Como
reza el título, la ruptura del Río de la Plata con su metrópoli no fue un
hecho súbito, sino que constituyó el resultado de un largo camino, de un lento
proceso de diferenciación entre españoles peninsulares y españoles americanos
o criollos, que hizo eclosión en el movimiento independentista. En su tesis
doctoral sobre la política de Fernando VII en el Río de la Plata, Rhodes señala
los problemas que dicha región debía soportar como consecuencia del monopolio
comercial establecido por la Corona durante los siglos XVI y XVII y parte del
XVIII: España no permitió el comercio intercolonial, y como resultado, Buenos
Aires debió comerciar a través de Panamá a un costo entre 500% a 600% por
encima de su costo original. El Río de la Plata tenía una doble desventaja:
además de la enorme distancia respecto de los puertos habilitados por el
monopolio comercial español en el área del Caribe, el Río de la Plata no tenía
productos de gran valor que pudiesen ser transportados fácilmente y con
provecho. (1)
Recién en el siglo XVIII la corona española trató de revertir el
aislamiento de Buenos Aires respecto del circuito comercial con la autorización
para la llegada a este puerto de navíos de registro. Al defender este sistema
frente al de flotas y galeones utilizado hasta entonces, Campomanes señalaba
que "Buenos Aires por ese medio se ha hecho una plaza floreciente por su tráfico,
la cual en el siglo pasado cas (sic) carecía de comercio". (2) El buen
resultado del sistema pudo observarse por los doce navíos de ese tipo llegados
a Buenos Aires en 1752. Esto llevaría a la apertura de la ruta del cabo de
Hornos para alcanzar los puertos del Pacífico y al establecimiento del puerto
de Buenos Aires como centro de distribución, soluciones que no agradarían a
los comerciantes de Lima. Además, comenzaron a permitirse los registros a
Buenos Aires con autorización para internar las cargas hasta el Alto Perú y
Chile, lo cual generó un atractivo adicional para los comerciantes de Cádiz y
nuevas protestas del comercio limeño.
Poco después, el decreto real del 16 de octubre de 1765 permitió a
nueve puertos españoles y cinco islas americanas (Cuba, Santo Domingo,
Trinidad, Margarita y Puerto Rico) despachar barcos, terminando con la política
inicial de puerto único. Finalmente, en febrero de 1778 la Corona española
autorizó la libre navegación por barcos españoles hacia las jurisdicciones de
Perú, Chile y Buenos Aires. El 12 de octubre del mismo año, nuevas
regulaciones legales abrieron al comercio español trece puertos españoles y
veinticuatro coloniales. Para 1789, la mayoría de los puertos españoles y
coloniales disfrutaban de este privilegio. En consecuencia, Buenos Aires mejoró
enormemente su posición comercial, llegando a ser uno de los mercados más
grandes de Sudamérica. El comercio del Interior creció en forma acorde. Los
vinos de Mendoza, aguardientes de San Juan, telas tucumanas, tabaco, yerba y
madera del Paraguay fluían hacia el mercado de Buenos Aires. Las medidas borbónicas
de liberalización comercial potenciaron las exportaciones principales del área
rioplatense: carne salada, cueros, y lana generaron la fase inicial de la
emancipación de dicha área, al cortar la dependencia económica del Perú. (3)
A pesar de que estas medidas borbónicas en torno al libre comercio
enriquecieron a muchos y produjeron una clase mercantil poderosa en Buenos
Aires, la competencia extranjera, los monopolios y los esfuerzos del gobierno
español por restringir el poder creciente de la clase criolla rioplatense
motivaron en mayor medida el deseo de la independencia. Como sostiene John
Lynch,
La independencia, aunque precipitada por un choque externo, fue la culminación de un largo proceso de enajenación en el cual Hispanoamérica se dio cuenta de su propia identidad, tomó conciencia de sí misma, se hizo celosa de sus recursos. Esta creciente conciencia de sí movió a Alexander von Humboldt a observar: "Los criollos prefieren que se les llame americanos; y desde la Paz de Versalles, y especialmente desde 1789, se les oye decir con orgullo: «Yo no soy español; soy americano», palabras que descubren los síntomas de un antiguo resentimiento". También revelaban, aunque todavía confusamente, la existencia de lealtades divididas, porque sin negar la soberanía de la corona, o incluso los vínculos con España, los americanos comenzaban a poner en duda las bases de su fidelidad. La propia España alimentaba sus dudas, porque en el crepúsculo de su imperio no atenuaba sino que aumentaba su imperialismo. (4)
Pero las reformas borbónicas, insertas en lo que Lynch llama el nuevo
imperialismo español del siglo XVIII, tuvieron por objetivo prioritario
lograr un control más efectivo de las colonias y para ello uno de los caminos
era precisamente cercenar esa autonomía de facto de los criollos.
