Las relaciones con América latina
Las relaciones con Chile
Durante
los primeros meses que siguieron al golpe militar de marzo de 1976 en la
Argentina, pareció que los vínculos entre la Argentina y Chile iban a
transitar por un camino más cercano a la concordia que al conflicto, debido
esencialmente a las coincidencias ideológicas entre los gobiernos de los
generales Jorge Rafael Videla y Augusto Pinochet. Ambos estaban combatiendo a la
subversión dentro y fuera de sus fronteras, y ambos aplicaban un modelo económico
inspirado en el ideario liberal. En este sentido, durante el Proceso militar
continuó la cooperación argentino-chilena en materia de lucha antisubversiva
que se había iniciado durante la etapa de Isabel Perón.
La
existencia de un consenso ideológico entre los regímenes de Buenos Aires y
Santiago se evidenció en ocasión de la Sexta Asamblea General de la OEA
celebrada en Santiago de Chile, a principios de junio de 1976. El gobierno
chileno era acusado en ese momento de violar los derechos humanos. El canciller
argentino César Augusto Guzzetti asumió una actitud de apoyo al mismo,
argumentando, de manera coincidente con la posición chilena, que los verdaderos
violadores de derechos humanos eran los grupos terroristas y no los regímenes
militares que los enfrentaban. Asimismo, la delegación argentina respaldó la
tesis chilena de que la política de derechos humanos debía tratarse en un
marco continental y no por casos separados -como sostenían, entre otros, los
representantes de Estados Unidos y Venezuela-. Por último, el delegado
argentino en la comisión Jurídico-Política de la Asamblea de Santiago, Nereo
Melo Ferrer, se solidarizó con Chile respecto de la “dudosa objetividad” de
los informes de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la
OEA. (1)
Otra
manifestación de la existencia de coincidencias en el terreno de la lucha
contra el comunismo fue la declaración conjunta suscripta en septiembre de 1976
entre los cancilleres argentino y chileno, vicealmirantes César Guzzetti y
Patricio Carvajal Prado. Dicha declaración expresaba la condena de ambos
gobiernos al terrorismo internacional. (2)
Estas
coincidencias se evidenciaron nuevamente en el texto de la declaración conjunta
firmada por los presidentes Videla y Pinochet en ocasión de la visita del
primero a Chile, en noviembre de 1976. En dicha declaración, ambos mandatarios
Coinciden en que el bienestar de sus pueblos sólo puede ser alcanzado en una sociedad que rechace todo tipo de violencia. Por ello, condenan al terrorismo y a la subversión internacional, en cualquiera de sus formas (...) (y) (...) exhortan a los organismos internacionales a adoptar urgentes medidas para prevenir y sancionar el terrorismo. (3)
El
presidente Videla sostuvo que la unión de la Argentina y Chile estaba impulsada
por “las exigencias de una realidad geopolítica”. Incluso el visitante no
dudó en defender el régimen chileno, reclamando la “comprensión
internacional” para los problemas de desarrollo y seguridad chilenos y
argentinos. (4) Por cierto, este reclamo de Videla tendía una mano a Pinochet
en un momento en que el régimen chileno era duramente criticado en la OEA, y
por los países europeos.
Estas
coincidencias ideológicas entre los regímenes militares argentino y chileno
ayudaron a fortalecer los lazos de cooperación que en materia de lucha
antisubversiva se habían desarrollado entre las fuerzas de seguridad de ambos
países ya durante la etapa peronista. Así, la organización ultraderechista
argentina “Milicia” de Buenos Aires colaboró en los preparativos que la
agencia de inteligencia chilena DINA realizó en junio de 1976 para asesinar al
ex canciller del gobierno socialista de Salvador Allende, Orlando Letelier. (5)
Por
cierto, esta cooperación argentino-chilena, inscripta en el marco de la
denominada “Operación Cóndor”, pareció trasladarse también al ámbito
económico, ya que durante la visita de Videla a Chile los cancilleres de ambos
países, César Guzzetti y Patricio Carvajal, firmaron doce convenios, que
abarcaron temas como la cooperación en el uso pacífico de la energía nuclear,
la adquisición de bienes de capital y ganado reproductor, y el suministro de
gas natural. (6)
No
obstante, la estrecha cooperación entre las fuerzas de seguridad de ambos países
en materia de lucha antisubversiva no fue obstáculo para que los sectores
“duros” de uno y otro lado de la cordillera dieran al mismo tiempo rienda
suelta a sus recelos territorialistas. Las preocupaciones de estos grupos
respecto del equilibrio de poder regional los llevaron al enfrentamiento en
defensa del “interés nacional”. Esto se vio claramente en el conflicto que
la Argentina y Chile sostuvieron respecto del canal de Beagle y, en cierta
forma, también en la guerra de Malvinas.
A
decir verdad, el conflicto por el Beagle fue un tema que el régimen militar
heredó de la etapa peronista, durante la cual no se produjeron avances
significativos. A su vez, los gobiernos peronistas habían recibido esta cuestión
del ciclo militar de la llamada Revolución Argentina. Precisamente, bajo el último
gobierno de este ciclo tuvo lugar el acuerdo argentino-chileno para someter sus
diferencias en la zona del canal de Beagle al arbitraje de la Corona Británica.
Este acuerdo fue firmado el 22 de julio de 1971, por los presidentes argentino y
chileno, general Alejandro Lanusse y Salvador Allende. Así se iniciaron los
trabajos de la Corte Arbitral, que pronunció su fallo seis años después.
Tras
largas deliberaciones, que ocuparon los últimos dos años de la Revolución
Argentina, la etapa peronista y el primer año del Proceso militar, los miembros
de la Corte hicieron conocer su decisión en mayo de 1977. El laudo arbitral
otorgaba a Chile las islas Lennox, Nueva y Picton, ubicadas en el canal de
Beagle. Mientras el gobierno de Pinochet se apresuró a reconocer el fallo, no
ocurrió lo mismo del lado argentino, pues el fallo le permitía a Chile la
proyección en el Atlántico, tan temida por los sectores nacionalistas
argentinos. El día 3, el canciller César Guzzetti expresó las reservas del
gobierno a la decisión arbitral en un comunicado que sostuvo que “ningún
compromiso obliga a cumplir aquello que afecte intereses vitales de la Nación o
que perjudique derechos de soberanía que no hayan sido expresamente sometidos a
la decisión de un árbitro”. (7)
La
resolución arbitral colocó al gobierno de Videla frente a tres alternativas.
Una, impulsada por los sectores “duros” del Ejército y la Marina, era de
rechazo total; otra, de índole intermedia, postulaba la aceptación de la
soberanía chilena en las tres islas, pero rechazando los fundamentos del laudo
que le otorgaban proyección atlántica a Chile; y una tercera, impulsada por
algunos sectores de la Cancillería y de la Fuerza Aérea, proponía la aceptación
del fallo arbitral. (8)
Como
en muchos otros temas de política interna y exterior, los integrantes de la
Junta optaron por una solución de transacción. Por un lado, decidieron
postergar la declaración de nulidad del fallo, a fin de evitar tensiones tanto
con las autoridades de Santiago como en el propio frente interno. Por el otro,
enviaron en misión secreta a Chile al jefe del Estado Mayor Conjunto,
contraalmirante Julio Torti, para proponer negociaciones bilaterales directas
con el régimen de Pinochet y así resolver las diferencias respecto de la
delimitación de jurisdicciones marítimas en el canal de Beagle. Pero Torti no
logró su cometido: el gobierno chileno se aferró a lo establecido en el laudo
y sostuvo que todas las islas al sur del canal Beagle pertenecían a
Chile. A fines de mayo, la Comisión interministerial de la Cancillería
argentina elevó al presidente Videla una propuesta de delimitación para
presentar al gobierno de Chile. Si bien ésta contó inicialmente con el visto
bueno del primer mandatario, encontró oposición en la Junta Militar, razón
por la que fue finalmente descartada. (9)
También
fracasaron dos rondas de negociaciones entre delegaciones de ambos países,
presididas por el general Osiris Villegas en el caso de Argentina, y por el
doctor Julio Philippi Izquierdo en el de Chile. Estos contactos, que tuvieron
lugar en Buenos Aires en julio y en Santiago en octubre de 1977, fracasaron por
la profunda divergencia en las posiciones de las partes, que no evidenciaron
ninguna voluntad de negociar. Mientras la Argentina insistió en la naturaleza
política del laudo, Chile, favorecido por el fallo, planteó que éste no era
materia opinable y amenazó con recurrir a la Corte Internacional de Justicia de
La Haya.
Al
mismo tiempo, demostraciones de inflexibilidad a ambos lados de la cordillera
entorpecieron las negociaciones. El gobierno chileno emitió en julio de 1977 el
decreto de líneas de base rectas, que, a partir de su interpretación del
laudo, delimitó la anchura del mar territorial y la zona económica exclusiva
de Chile. Además instaló puestos de vigilancia y señales en las islas
Freycinet, Nueva y Deceit, y colocó al frente de los mismos a oficiales de la
Armada, los llamados “alcaldes de mar”. Esta decisión del régimen de
Pinochet se sumó a la de construir un puerto en la Isla de Hornos, concretada
en los meses de mayo y junio. Por su parte, el gobierno argentino ordenó el
balizamiento luminoso de una de las islas Barnevelt ubicadas en el Atlántico al
sur del canal de Beagle en el mes de junio, luego del fracaso de la misión
Torti; la movilización de parte de la flota naval hacia el sur en septiembre, y
el envío de tropas al sur junto con la intensificación de actividades navales
y aéreas en la región en disputa en el mes de diciembre. (10)
El
comandante en jefe de la Armada argentina, almirante Emilio Eduardo Massera,
fortaleció su alianza con los “halcones” del Ejército, y adoptó el tono
nacionalista y belicista propio de estos sectores en una serie de
declaraciones y gestos que tuvieron lugar en los meses de agosto a diciembre de
1977. Así, desde la base naval de Puerto Belgrano, sostuvo en un discurso de
principios de agosto que la Armada se encontraba “en plena capacidad operativa
y lista para compartir” con las otras armas, “la defensa de los argentinos
de sus enemigos interiores y exteriores” y que estaba “apasionadamente
preparada” para “evitar cualquier mutilación geográfica de la Nación”.
