Las relaciones con América latina
Contra
lo que suele pensarse, América latina ocupó un lugar muy importante en la
agenda externa del régimen militar. Por cierto, los militares argentinos,
imbuidos de la perspectiva de realismo geopolítico, pensaron más en términos
de equilibrio de poder e hipótesis de conflicto que en términos de cooperación
subregional. No obstante, ello no fue obstáculo para que la diplomacia militar
impulsara alianzas con regímenes afines de la región en función de dos
objetivos: luchar en forma mancomunada contra una eventual amenaza comunista y
revertir el aislamiento externo de un régimen atacado tanto por la administración
demócrata norteamericana como por las socialdemocracias europeas. (1) Es en
este contexto donde podemos insertar los viajes de Videla y de Massera a los países
latinoamericanos, y los permanentes contactos de los militares argentinos con
sus colegas de los países vecinos tanto a nivel bilateral como multilateral
(Conferencias de Ejércitos Americanos y Congresos Anticomunistas de la región).
Por
cierto, según palabras del comandante en jefe de la Armada, almirante Emilio
Eduardo Massera, en su visita de junio de 1977 al gobierno nicaragüense de
Anastasio Somoza, la importancia de América latina radicaba en que era la región
que “ha custodiado con amor ese espíritu de Occidente”. Asimismo, en agosto
del mismo año, Massera sostenía, ante otro interlocutor regional, el primer
mandatario paraguayo, general Alfredo Stroessner, que “somos los más puros
guardianes” del “espíritu de Occidente”. (2) Conceptos semejantes expresó
en septiembre de 1979 el entonces comandante en jefe de la Fuerza Aérea,
brigadier Omar Domingo Rubens Graffigna. (3)
Desde
la particular óptica de los militares argentinos, América latina ocupaba un
lugar relevante como “reserva moral” de un “espíritu de Occidente” que
se mostraba claudicante frente al avance del comunismo. También se señalaban
los comunes lazos histórico-culturales de la identidad hispanoamericana. Dada
la “crisis” del “espíritu de Occidente” que los militares percibían en
la política de Carter y en los “eurocomunismos”, la reserva de ese “espíritu”
tenía que estar necesariamente ubicada en Hispanoamérica.
Por
cierto, la identificación de un pasado común hispanoamericano, sumada a la común
percepción de América latina como “reserva moral” de Occidente, dispuesta
a dar batalla frente a la amenaza cubano-soviética, fueron elementos que
llevaron a los militares argentinos a integrar, junto a sus colegas del Cono
Sur, la llamada “Operación Cóndor”. Esta fue una estrategia de coordinación
de las operaciones represivas de las fuerzas de seguridad de los regímenes
militares de la Argentina, Bolivia, Brasil,
Chile, Paraguay y Uruguay. La “Operación Cóndor” estuvo monitoreada
desde la central de la Dirección Nacional de Inteligencia (DINA) chilena y
dirigida personalmente desde Santiago por el entonces presidente de facto,
general Augusto Pinochet. (4)
Durante
el gobierno de Videla se registraron numerosos ejemplos de coordinación entre
los miembros de la “Operación Cóndor”. Así, en abril de 1976 fue
secuestrado en Buenos Aires el campesino brasileño Jorge Alberto Basso,
afiliado al partido Comunista Obrero, quien, para huir de las persecuciones en
Brasil, se había exiliado en Chile hasta 1973, año en que eligió trasladarse
a Buenos Aires. En mayo del mismo año, un comando conjunto de policías
argentinos y uruguayos secuestró y asesinó a dos dirigentes políticos
orientales: el senador Zelmar Michelini y el presidente de la Cámara de
Diputados, Héctor Gutiérrez Ruiz. Por cierto, este operativo conjunto no fue
un hecho aislado o circunstancial, ya que en el barrio porteño de Floresta
funcionó en forma permanente un centro de tortura destinado a prisioneros
uruguayos capturados en la Argentina, que estaba administrado por militares y
policías de los dos países. Asimismo, en septiembre de 1977, los ejércitos
argentino y paraguayo realizaron “conferencias bilaterales de inteligencia”
con el fin de coordinar la lucha contra elementos subversivos. (5)
Guiados
por una serie de condicionantes, que iban desde la obsesión por extender la
“contención” de la amenaza comunista y por la percepción de una común
tradición hispanomericana, hasta la necesidad más práctica de mejorar la
imagen del régimen y evitar su aislamiento externo, los militares argentinos no
se limitaron a los contactos con países de la región ideológicamente afines.
