Vale
la pena detenerse un instante en el efecto de las reformas económicas borbónicas
en la región alto-platense. El Alto Río de la Plata constituye una región que
comprende Paraguay, las provincias argentinas de Corrientes y Misiones y los límites
adyacentes brasileños. Su estudio como área diferenciada resulta de relevancia
para nuestro análisis pues es un área donde, como veremos en este capítulo y
los subsiguientes, se entrecruzaron y chocaron los intereses económicos y políticos
de Buenos Aires, las provincias mesopotámicas, Paraguay y la región brasileña
de Río Grande do Sul. Esta región o subregión del Alto Plata estaba
uniformada por la presencia geográfica de los ríos Paraná, Paraguay y
Uruguay, vías de agua que le proveen la comunicación
con el resto de Sudamérica (o su aislamiento cuando la navegación de
dichos ríos estuvo cerrada). (1)
Más allá de las presencias políticas tanto del Virreinato del Río
de la Plata y del Imperio portugués durante la etapa colonial, como de una
Argentina embriónica (representada en el Estado de Buenos Aires pugnando por
imponer su autoridad sobre el resto de las provincias del ex virreinato) y del
Imperio del Brasil, durante la etapa independiente, las estructuras geográficas,
sociales, económicas e históricas conferían (y confieren) identidad propia a
la región altoplatense. Sólo la fragmentación política impidió la formación
de esta región o subregión como una nación. Como señala Thomas Lyle Whigham
en su tesis doctoral, el comercio no bastó para ser una vacuna contra la
fragmentación política que sucedió a la caída del orden colonial, y
frecuentemente, dicha fragmentación política, que se reflejó en la
proliferación de conflictos facciosos en la región o subregión altoplatense,
sirvió para frustrar durante muchas décadas el potencial económico del Alto
Plata. (2)
Whigham distingue en la historia de la región o subregión
altoplatense, dos períodos de gran expansión comercial y declinación: 1)
desde 1780 a 1840, cuando las reformas fiscales y la demanda ascendente primero
impulsaron un apreciable comercio que fue destruido por el conflicto faccioso y
2) desde 1840 a 1865, cuando la mejora en la situación política revivió y
expandió los viejos vínculos comerciales, breve restauración que fue
destruida por la desastrosa Guerra de la Triple Alianza (1864-1870). Dentro del
primer período señalado, el desarrollo comercial del Alto Plata dependía de
la exportación de cuatro productos: yerba mate, tabaco, maderas duras y cueros.
(3)
Los antecedentes históricos confirman la temprana identidad de
intereses entre paraguayos y correntinos. La primera gobernación fundada por la
Corona española en la región platense fue designada gobernación del Paraguay
y del Río de la Plata, pero ya en los primeros años de su existencia muchos
funcionarios aconsejaron la división de tan extenso territorio en dos o tres
jurisdicciones para su mejor gobierno. En 1617 llegó la real cédula
divisionaria de Felipe III creando dos gobernaciones: una con capital en Asunción
y otra con capital en Buenos Aires. No
obstante la división de la provincia no satisfizo enteramente, a tal punto que
el primer gobernador de la gobernación del Río de la Plata sostuvo que las
ciudades de Concepción del Bermejo y San Juan de Vera de Corrientes debían
haber correspondido a la gobernación del Paraguay, debido a su mayor cercanía
respecto de Asunción que de Buenos Aires y a que sus vecinos tenían indios y
haciendas en jurisdicción de la primera. A su vez el cabildo de Corrientes
declaró que si se había informado al rey, “debió ser con algún fin o interés
particular”, señalando que debía haberse mantenido el Paraguay unido con el
Río de la Plata y formado la otra provincia con sólo la región del Guayrá.
