Conclusiones
El
análisis de la política exterior del ciclo militar conocido con el nombre de
Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983) arroja un balance interesante,
en cuanto pone en tela de juicio algunas conclusiones acerca de los rasgos
característicos de los regímenes militares:
1)
Una de ellas, quizá la más difundida, sea la supuesta coherencia y
rapidez de decisión de las dictaduras militares, que, a diferencia de los regímenes
democráticos, pueden decidir sin la intermediación de actores tales como el
Parlamento, los sindicatos, los grupos económicos o la misma opinión pública.
Sin embargo, en el particular caso del Proceso militar argentino, los tres
comandantes en jefe, reunidos en la Junta Militar, no se pusieron de acuerdo en
muchos temas de política interna y exterior. El sistema de “cuoteo” o de
reparto de 33 % del poder en cada una de las tres armas, que pretendió
“democratizar” la decisión del régimen militar, en realidad contribuyó a
anarquizarla, exacerbando los conflictos inter e intrafuerzas. En consecuencia,
la política interior y exterior del “Proceso” se destacó por numerosas
marchas y contramarchas, que revelaron la vitalidad e intensidad de las pujas al
interior de un régimen que pretendió mostrar una falsa imagen de solidez.
2)
La caracterización de la política regional del Proceso militar como
exclusivamente basada en las hipótesis de conflicto con los países vecinos. Si
bien esta segunda conclusión está basada en datos reales -como la casi guerra
con Chile en diciembre de 1978 y los conflictos en materia hidroeléctrica entre
la Argentina, Paraguay y Brasil previos al acuerdo tripartito de octubre de
1979-, no toma en cuenta que el carácter ambiguo (competitivo y a la vez paradójicamente
cooperativo) de las relaciones de la Argentina con los países del Cono Sur
estuvo condicionado por la yuxtaposición de dos tipos diferentes de
amenaza:
a)
un primer tipo de amenaza fue el vinculado con la subversión izquierdista y su
proyección local, regional e
internacional, que estimuló mecanismos de cooperación entre la Argentina y los
países vecinos en materia de lucha antisubversiva -e incluso mecanismos de
cooperación con Washington en el marco de esta cruzada occidentalista-;
b)
un segundo tipo de amenaza era la que emanaba de la lógica de equilibrio de
poder subregional, y estaba representada por la presencia misma del país
vecino. De este modo, el mismo país vecino que era “aliado” en la lucha
contra el flagelo terrorista; era “enemigo” en términos del equilibrio de
poder y geopolítica.
3)
Otro mito destacable es el que vincula el “occidentalismo” de los militares
argentinos con un supuesto perfil de alineamiento con Washington. Durante el
gobierno de Videla, esto no fue obviamente así, debido, entre otros factores,
al perfil pragmático que Videla y Martínez de Hoz aplicaron a sus relaciones
comerciales con la URSS y China, y a los intensos choques que este gobierno tuvo
con la administración Carter en temas de tales como la proliferación nuclear y
los derechos humanos. Sintiéndose incomprendidos por la política de Carter,
los militares argentinos sostuvieron que la Argentina y América latina constituían
el “Extremo Occidente” al plantear sin traumas ni respiros la “Tercera
Guerra Mundial” contra la subversión de inspiración cubano-soviética. Ni
siquiera el período de gobierno de Galtieri, el más cercano a la caracterización
de alineamiento, encaja en este rótulo. Continuador de la ofensiva cruzadista
que implicaba el concepto de “Extremo Occidente”, el “occidentalismo
galtierista” fue mucho más allá del rol que la perspectiva “globalista”
de la administración Reagan quería otorgar al régimen militar argentino. Esto
lo comprobó con pesar el propio Reagan cuando intentó disuadir inútilmente de
los reclamos de fuerza sobre Malvinas al presidente Galtieri, primero por vía
telefónica, y luego a través de la mediación del secretario de Estado
Alexander Haig.
4) Por último, el forzado giro “tercermundista” que
adoptaron Galtieri y Bignone tras el estallido de la guerra de Malvinas no
implicó necesariamente la total renuncia de los militares argentinos a un
perfil “autónomo” y “occidentalista”, aunque no hubiera suficientes
recursos para alimentar dichas pretensiones. A pesar del sentimiento de
“traición” que Galtieri y otros militares podían sentir respecto de
Washington, la diplomacia militar no apuntó directamente sus cañones hacia la
Casa Blanca, habida cuenta de la importancia de la banca norteamericana en el
problema de la deuda externa argentina. En foros internacionales como el Grupo
de los 77 o el NOAL, optó por dirigir sus ataques a las sanciones económicas y
políticas de la CEE y de Gran Bretaña, y procuró mantener un nivel de
“equidistancia” y suavizar las referencias críticas a Estados Unidos.
En realidad, la diplomacia militar nunca renunció del todo a
un espacio para los “intereses nacionales” en nombre de la causa
“occidental”. Utilizó No Alineados para reivindicar sus derechos sobre
Malvinas, pero no adhirió a las posturas más vehementemente tercermundistas y
anti-norteamericanas. Mantuvo, aunque en dosis menor, su presencia en América
Central. A pesar de la creciente crisis económica y política, el régimen
militar en retroceso tampoco renunció a los planes de rearme y a una política
nuclear independiente, como lo prueban la existencia de proyectos como el misil
Condor II -construido en 1983 por la Fuerza Aérea-, la planta de
enriquecimiento de Pilcaniyeu -que también data de 1983- y la negativa a firmar
el TNP y Tlatelolco.
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