Cuando
las colonias españolas y portuguesas en América lograron su independencia, las
relaciones entre las grandes potencias encajaban casi perfectamente en lo que se
conoce como el modelo realista de las relaciones internacionales, que considera
a la búsqueda de poder en el sistema interestatal como el objetivo principal de
los Estados, y enfatiza al conflicto como una realidad siempre presente
en las relaciones entre ellos. Según este modelo, que es el de un mundo regido
por juegos de "suma-cero", el conflicto se desarrolla aun cuando dos
competidores pueden ambos salir gananciosos de la ausencia de guerra, porque lo
que importa es la posición relativa de cada parte frente a las demás, y no sus
ganancias o pérdidas absolutas. Aquella era la época del apogeo de lo que
Richard Rosecrance denomina el "mundo político militar" y el
"Estado territorial". (1)
Lo que es más, las grandes potencias europeas buscaban no sólo
ampliar su territorio, sino también asegurarse el control monopólico del
comercio de bienes de alta demanda en Europa, como la plata, el oro, el azúcar,
el tabaco, las especias, etc.: en otras palabras, también eran esos los tiempos
del apogeo del mercantilismo. Los beneficios monopólicos se conseguían a través
del control de las fuentes de producción. Ciudades-estado como Venecia y Génova
habían sido las pioneras del mercantilismo desde el siglo XII al XIV, a través
del control del comercio con la India. Estas ciudades comerciales fueron
desplazadas por los grandes Estados territoriales, siendo Portugal el primero de
éstos, que reemplazó a Venecia y a Génova en el Este, y que fue a su vez
posteriormente desplazado por Holanda, Gran Bretaña y Francia.
En América, España
fue la primera en establecer un imperio mercantilista, pero hacia el siglo XVII
ya estaba perdiendo terreno frente a Holanda, Gran Bretaña y Francia. Hacia el
siglo XVIII Gran Bretaña había llegado a una posición prácticamente
dominante, "haciendo
florecer el comercio a través de la guerra", tal como fuera expresado por
William Pitt el Viejo. Los reyes habían llegado a reconocer que los beneficios
del mercado podían acrecentar su poder, y su intento de controlar las fuentes
de suministro de materias primas y metálico generaba un impulso aún mayor para
la expansión imperial.
En este contexto,
una vez adquirida la hegemonía en los mares, la innovadora estrategia británica
fue dejar que sus aliados continentales lucharan contra sus enemigos en el
continente europeo, con la ayuda del dinero inglés, mientras la armada británica
conquistaba nuevos enclaves comerciales en ultramar. Fue así como sometieron a
la India, fortalecieron su monopolio sobre el comercio de América del Norte, y
consiguieron un predominio sobre el comercio de té, textiles, tabaco, arroz,
madera, índigo, granos, etc., que representaba lucrativas exportaciones al
continente europeo. La fuerza militar era usada para conquistar territorios
tanto por su valor estratégico como por su importancia para el
comercio. Con la Guerra de los Siete Años (1756-63) los
franceses fueron expulsados de América del Norte y de la India, y desafiados en
sus plantaciones del Caribe. Hacia fines del siglo XVIII, a estos cambios político-militares
se agregaron aumentos dramáticos en el comercio inglés, mayores excedentes de
granos, incrementos considerables en la producción de carbón en Gran Bretaña,
y a todo esto se agregó el desarrollo de nuevas tecnologías. El resultado,
como se sabe, fue la Revolución Industrial, que ubicó a Gran Bretaña medio
siglo por delante de sus competidores continentales.
No obstante este éxito rotundo, había límites a este tipo
de desarrollo imperial, y los ingleses ya lo estaban aprendiendo de la manera más
dura. En efecto, el sistema interestatal que surgió con el llamado orden de
Westfalia contribuía en sí mismo a la guerra entre los Estados, porque quebró
la comunidad paneuropea del cristianismo feudal. Pero como bien lo explica
Rosecrance, aquella era una guerra con costos limitados, porque cuando nació el
orden de Westfalia las lealtades "nacionales" eran muy débiles, y
existía un límite a lo que un monarca podía exigir de sus súbditos sin
generar altos costos políticos al interior de su propio Estado. En aquella
primera etapa del sistema interestatal moderno, el sistema tributario tenía
fallas importantes, y las clases privilegiadas eran capaces de evadirlo. Esto
significaba que la riqueza de la Corona no era muy grande, y esto a su vez ponía
un límite a la devastación provocada por la guerra, que era el deporte de los
reyes. Las mismas guerras eran limitadas y pocas veces su desenlace era
decisivo. Incluso los ganadores salían endeudados.