Obviamente lo que los correntinos lamentaban era su separación de Paraguay. (4)
Por otra parte, la falta de ayuda de la Corona española durante los
siglos XVI y XVII a la región rioplatense fue paradójicamente un factor que a
la vez que ayudó poco al comercio de dicha región con el exterior, reforzó un
sentimiento de autonomía entre los paraguayos y correntinos que constituye un
elemento clave para explicar los conflictos en los años de la etapa
independiente y del rosismo. Como sostiene acertadamente Whigham, las gentes del
norte de la región platense llegaron a acostumbrarse a pensar en ellos mismos
como separados de aquellos pertenecientes a las provincias situadas al sur de
dicha región y aun más diferentes de los españoles peninsulares. Esta noción
de exclusividad o singularidad, nutrida a su vez por el uso generalizado del
guaraní en vez del español, tuvo grandes consecuencias para la región en los
años siguientes. Aunque las realidades políticas no favorecieron la creación
de un estado único hispano-guaraní en el Alto Plata, algún sentimiento de
indivisibilidad socio-cultural impregnó siempre la vida en el norte. (5)
Además, los habitantes del litoral mesopotámico y del Paraguay
estaban más ligados con Brasil a través de las vinculaciones comerciales que
con Buenos Aires. El factor más significativo en este proceso fue el desarrollo
de un mercado externo para la yerba mate desde el siglo XVII. A principios de
este siglo, Paraguay exportaba cereales, azúcar y vino a Brasil en cantidades
limitadas, pero este comercio fue muy perjudicado por la falta de rutas
fluviales directas entre las dos colonias. Sin embargo, la yerba constituyó un
importante rubro de intercambio comercial, pues Paraguay y las misiones jesuíticas
eran las únicas fuentes de provisión de esta hierba -vale acotar que los
brasileños no comenzaron a cultivarla hasta la década de 1800. (6)
Más allá del monopolio comercial dispuesto por la Corona española y
de los intereses de los comerciantes peruanos, la subregión altoplatense impuso
su presencia económica en otras áreas del Imperio español tales como Quito,
Chile y Buenos Aires gracias al crecimiento de demanda de yerba en
dichas áreas en el siglo XVII. Incluso los productores altoplatenses
usaron su posición monopólica en este rubro para disminuir los altos costos
del transporte de la yerba. Los puertos de Asunción, Candelaria y Concepción
tenían relativamente fácil acceso a los mercados de Buenos Aires y Montevideo
vía los ríos Paraná-Paraguay, y los consumidores de Tucumán y Potosí
también fueron abastecidos a través de estos ríos. La yerba era embarcada a
través de la ciudad de Santa Fe. En los veinte años transcurridos entre 1655 y
1675, la exportación anual del Alto Plata saltó de las escasas 2.500 arrobas a
26.000. Por el 1700 la yerba se tomaba en Santiago de Chile y Quito. En el
intervalo, el total de exportaciones desde el Alto Plata se había elevado a
50.000 arrobas por año. (7)
No obstante, si bien la yerba mantuvo su preeminencia en el comercio de
exportación de la región o subregión altoplatense hasta el fin de la era
colonial y permitió al Alto Plata salir de su encierro y participar en la
economía en expansión de América Hispana, el comercio altoplatense chocó con
serios impedimentos derivados del
sistema del monopolio comercial durante los siglos XVI y XVII e incluso buena
parte del siglo XVIII. (8) Como sucedía para el caso de Buenos Aires, la
administración española estaba menos interesada en la promoción del comercio
que en la generación de recursos para la defensa. La propia creación del
Virreinato del Río de la Plata obedecía a razones primordialmente
militar-estratégicas y sólo marginalmente económicas. Como ni Buenos Aires ni
la Mesopotamia litoraleña ni Paraguay poseían oro y plata como el Potosí
altoperuano, Perú o México, la Corona consideró al Río de la Plata un área
colonial de importancia marginal en términos del esquema de economía
extractiva (9) que aplicaba, y sujetó los destinos del área rioplatense al
comercio con Perú y Alto Perú, que eran las colonias de primer orden para
España.
