Las relaciones con la Unión Soviética
Antes de asumir el gobierno, el radicalismo planteó claramente el
papel de los vínculos con la Unión Soviética en el marco de la política exterior. En
una entrevista periodística, Dante Caputo sostuvo que no se ejercería "ningún tipo
de discriminación ideológica" en las relaciones comerciales con los países del
Este. Pero también afirmó que el gobierno de Alfonsín tendría como uno de sus
objetivos diversificar las exportaciones "por razones de conveniencia nacional, ya
que la presencia casi exclusiva de un solo comprador provoca de hecho relaciones de
dependencia que no son convenientes (1)". Estas declaraciones de quien sería el
canciller del gobierno de Alfonsín pueden interpretarse como una actitud de reacción
contra el excesivo peso que tuvieron los vínculos comerciales con Moscú durante los
años del Proceso.
No obstante estas declaraciones de Caputo y la preferencia de las
autoridades de Moscú por Italo Luder como candidato a la presidencia argentina (2), la
llegada de Raúl Alfonsín a la Casa Rosada motivó elogiosos comentarios en la prensa
soviética. Así, Tiempos Nuevos de Moscú subrayó que el programa de gobierno
radical era "constructivo" y calificó el discurso de Alfonsín como
"progresista y renovador". Por su parte, la derrota electoral del peronismo fue
interpretada por el diario moscovita como una consecuencia de los "errores de
cálculo" y de la "exhumación de viejos slogans (3)".
A pesar de los citados elogios de la prensa soviética, durante la
primera etapa del gobierno de Alfonsín las relaciones económicas con Moscú atravesaron
un período de enfriamiento. Ello se debió a dos factores: a) la alta prioridad puesta
por la administración radical en sus vínculos con las socialdemocracias europeas, que
tuvo por contrapartida un enfriamiento de los nexos con el mundo socialista; y b) la
propia crisis de la política interna soviética, sumida en la primera mitad de la década
de los 80 en una sucesión de enfermedades y muertes de sus máximos dirigentes
-Leonid Brezhnev (1982), Yuri Andropov (1984) y Konstantin Chernenko (1985) (4).
Pero la baja prioridad otorgada por la diplomacia radical a los lazos
comerciales con Moscú y el mundo socialista no impidió que en esta etapa se registraran
una serie de contactos, que culminaron con la firma de convenios entre representantes
comerciales soviéticos y las provincias de Mendoza, Formosa, Chaco y Corrientes (5).
Asimismo, durante los meses de octubre y noviembre de 1984, los gobernadores Felipe Llaver
de Mendoza, Leopoldo Bravo de San Juan, José Vernet de Santa Fe, y Arturo Puricelli de
Santa Cruz, respondiendo a una expresa invitación de Moscú, visitaron la URSS para
discutir la posibilidad de nuevos acuerdos comerciales (6).
Un hecho que evidenció las dificultades existentes en el intercambio
comercial bilateral fue, sin duda, la Octava Reunión de la Comisión Mixta de
cooperación económica y comercial argentino-soviética, de principios de noviembre de
1984 en Buenos Aires, donde ambas partes definieron claramente sus intereses respecto del
intercambio comercial bilateral. En este encuentro, los negociadores soviéticos
intentaron presionar a sus pares argentinos, aprovechando la situación altamente
competitiva del mercado mundial de granos, donde Estados Unidos y la Comunidad Europea
subsidiaban sus exportaciones y las colocaban en el mercado soviético a precios de dumping.
Advirtieron que la URSS se vería forzada a reducir sus compras de granos a menos que
la Argentina aumentara sus adquisiciones de equipos y maquinarias. Pero también
plantearon alternativas para salir del estancamiento en el intercambio comercial, desde el
trueque (vinos por trolebuses, por ejemplo, que había sido aplicado por el gobierno de
Mendoza), hasta propuestas de adaptación de las empresas argentinas a las necesidades del
mercado soviético, especialmente en la industria liviana. También hubo propuestas
energéticas, especialmente emprendimientos hidroeléctricos, portuarios, ventas de
licencias y tecnología. No obstante, estas alternativas chocaron con la realidad de que
la clase empresarial argentina prefería integrarse al mercado mundial capitalista antes
que al socialista. Además, la capacidad de compra de equipos y maquinarias de origen
soviético se veía altamente comprometida en ese momento por dos factores: la abultada
deuda externa, que llevaba a la Argentina a privilegiar sus relaciones con Washington y
los organismos internacionales de crédito; y la tendencia a la baja del precio de los
granos, que reducía los beneficios exportables, tan necesarios para afrontar los
servicios de la deuda.