Sin embargo, con
la Guerra de los Siete Años, que se peleó tanto en Europa como en ultramar,
los conflictos militares se volvieron tan caros que se debió buscar nuevas
formas de solventarlos. Los ingleses impusieron nuevos impuestos en las colonias
americanas. En parte como consecuencia, éstas se sublevaron, y la Revolución
(Norte)Americana dio luz a una nueva era. Por razones similares, Luis XVI convocó
a los Estados Generales para imponer nuevos impuestos, y la consecuencia
en su caso fue la Revolución Francesa de 1789. El resultado de la
combinación de ambos sucesos sería el nacimiento de un nuevo mundo en
Occidente, un mundo en el que el ciudadano habría de tener mucha
más influencia y autonomía que en el pasado.
La Guerra
Revolucionaria en la que se independizaron los Estados Unidos de América
condujo a los primeros reveses militares británicos en mucho tiempo. Estos se
materializaron en la Paz de París de 1783 y representaron dos importantes
lecciones para los británicos. La primera era que el imperio no podría
durar indefinidamente. El mundo de ultramar no podría ser por siempre
dominado, y no tenía sentido adquirir más imperio a muy altos costos.
La segunda lección
del período de 1776-83 fue que el comercio no prospera con la guerra.
Como consecuencia, durante los tres primeros cuartos del siglo XIX la British
Colonial Office se dedicó a preparar sus territorios para una eventual
independencia. Desde ese momento en adelante y con unas pocas excepciones, los
británicos también se convirtieron en los promotores de la independencia de América
latina, la mayor parte del tiempo de manera indirecta. Y luego de la
independencia de las colonias españolas, también se convirtieron en los
garantes no oficiales de la misma.
Los ingleses
entendieron que el imperio no se podría mantener para siempre, y no estaban
interesados en adquirir más imperio, (2)
pero no estaban dispuestos a permitir que sus competidores adquiriesen más
imperio tampoco, porque ello hubiera resultado peligroso para su poder, ya que
no podía saberse con precisión cuánto tiempo podría conservarse ese
imperio, ni exactamente qué beneficios reportaría. Más aún, los ingleses
preferían que las demás potencias imperiales perdieran el imperio que tenían.
Y una vez que lo hubieran perdido, los británicos se dedicarían a prevenir su
readquisición, que para ellos era algo indeseable tanto desde una perspectiva
estratégica como comercial. Por lo tanto, tomaron acciones para destruir los
monopolios y promover el comercio libre, del cual ellos podrían beneficiarse al
máximo gracias a su mayor desarrollo industrial.
De tal modo, la
situación generada por la actitud británica frente a las colonias españolas
como consecuencia de su derrota en la guerra de independencia (norte)americana
implicó la excepción a la regla del modelo realista de interacción entre los
Estados, que supone que el equilibrio de poder opera en favor de las grandes
potencias y a expensas de las pequeñas. Por cierto, el modelo realista de las
relaciones interestatales (Morgenthau, Waltz, Bull, etc.) nos dice que
frecuentemente el equilibrio de poder entre las grandes potencias se
preserva a través de la partición y absorción de los Estados más débiles.
Aunque estadísticamente esto resulta válido si analizamos el panorama mundial
entre 1648 y 1914, período en el cual el número de Estados disminuyó
notablemente por la absorción de los chicos por los grandes, en Hispanoamérica
encontramos una notable excepción a la regla: el número de Estados no se
redujo, sino que aumentó considerablemente, lo que se debió fundamentalmente a
la interesada acción de Gran Bretaña. Al menos en términos del rol de Gran
Bretaña (sin duda el actor sistémico más importante de los siglos XVIII y
XIX), éste fue el contexto interestatal que hizo posible la independencia de
las colonias hispanoamericanas.
NOTAS
Richard Rosecrance, The Rise of the Trading State. Commerce and Conquest in the Modern World, New York, Basic Books, 1986.
Las
invasiones inglesas al Río de la Plata de 1806-1807 parecen desmentir esta
afirmación. Sin embargo, como se verá en el lugar oportuno, éstas se
debieron más a la iniciativa individual de un comandante naval que a los
planes estratégicos del gabinete británico.
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