Otro impedimiento para el comercio de la región platense fue la
operación de puerto preciso en Santa Fe. El puerto preciso había sido
establecido en 1662 para ayudar financieramente a la ciudad de Santa Fe en su
defensa contra los ataques indios. Bajo este régimen impositivo, los
santafesinos podían detener y aplicar impuestos a todo tráfico proveniente de
Paraguay y Corrientes. Ellos podían además forzar la venta de bienes
altoplatenses a precios de mercado vigentes en Santa Fe, aun en el caso de que
los barcos se dirigieran a Buenos Aires. Desde el punto de vista de los
comerciantes del Alto Plata, el puerto preciso fue un signo emblemático de la
indiferencia de las autoridades españolas hacia el norte de esta región. Lo
que había sido una medida para afirmar las defensas de frontera permaneció en
los libros hasta mucho después de que terminara la amenaza india, sin ningún
razonamiento acerca de sus negativas consecuencias comerciales. Bajo esta carga,
existía poco incentivo para cualquier otra cosa que no fuese un comercio
periódico entre el Alto Plata y Buenos Aires. Algunos comerciantes,
especialmente los radicados en la ciudad-puerto, argumentaban que podían
generarse sustanciales beneficios del comercio directo con Corrientes y
Paraguay, pero tuvieron poco éxito en convencer de su postura a las autoridades
coloniales. (10)
Debido a la persistencia de los obstáculos mencionados en el párrafo
anterior, pocas reformas fueron posibles antes de la creación del Virreinato
del Río de la Plata en 1776, porque, como hemos dicho, todos los territorios
españoles en América del Sur, desde Venezuela y Panamá al Río de la
Plata, estaban vinculados dentro del masivo Virreinato del Perú, que tenía su
centro administrativo en Lima, ordenamiento que respondía a la existencia del
vasto complejo de plata del Potosí en Alto Perú. No obstante la vigencia del
monopolio comercial español y de la hegemonía de Lima, así como Buenos Aires
registró contactos non sanctos con portugueses y británicos vía el
contrabando, también Potosí tuvo contactos regulares con muchas partes del
Plata y de estas conexiones creció un tráfico ilegal en plata y bienes de
intercambio. Las autoridades limeñas fueron incapaces de detener este flujo de
contrabando, y con el tiempo la Corona, enfrentada con el problema de la fuga de
plata hacia el este y consecuente pérdida de ingresos, aceptó lo inevitable y
otorgó permiso a los llamados barcos de registro para que descargaran mercancías
en Buenos Aires y las comerciaran en el Alto Perú, autorizando asimismo la
exportación de plata a los que habían pagado el quinto real. El
establecimiento del nuevo virreinato, que incluyó a Potosí dentro de sus límites,
en realidad no hacía más que otorgar legalidad a una ruta comercial entre
Buenos Aires y Potosí, establecida de facto y a espaldas de la Corona y
los comerciantes limeños, a fin de dar viabilidad económica a una unidad
administrativa que respondía a la necesidad estratégica de defender la región
contra los avances extranjeros. (11)
Más que la creación en sí misma del Virreinato del Río de la Plata,
la medida más importante adoptada por la Corona española en términos de sus
efectos sobre el comercio rioplatense fue la sanción, en 1778, del Reglamento
de libre comercio como la pieza vital del comercio imperial. La política de
libre comercio fue diseñada para acumular beneficios para Madrid, no tanto a
través de nuevos impuestos, sino más bien por medio de un incremento en el
volumen total de transacciones con las colonias. La nueva política racionalizó
el comercio a través de un régimen impositivo más eficiente y simplificado,
anulando el estricto sistema de licencias del pasado, y permitiendo el comercio
directo y abierto entre diferentes regiones del Imperio. Esta última tendencia
fue particularmente significativa para el Alto Plata, porque hizo más fácil
para los comerciantes del norte responder a las crecientes demandas externas de
sus artículos de intercambio. Este incremento en la demanda fue en sí misma un
resultado del libre comercio. En 1780, el puerto preciso de Santa Fe fue
abolido, eliminando el último obstáculo para el comercio abierto sobre los
ríos. Ciertos artículos -como la madera, cueros, y por supuesto, la yerba-
respondieron de modo dramático a la adopción del libre comercio en 1778. La
cantidad de yerba altoplatense en llegar a Buenos Aires, por ejemplo, alcanzó
el monto de 114.000 arrobas en 1781. Ocho años después, se elevó a 188.215
arrobas. (12) No sólo crecieron las fuentes tradicionales de producción de
yerba en Paraguay, sino que los pueblos guaraníes de Misiones, en este momento
bajo administración secular tras 150 años de mandato jesuita, rápidamente
abandonaron su economía de subsistencia en favor de un comercio de yerba
orientado hacia el mercado exterior. (13)
No obstante el efecto positivo del libre comercio en la vida económica
del Alto Plata, vale señalar que en la última parte del período colonial, el
creciente comercio del Alto Plata estaba limitado a los puertos de Asunción,
Corrientes y Concepción, el último de ellos importante sólo como punto de
tránsito para la yerba. Candelaria, el principal puerto jesuita en el Alto
Paraná, perdió importancia luego de la expulsión de la Orden en 1767, ya que
como cayó la población indígena, disminuyó también su rol como eje de las
exportaciones de Misiones. Asunción era el puerto principal de Paraguay.