En septiembre, el jefe naval reafirmó la intención de la Armada de defender la
soberanía argentina en el canal de Beagle al recorrer personalmente en lancha
la zona litigiosa; y a principios de octubre Massera pronunció otro discurso en
un acto realizado en Puerto Belgrano, en el que hizo referencia a la necesidad
de adoptar recursos de fuerza en casos como el del Beagle donde “la diplomacia
no es el arma”. Finalmente, en la Nochebuena de ese año 1977, Massera emitió
un mensaje en Ushuaia, dirigido al personal de la Agrupación Naval Antártida,
al gobernador de Tierra del Fuego y altos jefes navales, donde hizo referencia a
que el acercamiento con Chile y con otros países “no se cumplirá al precio
de ninguna docilidad, de ninguna abdicación de nuestra soberanía en las
decisiones o de nuestra soberanía en el territorio nacional”. (11)
En
este contexto de fuertes presiones por parte de los “halcones” de ambos
lados de la cordillera, los esfuerzos por mantener abierta la vía de la
negociación tropezaron con serias dificultades. Uno de estos intentos fue la ya
mencionada propuesta que el contraalmirante argentino Julio Torti entregó a
Pinochet en diciembre de 1977. Esta condicionaba la aceptación argentina del
laudo arbitral a un acuerdo por el cual ambos países aceptaran una línea de límites
precisos, fijada sobre costas, que mantuviera para la Argentina la jurisdicción
atlántica. (12) Pinochet, presionado por su frente interno, rechazó la
propuesta. No obstante, dejó abierta la posibilidad de negociar los espacios
marítimos, factor que permitió en ese mismo mes de diciembre en Santiago un
encuentro entre los cancilleres argentino y chileno, Oscar Montes y Patricio
Carvajal. Pero Carvajal planteó a su colega un punto que para los sectores
nacionalistas argentinos constituía un anatema: la pretensión chilena de tener
aguas propias frente a la desembocadura del canal de Magallanes, ubicada sobre
el Océano Atlántico. (13)
El
canciller chileno Carvajal propuso entonces a Montes recurrir de común acuerdo
a la Corte Internacional de Justicia en vista del agotamiento de la vía de
negociación bilateral. Pero el laudo arbitral de mayo de 1977 hacía que esta
instancia jurídica fuera percibida como “parcial” por los sectores
“duros” del Ejército y la Marina argentinos. Así, la Junta Militar rechazó
la propuesta chilena, percibiendo que la misma tenía por objetivo presentar a
la Argentina como país no respetuoso de los compromisos internacionales ante la
Corte de La Haya. Dicha percepción convenció aún más a los integrantes de la
Junta de la necesidad de declarar la nulidad del laudo. Sin embargo, Pinochet
quiso abrir una nueva posibilidad de negociación con su colega argentino, y le
propuso una reunión, primero telefónicamente, luego a través de una misión
secreta del general Manuel Contreras Sepúlveda -principal asesor de Pinochet-.
En ambos casos, Pinochet y Videla “puentearon” a sus respectivas Cancillerías
para acordar esta primera cumbre, que tuvo lugar en la base aérea de El
Plumerillo, provincia argentina de Mendoza, el 19 de enero de 1978. En este
encuentro presidencial, ambos mandatarios expresaron su deseo de no ir a la
guerra, y dejaron en un breve comunicado la posibilidad abierta para un segundo
encuentro, donde se formalizaría la creación de una Comisión Binacional que
evitara la alternativa bélica. (14) Esta nueva cumbre se suspendió por la
decisión del gobierno argentino de declarar nulo el laudo arbitral, adoptada el
25 de enero de 1978, pocos días antes de que expirara el plazo concedido a las
partes para que la sentencia entrara en vigencia. (15)
Al día
siguiente, 26 de enero, el gobierno chileno emitió un comunicado, afirmando que
el laudo tenía carácter obligatorio e inapelable. Tras muchas idas y venidas
de misiones militares argentinas y chilenas, el demorado segundo encuentro entre
ambos presidentes se concretó el 20 de febrero en la localidad chilena de
Puerto Montt. Aquí, los presidentes Videla y Pinochet firmaron un Acta en la
que se comprometieron a continuar con las negociaciones bilaterales, a través
de la creación de dos comisiones mixtas sucesivas.
Pero
al mismo tiempo, cada parte, fuertemente presionada por los “halcones” o
sectores belicistas, decidió hacer expresa mención de sus derechos sobre el área
en disputa. Pinochet dio el primer paso, al leer, luego de firmar el Acta, un
discurso preparado de antemano en el que se advertía que “el laudo arbitral
no está en discusión, ya que cualquier acuerdo al que se llegue no afectará
los derechos reconocidos a Chile por el laudo”. Videla, sorprendido por el
contenido del mensaje, decidió improvisar un discurso de compromiso entre su
postura negociadora y la postura “dura” de los “halcones” del Ejército
y la Marina. Así, hizo referencia tanto al “destino de paz, de unidad y de
libertad, como consecuencia de la armonía entre las partes” como “a la
soberanía irrenunciable que los gobiernos esgrimirán en cada uno de los puntos
de vista”. (16)
El
tono del discurso de Pinochet y la respuesta de Videla enfurecieron a los
“halcones” argentinos. Massera percibió este descontento, y vio en él una
inmejorable oportunidad para desprestigiar la autoridad de Videla. Así, el
titular de la Marina pronunció el 22 de febrero desde Río Grande un discurso
que fue considerado por los “duros” del Ejército como una “verdadera”
respuesta argentina a Pinochet frente al mensaje débil e improvisado de Videla.
En este mensaje, Massera exclamó: “¡Se acabó el tiempo de las palabras!”
Incluso, en su afán por neutralizar la gestión personal de Videla, el jefe
naval declaró al Jornal do Brasil de Río de Janeiro que, en relación
al conflicto con Chile, “no vamos a tolerar mutilaciones territoriales ni
vamos a aceptar injustificadas mutilaciones de nuestra soberanía marítima”.
Seriamente condicionado tanto por el inesperado gesto de su colega chileno como
por las declaraciones de Massera, el presidente Videla, el 23 de febrero, ya en
Buenos Aires, dirigió un mensaje al país como respuesta al texto de Pinochet,
donde dejó constancia de que, fuera de la firma del Acta de Puerto Montt, no
había ningún otro compromiso con Chile. (17)
Mas
allá de estas dificultades, la cumbre de Puerto Montt abrió una nueva
instancia en el complicado proceso de negociación entre la Argentina y Chile.
De acuerdo con lo estipulado en el Acta, se integró la primera de las
comisiones, la Comix 1, que logró su objetivo de crear el clima de distensión
necesario para que en una segunda instancia de negociación se alcanzaran
acuerdos sustantivos entre las partes. Detuvo las actividades militares y aseguró
la libertad de navegación en el área en disputa. (18)
Tras
la breve actuación de la Comix 1, cuya gestión de 45 días resultó exitosa,
se inició la segunda fase prevista por el Acta de Puerto Montt. En esta nueva
etapa, iniciada a partir del 2 de mayo de 1978, una segunda Comisión Mixta,
encabezada por el general Ricardo Etcheverry Boneo del lado argentino y por
Francisco Orrego Vicuña del chileno, debía resolver, en el plazo de seis
meses, los problemas de fondo mencionados en el Acta: delimitación definitiva
de las jurisdicciones argentina y chilena en la zona austral; medidas de promoción
de la integración física y complementación económica; intereses comunes en
el continente antártico; y cuestiones relacionadas con el estrecho de
Magallanes y el establecimiento de líneas de base rectas.
Pero
la llamada Comix 2 llegó al 2 de noviembre de 1978 -fecha límite establecida
en el Acta para alcanzar un arreglo- sin ningún acuerdo en los temas de mayor
importancia (delimitación de jurisdicciones, cuestiones relativas al estrecho
de Magallanes y a las líneas de base rectas fijadas por Chile). Sólo se
lograron coincidencias en las cuestiones de menor importancia (integración física,
cooperación económica y políticas comunes en la Antártida). La instancia de
negociación bilateral abierta en el encuentro cumbre de El Plumerillo entró así
en un círculo vicioso, que acercó peligrosamente a ambas partes a la
posibilidad de la guerra. Los representantes chilenos mantuvieron su posición
respecto de la validez jurídica del laudo arbitral, del reclamo de soberanía
de las islas situadas al sur del canal de Beagle y de la aplicación del derecho
del mar y de otros instrumentos internacionales en la delimitación marítima.
Ninguno de estos puntos fueron aceptados por los representantes argentinos ante
la Comix 2, que subrayaron el carácter nulo del laudo y la exigencia de una
delimitación no sólo marítima sino también territorial. (19)
A la inflexibilidad de los integrantes de la Comix 2, se
sumaron las declaraciones belicistas efectuadas a ambos lados de la cordillera
que obstaculizaron aún más el diálogo. Del lado argentino, el almirante
Massera sostuvo en agosto de 1978 desde la base naval de Ushuaia que “la
soberanía no será negociada y nuestro territorio no será amputado (...) la
Argentina no está dispuesta a permitir que terceras partes juzguen y decidan
acerca de lo que es nuestro”. Un mes después, Massera ratificó su posición
dura, sosteniendo que “cuando estamos en conflicto, iremos a luchar hasta la
victoria o la muerte”. Por su parte, el embajador chileno en Buenos Aires,
Sergio Onofre Jarpa Reyes, evidenció también la actitud desafiante de su
gobierno al sostener en octubre que “Chile necesita una salida al Atlántico”.
(20)
Estas
declaraciones fueron, además, acompañadas con mutuas medidas de provocación.
