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Las relaciones con Bolivia

A fines de octubre de 1976 tuvo lugar una visita del presidente Videla a su colega boliviano el general Hugo Banzer Suárez, durante la cual se elaboró una declaración conjunta y se firmaron acuerdos de cooperación económica. En el primer documento, se destacaban el respaldo argentino al reclamo boliviano de salida al mar y el apoyo boliviano a los reclamos argentinos en Malvinas. Como en el caso de las relaciones con Uruguay, la competencia geopolítica con Brasil también se evidenciaba en esta declaración conjunta argentino-boliviana, que mencionaba la necesidad de la utilización conjunta de los recursos hídricos. (1)
    Banzer retribuyó la visita del presidente argentino y llegó a Buenos Aires a fines de noviembre de 1976. Como producto de este nuevo encuentro presidencial, el canciller argentino, vicealmirante Cásar Guzzetti, y el embajador boliviano en la Argentina, general Alberto Guzmán Soriano, firmaron tres documentos: uno sobre adquisición de gas boliviano, otro referente a la construcción del proyecto vial Padcaya-Bermejo en territorio boliviano, y un tercero sobre personal de dotación en el transporte internacional terrestre. 
   
Junto a los convenios económicos bilaterales, significativos por cuanto evidenciaron la voluntad del gobierno de Videla de atraer a Bolivia a la órbita de influencia argentina y alejarla de la brasileña, cabe mencionar la cooperación bilateral en el marco de la llamada “Operación Cóndor” de lucha contra el terrorismo. Un primer ejemplo de coordinación de las políticas antisubversivas impulsadas por los regímenes de Buenos Aires y La Paz fue el secuestro y posterior asesinato del ex presidente boliviano, general Juan José Torres, asilado en Buenos Aires, a principios de junio de 1976. (2) Otro ejemplo de políticas antisubversivas convergentes fue la entrega del Ejército argentino al boliviano de material de artillería para instrucción y 200 sables facsímiles del que perteneció al general argentino José de San Martín. En el acto de entrega, el general de brigada José Antonio Vaquero, un representante de los “duros” de su arma, sostuvo claramente la importancia de Bolivia como “aliado” en la lucha que las autoridades argentinas llevaban a cabo contra la subversión izquierdista:

(...) el flagelo subversivo exige de nuestras Fuerzas Armadas un estrecho contacto e intercambio de información, doctrina y control de fronteras. (...) Estos cañones y sables, ejemplo concreto de esta nueva era de relaciones castrenses bilaterales, suplirán el protocolo por una sincera y fraterna camaradería y cooperación (...). (3)

Cabe acotar que estos contactos entre Videla y su colega boliviano Banzer generaron ecos en la conflictiva interna del régimen militar argentino. Un hecho aparentemente poco significativo, la condecoración al presidente Videla con el Gran Collar de la Orden Nacional del Cóndor de los Andes durante su visita a Bolivia, fue explotado políticamente por el almirante Massera, quien no quiso dejar pasar una sola oportunidad para desestabilizar la autoridad de su rival. Enterado del acto de condecoración, Massera hizo llamar al agregado naval boliviano en Buenos Aires para que le comunicara a Banzer que había cometido un serio error, pues en la Argentina “el presidente no es la máxima autoridad del país, ya que el poder reside en la Junta Militar”. En su visita a Buenos Aires de fines de noviembre, Banzer, preocupado por la validez de los acuerdos firmados con Videla, entregó condecoraciones a los otros dos miembros de la Junta, los comandantes en jefe de la Armada, almirante Massera, y Fuerza Aérea, brigadier Agosti, a fin de evitar futuras complicaciones. (4) 
    Durante la segunda etapa del gobierno de Videla, las relaciones entre los gobiernos de Buenos Aires y La Paz continuaron por el mismo carril geopolítico. La diplomacia militar argentina concentró todos sus esfuerzos en atraer a Bolivia a su esfera de influencia. Para ello, no dudó en respaldar la reivindicación boliviana de la salida al mar, una vieja herida pendiente como saldo de la Guerra del Pacífico que enfrentó a la Confederación Peruano-Boliviana con Chile. Así, en la declaración conjunta firmada en octubre de 1978 por los presidentes argentino y boliviano, generales Jorge Videla y Juan Pereda Asbún, el presidente argentino respaldó la salida al mar para Bolivia. (5) Asimismo, durante la Novena Reunión de la Asamblea General de la OEA en octubre de 1979, la delegación argentina, presidida por el canciller Pastor, sumó su voto afirmativo a la moción presentada por Venezuela de respaldo a la posición boliviana de salida al mar. El triunfo unánime de esta propuesta motivó el retiro de la delegación chilena. (6)  
    Otro punto importante en esta estrategia argentina de arrancar a Bolivia de la esfera de influencia brasileña fue la continuación de los acuerdos sobre integración física entre ambos países. Así, durante el citado viaje de Videla a Bolivia en octubre de 1978, se inauguró el puente fronterizo que unía la red vial argentina con el valle boliviano de Yacuiba. Además, el presidente argentino anunció en dicha ocasión la financiación del tramo ferroviario Santa Cruz-Trinidad. (7)  
    Sumado al respaldo a las reivindicaciones territoriales y a los acuerdos de cooperación física y económica, un tercer eje de esta estrategia de “satelización” o “argentinización” de Bolivia fue, por cierto, la penetración ideológica. A la cooperación bilateral en materia de lucha antisubversiva en el contexto de la “Operación Cóndor”, la diplomacia militar argentina procuró también abortar la emergencia, en el escenario político boliviano, de cualquier indicio de alternativa ideológica a las dictaduras anticomunistas. Este criterio de “cruzada” en nombre del anticomunismo fue el que animó la intervención activa de los militares argentinos en el derrocamiento de Hernán Siles Suazo -dirigente de la izquierdista Unión Democrática Popular- y su reemplazo por la dictadura militar derechista del general Luis García Meza en julio de 1980. (8)  
    El gobierno de Videla fue el primero de la región en reconocer a la dictadura de García Meza, y justificó su actitud en los siguientes términos:

Lo que ocurrió realmente en Bolivia (...) es que entre las dos opciones que estaban por darse en el vecino país: la formalmente correcta que era la asunción de un gobierno surgido en elecciones, pero que representaba para nosotros un alto grado de riesgo en cuanto a la posibilidad de difusión de ideas contrarias a nuestro sistema de vida y la existencia de un gobierno militar, hemos visto con más simpatía esta última opción, porque no queremos tener en Sudamérica lo que significa Cuba para Centroamérica...No estamos ayudando a los militares bolivianos, estamos ayudando al pueblo boliviano para que no caiga en lo que nosotros estuvimos a punto de caer. (9)

Pero la intervención argentina en el golpe boliviano y este reconocimiento explícito de Videla al régimen militar de García Meza fueron factores que trajeron complicaciones internas y externas al gobierno argentino. Entre las primeras, cabe apuntar que la aventura boliviana echaba por la borda los esfuerzos del propio Videla, del grupo Villarreal-Yofre y de los funcionarios de la Cancillería por ocultar la faz represiva del régimen militar y otorgarle una imagen más acorde con las democracias occidentales.
   
Entre las complicaciones externas, vale anotar que poco después del golpe, el 25 de julio de 1980 el régimen de García Meza era condenado por la resolución que Venezuela, Colombia, Ecuador y Perú impulsaron con el apoyo de Estados Unidos en el seno de la OEA. El gobierno boliviano decidió entonces impulsar un Pacto estratégico del Cono Sur, integrado por los regímenes derechista de la región. Por cierto, esta iniciativa buscaba romper con el aislamiento al que lo condenaba la citada resolución.
   
Obviamente, la idea del Pacto tuvo una repercusión muy favorable entre los “duros” del régimen argentino -que incluso no dudaron en felicitar públicamente al propio Videla por una idea que no era de su autoría-. (10) Pero dicha idea chocó con el firme rechazo de la Cancillería -que advirtió y convenció al presidente de los inconvenientes de compartir el aislamiento regional al que se estaba autocondenando García Meza-. Para despejar las especulaciones periodísticas respecto de una creciente “derechización” del gobierno de Videla, el 15 de septiembre, la Cancillería declaró que la Argentina no auspiciaba un pacto como el anunciado por García Meza. El 21, el gobierno argentino declaró a través de su embajador en Ecuador que no promovía ningún Pacto del Cono Sur basado en afinidades ideológicas. Finalmente, en una entrevista publicada el 25 de septiembre por el diario El Universal de Caracas, el propio Videla sostenía que la Argentina no auspiciaba “ningún pacto político ni económico” entre países del Cono Sur. (11) 
    Posteriormente, la diplomacia militar fue perdiendo capacidad para influir en la vida política boliviana. El gobierno del general Bignone, último del Proceso militar, a pesar de sus crecientes dificultades económicas y políticas,  intentó resolver una cuestión pendiente con Bolivia: la compra argentina de gas boliviano. En la primera etapa del Proceso, la importación de este producto, aun en condiciones desfavorables para el régimen militar argentino, era funcional al proyecto de influir sobre el gobierno boliviano que llegó a su pico máximo con la participación argentina en el golpe militar de julio de 1980. Pero en la última etapa del Proceso, este tema se convirtió en una verdadera pesadilla para la diplomacia económica argentina, debido a la enorme deuda contraída por la Argentina en concepto de importaciones de gas proveniente del país del Altiplano. Este delicado tema fue objeto de negociaciones entre el ministro de Defensa boliviano, José Ortiz Delgado, y las autoridades argentinas, quienes acordaron en 1983 pagar una parte de la deuda, aunque mucho menor que la pretendida por el gobierno de Hernán Siles Suazo. (12)

