Ibid., p. 22.
Los pronunciamientos del lado norteamericano en contra de la suspensión de los créditos del Eximbank a la Argentina incluyeron, entre otros, al presidente de la empresa encargada de vender las turbinas, operación justamente financiada por los créditos del Eximbank; al general Gordon Summers, presidente de la Junta Interamericana de Defensa, quien sostuvo que “sólo los comunistas pueden beneficiarse de esta política”, y al vicepresidente de la Asociación de las Cámaras de Comercio norteamericanas en América Latina, quien sostuvo que esta política de suspensión de los créditos del Eximbank sólo perjudicaba a las empresas norteamericanas. Ver al respecto el editorial “¿A quién perjudica el Eximbank?”, Somos, Nº 97, 28 de julio de 1978, p. 9, que citaba el telegrama enviado al presidente Carter, al secretario de Estado Cyrus Vance y a otros funcionarios por la Cámara de Comercio de los Estados Unidos en la Argentina, recomendando el cese de las sanciones a la Argentina, pues “innumerables compañías estadounidenses se verán perjudicadas por esta política (...)”. También C. Escudé, “Argentina: The Costs...”, op. cit., pp. 19-20.
C. Escudé, “Argentina: The Costs...”, op. cit., p. 20. Ver también editorial “Signo del mejoramiento de las relaciones con EE.UU. Respaldo del Eximbank a la Argentina”, La Opinión, 28 de septiembre de 1978, p. 1, que demuestra, más allá de su análisis parcial, las excelentes relaciones del presidente del Eximbank, John Moore, con el ministro de Economía argentino Martínez de Hoz.
Sobre el impacto negativo de las violaciones de los derechos humanos en la Argentina en el poder de veto de los representantes oficiales norteamericanos en organismos multilaterales de crédito como el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo ver Wolf Grabendorff, “¿De país aislado a aliado preferido? Las relaciones entre la Argentina y los Estados Unidos”, op. cit., p. 158; Jorge Domínguez, “Un valioso desafío para una sabia diplomacia”, en A Fondo, Buenos Aires, noviembre-diciembre de 1983, p. 32; R. Russell, “Las relaciones Argentina-Estados Unidos...”, op. cit., p. 26; y Aldo Vacs, “Regime Change and International Constraints: Democratization and Foreign Policies in Argentina”, paper presentado ante la 29º Convención Anual de International Studies Association, St. Louis, Missouri, March 29-April 2, 1988. Para una interpretación opuesta a las anteriores, ver C. Escudé, “Argentina: The Costs...”, op. cit., pp. 20-26.
El titular de Economía, actuando de hecho como un canciller, procuró aclarar la “verdadera” situación de los derechos humanos en la Argentina ante figuras netamente políticas del gabinete de Carter. Tal el caso de sus contactos ante el secretario de Defensa Zbigniew Brzezinski a principios de junio de 1977, cuyo objetivo fue superar los escollos políticos que impedían la aprobación de créditos al régimen militar argentino. Ver respecto de estos contactos el editorial “Entrevista de claro contenido político. Martínez de Hoz con Zbigniew Brzezinski”, por Guillermo Calisto, La Opinión, 5 de junio de 1977, p. 1.
La tesis presentada por Estados Unidos, Venezuela y Costa Rica se impuso en la OEA por 14 votos y 8 abstenciones -Argentina, Brasil, Colombia, Chile, El Salvador, Guatemala, Paraguay y Uruguay-, derrotando por escaso margen a la propuesta argentina -que tuvo 11 votos a favor (entre ellos los de Brasil, Chile, Perú y Uruguay), 6 en contra (Estados Unidos, Grenada, Jamaica, Panamá, Trinidad-Tobago y Venezuela) y 4 abstenciones (México, Barbados, República Dominicana y Ecuador). Ver respecto de este tema y la posición argentina, los trabajos de R. Russell, “Las relaciones Argentina-Estados Unidos...”, op. cit., p. 17, y O. Troncoso, op. cit., pp. 36-37. También los siguientes editoriales: “Mientras la Argentina presentaba en Grenada un proyecto de resolución sobre el tema. Es lejano el logro de acuerdo sobre los derechos humanos”, por Alfredo Becerra, La Opinión, 17 de junio de 1977, p. 24; “Somos víctimas de aberraciones de quienes dicen luchar por la libertad”. Fundamentó Argentina su posición en la OEA”, por Alfredo Becerra, La Opinión, 21 de junio de 1977, p. 10; “La implicancia del terrorismo. Se pide a EE.UU. mayor realismo”, por Haroldo Foulkes, La Opinión, 21 de junio de 1977, p. 10, “Los derechos humanos dividieron a la OEA”, La Opinión, 23 de junio de 1977, p. 1; “La postura de EE.UU. se impuso en la OEA”, por Hugo Infantino, La Opinión, 23 de junio de 1977, pp. 12-13; “Por escaso margen no prosperó la tesis argentina”, La Opinión, 23 de junio de 1977, pp. 12-13. “OEA. Dos temas en Grenada: Corpus y derechos humanos”, Somos, Nº 40, 24 de junio de 1977, p. 12, y “El canciller y los derechos humanos”, Extra, Nº 145, julio 1977, pp. 30-31.