En junio de 1978, efectivos del Ejército y la Fuerza Aérea argentina
efectuaron maniobras y juegos de simulación de guerra en el sur. En septiembre
y octubre, se llevaron a cabo prácticas de ataques aéreos y apagones de luz
tanto en ciudades del Interior como en la ciudad de Buenos Aires. Asimismo, las
embajadas argentinas en el exterior denunciaron una serie de incursiones aéreas
y tareas de movilización terrestre de efectivos de las Fuerzas Armadas chilenas
entre los meses de julio y octubre de 1978. En el mes de septiembre, la Junta
Militar chilena estableció el servicio militar obligatorio para hombres y
mujeres entre 18 y 45 años, y ordenó incursiones de tropas en territorio
argentino, que fueron denunciadas por las autoridades de Buenos Aires en
octubre. En ese mismo mes, el almirante Merino, comandante en jefe de la Armada
y miembro de la Junta Militar chilena, navegó por la zona en disputa, gesto que
fue considerado del lado argentino como una “provocación”. (21)
Las
autoridades argentinas adoptaron también
medidas de presión económica, como el cierre de pasos de frontera con
el objetivo de impedir el tráfico de Chile hacia Brasil y la imposición de
tarifas a “bienes de seguridad” argentinos que se dirigían a Chile -que,
según los informes chilenos, incluyeron productos tan poco identificados con la
“seguridad nacional” como zapatos y mermeladas. (22)
A
pesar de estos incidentes y de las limitaciones presentadas en el documento
final de la Comix 2, el gobierno de Videla optó por dar paso a la tercera etapa
de negociación directa prevista en el Acta de Puerto Montt, con el fin de
optimizar las escasas coincidencias alcanzadas por la Comix, alcanzar otras y
dejar para una eventual mediación lo que no pudiera resolverse. En esta nueva
etapa, que abarcó los agitados meses de noviembre y diciembre de 1978, los
gobiernos de la Argentina y Chile acordaron que el mediador fuera el Papa. Por
cierto, este paso representaba un triunfo en la postura “flexible” de
Videla, que aparentemente había logrado disuadir a su colega de recurrir a la
Corte Internacional de La Haya. Sin embargo, fue un triunfo limitado, dado que
no se registró acuerdo respecto del alcance de la mediación. Mientras los
representantes argentinos propusieron una mediación acotada, que resguardara la
tesis argentina de la división oceánica -que Chile no compartía-, los
delegados chilenos pretendieron presentar al mediador un temario irrestricto,
que retrotrayera el diferendo al momento anterior a la firma del Acta de Puerto
Montt. (23)
En
un último intento del presidente Videla por mantener abierta la negociación
directa, el canciller argentino Carlos Washington Pastor, sin contar con la
aprobación de la Junta Militar, presentó a su colega chileno Hernán Cubillos
una propuesta, en la que el Acta de Puerto Montt y los acuerdos de la Comix 2
“sirvieran de base” y de “punto de partida” para la mediación vaticana
y “fueran tenidos en cuenta” por la misma. Pero esta propuesta fue rechazada
por Cubillos, y este factor restó espacio a los que dentro del gobierno
argentino buscaban la negociación directa con Santiago. Así, luego del
fracasado encuentro Pastor-Cubillos de principios de diciembre de 1978, tuvo
lugar una sesión permanente de la Junta Militar en el edificio Cóndor, con dos
notorias ausencias: las de Videla y el canciller Pastor. De la misma surgió la
propuesta de los “halcones” del Ejército y la Marina: la “Operación
Soberanía”, planificada para el 21 o 22 de diciembre. Según este plan, los
militares argentinos ocuparían dos islas -la Nueva y la de Hornos- y esperarían
la reacción chilena. (24)
Cabe
agregar que durante ese agitado mes de diciembre, las expresiones de dureza no sólo
provinieron de los “halcones” del Ejército y de los sectores
“masseristas” de la Armada. Hasta la Fuerza Aérea, un arma que en el
equilibrio interfuerzas del Proceso jugó generalmente un rol más cercano al
bajo perfil, quebró su tradicional actitud al proferir su comandante en jefe,
brigadier Orlando Ramón Agosti, que “no hay paz sin honor”. (25) Pero los
argumentos belicistas también aparecieron en los pronunciamientos de los
dirigentes políticos, evidenciando la existencia de una cultura de
“nacionalismo patológico” común a militares y civiles. Así, aun un
dirigente destacado por su moderación y vocación democrática, el radical
Ricardo Balbín, emitió a principios de diciembre declaraciones que tenían
paradójicas coincidencias con el discurso de los “duros” del Ejército y la
Marina. En una de ellas señaló:
Históricamente, la Argentina ha sido excesivamente generosa en sus planteos de límites y ha regalado mucho territorio; de lo que se trata ahora es de saber si los chilenos pueden haber avanzado tanto como para que el Pacífico se transforme en Atlántico. Nosotros estamos aquí para decirles que no. (...) Argentina, desgraciadamente, no puede retroceder, está en el límite de sus viejas tolerancias y alguna vez habrá que decir que no, y esta vez lo hemos dicho, porque no podemos caernos al mar. (26)
No
obstante, también existieron sectores partidarios de la paz con el país
vecino, los cuales realizaron esfuerzos para frenar la alternativa bélica. En
este sentido, vale destacar la existencia de cuatro iniciativas. Una, finalmente
frustrada por la fuerte resistencia que generaba en los sectores nacionalistas
tanto militares como civiles, fue la vinculada a grupos liberales de la sociedad
civil, y apuntó a la creación de una “comunidad económica austral” entre
la Argentina y Chile, operante al sur del estrecho de Magallanes, que regiría
sobre aspectos tales como depósitos de hidrocarburos, recursos pesqueros, obras
de infraestructura bizonales y defensa conjunta de los derechos territoriales
frente a terceros. (27) Otra iniciativa superadora del conflicto fue la
encabezada por las Iglesias argentina y chilena, (28) destacándose del lado
argentino, las participaciones del nuncio apostólico, monseñor Pio Laghi, y
del presidente de la Conferencia Episcopal argentina, el arzobispo de Córdoba,
cardenal Raúl Francisco Primatesta, quien jugó un rol protagónico al impulsar
la mediación papal. (29) Una tercera iniciativa, que respaldó los esfuerzos de
las autoridades eclesiásticas, fue la gestión de los embajadores de Estados
Unidos en ambos países -que, en el caso del embajador norteamericano en la
Argentina, Raúl Castro, incluyó conversaciones con los sectores “duros”
del Ejército. (30) Por fin, una cuarta iniciativa fue la ofensiva diplomática
montada desde el propio régimen militar. Así, el presidente Videla y el
canciller Pastor pusieron en marcha una misión secreta integrada por diplomáticos
de carrera, que inició contactos de alto nivel en Washington, Moscú y el
Vaticano. El objetivo era generar desde el exterior una presión diplomática
sobre el gobierno de Pinochet destinada a “flexibilizar” la postura del
gobierno chileno. El mensaje enviado por Videla a estos interlocutores externos
argumentaba que la dureza chilena no le dejaba ningún espacio para negociar, en
tanto fortalecía a los sectores “duros” del Ejército y la Armada. Videla
estaba íntimamente convencido de que la opción bélica con Chile constituía
una catástrofe, pero no tenía suficiente poder para frenar los apetitos
belicistas de los “halcones”. (31)
La
misión secreta integrada por funcionarios de la Cancillería logró su
objetivo, ya que el Papa decidió el envío de un representante, monseñor
Antonio Samoré, para mediar entre los gobiernos de la Argentina y Chile. Esta
decisión fue comunicada a los embajadores argentino y chileno ante la Santa
Sede el 21 de diciembre, fecha en que se pondría en marcha el “Operativo
Soberanía” impulsado por los “halcones” del Ejército y la Marina. Así,
una serie de factores impidieron el estallido de la guerra con Chile, entre los
que destacamos el peso moral de la autoridad papal en militares argentinos y
chilenos, los esfuerzos pacifistas de las Iglesias argentina y chilena, y el
rechazo del gobierno de Estados Unidos y de los empresarios argentinos a la opción
bélica. A pesar de un frustrado intento de uno de los “halcones” vestido en
traje de fajina, el general Luciano Benjamín Menéndez, por impedir el viaje
del canciller Pastor al Uruguay para firmar el acuerdo con Chile, éste se
suscribió en Montevideo el 8 de enero de 1979. El mismo implicaba la aceptación
de la mediación papal por parte de ambos países, y un mutuo compromiso de no
utilizar la fuerza, retrotrayendo la situación militar a la existente en 1977.
(32)
Con
la firma del acuerdo de Montevideo y la aceptación del Papa de mediar en el
conflicto argentino-chileno, se abrió una nueva etapa de negociaciones que se
caracterizó tanto por la presencia de elementos perturbadores -declaraciones,
incidentes, detenciones por supuestos casos de espionaje, maniobras militares en
zona de frontera, etc.- (33) como estimuladores de las gestiones del Vaticano
-movilizaciones de las Iglesias argentina y chilena en favor de la paz-. (34) A
pesar de la presión de los “halcones”, el presidente Videla reafirmó su
confianza en la “autoridad moral” del Papa para llegar a una “solución
aceptable que sea justa, equitativa, honorable y definitiva”. (35)
Por
cierto, una de las mayores dificultades con la que tropezó Samoré en su
esfuerzo mediador fue la notoria diferencia entre la estructura para la toma de
decisiones chilena -que, al menos en lo que respecta al Beagle, estuvo
centralizada en la figura de Pinochet- y la del régimen militar argentino.
Samoré se quejó, en reiteradas ocasiones, de las incongruencias derivadas de
la puja entre “duros” y “blandos” en el seno de la Junta Militar, y de
la falta de poder de la Cancillería argentina en relación a la diplomacia
militar. (36)
La
nueva etapa de negociaciones, iniciada con la firma del Acta de Montevideo en
enero de 1979, se cerró casi un año después, el 12 de diciembre de 1980,
fecha en la que el Papa entregó a ambos gobiernos una propuesta de Paz. De
acuerdo con la misma, el Vaticano otorgaba a Chile las islas Lennox, Picton,
Nueva, Evout, Barnevelt, Freycinet, Wollaston, Terhalten y Sesambre, hasta la
isla de Hornos. La línea envolvente de las costas de estas islas constituía el
llamado “Mar Territorial” chileno, dentro del cual el Papa concedía a la
Argentina la posibilidad de instalar ayudas para la navegación en las islas
Evout y Barnevelt y un sistema de control terminal aéreo conjunto en la isla
Nueva, con el fin de regular los vuelos desde y hacia la Antártida. Asimismo,
la propuesta vaticana establecía una “Zona de Actividades Conjuntas y
Concertadas” o “Zona o Mar de la Paz”, en donde tanto la Argentina como
Chile explorarían y explotarían en común los recursos vivos y no vivos del
lecho marino y del subsuelo. La propuesta otorgaba a las autoridades de Buenos
Aires y Santiago un breve plazo para responder, que expiraba el 6 de enero de
1981. (37)
Para
desazón de Samoré, mientras el régimen de Pinochet aceptó rápidamente la
propuesta papal, el gobierno militar argentino demoró su respuesta todo lo que
pudo, hasta el mes de marzo de 1981, poco antes de que Videla entregara la
presidencia a Viola. Ello se debió a los reparos que entre los “duros” del
Ejército y la Marina provocó la propuesta vaticana, particularmente el punto
referente al “Mar de la Paz” instalado en pleno Océano Atlántico, que diluía
el sagrado principio de la división bioceánica. (38) Durante los meses en que
se esperaba la respuesta argentina, tanto los “halcones” militares
argentinos como chilenos estimularon incidentes fronterizos y produjeron recíprocos
apresamientos de individuos acusados de espionaje, en el contexto de una
verdadera guerra de los servicios de inteligencia de ambos países desarrollada
en la zona de frontera. (39) El diario La Prensa, a través de los
editoriales de Jesús Iglesias Rouco y Manfred Schonfeld, también se sumó a la
posición crítica de los “halcones” del Ejército. (40)
Por
el contrario, entre los escasos defensores de la propuesta papal, cabe
mencionar, además del presidente Videla y los diplomáticos argentinos en el
Vaticano, a figuras como el ex canciller radical Miguel Angel Zavala Ortiz
-quien en una carta difundida en los medios elogió la gestión del canciller
Pastor-, y el ex embajador argentino en Brasil, el nacionalista católico Mario
Amadeo -que respaldó la propuesta vaticana desde los editoriales de la revista
católica Criterio-. (41) Asimismo, dentro de esta corta lista de
personalidades que respaldaron las gestiones del Vaticano cabe incluir también
a los representantes de la Iglesia local. (42)
Finalmente,
el 25 de marzo de 1981, el gobierno argentino, condicionado por las presiones
militares, comunicó el rechazo de la propuesta papal. La negativa era
justificada en que la propuesta no contemplaba la aspiración mínima de la
Argentina (asentamientos en tierra firme que detuvieran los intentos de expansión
chilena en el Océano Atlántico). El tono de la nota de respuesta, que además
exigía al Papa mayores precisiones sobre cuestiones referentes a las islas
ubicadas en el canal de Beagle, provocó que el propio presidente Videla se
abstuviera de firmarla. (43) El hecho de que el gobierno argentino, que había
solicitado la mediación papal, se demorara respecto del plazo fijado por el
Vaticano y luego rechazara la propuesta de paz del Sumo Pontífice, provocó el
disgusto del cardenal Samoré. En declaraciones efectuadas al consejero de la
misión argentina ante el Vaticano, Federico Mirré, el encolerizado mediador se
refirió a la actitud “inicua, mezquina y ofensiva” del gobierno argentino
para con el Papa Juan Pablo II, e hizo sugestivas referencias respecto de la
diferencia en los procesos de toma de decisiones de los regímenes militares
argentino y chileno. Sostuvo que el de Videla “no tenía un mínimo de
autoridad” y se preguntó qué clase de “autocracia militar” era la
argentina “que consulta hacia abajo lo que debe hacer”. Asimismo, Samoré
criticó las interferencias de la diplomacia militar con los miembros de la
delegación diplomática argentina en el Vaticano, “que hasta una hora antes
estaban recibiendo modificaciones por teléfono”. En una comparación que
evidentemente dejaba mal parados a los militares argentinos, el mediador sostenía
que en el caso del régimen chileno “hay uno que comanda, dirige”. (44)
En
respuesta a estas polémicas declaraciones de Samoré, a principios de julio de
1981, el llamado Movimiento de Reafirmación de la Soberanía Argentina en
Picton, Lennox, Nueva y demás islas del Atlántico Sur, presidido por el
almirante Rojas, pidió al gobierno de Viola los alejamientos del canciller
Camilión y del mediador Samoré. (45).