  1. Texto de la declaración conjunta argentino-boliviana y acuerdos económicos complementarios citados en La Prensa, 3 de noviembre de 1976, p. 6.

  2. El régimen populista boliviano del general Juan José Torres fue derrocado en 1971 y reemplazado por el de orientación derechista del general Hugo Banzer Suárez. Torres se refugió en la Argentina, y el día de su secuestro -1º de junio de 1976- tenía pensado visitar al general argentino Juan Guglialmelli, un exponente del nacionalismo “desarrollista” e íntimo amigo suyo. El ministro del Interior del gobierno de Videla, general Albano Harguindeguy, señaló que Torres estaba “realizando una travesura”. Rogelio García Lupo sugiere que hubo complicidad de las fuerzas de seguridad argentinas en los asesinatos del general boliviano y de los legisladores uruguayos Michelini y Gutiérrez Ruiz. El ministro Harguindeguy y los medios de prensa como La Prensa y La Opinión rechazaron estas acusaciones, adjudicándolas a un “plan siniestro” del exterior que, con el concurso de elementos terroristas locales, “busca presentar a la Argentina como tierra apta para la violación de los derechos humanos”. Ver R. García Lupo, op. cit., p. 178, y editoriales “La conjura subversiva”, La Opinión, 4 de junio de 1976, p. 1, y  “Confirmación de un plan siniestro”, La Prensa, 6 de junio de 1976, p. 4. Ver también declaraciones de Harguindeguy sobre el caso Torres en La Opinión, 8 de junio de 1976, p. 12.

  3. Palabras del general de división José Vaquero, citadas en “Cooperación con Bolivia contra la subversión”, La Prensa, 28 de noviembre de 1976, p. 6.

  4. Este episodio de las condecoraciones de Banzer tensó a tal punto las relaciones entre Videla y Massera, que el primero convocó una reunión de los altos mandos del Ejército. En dicho cónclave, curiosamente, un “halcón” como el general Luciano Benjamín Menéndez llegó a proponer la ruptura del Ejército con la Marina, la disolución de la Junta Militar y la toma de la totalidad del poder por parte del Ejército, tendencia que finalmente se registraría años después, luego de la derrota argentina en la guerra de Malvinas. Por su parte, el “flexible” general Roberto Viola se opuso a la posición extrema de Menéndez e impuso su criterio conciliador. Ver respecto de la condecoración de Banzer y sus efectos en la pugna interna entre Videla y Massera los trabajos de B. Passarelli, op. cit., pp. 66-67, y C. Uriarte, op. cit., pp. 143-144. Consultar asimismo el editorial “La guerra que nadie vio” (primera parte), op. cit., pp. 6-8.

  5. Análisis del contenido de la declaración conjunta firmada por los presidentes argentino y boliviano, generales Videla y Pereda Asbún, en los siguientes editoriales: “Ratificación conjunta de soberanía y aspiraciones”, La Nación, 26 de octubre de 1978, p. 1; “Argentina y Bolivia ratificaron su tradicional entendimiento político”, por Alfredo Becerra, La Opinión, 26 de octubre de 1978, p. 1, y “La Argentina y Bolivia”, La Prensa, 29 de octubre de 1978, p. 6.

  6. El titular de la delegación chilena, embajador Pedro Daza, criticó la resolución unánime de la Asamblea de la OEA favorable a la posición boliviana. En sus declaraciones, Daza sostuvo que el organismo panamericano “era incompetente para abordar un asunto que afecta la soberanía de un estado miembro”. Ver al respecto “Pastor apoyó los pedidos de La Paz y abogó por una solución perdurable”, Convicción, 26 de octubre de 1979, p. 7; “Triunfo diplomático de La Paz”, Convicción, 27 de octubre de 1979, p. 1, y “El encierro de Bolivia asfixia a Chile”, Convicción, 28 de octubre de 1979, p. 11.