Vale acotar que la visita del subsecretario de Asuntos Interamericanos, Terence Todman, y la subsecretaria de Derechos Humanos, Patricia Derian, a Buenos Aires en agosto de 1977 tuvo notables repercusiones internas. Sobre contactos de Todman y Derian con dirigentes políticos y las críticas del MID a estos contactos, ver O. Troncoso, op. cit., pp. 53-56, y E. Anguita y M. Caparrós, op. cit., tomo III, pp. 328-330. Por su parte, la subsecretaria de Derechos Humanos, Patricia Derian, mantuvo contactos con los integrantes de la Junta Militar. Como Videla comenzaba a ser percibido por algunos sectores de la administración Carter como el “moderado” de la Junta “cercado” por los “halcones”, Massera decidió “ensuciar” la imagen del presidente. Así, en la entrevista que el jefe naval mantuvo con la representante norteamericana en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), Massera responsabilizó exclusivamente al Ejército y a la Fuerza Aérea por las torturas y desapariciones. La estrategia de Massera no resultó convincente para Derian, quien respondió que también tenía testimonios de violaciones a los derechos humanos efectuadas por oficiales navales. Sobre visita de Derian a Massera y sus repercusiones en la interna del régimen militar ver C. Uriarte, op. cit., pp. 172-174; “La semana Derian”, Somos, Nº 457, 21 de junio de 1985, p. 45, y “Patricia, Todman y Cía. Los días del ‘corto circuito’ ”, Extra, Nº 147, septiembre 1977, p. 93, hace referencia al editorial de Convicción Boletín Político Nº 11, de la primera quincena de agosto de 1977, titulado “La Hora del Pueblo se reunió en la Embajada de Estados Unidos”.
El viaje de Videla a Washington, producto de la invitación del gobierno norteamericano a todos los gobiernos de la región para asistir a la firma de los tratados de Panamá, provocó una feroz puja dentro de la Junta Militar. Mientras desde la Secretaría de la Presidencia, Villarreal y Yofre impulsaban el contacto con Carter como una forma de ganar un aliado externo en la transición hacia una “democracia responsable”, Massera se opuso al viaje, pretextando que Videla quedaría en una posición de subordinación frente al presidente norteamericano. Finalmente, el viaje de Videla a Washington se concretó, aunque no produjo los resultados esperados por Villarreal y Yofre. C. Uriarte, op. cit., pp. 169-171.
En su visita a la Argentina en noviembre de 1977, el secretario de Estado Cyrus Vance entregó a la Cancillería argentina una lista con 7.500 personas presumiblemente detenidas y desaparecidas, y reclamó el juicio de las mismas. Asimismo, Vance se entrevistó en forma separada con los tres miembros de la Junta Militar. Cuando le tocó el turno a Massera, éste responsabilizó de los excesos de la represión al Ejército, dejando a Vance la impresión de que si el gobierno estuviera en manos de la Armada, la política de derechos humanos sería más afín al gusto de la Casa Blanca. Pero, al mismo tiempo que en este tema asumía una posición agradable ante los ojos de Vance, Massera adoptaba un discurso muy duro en el tema de armamentos, que desconcertó al secretario de Estado norteamericano, pues hizo referencia a la búsqueda de otros proveedores e incluso recurrió a la amenaza de liderar un movimiento anti-norteamericano. En dicha reunión, Massera anunció la decisión de su arma de no participar en los ejercicios conjuntos UNITAS con la Marina norteamericana. Ver al respecto Bruno Passarelli, El delirio armado. Argentina-Chile: La guerra que evitó el Papa, Buenos Aires, Sudamericana, 1998, p. 25; C. Uriarte, op. cit., pp. 172-173, e Isidoro Gilbert, El oro de Moscú. La historia secreta de las relaciones argentino-soviéticas, Buenos Aires, Planeta, 1994, pp. 336-338.