Durante
la gestión de Viola se produjeron nuevos incidentes de ambos lados, como la
detención del chileno Víctor Soto Hood por parte de oficiales del Ejército
argentino (46) y el secuestro por parte de las fuerzas chilenas, de dos
militares argentinos, el mayor Raúl Pablo Barileau y el teniente primero Oscar
Alberto Santos, junto a sus respectivas esposas a fines de abril de 1981. La
medida fue justificada por las autoridades de Santiago en un presunto acto de
espionaje -Barileau y Santos llevaban cámaras fotográficas-. A su vez, esta
decisión de los militares chilenos sirvió como justificación para la abrupta
decisión del comandante en jefe del Ejército argentino, general Leopoldo
Fortunato Galtieri, de cerrar, a partir del mes de mayo, las fronteras con Chile
como “medida precautoria”. (47)
A
pesar de estos obstáculos, tal como ocurriera durante los meses previos a la
“casi guerra” de diciembre de 1978, las Iglesias de ambos países renovaron
sus esfuerzos tendientes a mantener la paz. A esta gestión mediadora, y a las
exhortaciones del presidente del Episcopado Argentino, cardenal Raúl
Primatesta, para que el gobierno de Viola analizara “con atención y no con
pasión” la propuesta papal, se sumó la del propio Papa Juan Pablo II, quien
a principios de mayo de 1981 instó a ambos gobiernos a que den los pasos
adecuados para “mantener una clima favorable a la mediación”. (48) El día
5 de ese mismo mes de mayo, la Cancillería argentina notificó la respuesta
favorable del gobierno a la nota papal, señalando su disposición “a mantener
el clima favorable necesario y a analizar los casos particulares que puedan
haber ocurrido y hayan perjudicado ese clima.” (49).
A
lo largo del mes de junio de 1981, tanto las autoridades argentinas como las
chilenas decidieron acatar al llamado papal de mayo y adoptaron pasos
encaminados a disipar la tensión bilateral, que incluyeron la liberación de
prisioneros en ambos lados de la frontera y la apertura de ésta. (50)
No
obstante los pasos conciliatorios adoptados por ambos gobiernos a instancias del
Vaticano, siguieron registrándose preparativos para un eventual conflicto
armado. Así, en el mismo mes de junio de 1981, la Argentina adquirió 57
tanques austríacos, operación que generó los recelos del lado chileno, pues
en 1980 el mismo país proveedor de esos tanques les negó a los militares
trasandinos la compra de 100 unidades. Asimismo, el 30 de noviembre de 1981, se
movilizaron efectivos militares chilenos, ante la presencia de miembros del
Instituto Geográfico Militar argentino en las proximidades de Laguna del
Desierto. (51)
Con
la llegada de un “duro” como el general Galtieri a la presidencia argentina,
las relaciones con Chile atravesaron una de sus fases más críticas. Por
cierto, la cuestión del Beagle fue percibida por el nuevo mandatario como la
prioridad uno de la agenda, como lo demostraron, ya desde fines de 1981, la
adquisición de los bombarderos franceses Super Etenderd -que cumplieron tiempo
más tarde un papel importante en la guerra de Malvinas- y la planificación
conjunta de los comandos de Operaciones Navales y del V Cuerpo de Ejército en
relación con la hipótesis de conflicto con Chile. (52)
Como
consecuencia de la importancia otorgada por Galtieri a la cuestión del Beagle,
en enero de 1982, el gobierno argentino ensayó dos jugadas que tuvieron por
destinatario al gobierno de Pinochet. Una fue la arenga que el propio presidente
Galtieri realizó a sus mandos, respecto de la prueba de fuerza que los
militares argentinos llevarían a cabo en Beagle o en Malvinas. La otra
iniciativa fue la denuncia, en forma unilateral, del Tratado de Solución
Judicial de Controversias firmado con Chile en 1972, debido a que el mismo
(...) no satisface en sus disposiciones actuales los intereses de la Nación ni es el instrumento apto para resolver las disputas suscitadas entre ambos países. Prueba de ello es que resultó totalmente ineficaz para superar la crisis más aguda y debió ser sustituido en los hechos por el recurso a la mediación del Sumo Pontífice. En consecuencia, el gobierno argentino anuncia su decisión de denunciarlo (...) (y) (...) está dispuesto a realizar -dentro del marco de la mediación- las negociaciones necesarias para la elaboración de un nuevo convenio que resulte mutuamente satisfactorio y útil para las controversias que puedan producirse (...). (53)
Esta
decisión, que fue elaborada por el canciller Nicanor Costa Méndez, el
vicecanciller Enrique Ros, y el jefe de la delegación argentina ante el
Vaticano, Carlos Ortiz de Rozas, tuvo un doble objetivo. Por un lado, el de
aceptar la mediación papal como el único camino para llegar a un
arreglo con Chile, dado que la denuncia del Tratado de Solución de
Controversias eliminaba la alternativa de recurrir a la Corte Internacional de
Justicia de La Haya. Esta jugada diplomática argentina colocaba al gobierno
chileno de Pinochet ante la incómoda situación de tener que optar entre la
alternativa de recurrir unilateralmente a la Corte Internacional de La Haya
-paso que, aunque estuviese contemplado en el Tratado de 1972, anulaba los
esfuerzos de mediación papal- o no recurrir a este foro -alternativa que
fortalecía la posición argentina y enfrentaba a Pinochet con los sectores
“duros” militares y civiles que, como sus contrapartes argentinos,
criticaban la mediación papal. (54) Como era de esperarse, la denuncia del
Tratado de Solución de Controversias de 1972 fue aplaudida en la Argentina por
los sectores “duros” del Ejército y por los “masseristas” (55) y
criticada por los chilenos -quienes se reservaron el derecho de acudir
unilateralmente a la Corte de La Haya-. (56) El paso dado por el gobierno
argentino en enero trajo nuevas dificultades al ya complicado proceso de mediación,
a las que se sumó un incidente entre navíos argentinos y chilenos en febrero,
(57) la detención y tortura de dos empleados argentinos en territorio chileno
en marzo, (58) y el estallido del conflicto de la Argentina con Gran Bretaña
por las islas Malvinas en el mes de abril, que desvió la atención del régimen
de Galtieri hacia el Atlántico Sur. No obstante, y en medio de la guerra de
Malvinas, el Papa Juan Pablo II, en un nuevo esfuerzo por mantener vivo el
proceso de negociación con Chile, exhortó a ambos gobiernos a firmar un
tratado de paz que los pusiera fuera del peligro de una guerra. (59)
Durante
el conflicto, el gobierno chileno utilizó una retórica pro-argentina, señalando
su embajador en Buenos Aires, Sergio Onofre Jarpa Reyes, que “la Argentina
puede estar tranquila porque Chile le sigue guardando las espaldas”. (60) No
obstante, los hechos demuestran que el régimen de Pinochet estuvo más cerca de
Londres que de Buenos Aires. Cuando a fines de abril de 1982 la Argentina
solicitó en la OEA la aplicación del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca
contra el gobierno de Gran Bretaña, presentando a éste como gobierno
“agresor”, Chile no respaldó la posición argentina. Asimismo, el 19 de
mayo, tuvo lugar en territorio chileno la caída del Sea King, un
helicóptero británico. A pesar de los reclamos del canciller chileno René
Rojas Galdames al embajador inglés John Moore Heath por esta ruptura de la
neutralidad chilena, la presencia de este helicóptero generó sospechas en los
militares argentinos. (61) Finalmente, Chile se abstuvo en la resolución del 29
de mayo, que dejaba a los países de la región la posibilidad de ayudar a la
Argentina durante la guerra. (62) Esta abstención encubrió la ayuda que el régimen
chileno ofreció a las autoridades de Londres durante el conflicto por Malvinas.
Los militares chilenos no sólo aportaron respaldo en términos de inteligencia,
sino que también realizaron desplazamientos terrestres y navales con el fin de
distraer a los militares argentinos. (63)
Por
cierto, el primer acuerdo sustantivo entre los gobiernos de la Argentina y Chile
en todo el proceso de mediación se produjo el 15 de septiembre de 1982, fecha
en la que ambas partes aceptaron la invitación del Vaticano a prorrogar el
Tratado de Solución Judicial de Controversias de 1972. Este acuerdo se debió a
que ninguno de los dos regímenes militares estuvo dispuesto a hacer peligrar la
mediación. El gobierno de Reynaldo Bignone, que había reemplazado al de
Galtieri como consecuencia del fracaso en la guerra contra Gran Bretaña, estaba
muy condicionado en los ámbitos internos y externo por el enorme descontento
generado por los numerosos desaciertos de sus antecesores en el cargo y por las
heridas que dejara la guerra de Malvinas. Por el lado chileno, el régimen de
Pinochet tampoco pasaba en ese momento por una fase positiva, debido a la recesión
económica interna y la creciente oposición a la política chilena de violación
de los derechos humanos, que se manifestó tanto a nivel interno como externo.
(64)
Otro
cambio relevante en el proceso de mediación vaticana respecto del conflicto limítrofe
argentino-chileno fue la muerte de Samoré a principios de febrero de 1983 y su
reemplazo por el cardenal Agostino Casaroli. A diferencia del estilo paciente y
metódico de su antecesor, Casaroli le proporcionó al proceso de mediación una
mayor cuota de energía y rapidez. Además, por su cargo de secretario de Estado
en el Vaticano, Casaroli era la autoridad más poderosa cercana al Papa, lo cual
le otorgaba un margen de maniobra que Samoré no había tenido. (65)
Sin
embargo, el hecho de que el gobierno argentino conviniera con su par chileno la
prórroga del Tratado de 1972 no implicó que el complicado proceso de negociación
con Chile llegara aún a su recta final. A pesar de que el Papa y el cardenal
Casaroli intentaron arrancar de las partes una declaración bilateral de paz y
no-agresión, el presidente Bignone y los miembros de la Junta Militar argentina
decidieron trasladar al futuro gobierno democrático la resolución del
problema. (66)
Un
claro indicio de esta política argentina de postergación del problema del
Beagle fue la renuncia del hasta entonces embajador argentino ante el Vaticano,
Carlos Ortiz de Rozas, efectuada el 4 de febrero de 1983, un día después de la
muerte de Samoré. Si bien este alejamiento del diplomático argentino fue
criticado por el presidente Bignone, señalándolo como una “excusa” para
“desvincularse a tiempo del Proceso” y “quedar en mejor posición ante el
futuro gobierno civil”, lo cierto fue que el primer mandatario no movió un
dedo para designar reemplazante. Quedó en los hechos como titular de la
delegación argentina el embajador alterno, general Ricardo Etcheverry Boneo.
(67) Esta actitud de inercia de la gestión de Bignone frente al problema del
Beagle reflejó, por cierto, la extrema debilidad del último gobierno del ciclo
militar iniciado en marzo de 1976.
NOTAS
“La OEA encara el debate sobre los derechos humanos en el hemisferio”, por Enrique Alonso, La Opinión, 9 de junio de 1976, p. 1; respaldo de la Argentina a tesis chilena en “La OEA minimizó sus críticas a Chile en cuanto a derechos humanos. Neutralizan un proyecto contra Pinochet”, La Opinión, 15 de junio de 1976, p. 8; críticas de la Argentina a la objetividad de la CIDH en “Señaló la Argentina la madurez de la OEA”, La Opinión, 17 de junio de 1976, p. 3.
“Los cancilleres Guzzetti y Carvajal condenaron al terrorismo. Será intensificado el intercambio comercial”, La Opinión, 4 de septiembre de 1976, p. 8.
Texto de la declaración conjunta citado en La Prensa, 14 de noviembre de 1976, pp. 1 y 3, y en La Opinión, 14 de noviembre de 1976, pp. 16-17. Análisis de su contenido en editorial “Precisa condena del terrorismo y de la subversión internacional”, por Enrique Alonso, La Opinión, 14 de noviembre de 1976, p. 1.