Por el Acta Final de esta Octava Reunión de la Comisión Mixta,
firmada por el secretario de Comercio argentino, Ricardo Campero, y el viceministro de
Comercio Exterior soviético, Alexei Manzhulo, ambas partes convinieron en prorrogar el
Acuerdo de Suministro de Cereales y Soja argentino a la URSS, y el Convenio de Suministro
de Maquinaria y Equipo de la URSS a la Argentina. Asimismo, formalizaron el otorgamiento
de un sistema de crédito recíproco de 5 millones de dólares para la compra de bienes
producidos por ambos países. Pero este acuerdo excluyó explícitamente los productos
agropecuarios argentinos, que debían ser adquiridos por Moscú al contado en moneda de
libre convertibilidad. Por esta razón, los negociadores soviéticos expresaron su
preocupación por el déficit de la URSS en su intercambio comercial con la Argentina, y
solicitaron un incremento sustancial en las importaciones de productos soviéticos, con el
fin de reducir el desequilibrio en la balanza comercial bilateral (7).
Otra dificultad presente en la agenda económica fue el viejo tema de
las actividades de pesqueros soviéticos en la zona económica exclusiva argentina, que
volvió a aparecer en el mes de septiembre de 1984 y motivó un pedido de informes por
parte del diputado justicialista Luis Casale meses después, en marzo de 1985 (8).
En contraposición a las dificultades existentes en el ámbito
comercial de la agenda bilateral, se produjeron convergencias en el ámbito político. Un
ejemplo fue el balance de la visita a la Argentina del secretario general de la
Cancillería soviética, Yuri Fokin, a fines de julio de 1984. El objetivo de la misma fue
de carácter exploratorio: el intercambio de opiniones acerca de los temas a ser tratados
en la 39ª Asamblea General de la ONU y otros asuntos de interés común. En ese contexto,
Fokin tocó la problemática de Malvinas, acusando a Gran Bretaña de adoptar una actitud
colonialista en el diferendo, que el diplomático soviético encuadró en el marco de
referencia Este-Oeste. Si bien Fokin consideraba la disputa entre Buenos Aires y Londres
como secundaria en la lista de prioridades estratégicas soviéticas, las autoridades
soviéticas estaban preocupadas por la instalación en el Atlántico Sur "de armas
avanzadas" (...) porque estamos amenazados desde el Polo Norte y desde el Polo Sur
(9)". Durante la presencia de Fokin en Buenos Aires, un artículo publicado en la
prensa soviética acusó al gobierno de Estados Unidos de estar utilizando políticamente
al FMI para ejercer presión política sobre la gestión de Alfonsín, y respaldó la
actitud del gobierno radical de resistir la presión de Washington y los bancos acreedores
(10).
Asimismo, en septiembre de 1984, durante las sesiones de la 39ª
Asamblea General de la ONU en la que el gobierno radical dio a conocer sus lineamientos de
política exterior, tuvo lugar una entrevista entre el canciller Dante Caputo y su par
soviético Andrei Gromyko. Esta entrevista constituyó el antecedente de un mecanismo de
consultas bilaterales a nivel de cancilleres que fue establecido dos años más tarde
(11).
A principios de octubre de 1984 realizó una visita a Moscú un grupo
de legisladores argentinos, encabezados por el presidente de la Comisión de las
Relaciones Internacionales Interparlamentarias del Senado, el senador justicialista Julio
Amoedo. Estos suscribieron con sus colegas soviéticos un comunicado conjunto que
subrayaba la existencia de posiciones coincidentes entre la Argentina y la URSS en
diversos temas, destacándose entre ellos el apoyo soviético a los reclamos de soberanía
argentinos sobre las Malvinas (12).
Las dificultades en el ámbito comercial volvieron a evidenciarse en
octubre de 1985, en ocasión de la Novena Reunión de la Comisión Mixta que trató la
renovación de los convenios comerciales entre ambos países, que habían sido firmados
por el gobierno militar en 1981 y cuya vigencia finalizaba en diciembre. En dicha
oportunidad, la delegación soviética criticó la lentitud y el incumplimiento por parte
de la Argentina de algunas condiciones de compra, especialmente las referidas a las
adquisiciones de máquinas y equipos. Los negociadores argentinos atribuyeron estas
falencias a las restricciones presupuestarias y operativas derivadas de las medidas de
estabilización económica. También se registraron quejas del lado argentino, cuya
delegación expresó su preocupación por la decisión de Moscú de no cumplir con los
volúmenes comprometidos de soja y carnes (13).