R. Russell. “Las relaciones Argentina-Estados Unidos...”, op. cit., p. 18. Los siguientes editoriales son elocuentes respecto de la tendencia señalada por Russell: “Tras el encuentro Videla-Carter, vendrá el canciller Cyrus Vance. ENTENDIMIENTO CON EE.UU.”, (en mayúsculas en el original), por Raúl Fain Binda, La Opinión, 10 de septiembre de 1977, p. 1; “El viaje del general Videla”, La Nación, 6 de septiembre de 1977, p. 8, que subraya un cambio en la posición de Carter hacia América latina; “La imagen dejada por la gestión presidencial”, por Santiago Ferrari, La Nación, 11 de septiembre de 1977, p. 3, y “La gira de Vance. Un nuevo idioma con EE.UU.”, Somos, Nº 62, 25 de noviembre de 1977, pp. 16-18. Una interesante excepción a este exagerado optimismo respecto de los contactos de Videla con las autoridades norteamericanas fue la opinión vertida por los editoriales de la revista Cabildo, representativa de la línea nacionalista más “ortodoxa”. Así, en sus editoriales correspondientes a los números 10 (septiembre de 1977) y 11 (octubre-noviembre de 1977), p. 3, los columnistas de Cabildo criticaron la actitud de Videla de intentar acercarse al “democratismo de los derechos humanos” impuesto por la administración Carter.
B. Passarelli, op. cit., p. 26.
C. Uriarte, op. cit., pp. 189-191.
Ver al respecto los trabajos de John Spanier, La política exterior norteamericana a partir de la Segunda Guerra Mundial, Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1991, pp. 259-262, y de James A. Nathan y James K. Oliver, Efectos de la política exterior norteamericana en el orden mundial, Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1991, pp. 380-383.
R. Russell, “Las relaciones Argentina-Estados Unidos...”, op. cit., p. 19, y C. Uriarte, op. cit., p. 166.
Este intento de la administración Carter de vincular la cuestión de los derechos humanos a la concesión de créditos a la Argentina muestra, en realidad, dos aspectos interesantes desde el punto de vista de la teoría de las relaciones internacionales. Uno de ellos es que este esfuerzo de vinculación fue intentado por la administración Carter porque un país como la Argentina, carente de la relevancia estratégica de Japón, los países europeo-occidentales o del Medio Oriente, fue un perfecto test case para que la política norteamericana de defensa de los derechos humanos -una exigencia de los sectores “cruzados” y principistas de la clase política y de la opinión pública norteamericana- pudiera aplicarse sin costos estratégicos. El segundo punto es que el esfuerzo de vinculación de cuestiones impulsado desde el gobierno fue limitado por la negativa de los “pragmáticos” -los sectores privados comerciales y empresariales norteamericanos con intereses en la Argentina-. Ejemplo de la actitud d éstos fue el envío, en el mes de julio de 1978, de un telegrama por parte de la Cámara de Comercio Argentino-Norteamericana al presidente James Carter, al secretario de Estado Cyrus Vance y a unos 150 legisladores y funcionarios de la Casa Blanca solicitando la revisión de una medida que no afectaba a la Argentina sino a Estados Unidos, pues “(...) un país con las reservas y la posición financiera que tiene en este momento la Argentina puede comprar y obtener créditos de cualquier proveedor del mundo”. Clarín, 28 de septiembre de 1978, cit. en R. Russell, “Las relaciones Argentina-Estados Unidos...”, op. cit., pp. 19-20.
Clarín, 1º de octubre de 1978, cit. en R. Russell, “Las relaciones Argentina-Estados Unidos...”, op. cit., p. 20.
La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) estaba compuesta por su presidente, el venezolano Andrés Aguilar; el costarricense Luis Timoco Castro; el norteamericano Thomas Farer; el colombiano Marco Monroy Cabral; el brasileño Carlos Alberto Dunshoe de Abranches; el salvadoreño Francisco Bertrand Galindo y el chileno Edmundo Vargas Camaño. Entre los contactos que estos miembros de la Comisión tuvieron en su visita de dos semanas a Buenos Aires, en septiembre de 1979, figuraron, además de los miembros de la Junta Militar, la ex presidente María Estela Martínez de Perón, el dirigente sindical Lorenzo Miguel y el periodista Jacobo Timerman, ex director de La Opinión. Ver “Comisión de Derechos Humanos ¿Qué buscan?”, Somos, Nº 155, 7 de setiembre de 1979, pp. 4-9.