“La comprensión internacional pidió el presidente Videla”, La Prensa, 14 de noviembre de 1976, p. 5.
El atentado contra Letelier se concretó el 21 de septiembre de 1976 en Maryland y fue organizado por la DINA. Acerca de la conexión argentina en el caso Letelier ver N. Mariano, op. cit., p. 100.
Los doce acuerdos firmados por los cancilleres Guzzetti y Carvajal fueron los siguientes: 1) convenio de cooperación económica; 2) convenio para evitar la doble tributación en materia de impuestos sobre la renta, ganancias o beneficios y sobre el capital y el patrimonio; 3) convenio sobre especificaciones sanitarias para productos cárneos; 4) convenio sobre productos agrícolas; 5) convenio sobre cooperación en el campo de los usos pacíficos de la energía nuclear; 6) acuerdo sobre intercambio de piezas y partes en el sector automotriz; 7) acuerdo sobre procedimientos de consulta recíproca respecto de la información comercial; 8) acuerdo sobre integración física; 9) acuerdo relativo a las negociaciones tendientes a la utilización recíproca de puertos y zonas francas; 10) acuerdo sobre ampliación del crédito recíproco que canaliza los pagos emergentes del comercio bilateral; 11) acuerdo sobre ampliación de las líneas de crédito para la adquisición en Chile de bienes de capital y ganado reproductor de origen argentino; y 12) acuerdo sobre ampliación del convenio de suministro de gas natural. Ver estos doce acuerdos en La Opinión, 14 de noviembre de 1976, pp. 16-17.
Ver comunicado en La Opinión, 3 de mayo de 1977, p. 14; en R. Russell, “El proceso de toma de decisiones...”, op. cit., p. 36, y en J.A. Lanús, op. cit., vol. II, pp. 237-238. La decisión de la Cancillería de rechazar el laudo arbitral por nulo generó respuestas divergentes entre los especialistas. Fue respaldada por el jurista Alfredo Rizzo Romano y los ex cancilleres Nicanor Costa Méndez y Manuel Arauz Castex, quienes sostuvieron que nunca debió haberse permitido el arbitraje británico. Mientras tanto, el ex canciller Miguel Angel Zavala Ortiz, por el contrario, sostuvo que el laudo era positivo, en tanto reconocía el statu quo: “(...) No quita ni da. Precisamente lo que hace es negar pretensiones: las nuestras sobre Lennox, Picton y Nueva; las de Chile de dejarnos en una costa seca(...)”. Ver opiniones de Rizzo Romano y los ex cancilleres Zavala Ortiz, Costa Méndez y Arauz Castex en La Opinión, 5 de mayo de 1977, p. 13, y 6 de mayo de 1977, p. 8.
Ver al respecto los trabajos de Thomas Edward Princen, “Intermediary Intervention: A Model of Intervention and A Study of the Beagle Channel Case”, Thesis presented to the Harvard University, January 1988, Part II, p. 104; R. Russell, “El proceso de toma de decisiones...”, op. cit., pp. 36-37, y J.A. Lanús, op. cit., vol. II, p. 239.
Sobre causas del fracaso de la misión Torti ver T.E. Princen, op. cit., p. 104. La Comisión interministerial se formó en julio de 1976. Integrada por representantes de las tres armas, la Presidencia, el Ministerio de Economía, la Secretaría de Información Pública y el Estado Mayor Conjunto, dicha Comisión elevó al presidente Videla una propuesta de delimitación muy similar a la que ofreció la propuesta papal años más tarde, en diciembre de 1980. Ver al respecto R. Russell, “El proceso de toma de decisiones...”, op. cit., p. 37, y J.A. Lanús, op. cit., vol. II, p. 240.
Ver sobre las medidas de fuerza adoptadas por los militares argentinos y chilenos durante el segundo semestre de 1977 los siguientes trabajos: J. A. Lanús, op. cit., vol. II, pp. 240 y 257, nota 22; T.E. Princen, op. cit., p. 106; R. Russell, “El proceso de toma de decisiones...”, op. cit., p. 37, y B. Passarelli, op. cit., p. 50. Consultar asimismo los editoriales “La baliza luminosa como un acto posesorio”, por Alfredo Rizzo Romano, La Opinión, 8 de julio de 1977, p. 8, y “Rechazan protesta chilena por un acto de soberanía argentina”, La Opinión, 12 de julio de 1977, p. 1.
Ver al respecto R. Russell, “El proceso de toma de decisiones...”, op. cit., p. 37. Declaraciones de Massera del 3 de agosto de 1977 citadas en La Opinión, 4 de agosto de 1977, pp. 1 y 12; en editorial “Relaciones exteriores. “Evitar cualquier mutilación geográfica””, Somos, Nº 47, 12 de agosto de 1977, p. 16, y en el trabajo de O. Troncoso, op. cit., pp. 49-50. Ver asimismo, otros indicios de dureza verbal del almirante Massera en los siguientes editoriales: “Massera: un día en el Beagle”, Somos, Nº 52, 16 de setiembre de 1977, p. 8; “Soberanía. “Cuando la diplomacia no es el arma”, Somos, Nº 56, 14 de octubre de 1977, p. 16; “Beagle: ¿a un paso del conflicto?”, Somos, Nº 64, 9 de diciembre de 1977, pp. 8-14; y “La Navidad de los comandantes”, Somos, Nº 67, 30 de diciembre de 1977, pp. 8-9. Respecto de la “alianza táctica” entre Massera y Suárez Mason ver el editorial “La guerra que nadie vio” (segunda parte), Somos, Nº 459, 5 de julio de 1985, p. 20.
Torti propuso al gobierno chileno una línea que bordeaba la isla Nueva e iba hasta Evout, pasaba por Barnevelt y rodeaba las demás islas hasta la isla de Hornos, que se dividía en dos partes, una argentina y otra chilena. De este modo, las islas al sur del canal de Beagle pasaban a ser chilenas acorde a lo fallado por el laudo de mayo de 1977, pero se mantenía el principio “bioceánico” sostenido por la parte argentina. J.A. Lanús, op. cit., vol. II, p. 241, y T.E. Princen, op. cit., p. 106.
Según Lanús, esta pretensión chilena de tener aguas propias en la desembocadura del Canal de Magallanes sobre el Atlántico era novísima. J.A. Lanús, op. cit., vol. II, p. 241.
Sobre el primer encuentro cumbre de El Plumerillo ver los trabajos de R. Russell, “El proceso de toma de decisiones...”, op. cit., especialmente p. 40, nota 80; B. Passarelli, op. cit., pp. 52-53, y C.M. Túrolo, op. cit., pp. 114-117.
La posibilidad de declarar nulo el fallo arbitral le fue personalmente comunicada por el presidente Videla a su colega Pinochet en el último momento de su encuentro con el mandatario chileno en El Plumerillo. El gobierno argentino optó por la fórmula de nulidad en vez de la de rechazo. Esta última alternativa, al rechazar pero no poner en tela de juicio la validez misma del fallo arbitral, hubiera posibilitado al gobierno chileno acudir en forma unilateral a la Corte Internacional de Justicia. En cambio, la declaración de nulidad, al implicar directamente el no reconocimiento del fallo, le impidió a Chile contar con la alternativa de recurrir a La Haya. Con esta actitud, además, las autoridades de Buenos Aires buscaron volver a la situación previa al dictamen de la sentencia arbitral de mayo de 1977. La declaración de nulidad del laudo se basaba en una serie de “errores, omisiones y excesos” que lesionaban gravemente los derechos e intereses argentinos. T.E. Princen, op. cit., p. 108; O. Troncoso, op. cit., p. 96; R. Russell, “El proceso de toma de decisiones...”, op. cit., pp. 41-42, y B. Passarelli, op. cit., p. 53.
Discursos de Pinochet y de Videla citados en La Opinión, 21 de febrero de 1978, pp. 10-11; también en los trabajos de T.E. Princen, op. cit., pp. 109-110, y R. Russell, “El proceso de toma de decisiones...”, op. cit., p. 43.
Ver respecto de los efectos internos del encuentro cumbre de Puerto Montt el trabajo de O. Troncoso, op. cit., p. 102, y los editoriales “Pese a la extemporaneidad de Pinochet, las negociaciones se inician el 1º de marzo”, La Opinión, 21 de febrero de 1978, p. 1; “El desagrado por el discurso es reflejado en los medios argentinos”, La Opinión, 22 de febrero de 1978, p. 11; “Puerto Montt: ¿un abuso de confianza?”, Somos, Nº 75, 24 de febrero de 1978, pp. 8-9. También editorial “Negociación larga y difícil”, Criterio, Nº 1783, 9 de marzo de 1978, p. 95. Consultar asimismo los trabajos de J.A. Lanús, op. cit., vol. II, p. 243; T.E. Princen, op. cit., p. 110; C. Uriarte, op. cit., pp. 192-195; B. Passarelli, op. cit., p. 66; C.M. Túrolo, op. cit., pp. 117-118; E. Vázquez, op. cit., pp. 146-147, y R. Russell, “El proceso de toma de decisiones...”, op. cit., p. 43. Mensaje de Massera del 22 de febrero de 1978 en Río Grande al presidir la ceremonia del relevo de efectivos de la Infantería de Marina en O. Troncoso, op. cit., pp. 102-103; editorial “Se está agotando el tiempo de las palabras”, La Opinión, 23 de febrero de 1978, p. 1, y en reportaje del Jornal do Brasil de Río de Janeiro al almirante Massera en febrero de 1978, citado por revista Extra, Nº 153, marzo 1978, p. 12. Mensaje de Videla al país del 23 de febrero de 1978 sosteniendo que “fuera del Acta no hay ningún otro compromiso”, citado en O. Troncoso, op. cit., p. 103, y La Opinión, 24 de febrero de 1978, pp. 1 y 10.
Además, la Comix 1 recomendó el establecimiento de un sistema de consulta permanente con el fin de evitar que ningún incidente afectara la paz entre la Argentina y Chile. Ver al respecto R. Russell, “El proceso de toma de decisiones...”, op. cit., p. 44.
T.E. Princen, op. cit., pp. 110-111 y 114; declaraciones de Francisco Orrego Vicuña en La Prensa, 3 de noviembre de 1978, y reportaje a Etcheverry Boneo, Somos, 3 de noviembre de 1978, cit. en R. Russell, “El proceso de toma de decisiones...”, op. cit., p. 45.
Declaraciones de Massera y Jarpa Reyes citadas en T.E. Princen, op. cit., p. 112.
Sobre medidas de fuerza adoptadas por los militares argentinos y chilenos ver T.E. Princen, op. cit., pp. 113-114. Respecto de los ejercicios de oscurecimiento en Capital Federal ver editoriales “Oscurecimiento: se efectuó el ejercicio”, La Nación, 25 de octubre de 1978, pp. 1 y 24, y “El ensayo de oscurecimiento se efectuó anoche en esta capital”, La Prensa, 25 de octubre de 1978, pp. 1 y 6. Ver también editoriales “En tanto Chile moviliza a mujeres y adolescentes. Comienza hoy en Santiago una ronda definitoria por el Beagle”, por Aldo C. Montes de Oca, La Opinión, 13 de septiembre de 1978, pp. 10-11, y “Fueron denunciadas violaciones del espacio territorial argentino”, La Opinión, 1º de noviembre de 1978, pp. 12-13.
T.E. Princen, op. cit., p. 112.