Para ello, los Borbones promovieron privilegios a los dos extremos de la
pirámide social y concentraron su presión impositiva contra los criollos. Uno
de los ejes de rivalidad más importante en esta época fueron las divergencias
que existían entre criollos o españoles americanos y españoles peninsulares,
provocadas por los privilegios y las restricciones en cargos públicos en
detrimento de los primeros. Para el comercio trasatlántico y para los altos
cargos oficiales, los españoles peninsulares eran preferidos a los americanos.
El otro eje de conflicto estuvo vinculado a las medidas adoptadas a favor de los
pardos y mestizos durante la administración borbónica, factor que
indudablemente ayudó a aumentar el resentimiento criollo hacia los españoles
peninsulares. Junto a éste, la formación de sociedades secretas y la lectura
de literatura prohibida, fueron factores que contribuyeron a potenciar los
recelos de los criollos hacia los peninsulares, debilitando los vínculos
religiosos que habían unido durante siglos a España con las colonias de
ultramar. Por cierto, la prosperidad económica -que se tradujera en prestigio
social- generó como señala acertadamente Lynch una posición ambigua de los
sectores criollos o hijos de españoles nacidos en América en la sociedad
colonial: eran poderosos económicamente, pero no tenían participación política
en cargos oficiales de relevancia y, además, estaban molestos por la presión
ascendente de los sectores bajos de dicha sociedad. En otras palabras, los
criollos se definían más por lo que no eran -ni españoles peninsulares, ni
pardos, ni mestizos ni negros- que por lo que eran. Tenían una conciencia
negativa. Lynch aclara esta idea de conciencia negativa de los criollos
citando estas contundentes palabras de Simón Bolívar:
no somos europeos, no somos indios, sino una especie media entre los
aborígenes y los españoles. Americanos por nacimiento, y europeos por
derechos, nos hallamos en el conflicto de disputar a los naturales los títulos
de posesión y de mantenernos en el país que nos vio nacer, contra la oposición
de los invasores (españoles); así, nuestro caso es el más extraordinario y
complicado. (6)
En este terreno de tensión entre criollos y peninsulares, la primera
invasión inglesa de 1806 pudo haber sido bienvenida por los criollos, pero no
fue así. El almirante Beresford procedió a declarar la libertad comercial
entre Gran Bretaña y las colonias hispanomericanas, garantizando para éstas el
derecho a la propiedad privada y la libertad para la religión católica. Estaba
esperanzado en ganar un nuevo mercado para los bienes británicos.