“Peronismo y gobierno, frente a frente”, Somos, Nº 157, 21 de septiembre de 1979, pp. 4-9.
“Suárez Mason opina sobre la visita”, Convicción, 16 de septiembre de 1979, p. 9. Ver también declaraciones de Lezama, director de Convicción y por ende referente del pensamiento de Massera, al rechazar la invitación que le efectuaran los miembros de la CIDH para conversar respecto de la libertad de prensa en la Argentina, en “No”, Convicción, 19 de septiembre de 1979, p. 1. Asimismo “Significativos conceptos de Graffigna ante la Cámara de Anunciantes. ‘Preservar nuestro estilo de vida no representa violar los derechos humanos’ ”, Convicción, 21 de septiembre de 1979, p. 1.
Texto de la solicitada publicada en Convicción, 21 de septiembre de 1979, p. 5. Vale remarcar la presencia en la lista de agrupaciones adheridas a la solicitada la presencia de dos vinculadas a la comunidad árabe -la Cámara de Comercio Argentino-Libanesa y la Cámara de Comercio Arabe-Argentina- y la notoria ausencia de agrupaciones representativas de la comunidad judía, hecho explicable por las actitudes antisemitas de los militares argentinos y, en particular, por la negativa repercusión del caso “Timerman”.
“Réplica a un informe sobre la Argentina”, Convicción, 4 de marzo de 1980, p. 7.
Declaraciones del canciller argentino, brigadier Carlos Washington Pastor, Convicción, 20 de marzo de 1980, p. 13.
Informe final de la CIDH, Convicción, 19 de abril de 1980, p. 1; texto completo del comunicado del gobierno argentino del 19 de abril de 1980, refutando las conclusiones del informe final de la CIDH, Convicción, 20 de abril de 1980, pp. 10-11. También referencias en R. Russell, “Las relaciones Argentina-Estados Unidos...”, op. cit., p. 21.
J.A. Tulchin, op. cit., pp. 267-268.
Ver “Vaquero afirmó que no se admitirá la revisión de lo hecho contra el terrorismo”, Convicción, 18 de noviembre de 1980, p. 10.
J.A. Tulchin, op. cit., pp. 265-268.
Palabras del teniente general del Ejército de Estados Unidos, general Gordon Summer, en “Summer habló del retroceso de los Estados Unidos”, Convicción, 1º de noviembre de 1979, p. 12.
Mensaje del teniente general del Ejército norteamericano, general Daniel Graham, Buenos Aires, 16 de junio de 1980, en “Graham aludió al rol argentino en el Atlántico Sur”, Convicción, 17 de junio de 1980, p. 12.
“Graham prevé un despertar nacionalista en los Estados Unidos”, Convicción, 19 de junio de 1980, p. 13; “El acercamiento a la Argentina, una necesidad estratégica para Estados Unidos”, por Sergio Cerón, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 12 de noviembre de 1980, p. 2.
“Argentina amenazó con retirarse de la OEA”, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 21 de noviembre de 1980, pp. 1 y 6; “Derechos Humanos: pugna entre nuestro país y Norteamérica”, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 22 de noviembre de 1980, pp. 1 y 8.
“Se leyó en la OEA el informe sobre derechos humanos en nuestro país”, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 24 de noviembre de 1980, pp. 1 y 5; “Categórico rechazo de Argentina”, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 24 de noviembre de 1980, p. 5; y “OEA: La Resolución no condena, pero nombra a Argentina”, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 28 de noviembre de 1980, pp. 1 y 8.
R. García Lupo, op. cit., p. 42.
Ver al respecto nota 13 del artículo de R. Russell, “Las relaciones Argentina-Estados Unidos...”, op. cit., pp. 18-19. A pesar de la ambigüedad del compromiso de Videla respecto de revisar la negativa a la firma del TNP, esta actitud oficial generó fuertes críticas de los elementos nacionalistas “ortodoxos” y “desarrollistas” militares y civiles, como puede apreciarse en el editorial “Crónica nacional”, apartado “Un núcleo de nuestra soberanía”, revista Cabildo, Nº 11, octubre-noviembre de 1977, en donde se remarca que el compromiso de Videla se contradice con las declaraciones del presidente de la CNEA, vicealmirante Carlos Castro Madero, y del embajador argentino en la ONU, quienes por esos mismos días reivindicaron el derecho argentino a