  7. “Fue ratificada la integración física argentino-boliviana”, La Opinión, 26 de octubre de 1978, pp. 8-9.

  8. Por cierto, la aventura argentina en Bolivia, evidenció un perfil “occidentalista” -en tanto el gobierno de Siles Suazo fue percibido como una “pantalla” para la infiltración comunista en la región- pero a la vez “heterodoxo” -en tanto el respaldo argentino al derrocamiento de Siles Suazo y su reemplazo por el régimen militar de García Meza contradijo abiertamente los deseos de la administración Carter de encauzar el proceso político boliviano. A su vez, este “occidentalismo heterodoxo” estuvo inscripto en un esquema de política exterior nutrido por los supuestos del realismo geopolítico y, muy particularmente, por la idea de “Extremo Occidente”, que justificaba el protagonismo de la diplomacia militar argentina para cubrir los “vacíos” estratégicos dejados por Washington, con el fin de prevenir la expansión del comunismo en la región. Varios testimonios confirman la participación argentina antes, durante y después del golpe en Bolivia. De acuerdo con García Lupo, en los prolegómenos del golpe de García Meza aparecieron en Bolivia “individuos que hablaban como argentinos” y que “actuaban enmascarados, secuestraban personas y las torturaban dentro de vehículos en movimiento”, técnicas para combatir la subversión hasta ese momento desconocidas en Bolivia y que tenían un inequívoco acento argentino. Asimismo, afirma que los militares argentinos intentaron “argentinizar” Bolivia entre el golpe de 1980 y 1982, “exportando” su modelo de  represión interna a través de la directa injerencia de comandos armados en territorio del Altiplano. Por su parte, la carta de Información Política y Economía (IPE), que se edita en La Paz para medios empresarios, sostiene que en el golpe de 1980 “los argentinos intervinieron cruelmente a lo ancho y a lo largo de sus sangrientas y brutales jornadas”. Ver sobre este tema R. García Lupo, op. cit., p. 132; pp. 153-154 y p. 174; R. Russell, “Argentina y la política exterior del régimen autoritario...”, op. cit., pp. 115-116, y R. Russell, “Las relaciones Argentina-Estados Unidos...”, op. cit., pp. 24-25. Por último, Daniel Santoro sostiene que el licenciado en Administración de Empresas y oficial de nominación primera del batallón de Inteligencia 601dependiente de la jefatura II de Inteligencia del Ejército, Leandro Sánchez Reisse, entregó al Ejército argentino “el dinero obtenido por la venta de armas argentinas al narcotraficante boliviano Roberto Suárez Levy” para apoyar el golpe de los narcomilitares Luis García Meza y Luis Arce Gómez contra el gobierno democrático de Lidia Gueiler el 17 de julio de 1980. Asimismo, Santoro aclara que el gobierno de Videla no sólo envió armas en apoyo al golpe militar boliviano, sino también decenas de asesores militares y hasta spots publicitarios de TV que habían sido usados en la Argentina después del golpe del 24 de marzo de 1976 que derrocó a Isabel Perón. Ver al respecto D. Santoro, op. cit., pp. 19-20. 

  9. Discurso de Videla, Clarín, 6 de agosto de 1980, pp. 2-3, cit. en R. Russell, “Las relaciones Argentina-Estados Unidos..”, op. cit., p. 25. 

  10. Ejemplo del respaldo de los “duros” del Ejército argentino a la propuesta de un Pacto del Cono Sur efectuada por el general boliviano García Meza fue una de las resoluciones finales del Cuarto Congreso de la Confederación Anticomunista Latinoamericana, que sesionó en Buenos Aires los días 2 y 3 de septiembre de 1980 y estuvo presidido por el general Carlos Guillermo Suárez Mason. Una de estas resoluciones finales, adoptada por los miembros de este Congreso el 3 de septiembre, felicitaba al presidente Videla por su “brillante iniciativa de alertar a América Latina y requerirla a formar, entre los países que tienen los mismos ideales, lo que debe ser una monolítica y necesaria “cohesión indestructible” frente a la agresión permanente del comunismo y sus propósitos colonialistas en América Latina.” Ver esta y otras resoluciones del Cuarto Congreso Anticomunista, citadas en Convicción, 4 de septiembre de 1980, pp. 12-13. 

  11. “El Pacto del Cono Sur. Certificado de defunción”, Clarín, 22 de septiembre de 1980, p. 2, y “No propiciamos un pacto del Cono Sur, dijo Videla”, Clarín, 26 de septiembre de 1980, p. 7.

  12. R. Bignone, op. cit., p. 155.

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