Ubicada en una curva protegida del río homónimo, cerca de su confluencia con
el Pilcomayo, la ciudad también fue el asentamiento español más antiguo en la
región. Fue fundada en 1537 y en 1782 tenía alrededor de 5.000 habitantes. El
comercio asunceño era activo: en 1798 sólo las exportaciones de yerba del
puerto de Asunción alcanzaron un monto de 200.000 arrobas. (14) La mayoría de
los bienes eran transportados en muy pequeñas embarcaciones o balsas de troncos
manejados por peones indios o esclavos negros. A la aduana, donde se tasaban y
pesaban, llegaban en carretas. De allí eran enviados a los mercados de
intercambio. Todo el tráfico altoplatense era conducido de esta manera, excepto
para las mercancías transportadas en cualquier parte del río por medio de
barcos de contrabando. (15)
A diferencia de Asunción, el pequeño puerto de
Concepción era de fundación reciente. Establecida en 1773 como una fortaleza
contra las incursiones portuguesas en el área, Concepción se ubicaba sobre una
amplia meseta que, en momentos en que el río tenía su altura normal, estaba a
veinte pies por encima de su nivel. Concepción se situaba en el final del
camino que conducía hacia el este a los ricos yerbales, y, por lo tanto,
constituía uno de los primeros engranajes en la larga cadena de producción y
consumo que conducía a Buenos Aires y más allá. En 1793 tenía 1.500
habitantes. Debido a que los yerberos necesitaban ganado para su subsistencia,
una considerable cantidad de éste fue llevado a Concepción a fines del siglo
XVIII. Aquí los animales eran engordados y pronto el puerto también comenzó a
exportar cueros. (16)
Por su parte, la ciudad de Corrientes
estaba situada al sur del lugar donde se encuentran los ríos Alto Paraná y
Paraguay para formar el Paraná y tenía 4.500 habitantes. El puerto de
Corrientes era también diferente del de Asunción. El último se caracterizaba
por poseer una amplia formación, como una bahía que protegía el área
portuaria de la corriente del canal principal del río Paraguay. El puerto
correntino estaba formado simplemente por el banco natural del río. Sin
embargo, esta falta de protección no constituyó un problema para el tráfico
comercial, debido a la presencia de parajes próximos a los centros de
intercambio, donde los barcos podían estar libres de la influencia de las
corrientes fluviales. (17)
Estos tres sitios en el Paraná-Paraguay constituyeron los principales
centros de comercio del Alto Plata durante la época colonial. Los grupos de
comerciantes, compuestos por inmigrantes, se congregaron en estos puntos,
transformándolos en comunidades activas. Las importaciones de artículos de
lujo (vinos, perfumes, platos de plata o prendas artesanales) raras al
principio, se tornaron más importantes, siendo consumidas por una elite
emergente que llegó a estar íntimamente vinculada al comercio y al mundo
exterior, particularmente a Buenos Aires. Este grupo generalmente poseía sin
dificultad capital y tenía acceso al apoyo gubernamental tanto como al
crédito. Su influencia política se derivaba de su importante rol dentro de la
estructura de comercio, pero esto paradójicamente constituyó su más grande
debilidad. Debido a que el poder de los comerciantes descansaba en un patrón
específico de intercambio con la capital virreinal, tenían poco espacio para
tener recursos -o buscar ayuda- una vez que este patrón se quebrase. Y, como la
mayoría de sus miembros eran extranjeros, los comerciantes no tenían un
compromiso de largo plazo con los intereses regionales -sólo un compromiso con
sus propios intereses concebidos de manera egoísta-. Este factor los hizo un
fácil blanco de sus opositores políticos en la región, los propietarios de
tierras establecidos desde hacía largo tiempo, en la época de la Conquista.
Estos últimos hablaban más guaraní que español aún hacia fines del siglo
XVIII. Muchos de los terratenientes todavía conservaban títulos de encomienda
en Paraguay que les garantizaba un efectivo control sobre el trabajo y tributo
de cientos de indios. Algunos miembros de esta elite tradicional entraron en
relaciones de parentesco con los comerciantes, aunque esto era aparentemente
poco común. Más frecuentemente, los terratenientes temían a los recién
llegados, sospechando que los últimos socavarían su autoridad en el Alto
Plata. (18)
La lucha por el ascendente político entre comerciantes y propietarios
de tierra fue contraproducente para ambos grupos. En algunas cuestiones, tales
como el deseo de un comercio abierto, los dos grupos compartían un punto de
vista. Pero la competencia surgía en la cuestión de quién de los dos sectores
tenía el poder político básico en la región. Los comerciantes reconocían
tácitamente la autoridad de Buenos Aires en sus tratos con las provincias del
Interior, y frecuentemente consideraban a los locales como primos pobres. Por su
parte, los terratenientes del Alto Plata estaban resentidos por el predominio de
los comerciantes en la economía regional y particularmente de su influencia
sobre los oficiales de la Corona. Esta brecha entre los diferentes grupos
alcanzó proporciones críticas en el período inmediatamente posterior a la
independencia y no constituyó un factor menor en la subsecuente fragmentación
política del Alto Plata. (19)
La liberalización del comercio a lo largo de los ríos otorgó un gran
ímpetu a las exportaciones altoplatenses en el comienzo de la década de 1780.