R. Russell, “El proceso de toma de decisiones...”, op. cit., p. 49.
Sobre las frustradas conversaciones entre Pastor y Cubillos y la no participación de Pastor y Videla en la reunión de la Junta Militar en el edificio Cóndor consultar T.E. Princen, op. cit., pp. 115-117; R. Russell, “El proceso de toma de decisiones...”, op. cit., p. 50, y B. Passarelli, op. cit., pp. 75-80. Referencias al “Operativo Soberanía” en Roberto Fernández Taboada, “Cómo se evitó la guerra con Chile”, Clarín, 19 de agosto de 1984, p. 10, cit. en Russell, “El proceso de toma de decisiones...”, op. cit., p. 50. Ver también detalles del Operativo en B. Passarelli, op. cit., pp. 33-38, y editoriales “Cómo se paró la guerra con Chile”, por Tabaré Areas y Santiago Palazzo, Somos, Nº 355, 8 de julio de 1983, pp. 39-44, e “Historia secreta de la guerra que evitó el Papa”, Somos, Nº 545, 4 de marzo de 1987, pp. 28-29 (especialmente el apartado titulado “Cómo iba a ser la guerra”).
Ver respecto de las actitudes belicistas del Ejército y la Fuerza Aérea los editoriales “Menéndez y Suárez Mason reafirman el resguardo de la soberanía”, La Opinión, 22 de diciembre de 1978, p. 11, y “No hay paz sin honor, recordó Agosti”, por Andrés Ruggeri, La Opinión, 22 de diciembre de 1978, p. 10.
Declaraciones del dirigente radical Ricardo Balbín del 7 y 8 de diciembre de 1978, citadas en B. Passarelli, op. cit., p. 62.
Un ejemplo de este tipo de iniciativas fue la propuesta de Alvaro Alsogaray, quien en septiembre de 1978 postuló como “camino nuevo” en el diferendo argentino-chileno “una comunidad económica austral entre Argentina y Chile”. “Alsogaray propone una comunidad de intereses argentino-chilenos”, La Opinión, 21 de septiembre de 1978, p. 10.
Ver sobre el rol jugado por las Iglesias argentina y chilena T.E. Princen, op. cit., p. 114; los editoriales “Beagle: Argentina y Chile mueven sus piezas”, Somos, Nº 108, 13 de octubre de 1978, pp. 10-13; “Beagle: cada vez más cerca del límite”, Somos, Nº 110, 27 de octubre de 1978, p. 14; “Mensaje de los obispos de Argentina y Chile sobre la paz”, firmado en Mendoza el 12 de septiembre de 1978 por el presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, el arzobispo de Córdoba Raúl Francisco Primatesta, y el titular del Episcopado chileno, el arzobispo-obispo de San Felipe Francisco de Borja Valenzuela-Ríos, documento citado en la revista católica Criterio, Nº 1796, 28 de septiembre de 1978, pp. 546-547; los editoriales “Los obispos de Argentina y Chile instan a evitar actitudes belicistas”, La Opinión, 14 de septiembre de 1978, p.1; “Los arzobispos en el conflicto del Beagle”, por Horacio Fourcade, La Opinión, 22 de septiembre de 1978, p. 10, y “En todo el país se rogó por un acuerdo sobre el Beagle. La Iglesia en una jornada de oración por la paz”, La Opinión, 25 de septiembre de 1978, p. 6.
El nuncio apostólico en la Argentina, monseñor Pío Laghi, jugó un papel muy importante para frenar la “casi guerra” con Chile de diciembre de 1978, como lo demuestran los editoriales “Cómo se paró la guerra...”, op. cit., y “Pío Laghi: ‘el soldado desconocido’ ”, Extra, Nº 164, febrero 1979, p. 17. Ver asimismo referencias al rol protagónico de Laghi en T.E. Princen, op. cit., p. 118. Sobre el rol de Primatesta, quien impulsó la participación del Papa Juan Pablo II en el conflicto limítrofe, ver editorial “Una figura clave dentro de la Iglesia”, por Sergio Rubin, Clarín, 18 de noviembre de 1998, p. 18.
El embajador norteamericano en Buenos Aires, Raúl Castro, tuvo contactos con los generales “duros” del Tercer Cuerpo de Ejército, Carlos Suárez Mason y Luciano Benjamín Menéndez, con el objeto de disuadirlos de provocar una guerra con Chile. También tuvo contactos con el nuncio Pío Laghi e incluso envió télex al Vaticano y a la Casa Blanca, advirtiendo sobre la proximidad de una guerra argentino-chilena y la necesidad de que el Papa frenara con su mediación esta posibilidad. Ver “Cómo se paró la guerra con Chile...”, op. cit.; e “Historia secreta de la guerra...”, op. cit., pp. 28-29. También el trabajo de B. Passarelli, op. cit., pp. 30-32.
Sobre la ofensiva diplomática montada por el presidente Videla y el canciller Pastor, ver R. Russell, “El proceso de toma de decisiones...”, op. cit., p. 51.
Texto del convenio de Montevideo de pedido de mediación a Su Santidad Juan Pablo II, 8 de enero de 1979, Estrategia, Nº 57, marzo-abril 1979, III Parte, Documentos sobre el Beagle, pp. 107-109. Comentarios sobre el contenido del Acta en T.E. Princen, op. cit., p. 136.
“Beagle: no debe haber concesión vergonzante, dijo Osiris Villegas”, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 8 de octubre de 1980, p. 4, y “Todo para salvar la paz, menos legar la guerra a nuestros hijos”, por Sergio Cerón, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 15 de octubre de 1980, p. 2; “La voz del Ejército”, Criterio, Nº 1837, 12 de junio de 1980, p. 308; “Hay que estar preparados para defender el honor de la nación”, declaraciones de Galtieri en La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 28 de octubre de 1980, pp. 1 y 6. Además de las declaraciones hostiles a la mediación papal se registraron una serie de incidentes que en nada contribuyeron a facilitar los esfuerzos del Vaticano. Así, en marzo de 1980 el gobierno chileno decidió no permitir el paso de camiones con asfalto caliente hacia la provincia argentina de Tierra del Fuego por entender que la mercadería era de carácter estratégico. Pero esta demora se superó tras una comunicación de las autoridades del Palacio San Martín con la Cancillería chilena. Ver “La Cancillería confirmó que se superó el problema del asfalto. El gobierno chileno permitió el paso de camiones que había detenido en la frontera”, Convicción, 8 de marzo de 1980, p. 10. Por su parte, los días 7 y 8 de septiembre de 1980, el gobierno argentino denunció un “acto de provocación” por parte de unidades de la Armada chilena, que intentaron interferir las actividades de una plataforma petrolera -la Interocean II- en aguas territoriales argentinas, cerca de la boca oriental del estrecho de Magallanes. Ver al respecto “Enérgica respuesta argentina a una provocación chilena”; “Advertencia de la Cancillería ante el acto de provocación”, y “la Argentina respondió con firmeza a la intromisión de la Armada de Chile en aguas jurisdiccionales”, en Convicción, 10 de septiembre de 1980, pp. 1 y 12-13. A fines de ese mismo mes de septiembre de 1980, dos oficiales chilenos -el teniente Ismael Aranda Pozo y el alférez Ricardo Bravo Carreño- fueron detenidos por personal de la Gendarmería Argentina en la ciudad de Comandante Luis Piedrabuena (al norte de Río Gallegos) bajo acusación de espionaje. “Dos oficiales chilenos fueron capturados sacando fotos de una base militar argentina”, Convicción, 27 de septiembre de 1980, p. 11, y “Dos militares chilenos acusados de espías serán indagados por la justicia de Río Gallegos”, Convicción, 28 de septiembre de 1980, p. 10. También por esa misma fecha, el pesquero chileno Miño fue apresado por unidades de la Armada argentina, bajo la acusación de estar pescando a 170 millas de la isla de los Estados, en aguas territoriales argentinas. “El pesquero chileno es conducido a Puerto Deseado” y “El pesquero chileno capturado en aguas argentinas es conducido a Puerto Deseado”, Convicción, 28 de septiembre de 1980, pp. 1 y 11, y “Beagle: Tenso clima en la mesa de negociación”, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 30 de septiembre de 1980, p. 4. Asimismo, hacia fines de octubre de 1980 tuvieron lugar una serie de maniobras militares, que consistieron en simulacros de combate en distintos puntos del sur argentino, organizados por los Primero, Tercero y Quinto Cuerpos de Ejército. Cabe recordar que en estos Cuerpos de Ejército había una fuerte presencia de los “halcones” o “duros”. “También el Primer Cuerpo realiza ejercicios. Maniobras militares en la zona precordillerana de Chubut”, Convicción, 22 de octubre de 1980, p. 12; “Ejercicios de combate en el sur argentino”, Convicción, 23 de octubre de 1980, p. 10, y “Maniobras conjuntas en la Patagonia”, Convicción, 25 de octubre de 1980, p. 12. El entonces comandante en jefe del Ejército, general Leopoldo Fortunato Galtieri, personalmente estas maniobras, y, en inequívoco tono belicista, afirmó la necesidad de que cada ciudadano esté “espiritualmente preparado” para que, “si en caso necesario el clarín de la patria lo llama, ocupar su puesto para defender el honor de la Nación”. Ver discurso de Galtieri en “Galtieri asiste en Mendoza a las ejercitaciones del Tercer Cuerpo de Ejército”, Convicción, 28 de octubre de 1980, p. 11. Asimismo, el comandante en jefe de la Armada, almirante Armando Lambruschini, presenció hacia la misma fecha maniobras nocturnas por parte de los efectivos de la infantería de marina en la isla de los Estados. “Lambruschini presenció maniobras nocturnas de la Infantería de Marina”, Convicción, 30 de octubre de 1980, p. 10. En noviembre de 1980, dos ingenieros argentinos, Hugo Caleri y Germán Chininger, fueron detenidos en la localidad chilena de Punta Arenas, bajo cargo de espionaje (fueron acusados de tomar fotografías de un emplazamiento militar). “Aclarar la situación de dos detenidos en Chile”, Convicción, 28 de noviembre de 1980.
Al respecto, cabe mencionar que en mayo de 1980, los presidentes de los episcopados de Argentina y Chile, el arzobispo de Córdoba cardenal Raúl Primatesta y monseñor José Manuel Santos Ascarza, hicieron un llamado conjunto para “buscar todos los medios de persuasión en beneficio de la paz”. En un documento conjunto, los titulares de ambos Episcopados exigían “visión de futuro” a los gobernantes y “cordura, discreción y prudencia” a los medios de comunicación. Texto de la “exhortación conjunta” de los episcopados argentino y chileno, Convicción, 4 de mayo de 1980, p. 8. Ver también “La mediación papal en el diferendo argentino-chileno. Documento conjunto de los episcopados de Argentina y Chile”, Criterio, Nº 1836, 22 de mayo de 1980, pp. 284-286; “Extraordinaria movilización de la Iglesia por la paz entre Argentina y Chile”; “La Iglesia argentina realiza frente al Congreso, una misa por la paz y el éxito de la mediación”; y “Adhesión de políticos y entidades judías”,Convicción, Nº 574, 8 de junio de 1980, pp. 1, y 12-13; “En la Argentina y Chile, un marco diferente signó la jornada de oración por la paz en el Beagle”, Convicción, 10 de junio de 1980, pp. 10-11, y “Sí a la Paz”, Criterio, Nº 1838, 26 de junio de 1980, especialmente p. 341; “Peregrinaciones para orar por la paz entre Chile y Argentina”, Convicción, 23 de agosto de 1980, p. 7; “Jornada de oración argentino-chilena por la paz”, Convicción, 9 de noviembre de 1980, p. 10.