No obstante, las gestiones en torno de un nuevo convenio comercial que
reemplazara al firmado en 1981 continuaron. Desde la óptica argentina, el mercado
soviético tenía una importancia crucial, en un contexto donde el éxito del Plan Austral
y de las negociaciones por la deuda externa dependía en gran medida de mantener un
volumen satisfactorio en las exportaciones. Finalmente, el 22 de enero de 1986, el
canciller Caputo y el ministro de Comercio Exterior soviético, Boris Aristov, firmaron en
forma preliminar en Buenos Aires un nuevo convenio para la venta de 4.500.000 toneladas de
granos y frijol de soja a la URSS hasta 1990. Por su parte, la Argentina se comprometió a
adquirir en ese lapso 500 millones de dólares en equipos industriales y manufacturas,
valor que representaba un 100% más que el monto de compras concretado durante la vigencia
del convenio comercial 1981-1985 (14).
Por cierto, el gobierno radical pretendió resolver las dificultades
existentes en materia de intercambio comercial a través de un camino de índole
política, extendiendo a la URSS la "diplomacia personal" -hasta ese momento
reservada a los escenarios europeo-occidental, norteamericano y latinoamericano-. Esta
estrategia de la diplomacia argentina coincidió con el deseo de la administración de
Mijail Gorbachov de apertura a otros países, con el fin de que los diplomáticos
extranjeros descubrieran la "nueva" Unión Soviética, y las autoridades de
Moscú pudieran intercambiar ideas y experiencias útiles, a fin de complementar los
procesos de "glasnost" y "perestroika" en que estaba embarcado el
secretario general del Partido Comunista de la URSS (15).
Luego de la firma del acuerdo comercial con la URSS, el 26 de enero de
1986 el canciller Caputo viajó a Moscú para continuar las conversaciones en varios temas
y preparar el terreno para la visita del presidente Alfonsín a la capital soviética en
octubre. Caputo se entrevistó con varias figuras del Kremlin, entre ellos el canciller
Edward Shevardnadze, el presidente del Soviet Supremo Andrei Gromyko, y el secretario
general del PC, Mijail Gorbachov, con los cuales trató, entre otros temas, las propuestas
de desarme formuladas por Gorbachov y Alfonsín en el llamado "Grupo de los
Seis", la crisis centroamericana, y el problema de la deuda externa. Tanto las
declaraciones de Caputo como de Shevardnaze enfatizaron las coincidencias alcanzadas,
sobre todo en materia de desarme. El canciller argentino expresó que "el plan de
desarme total para el año 2000 presentado por la URSS es, a nuestro juicio, la más
importante iniciativa que en este tema se haya presentado hasta ahora (16)".
Además, Caputo firmó el 29 de enero de 1986 varios convenios:
Protocolo sobre Consultas; Acuerdo sobre los Suministros de Cereales y Soja; Acuerdo
prorrogando el Convenio de Suministro de Maquinarias y Equipos de la URSS a la República
Argentina por U$S 500 millones; Convenio sobre Cooperación Cultural y Científica, y
Protocolo para preparar la recopilación de documentos diplomáticos sobre las relaciones
entre la República Argentina y la URSS (Rusia) de 1885 a 1985. Asimismo, vale destacar el
compromiso de participación soviética en la remodelación del puerto argentino de Bahía
Blanca y en obras hidroeléctricas como el dique de Piedra del Aguila (17).
Unos meses después, el 2 de julio de 1986, la Argentina firmó con la
URSS un convenio pesquero, que concedía a las naves soviéticas, por su artículo 2º,
acceso a la zona económica exclusiva del mar argentino, y por su artículo 3º, la
posibilidad de que dichas naves recalaran en puertos argentinos. Un convenio semejante fue
firmado con Bulgaria. Como era de esperarse, estos convenios provocaron consecuencias
tanto político-estratégicas como económicas negativas para la Argentina. En cuanto a
las primeras, se produjo la inmediata reacción del Reino Unido declarando la zona
pesquera exclusiva de 200 millas alrededor de las Malvinas. Asimismo, el secretario de
Estado norteamericano George Shultz emitió fuertes declaraciones, criticando los
convenios de pesca y advirtiendo que "todo país debe ser cuidadoso en sus relaciones
con la Unión Soviética", porque el objetivo principal de los rusos es político y
su sistema de gobierno se contradice "con el sistema de valores que representa la
democracia en la Argentina", palabras que constituyeron un llamado de atención al
gobierno de Buenos Aires. La cuestión tuvo también una fuerte repercusión interna,
desatando una intensa polémica entre el canciller Caputo, el ex canciller Oscar Camilión
y el ex embajador en los Estados Unidos Arnaldo Musich. Provocó además el 13 de octubre
un paro general de la CGT por 14 horas en contra de la firma de los convenios, y la
crítica de las empresas pesqueras argentinas, que consideraban que mientras se
restringían los permisos de captura a las firmas nacionales, éstos se concedían a las
extranjeras (18).