Así, tanto las diplomacias personales del presidente Videla como de su rival
por el poder, el almirante Massera, incluyeron curiosamente a países de la región
ubicados en las antípodas del régimen, tales como Venezuela.
Por
cierto, la crisis de Malvinas marcó un antes y un después en las relaciones
con los países de la región. Lo ocurrido durante la coyuntura bélica debilitó
el sesgo occidentalista y en buena medida pro-norteamericano que la diplomacia
argentina había adoptado durante la etapa de Galtieri. Tras la derrota
argentina, este perfil fue reemplazado por uno tercermundista y
latinoamericanista, como reacción al apoyo de los países de la región a la
posición argentina. Un claro ejemplo de este giro fueron las palabras del
comandante en jefe de la Armada, almirante Jorge Isaac Anaya, uno de los
impulsores del desembarco en Malvinas, quien, en el Día de la Armada
correspondiente al 17 de mayo de 1982 sostuvo:
(...) adherimos a Occidente; sí, pero a un Occidente que quiere replantear sus pautas, para que las conductas de sus pueblos vuelvan a ser regidas por auténticos principios de libertad, enmarcados en la filosofía cristiana y no distorsionados por espurios intereses económicos. (...) Cuando el mundo se resquebraja, tímido en enfrentar nuestra filosofía de vida a la materialista, América Latina se levanta, joven e idealista, capaz de convertirse en la savia renovadora de un Occidente desgastado en sus convicciones, fue esta América la que nos confirmó en forma indubitable que nuestra causa es legítima y que de nuestro lado está la razón de la historia y la justicia (...). (6)
Por cierto, el respaldo de la mayoría de los países latinoamericanos a la posición argentina durante la crisis de Malvinas motivó que el gobierno del general Bignone, que sucediera a Galtieri luego de la guerra, definiera a través de su canciller, Juan Aguirre Lanari, a América latina como “primera prioridad”. Asimismo, el ministro de Defensa, Julio Martínez Vivot, sostuvo en su visita a México a principios de septiembre de 1982 que los países de la región debían recurrir a la integración como la “única forma de poner fin al colonialismo y evitar que Europa tenga propiedades en América”. Asimismo, Vivot afirmó que la guerra de Malvinas sirvió para demostrar que el TIAR “es inoperante y tan débil como las relaciones que se mantienen con los Estados Unidos”. (7)
NOTAS
Juan Carlos Puig sostiene que la Argentina no se integró con América latina, ni desde el punto de vista bilateral ni desde el punto de vista multilateral. Afirma que salvo algunos acuerdos aislados con Brasil y Perú, la diplomacia argentina no estableció “solidaridades de carácter estratégico, político o militar”. Este punto de vista parece un tanto simplista. Siguiendo a Roberto Russell, puede sostenerse que una cosa es que exista entre los militares argentinos la oposición a formar con los países de la región esquemas asociativos permanentes o alianzas de carácter estratégico, político o militar de carácter supranacional; y otra muy distinta sostener taxativamente que no hubo ningún tipo de mecanismos asociativos con gobiernos de la región. En realidad, la reticencia a conformar esquemas de cooperación económica o militar supranacional -derivada del sesgo realista y geopolítico de los militares argentinos, que ponían el acento en el “interés nacional”- no impidió que éstos, en nombre de ese mismo interés, actuaran coordinadamente a fin de extirpar la amenaza izquierdista en la región. En tanto esta coordinación antisubversiva regional lograba fortalecer la autoridad de los regímenes dictatoriales de la región, y les permitía ejercer de manera más eficiente el “monopolio de la violencia” para suprimir los focos subversivos, no resultaba en absoluto contradictoria con el “interés nacional” de estos estados. Ver al respecto Juan Carlos Puig, “La política exterior argentina: incongruencia epidérmica y coherencia estructural”, en Juan Carlos Puig (compilador), América Latina: Políticas exteriores comparadas, tomo I, Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1984, pp. 158-159, y R. Russell, “Sistemas de creencias...”, op. cit., p. 12, nota 26.
Discurso pronunciado por el comandante en jefe de la Marina, almirante Emilio Eduardo Massera, en ocasión de su visita a Somoza en Managua, La Opinión, 14 de junio de 1977, cit. en R. Russell, “Sistemas de creencias...”, op. cit., p. 18; discurso de Massera ante el presidente paraguayo, general Alfredo Stroessner, del 12 de agosto de 1977, cit. en O. Troncoso, op. cit., p. 53.