Discurso del presidente Videla en el Centro Cultural de la ciudad de Santa Fe, reproducido en Convicción, 26 de noviembre de 1980, p. 13.
Ver respecto de las quejas de Samoré sobre la complejidad del proceso de toma de decisiones en la Argentina y sus diferencias con el de Chile “Editorial. El arte diplomático de Don Camilo...”, Extra, Nº 163, enero 1979, p. 4; y T.E. Princen, op. cit., p. 134.
Mensaje del Papa Juan Pablo II con su propuesta de “zona de paz”, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 13 de diciembre de 1980, p. 4; editorial “El Papa dio su veredicto”, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 21 de diciembre de 1980, p. 2 ; mapas reproducidos en La Prensa, 7 de enero de 1981, citados también en La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 8 de enero de 1981, p. 3; texto de la propuesta papal del 12 de diciembre de 1980, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 23 de agosto de 1981, p. 5. Detalles de la propuesta papal en B. Passarelli, op. cit., pp. 182-183, referencias al contenido de la misma en T.E. Princen, op. cit., p. 146, y en editorial “Historia secreta de la guerra que evitó el Papa” (última parte), Somos, Nº 546, 11 de marzo de 1987, p. 28.
Desde el primer momento en que los militares conocieron la propuesta papal, el comandante en jefe del Ejército, general Leopoldo Fortunato Galtieri, dio a conocer sus reparos. B. Passarelli, op. cit., p. 181. Por su parte, el editorial “Beagle podría cambiar la delegación”, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 12 de abril de 1981, p. 1, menciona la existencia de divergencias entre, por un lado, el comandante en jefe del Ejército Galtieri y el titular de la Marina Anaya, que rechazaban la propuesta de paz vaticana y, por otro, los integrantes de la delegación argentina ante el Vaticano (formada por el general Etcheverry Boneo y el doctor Guillermo Moncayo), que respondían a los intereses del presidente Videla y del canciller Pastor, partidarios de aceptar la propuesta papal. En este sentido, la demora del gobierno de Videla en responder a las autoridades del Vaticano evidenciaba las objeciones de los comandantes en jefe a la propuesta papal. Guiados por una estrecha visión geopolítica, que ponía el acento en la peligrosa proyección “atlántica” de Chile y sus efectos en la Antártida, Galtieri y Anaya rechazaron la propuesta papal, aun a riesgo de caer nuevamente en la posibilidad de un conflicto con Chile. “Los incidentes fronterizos no ayudan a la negociación con Chile, dijo Galtieri”, Convicción, 14 de febrero de 1981, p. 1, y “Galtieri afirmó que el Ejército sabrá cumplir su misión en caso de que se sucedan episodios fronterizos con Chile”, Convicción, 14 de febrero de 1981, p. 10. Por su parte, otro “halcón”, el ex comandante del III Cuerpo de Ejército, general (RE) Luciano Benjamín Menéndez, sostuvo el 10 de enero de 1981 su rechazo a la propuesta papal, sosteniendo la necesidad de elaborar una “contrapropuesta”. Ver respecto de las declaraciones de Menéndez los editoriales “Menéndez: ‘una contrapropuesta’ ”, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 11 de enero de 1981, p. 5; “La propuesta: alguien debe explicar”, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 13 de enero de 1981, p. 2, y “Acotaciones australes”, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 20 de enero de 1981, p. 2; “Tema: Beagle. Opina: Luciano B. Menéndez”, Extra, Nº 188, febrero 1981, pp. 32-33, y “ ‘Si la propuesta papal no conviene, no debe aceptarse’, afirmó Menéndez”, Convicción, 5 de marzo de 1981, p. 10. Finalmente, otro “duro” del Ejército, el general Osiris Villegas, sostuvo que existía “favoritismo hacia Chile” en la mediación papal, y que, por ende, había que rechazar la propuesta de paz del Vaticano. “En la mediación hay favoritismo hacia Chile, dijo Villegas”, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 5 de marzo de 1981, pp. 1 y 4; “El conflicto austral. Algo para meditar”, por Osiris Villegas, La Prensa, 5 de febrero de 1981, p. 9. También cabe incluir en este grupo de opositores a la propuesta vaticana, al almirante (R.E.) Isaac Rojas y al ex presidente general Roberto Marcelo Levingston. Ver al respecto editoriales “Una consulta ineludible”, por Angel Amaya, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 26 de diciembre de 1980, p. 2; “El conflicto austral. Los intereses vitales de la Argentina en la región insular y marítima del Atlántico Sur y la sugerencia del mediador”, por Roberto M. Levingston, La Prensa, 21 de enero de 1981, p. 7, y “Para el Gral. Levingston es apresurado aceptar la primera sugerencia del mediador”, La Prensa, 8 de febrero de 1981, p. 4. Por su parte, los sectores “masseristas” se aliaron con los “duros” del Ejército en el ataque a la propuesta papal. Ver editoriales “El Embajador de los EE.UU. trata de influir en el Beagle. En la Torre de Babel parece que se habla el inglés”, por Hugo Ezequiel Lezama, Convicción, 14 de enero de 1981, p. 1; “Ningún argentino quiere pasar a la Historia como un Chamberlain”, por Hugo Ezequiel Lezama, Convicción, 27 de enero de 1981, p. 1, y “Con una solución justa se obtendrá la paz en el Beagle, afirmó Massera”, Convicción, 18 de febrero de 1981, p. 10.
Ver al respecto “La Gendarmería encontró otro “punto astronómico” puesto por chilenos en la Argentina”, Convicción, 28 de enero de 1981, p. 12; “Refuerzo de guardias y medidas especiales de control en la frontera. La Gendarmería encontró otro monolito chileno en territorio argentino”, Convicción, 3 de febrero de 1981, p. 7; “Protesta chilena por la detención de topógrafos”, Convicción, 6 de febrero de 1981, p. 1, y “Echaron en Chile a las autoridades del Instituto Geográfico Militar”, Convicción, 7 de febrero de 1981, p. 12; Comunicado de la Cancillería argentina, Convicción, 10 de febrero de 1981, p. 1; “La Armada argentina detectó en aguas jurisdiccionales una nave de guerra chilena, que huyó al ser advertida”, Convicción, 10 de febrero de 1981, p. 10; “Confirma el cónsul en Punta Arenas la detención de cuatro argentinos”, Convicción, 13 de febrero de 1981, p. 12, y “Chile acusó formalmente de espías a cuatro argentinos”, Convicción, 18 de febrero de 1981, p. 10.
Editoriales de La Prensa titulados “Poco para Argentina en el Beagle”, por Jesús Iglesias Rouco, y “La propuesta del Papa debe evaluarse según su contenido, con prescindencia de su origen”, por Manfred Schonfeld, cit. en B. Passarelli, op. cit., pp. 185-186. La posición de Iglesias Rouco puede verse en los siguientes editoriales: “El mapa del Papa”, La Prensa, 7 de enero de 1981, pp. 1 y 6; “El mapa de Chile”, La Prensa, 15 de febrero de 1981, pp. 1 y 4; “Ante un mensaje del Vaticano”, La Prensa, 10 de enero de 1981, p. 1; “¿Hacia un statu quo en el Beagle?”, La Prensa, 11 de enero de 1981, pp. 1 y 4; “Lo poco que se sabe del Beagle”, La Prensa, 22 de enero de 1981, pp. 1 y 4; “Ante una ofensiva del Vaticano”, La Prensa, 23 de enero de 1981, pp. 1 y 4. Además, La Prensa publicó las opiniones de otros opositores a la propuesta papal, tales como Gustavo Ferrari. Ver al respecto “Chile en el Pacífico”, por Gustavo Ferrari, La Prensa, 16 de febrero de 1981, p. 6. Asimismo, otros referentes de posiciones rígidamente nacionalistas dentro de la sociedad civil fueron el ex diplomático Ricardo Paz, quien criticó los elogios que el ex canciller Zavala Ortiz hizo a los esfuerzos negociadores del ministro de relaciones exteriores Carlos Washington Pastor. Ver editorial “¿A quién defiende el doctor Zavala Ortiz?”, por Ricardo Alberto Paz, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 8 de febrero de 1981, p. 3, donde Paz sostiene que el ex canciller Zavala Ortiz y el canciller Pastor son ejecutores de la “política de no tener política exterior” al aceptar sin reservas la propuesta vaticana. Ver asimismo “Beagle: alternativas de la mediación”, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 11 de febrero de 1981, p. 2; “Acusación a Pastor”, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 14 de febrero de 1981, p. 4, y “Un increíble ‘destape’ diplomático”, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 15 de febrero de 1981, p. 2. El ex diplomático Bonifacio del Carril y dirigentes de agrupaciones políticas del norte argentino (el Ateneo del Norte “Rodolfo Irazusta” y la Junta “Libertad y Soberanía”) también se opusieron a la propuesta. Ver “Políticos piden el rechazo de la propuesta papal sobre el Beagle”, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 21 de enero de 1981, p. 4; “La Iglesia y el Beagle”, A fondo, Nº 7, abril de 1981, pp. 25-26; y “Belicismo: “La guerra es necesaria, dicen dos entidades nacionalistas”, Nueva Presencia (semanario judeo-argentino), Nº 187, Buenos Aires, 30 de enero de 1981, p. 10. Por su parte, otros políticos (los radicales Roque Carranza y Jorge Vanossi, el intransigente Oscar Alende, los peronistas Antonio Cafiero y Angel Federico Robledo, y el nacionalista conservador Marcelo Sánchez Sorondo) adoptaron una posición intermedia entre la aceptación y la negación de la propuesta papal, pronunciándose a favor de la necesidad de una consulta a nivel de Congreso como paso previo a la aceptación o rechazo de la propuesta papal. “La mediación y las FF.AA.”, por Sergio Cerón, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 7 de enero de 1981, p. 2.
El
ex canciller del gobierno de Illia, Miguel Angel Zavala Ortiz, en el
editorial “La República y el Beagle. Buscando una decisión nacional”, Criterio,
Nº 1873 / 1874, Navidad 1981, pp. 741-748, sostuvo la necesidad de defender
la mediación y la propuesta de paz del Papa:
(..) Si hiciéramos caso al consejo del Cardenal Primatesta de leer sin pasión la Propuesta Papal, advertiríamos que ella evita las más funestas consecuencias del Laudo Arbitral y nos reconoce una parcial pero trascendente complacencia de nuestros intereses relevantes. Todo esto sin dejar de tener en cuenta que la Mediación no está cerrada y que puede todavía incorporar beneficiosos y reclamados reconocimientos.
“Exhortación de Monseñor Aramburu a los Gobiernos de nuestro país y Chile”, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 26 de diciembre de 1980, p. 4; “Claridad en Primatesta”, Extra, Nº 187, enero 1981, p. 6; “Beagle: cuidado con los equívocos”, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 18 de enero de 1981, p.2; “Tortolo: La Argentina deberá ceder más porque tiene más”; “De Nevares: honor y soberanía son “palabras altisonantes”, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 23 de enero de 1981, p. 1; “Beagle: claro rechazo de las presiones”, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 25 de enero de 1981, p. 2; y “De nuevo la paz”, Criterio, Nº 1853 - 1854, 26 de febrero de 1981, pp. 50-51.
C.M. Túrolo, op. cit., p. 122.