En octubre de 1986 tuvo lugar el viaje de Alfonsín a la URSS,
acompañado por un grupo importante de empresarios argentinos. Los resultados de esta
visita para la Argentina fueron escasos, debido tanto a las prioridades de los gobiernos
argentino y soviético de ajustar sus respectivas economías (19), como a la decisión
británica del 29 de octubre de 1986 de establecer una zona exclusiva de pesca en torno a
las islas Malvinas como represalia por los acuerdos pesqueros firmados por la Argentina en
julio de ese año con la URSS y Bulgaria (20).
En el ámbito político, Alfonsín y Gorbachov emitieron un comunicado
conjunto, expresando una serie de coincidencias en temas de la agenda regional y global:
la mutua condena a toda intervención en Centroamérica y elogio a los esfuerzos
pacificadores de Contadora; el reclamo de negociaciones directas para una solución al
problema de las islas Malvinas y la exigencia de que el gobierno británico desmantelara
la base militar asentada en el archipiélago (aunque no hubo referencia explícita al tema
de la soberanía); el retiro de las tropas israelíes de los territorios ocupados, la
creación de un estado palestino y la convocatoria a una conferencia internacional con
participación de la OLP como medios para solucionar el conflicto de Medio Oriente;
crítica al apartheid sudafricano; y las referencias de ambos gobiernos al rol
positivo jugado por los países No Alineados (21).
Pero, más allá de estas coincidencias, el presidente Alfonsín no
logró en este viaje dos objetivos políticos muy importantes para su administración:
obtener una explícita condena de Moscú respecto de las políticas opositoras de
comunistas y trotskistas argentinos, y conseguir el apoyo soviético a la revindicación
de la soberanía argentina en Malvinas. En el primer caso, las duras observaciones de
Alfonsín respecto del Partido Comunista argentino fueron mal recibidas por las
autoridades soviéticas, que sostuvieron que la URSS no podía respaldar ni oponerse a la
posición de una fuerza política interna en otro país (22). En el segundo caso, el
comunicado conjunto omitió directamente toda alusión al tema (23).
En el plano económico, los logros del viaje de Alfonsín se limitaron
a la promesa soviética de respetar el convenio de granos ya firmado -durante el primer
semestre de 1986 los soviéticos no cumplieron con el compromiso asumido en enero,
comprando poco más de 700.000 toneladas-. Durante la visita presidencial, la parte
soviética confirmó órdenes de compra para 1987 por un total de 4 millones de toneladas
de cereales, compensando sólo parcialmente su déficit de compras de 1986. Otro limitado
logro fue la posibilidad que tuvieron los empresarios argentinos de tener un contacto
directo con sus pares soviéticos, lo cual llevó a comenzar a negociar algunos proyectos
binacionales que se habían pactado anteriormente (24).
Para los soviéticos, el balance del viaje del presidente Alfonsín no
fue mucho más positivo. Desde el punto de vista político-estratégico, tras la
decepcionante cumbre de Reykjavik con Estados Unidos, la URSS encontró en el presidente
argentino un interlocutor que, condicionado por delicados problemas políticos y
económicos, sólo podía ofrecer un respaldo verbal en la mayoría de los temas de la
agenda tanto regional como global (25). Desde el punto de vista económico, lo cierto era
que mientras la Argentina había comprado 50% de los productos soviéticos según lo
pactado desde el convenio de 1981, la URSS había adquirido menos de 10% de los montos
pactados desde 1981 -4.500.000 toneladas de sorgo, maíz y 450.000 de forraje cerealero-.