“Graffigna exaltó la figura de Belgrano al cumplirse el 167º aniversario de la batalla de Tucumán. ‘La Argentina supo batirse en soledad para asegurar un porvenir venturoso, obligada por el pasado de glorias’ ”, Convicción, 25 de septiembre de 1979, pp. 12-13.
La “Operación Cóndor” estuvo dirigida desde Chile y contó con el respaldo de personal y conexiones de la Agencia Central de Inteligencia norteamericana (CIA). La existencia de esta operación o plan de operaciones conjuntas antisubversivas entre las fuerzas de seguridad del Cono Sur aparece mencionada en un informe de septiembre de 1976 enviado por un agente del FBI en la embajada de Buenos Aires, Robert Scherrer, a sus superiores -un documento que recientemente salió a la luz-. De acuerdo con el citado informe Scherrer, el objetivo del Plan u Operación Cóndor era la realización de tareas de inteligencia sobre sospechosos izquierdistas, comunistas y marxistas y la eliminación de actividades terroristas en el Cono Sur. Ver al respecto el trabajo de Rogelio García Lupo, Paraguay de Stroessner, Buenos Aires, Zeta, 1989, pp. 149-150; el editorial “La ‘Operación Cóndor’ y la represión en Bolivia. Más pruebas contra Pinochet”, por Juan Carlos Algañaraz, Clarín, 27 de noviembre de 1998, p. 33, y “Datos del FBI como prueba”, por Silvana Bosch, Clarín, 2 de diciembre de 1998, p. 12. Entre el 25 de noviembre y el 1º de diciembre de 1975, tuvo lugar en Santiago de Chile la primera conferencia de la “Operación Cóndor” a nivel subregional, que contó con la participación de representantes de todos los países del Cono Sur, e incluyó la creación de una central de informaciones en el continente con el fin de detectar personas u organizaciones de índole subversiva. Ver este dato en N. Mariano, op. cit., pp. 15-17 y anexo 1, pp. 177-178. Por cierto, la cooperación entre las fuerzas de seguridad argentinas y chilenas había comenzado durante la última gestión peronista de Isabel Perón (julio de 1974 a marzo de 1976), cuando la “Triple A” argentina -agrupación parapolicial integrada por militares y policías retirados liderada por López Rega- y la DINA chilena unieron sus fuerzas en la represión. Así, en septiembre de 1974 la Argentina ofreció autos y documentos falsos para que los agentes de la DINA pudieran atravesar la cordillera y asesinaran al ex ministro de Defensa del gobierno de Allende, general Carlos Prats, refugiado en Buenos Aires. Prats fue asesinado junto con su esposa en una calle de Buenos Aires por un comando integrado por la DINA, con la cooperación de la Triple A y la Policía Federal de la Argentina. Respecto del caso Prats ver N. Mariano, op. cit., p. 18, y María Seoane, El burgués maldito, Buenos Aires, Planeta, 1998, pp. 283-284 y 362. También en el marco de la “Operación Cóndor”, el 25 de noviembre de 1975 el ex ministro del gobierno de Eduardo Frei, Roberto Pizarro, que estaba refugiado en Buenos Aires, fue secuestrado y torturado por efectivos de la Policía de Coordinación Federal argentina, a expreso pedido de la DINA. Luego Pizarro fue expulsado de la Argentina. Según testimonio de la propia víctima, cuando preguntó a los policías argentinos los motivos de su detención, éstos le respondieron: “Podemos tener muchas diferencias con el Estado chileno, pero ninguna en el entrenamiento y colaboración para aplastar a terroristas, marxistas, izquierdistas y quienes los ayudan”. Testimonio del ex ministro Pizarro, citado en “La represión en América Latina. Testimonio de una víctima de la Operación Cóndor”, Clarín, 24 de noviembre de 1998, p. 29.
N. Mariano, op. cit., pp. 43-44 y 66-67 y Anexo 5, p. 181.
Discurso del comandante en jefe de la Armada, almirante Jorge Isaac Anaya, 17 de mayo de 1982 en el edificio Libertad, Convicción, 18 de mayo de 1982, p. 13.
Declaraciones del ministro de Defensa Julio Vivot, citadas en “Latinoamérica debe integrarse”, Convicción, 4 de septiembre de 1982, p. 17.
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