Desafortunadamente para los británicos, los criollos, aunque estuvieran
resentidos por las restricciones comerciales de España, prefirieron servir a ésta
antes que a Gran Bretaña, un poder protestante que buscaba imponer su regla por
las armas. (8) Al parecer, la vaga
idea de identidad cultural o de comunidad hispanoamericana a la que se hizo
referencia en la introducción de este libro todavía resultaba más fuerte que
los resentimientos socio-económicos y políticos que separaban a criollos y
españoles. Lo que resulta más interesante en términos del lento proceso de
emancipación que Lynch hace arrancar de fines del siglo XVII, las invasiones
inglesas habían enseñado a la gente de Buenos Aires que su defensa descansaba
en sus propias manos. Los porteños tuvieron de este modo un creciente sentido
de su propio poder político. Incluso las autoridades metropolitanas habían aprobado la elección de Liniers como líder militar,
emanada de la voluntad de los porteños. También las invasiones inglesas
otorgaron a Buenos Aires un gusto de prosperidad derivado de un comercio más
libre que en el pasado. Durante su breve presencia en la ciudad-puerto, Popham
promovió una política comercial que no sólo benefició a los comerciantes
británicos sino que estimuló a los propios porteños. Hubo algunos criollos
que pensaron en la posibilidad de la independencia bajo un protectorado inglés.
(9)
Como introducción a los últimos tramos de este largo camino hacia la
emancipación del Río de la Plata, podemos distinguir en las postrimerías de
la etapa colonial tres intereses separados, que consideraremos en profundidad en
el capítulo siguiente, y que centraban su atención en Buenos Aires, mientras
crecía en ésta el antagonismo criollo-peninsular y en la España invadida por
Napoleón, las juntas revolucionarias luchaban para restablecer la soberanía:
a) los intereses portugueses en asentarse en Buenos Aires y el Río
de la Plata, bajo la protección del gobierno portugués residente en Río de
Janeiro;
b) los intereses de Napoleón Bonaparte en conservar las
colonias americanas bajo el control de la Corona española, en manos de su
hermano José; y
c) los intereses familiares de la Infanta Carlota Joaquina.
NOTAS
Anna Marie Rhodes, The Argentine Policy of Fernando VII, Ph. D. dissertation, University of North Carolina at Chapell Hill, 1973, pp. 27-28.
Rodríguez de Campomanes, Discurso sobre el fomento de la industria popular y apéndice sobre la educación popular, Madrid, 1774-1777, cit. en Vicente D. Sierra, op. cit., t. III, p. 423.
Bartolomé Mitre, Historia de Belgrano y de la independencia argentina, Buenos Aires, Lajouane, 1887, I, pp. 56-57, citado en A. M. Rhodes, op. cit., p. 28.
Alexander Von Humboldt, Ensayo político sobre el reino de la Nueva España, 4 vols., México, 1941, p. 118, cit. en John Lynch, Las revoluciones hispanoamericanas, 1808-1826, Barcelona, Ariel, 1976, pp. 9-10.
Ibid., pp. 10-12.
Simón Bolívar, Discurso de Angostura, 15 de febrero de 1819, Proclamas y discursos del Libertador, Caracas, Vicente Lecuna, 1939, p. 205, cit. en ibid., p. 35.
A. M. Rhodes, op. cit., p. 30.
Marqués de Sassenay, Napoleón I y la fundación de la república argentina, vol. X, Biblioteca enciclopédica argentina, dirigida por Vicente D. Sierra, citado en ibid., p. 31.
Ricardo Levene, Lecciones de historia argentina, 2 vols., Buenos Aires, Lajouane, 1943, I, pp. 404-405, citado en ibid., p. 32. También V.B. Reber, op. cit., p. 19.
Aclaración: Las obras citadas (op. cit.) que no se mencionan explícitamente en este listado de citas, se encuentran en las páginas inmediatamente anteriores. Para ello, haga un click en el botón "Anterior". También puede utilizar la opción "Búsqueda" , ingresando el nombre del autor de las obras respecto de las cuales se requiere información.
© 2000. Todos los derechos reservados.
Este sitio está resguardado por las leyes internacionales de
copyright y propiedad intelectual. El presente material podrá ser utilizado con fines
estrictamente académicos citando en forma explícita la obra y sus autores. Cualquier
otro uso deberá contar con la autorización por escrito de los autores.