Puesto en términos de valores, las compras de granos soviéticas cayeron del récord
histórico de 3485 millones de dólares en 1981 -cuando la Argentina aprovechó la
oportunidad abierta por el embargo cerealero dispuesto por la administración Carter
contra la URSS- a 1467 millones en 1985, y sólo 267,6 millones en 1986 (26).
La limitación de los logros económicos argentinos y soviéticos se
puso nuevamente de manifiesto a fines de septiembre-principios de octubre de 1987, durante
la visita del canciller soviético Edward Shevardnadze a Buenos Aires, cuando ambas
partes, disconformes con los resultados del patrón tradicional basado en ventas de granos
argentinos y compras de productos manufacturados soviéticos, decidieron firmar una
declaración conjunta, enfatizando la "conveniencia" de que la Argentina y la
URSS promovieran "nuevas modalidades de colaboración, en particular a través de la
cooperación industrial, la creación de empresas conjuntas y compañías mixtas",
para lo cual "alentarán el intercambio de procesos industriales (27)".
Asimismo, se registraron coincidencias en la necesidad de establecer un
nuevo orden económico internacional. Respecto de este punto, el canciller soviético
calificó la deuda externa como un "tumor maligno del mundo contemporáneo", y,
de manera coincidente con el pensamiento de Alfonsín, sostuvo que la solución a este
problema sólo puede encontrarse a través del "esfuerzo conjunto" de la
comunidad internacional. Shevardnadze destacó las amplias coincidencias con el gobierno
de Alfonsín respecto del problema del desarme -cuestión en la que no faltó una
referencia crítica de Shevardnadze al proyecto de "guerra de las galaxias" del
presidente Reagan (28)-.. Por cierto, Malvinas fue otro ítem de la agenda de
conversaciones que pareció demostrar el alto nivel de convergencia ente Buenos Aires y
Moscú en el ámbito político, al menos en lo que respecta al nivel discursivo. En esta
cuestión, Shevardnadze destacó la necesidad de desmilitarizar el Atlántico Sur y
sostuvo el apoyo soviético a la posición argentina respecto de Malvinas. Pero al mismo
tiempo, y a fin de aventar eventuales temores de Londres y Washington respecto de los
objetivos políticos de su visita, el canciller soviético sostuvo que su contacto con el
gobierno argentino no buscaba "perjudicar a terceros países" y no podía ser
interpretado como un nuevo intento de penetración soviética en la región, pues esta
visión respondía a una "antigua mentalidad de la época de piedra (29)".
Este nivel de convergencias políticas volvió a registrarse en
ocasión de la visita a Buenos Aires del enviado personal de Mijail Gorbachov, Vladimir
Lomeiko, quien se entrevistó con el presidente Raúl Alfonsín a principios de junio de
1988, en el marco de una gira informativa que incluyó también a México y Brasil. Ambas
partes coincidieron en que la cumbre Reagan-Gorbachov de Washington de 1988 servía como
símbolo de distensión. Sin embargo, Alfonsín entregó a Lomeiko una copia de la
declaración del Grupo de los Seis en la que se señalaba que se esperaba de la cumbre
entre las dos superpotencias "resultados más sustanciales en el campo de la
limitación de armamento y desarme (30)".
En septiembre de 1988, una delegación soviética presidida por el
viceministro de Comercio Exterior, Yuri Chumakov, arribó a Buenos Aires. Como era de
esperarse, el objetivo primordial del visitante fue flexibilizar los términos del
convenio bilateral firmado en enero de 1986, y, por esta vía, incrementar las
posibilidades de su implementación. Este encuentro sirvió de base para la Undécima
Reunión de la Comisión Mixta realizada en Moscú, a fines de octubre, en la que los
negociadores soviéticos se comprometieron a mantener sus compras conforme a los
volúmenes establecidos en el convenio (4.500.000 toneladas de granos), pero condicionando
los totales por tipo de producto a las necesidades internas del mercado soviético.
Asimismo, la URSS aceptó incluir la posibilidad de que la Argentina reanudara sus ventas
de carne (30.000 toneladas al año). A la vez, ambas partes firmaron un convenio
intergubernamental sobre cooperación industrial, y los empresarios soviéticos
comunicaron a la delegación argentina su intención de formar empresas conjuntas para la
instalación de frigoríficos en la Argentina para el procesamiento de carnes destinadas
al mercado de la URSS y de terceros países (31).