“Memorándum secreto: Samoré y la Argentina”, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 23 de junio de 1981, pp. 1 y 4; “¿Esta es la mediación vaticana?”, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 28 de junio de 1981, p. 2; “Samoré critica duramente a Buenos Aires y confirma nuestra información sobre el ‘mapa del Papa’. La convocatoria exterior”, por Jesús Iglesias Rouco, La Prensa, 21 de junio de 1981, pp. 1 y 4, y “El juicio de Samoré”, por Jesús Iglesias Rouco, La Prensa, 25 de junio de 1981, pp. 1 y 7, los dos últimos también citados en B. Passarelli, op. cit., pp. 208-210; R. Russell, “El proceso de toma de decisiones...”, op. cit., p. 53.
Ver respecto de este tema los citados editoriales de Jesús Iglesias Rouco “Samoré critica duramente a Buenos Aires...”, op. cit., y “El juicio de Samoré”, op. cit., también citados en B. Passarelli, op. cit., pp. 208-210; y el editorial ”Solicitan las renuncias de Camilión y Samoré”, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 4 de julio de 1981, p. 4.
Este episodio fue particularmente molesto para el gobierno de Viola, pues la decisión de detener y procesar al chileno Hood partió del Ejército -es decir, de su comandante en jefe Galtieri- no del Poder Ejecutivo, en una demostración del escaso margen de maniobra que tenía Viola dentro de su propia arma. B. Passarelli, op. cit., p. 188.
La drástica decisión de cerrar las fronteras con Chile fue adoptada por el entonces comandante en jefe del Ejército, general Leopoldo Fortunato Galtieri, analizada posteriormente por la Junta Militar, y finalmente hecha pública a través de un comunicado de particular dureza. Ver al respecto T.E. Princen, op. cit., p. 147; B. Passarelli, op. cit., pp. 189-192, y R. Russell, “El proceso de toma de decisiones...”, op. cit., p. 53. También los editoriales “Imprevista reunión del Comité Militar y cierre de las fronteras terrestres. Enérgica reacción por la detención de dos oficiales argentinos en Chile”, Convicción, 30 de abril de 1981, p. 1; “Nubarrones en la mediación”, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 3 de mayo de 1981, p. 2; “Panorama político”, por Joaquín Morales Solá, Clarín, 3 de mayo de 1981, pp. 10-11, y “El caso de los militares secuestrados. Un intento chileno por recuperar a sus espías detenidos agravó el conflicto y preocupa mucho al Papa”, Somos; Nº 242, 8 de mayo de 1981, pp. 4-9.
“Episcopado argentino y política vaticana”, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 5 de mayo de 1981, p. 1; “El Beagle bien vale una misa”, Somos, Nº 272, 4 de diciembre de 1981, p. 14; “Primatesta y la propuesta papal. Expresó, a su regreso de Roma, que debe analizarse ‘con atención y no con pasión’”, Clarín, 3 de noviembre de 1981, p. 5; “El Papa instó a que Argentina y Chile den los pasos adecuados para mantener un clima favorable a la mediación”, Convicción, 7 de mayo de 1981, p. 1; y “El Papa pidió el establecimiento de un clima favorable para continuar con la mediación”, Convicción, 7 de mayo de 1981, pp. 12-13. Ver también respecto del pedido papal el trabajo de T.E. Princen, op. cit., p. 147.
Texto de la respuesta de la Cancillería argentina a la petición papal, 8 de mayo de 1981, citado en Convicción, 9 de mayo de 1981, p. 11.
Ver al respecto los siguientes editoriales: “Una medida similar fue adoptada por las autoridades trasandinas. La Argentina indultó a ocho chilenos en respuesta a la solicitud del mediador”, Convicción, 9 de junio de 1981, p. 1; “En respuesta al pedido del cardenal Samoré. Camilión anunció medidas de distensión con Chile”, Convicción, 9 de junio de 1981, p. 7; “También viajaron a Chile los trasandinos indultados. Retornaron los argentinos liberados en Santiago”, Convicción, 10 de junio de 1981, p. 1; “Pinochet dijo que fueron puestos a disposición de la Nunciatura. Chile anunció la liberación de los dos oficiales del Ejército argentino”, Convicción, 11 de junio de 1981, p. 1; “Extensa reunión del Comité Militar. Se dispuso la apertura de la frontera con Chile”, Convicción, 12 de junio de 1981, p. 1; “La liberación se produjo mediante un decreto especial de amnistía firmado por la Junta y el presidente trasandino. El mayor Barileau y el teniente Santos retornaron ayer a Buenos Aires”, Convicción, 12 de junio de 1981, p. 7; “Libertades a cuenta. Con varios indultos se inició la distensión en la mediación por el Beagle”, Somos, Nº 247, 12 de junio de 1981, pp. 6-7; “ ‘Como una expresión más de acatamiento al llamado del Santo Padre’. El Poder Ejecutivo indultó a los cuatro cartógrafos chilenos”, Convicción, 14 de junio de 1981, p. 1, y “Fueron indultados por el gobierno dos militares chilenos”, Convicción, 20 de junio de 1981, p. 1.
Respecto de estos incidentes ver T.E. Princen, op. cit., p. 147, y editorial “Nuevo foco de tensión en la frontera con Chile”, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 1º de diciembre de 1981, p. 4.
B. Passarelli, op. cit., p. 221.
Texto completo de la declaración del gobierno argentino -emitida con membrete del Presidente el 21 de enero de 1982- anunciando la decisión de denunciar el Tratado de 1972, Convicción, 22 de enero de 1982, p. 7.
B. Passarelli, op. cit., pp. 220-221.
Ejemplos del respaldo “masserista” a la decisión del gobierno de Galtieri de denunciar el Tratado de 1972 fueron los editoriales “El eje fue desplazado de la Economía a la Política”, por Hugo Ezequiel Lezama, Convicción, 24 de enero de 1982, p. 1; y “Una clara y contundente actitud en política exterior define a la administración Galtieri”, por Carlos Fernández, Convicción, 24 de enero de 1982, pp. 12-13.
“Chile ‘lamenta’ la decisión argentina de denunciar el Tratado de Controversias”, Convicción, 30 de enero de 1982, p. 7.
En la segunda quincena de febrero de 1982, el transporte de la Armada argentina Gurruchaga fondeó en la isla Deceit -cuya jurisdicción estaba disputada entre la Argentina y Chile-. La patrullera chilena Quidora exigió a la tripulación del Gurruchaga que se retirara del fondeadero, exigencia que no fue obedecida por la nave argentina. La Cancillería chilena envió sus protestas a Buenos Aires, y las autoridades del Palacio San Martín calificaron como “insólita” la exigencia del Quidora. Ver al respecto “En un comunicado oficial se calificó de inoportuna la actitud de la Cancillería trasandina. El Palacio San Martín afirmó que fue insólita la demanda de un buque chileno al aviso ‘Gurruchaga’”, y “La versión de Santiago sobre el episodio austral”, Convicción, 24 de febrero de 1982, pp. 12-13.
En marzo de 1982, dos empleados de la firma argentina de cemento Loma Negra, Federico Romero y Jorge Finocchio, se dirigieron a la ciudad chilena de Punta Arenas, con el objetivo de supervisar el arribo de un cargamento de cemento que su empresa enviaba a Chile. En ese trayecto, fueron detenidos y torturados por individuos armados que querían conocer detalles sobre la ubicación de edificios y armamentos de las Fuerzas Armadas en Tierra del Fuego. “Dos argentinos fueron torturados en Chile”, Convicción, 20 de marzo de 1982, p. 7.
R. Russell, “El proceso de toma de decisiones...”, op. cit., p. 53.
Expresiones del embajador chileno en Buenos Aires, Sergio Onofre Jarpa Reyes, citadas en R. García Lupo, op. cit., p. 75.
En los medios militares argentinos predominó la impresión de que el helicóptero Sea King no cayó por accidente, sino que fue deliberadamente incendiado tras dejar en tierra un comando que se dirigía al aeropuerto de Río Grande, en territorio de Tierra del Fuego. Detalles sobre el episodio de la caída del Sea King en R. García Lupo, op. cit., pp. 67-68 y 75-76.
Esta resolución del 29 de mayo fue aprobada por diecisiete países, mientras que Chile, Colombia, Estados Unidos y Trinidad -Tobago se abstuvieron. Ver al respecto “TIAR: 17 naciones dieron su firme respaldo a la causa de nuestro país”, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 30 de mayo de 1982, pp. 1 y 13. Sobre posición chilena durante la guerra de Malvinas consultar también B. Passarelli, op. cit., p. 226.
El apoyo de inteligencia de los militares chilenos a los británicos durante la guerra de Malvinas fue confirmado tanto por declaraciones del general retirado Jeremy Moore, comandante de las fuerzas terrestres británicas durante la guerra, quien el 20 de octubre de 1998 sostuvo que los chilenos “nos daban información y señales de advertencia” y que “desde el sur de Chile, desde las altas montañas, se espiaba el movimiento de las bases argentinas, por ejemplo con radares, y se nos informaba sobre la salida de los aviones.”. Asimismo, de acuerdo con una investigación realizada por el ex diputado conservador inglés, Rupert Allason, en su libro La guerra secreta por las Malvinas reproducido en un editorial del diario argentino Clarín, Pinochet autorizó que aviones Canberra de reconocimiento aerofotográfico y Hércules equipados para inteligencia electrónica de la Real Fuerza Aérea Británica operaran desde la localidad chilena de Punta Arenas con insignias chilenas y tripulaciones británicas. Estos aviones realizaron un “barrido” electrónico y fotográfico de las bases aéreas argentinas desde donde se lanzaron los ataques contra la flota británica. A su vez, los radares chilenos vigilaron los aeródromos argentinos y las estaciones de comunicaciones trasandinas siguieron e incluso interfirieron los intercambios radiales argentinos. Ver al respecto los editoriales “El respaldo de Pinochet a Londres durante la guerra de las Malvinas. Cómo fue el apoyo chileno”, por Luis Garasino, y “Una mecha que encendió Thatcher”, Clarín, 23 de octubre de 1998, p. 6. Por su parte, Rogelio García Lupo sostiene que el puerto chileno de Punta Arenas fue utilizado por los británicos como centro de comunicaciones con las islas Malvinas. R. García Lupo, op. cit., p. 170. Otro interesante testimonio respecto de la ayuda chilena a Gran Bretaña durante la guerra de las Malvinas fue el ofrecido por la senadora Evelyn Mattei, del partido derechista chileno Unión Independiente. Evelyn Mattei es hija del ex comandante en jefe de la Fuerza Aérea, Fernando Mattei, y envió una carta al diario británico The Sunday Times en el que revela la ayuda de las autoridades de Santiago a Londres durante el conflicto entre la Argentina y Gran Bretaña. Ver al respecto “Detalles de la ayuda de Chile a Londres en Malvinas”, Clarín, 1º de diciembre de 1998, p. 32.
T.E. Princen, op. cit.. pp. 149 y 151, y B. Passarelli, op. cit., pp. 233-234.
T.E. Princen, op. cit., p. 151.
Respecto de la propuesta papal de una declaración conjunta de paz y no-agresión ver T.E. Princen, op. cit., p. 152. En cuanto a la decisión del presidente Bignone y de la Junta de postergar la decisión sobre la cuestión del Beagle hasta el futuro gobierno constitucional, el propio Bignone sostuvo que “si han pasado todos estos años, que pase un año y medio más para que haya un Parlamento que le dé fuerza a la solución”. Ver declaraciones de R. Bignone en B. Passarelli, op. cit., p. 235. Ver también editoriales “Bignone: el Beagle es tema para el futuro Parlamento”, Convicción, 1º de febrero de 1983, p. 4, y “Bignone: El Congreso debe ratificar cualquier acuerdo por el Beagle”, Clarín, 19 de abril de 1983, pp. 2-3.
B. Passarelli, op. cit., p. 235.
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