A fines de la década de 1740, por ejemplo, la única mercadería exportada con
regularidad desde la capital paraguaya era la yerba, de la cual sólo alrededor
de 40.000 arrobas por año eran enviadas río abajo. Cuarenta años más tarde,
no sólo la yerba asunceña trepó sus exportaciones hacia la cifra de 195.000
arrobas por año, sino que el mercado se había diversificado enormemente e
incluía azúcar, algodón, cueros, tabaco, sal, aguardiente y toda clase de
productos hechos con madera. (20)
Una mejoría similar en el comercio ocurrió en Corrientes. Los
registros indican que entre 1792 y 1797 un promedio de 40 barcos mercantes por
año dejaban Corrientes y se dirigían hacia los puertos ubicados río abajo.
Iban cargados con cueros, algodón, maderas, miel y otros alimentos. La corteza
del quebracho, de la cual se extraía el tanino, para la cura del cuero, fue
otro rubro importante de exportación de Corrientes. Fue tan popular en Buenos
Aires que sólo en 1797 cerca de 20.000 arrobas de corteza de quebracho fueron
exportadas desde la provincia. (21)
Desafortunadamente, la escasez de datos sólidos organizados sobre la
base de años sucesivos impiden echar más luz acerca del comercio en la región
altoplatense durante el período anterior a la independencia y estamos forzados,
como el oficial español Félix de Azara, a hablar en términos de promedios.
Ver al respecto T. L. Whigham, op. cit, pp. 3-6.
Ibid., p. 6.
Ibid., pp. 8-9.
Vicente D. Sierra, op. cit., tomo II, 1967, pp. 127-128.
T.L. Whigham, op. cit., p. 15.
Juan Carlos Garavaglia, "Un capítulo del mercado interno colonial: el Paraguay y su región (1537-1682)", Nova Americana, I, (1978), 29-30, cit. en ibid, p. 15.
Juan Carlos Garavaglia, "El mercado interno colonial y la yerba (siglos XVI-XIX), Nova Americana, 4, (1981), pp. 182-3, 185-6, en ibid, pp. 15-16.
Ibid., p. 16.
Cuando hablamos de economía extractiva nos referimos al hecho de que las colonias americanas, en el contexto económico del monopolio comercial aplicado por la Corona española en los siglos XVI a XVIII, tenían el rol fundamental de aportar riquezas minerales a las agotadas arcas reales. España utilizaba estos recursos provenientes del Potosí altoperuano, Perú o México más para costear las guerras contra sus enemigos (Francia, Gran Bretaña, el Imperio Otomano) que para invertirlos en actividades productivas en la propia economía peninsular. Por ello algunos autores plantean que "el oro proveniente de América estuvo sólo de paso por España", pues iba a parar no a inversiones destinadas a impulsar la economía española, sino a las manos de los banqueros holandeses, florentinos o venecianos que adelantaban préstamos a los reyes españoles, quienes de este modo financiaban sus campañas militares en el exterior.
Acerca del puerto preciso, ver Efraím Cardoso, El Paraguay colonial. Las raíces de la nacionalidad, Asunción, 1959, pp. 100-103, en T.L. Whigham, op. cit., pp. 16-17.
Ibid., pp. 17-18.
E. Cardoso, op. cit., p.192. Ver también Libros de Aduana de Buenos Aires, AGN, XIIII, 35-3-1; 35-3-5; 35-4-1; 35-5-4 y 35-11-5, cit en ibid., pp. 18-19.
Ibid., p. 19.
Felix de Azara, Descripción e historia del Paraguay y del Río de la Plata, 2 vols., Madrid, 1849, I: 70, 329, cit. en ibid., p. 20.
Ibid., pp. 19-21.
Ibid., p. 21.
Ibid., pp. 21-22.
Ibid.,
pp. 23-24.
Ibid, p. 24.
Ibid., pp. 24-26.
Ernesto J. A. Maeder, Historia económica de Corrientes en el período virreinal, 1776-1810, Buenos Aires, 1981, p. 274 y 297, cit. en ibid., p. 27.
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