Por su parte, el gobierno argentino adjudicó a través del decreto 835
a la empresa soviética Technostroyexport el dragado del canal de acceso, el antepuerto y
la zona de maniobras del puerto de Bahía Blanca, a pesar de las objeciones internas a
esta medida (32). Como contrapartida, las autoridades soviéticas aceptaron que los pagos
por los trabajos de dragado de dicho puerto, 175 millones de dólares, y la construcción
de la usina de Piedra del Aguila, 50 millones de dólares, fueran computados dentro de los
500 millones que la Argentina debía importar en un lapso de 5 años, según los acuerdos
que estaban en ese momento vigentes (33).
También en la citada reunión se ratificó en forma automática por
otros dos años el convenio de pesca, lo que generó las críticas de la oposición
justicialista y de empresarios argentinos vinculados al sector pesquero, que consideraban
que este convenio permitía la depredación de la riqueza ictícola (34).
Finalmente, y con posterioridad a la reunión, la Comisión Nacional de
Energía Atómica de la Argentina (CNEA) firmó un contrato con la empresa soviética
Techsnabexport para el enriquecimiento de uranio, destinado a la fabricación de
radioisótopos en el centro atómico de Ezeiza. Si bien el monto de esta operación fue
reducido (1.000.000 de dólares), el mismo tuvo un importante valor político por la
dificultad para realizar ese enriquecimiento de uranio en países occidentales (35).
Asimismo, en ese mismo mes de octubre tuvo lugar en la capital
soviética la realización de la Primera Exposición de la Industria y la Producción
Argentina, de la cual participaron cerca de un centenar de empresas medianas y pequeñas
que, en su mayor parte, tomaban contacto por primera vez con el mercado soviético. En
esta exposición, los representantes soviéticos confeccionaron una lista indicativa de
los bienes y servicios del mercado argentino que les resultaban prioritarios: tecnología
para la industria de la alimentación, textiles, indumentaria, calzado, confección de
cueros, lanas, equipamiento médico y odontológico, máquinas y herramientas, tecnología
para la producción de envases, informática y biotecnología (36).
Como ya ocurriera antes, en la última fase de la administración
radical varias provincias argentinas desarrollaron en forma independiente del gobierno
nacional sus relaciones económicas con Moscú. En noviembre de 1988 el gobierno de la
provincia de Buenos Aires dio a conocer un acuerdo para la construcción de una empresa
mixta dedicada a la fabricación de insumos para construcciones y un programa de
intercambio comercial quinquenal de 100 millones de dólares (37).
NOTAS
Discurso del señor ministro de Relaciones Exteriores, doctor Dante Caputo. Almuerzo ofrecido por el señor ministro de Relaciones Extranjeras de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, D. Eduard A. Shevardnadze, Moscú, enero 29 de 1986. Comunicado del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Buenos Aires, pp. 1 y 19; Discurso pronunciado por el ministro de Relaciones Exteriores de la URSS; señor Eduard A. Shevardnadze, en almuerzo ofrecido en honor del ministro de Relaciones Exteriores y Culto, doctor Dante Caputo, el día 29 de enero de 1986. Comunicado del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Buenos Aires, p. 1, citados en H.R. Perosa, Las relaciones argentino-soviéticas contemporáneas / 2, op. cit, pp. 177-178, y en Hugo R. Perosa, "Los viajes al máximo nivel: La diplomacia directa como factor de consolidación de las relaciones de Argentina y Brasil con la Unión Soviética", en Roberto Russell (editor), Nuevos rumbos en la relación Unión Soviética / América Latina, Buenos Aires, FLACSO / GEL, 1990, p. 253.
"El canciller delineó la política exterior y firmó acuerdos en Moscú", Clarín, 30 de enero de 1986, pp. 2 y 3; "Venta de granos a la URSS", Clarín, 30 de enero de 1986, p. 3; y los trabajos de M. Rapoport, "La posición internacional de la Argentina...", op. cit., p. 192; H.R. Perosa, Las relaciones argentino-soviéticas contemporáneas / 2, op. cit., p. 179, y p. 193, nota 219; y M. Wilhelmy, "La política exterior argentina en 1986", op. cit., p. 30.
M. Wilhelmy, "La política exterior argentina en 1986...", op. cit., p. 32; M. Rapoport, "El viaje de Alfonsín a la Unión Soviética y el conflicto de las Malvinas", op. cit., pp. 90-91; M. Rapoport, "La posición internacional de la Argentina...", op. cit., pp. 195-196, y A. Varas, "América Latina-Unión Soviética: la dimensión política de la cooperación económica", op. cit., p. 554.
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