Si
intentamos resumir en forma esquemática las circunstancias por las que atravesó
la metrópoli durante el período inmediatamente previo a la crisis de la
independencia, podemos bosquejar diversas y sucesivas configuraciones de poder e
intereses:
1. La primera configuración que podemos identificar en este período
más acotado toma forma a mediados del siglo XVIII, cuando encontramos que -a
pesar de su establecimiento en Filipinas- España había sido en gran medida
excluida del comercio de las Indias Orientales. Como compensación, había
tratados que imponían restricciones sobre el comercio británico con las
colonias españolas en América. De todas formas, el comercio con las colonias
españolas americanas prosperó a través del contrabando que se hacía posible
por medio del soborno a los oficiales coloniales españoles.
2. La segunda configuración toma forma cuando para interrumpir
el contrabando británico y holandés, en 1762 los españoles actuaron para
expulsar a los portugueses de la Colonia. Además, desarrollaron a Manila como
un centro comercial más activo, y esta penetración comercial española en las
Indias Orientales dañó los intereses holandeses y británicos. Como
consecuencia, en el contexto de permanente conflicto y lucha recurrente que
prevalecía en aquel "mundo realista" del siglo XVIII, los británicos
se desquitaron apoyando la expansión portuguesa en el Brasil, y esto
eventualmente condujo a la restitución negociada de la Colonia a Portugal.
3. La tercera configuración que puede ser bosquejada está
marcada por la Revolución Norteamericana. Esta fue la oportunidad española de
castigar a Portugal por su incursión en el lado oriental del río Uruguay.
Colonia fue recuperada por los españoles en 1777. El Tratado de San Ildefonso
de 1777 entre España y Portugal reconocía a Colonia y las Misiones jesuíticas
como españolas.
Concomitantemente, los españoles decidieron hacer una reforma
sustancial en sus colonias con el objetivo de promover un desarrollo que era
necesario para su propio comercio y prosperidad, y para incrementar la
eficiencia de la administración. Estas reformas se llevaron a cabo durante el
siglo XVIII pero especialmente en el último cuarto. Como se dijo, en 1778 se
estableció el comercio libre entre Buenos Aires y España. Y en 1779 España
entró en guerra con Gran Bretaña. Esto fue seguido por una ola de éxitos
militares españoles, que llevaron a la recuperación de Menorca, Florida,
Bahamas y Honduras, pero la estricta prohibición del comercio con Gran Bretaña,
de 1779, dañó al Río de la Plata hasta tal punto que ya no había más
impuestos para ser remitidos a España. Por eso la metrópoli aceptó el
comercio rioplatense con Brasil, que en realidad significaba la reanudación del
flujo de mercancías inglesas hacia Buenos Aires.
A pesar de que las reformas borbónicas tuvieron cierto éxito y
realmente consiguieron promover el comercio, también tuvieron efectos
contraproducentes para la misma España. Una de sus consecuencias fue producir
una ola de nueva inmigración española hacia las colonias. Debido al temor de
darle a los locales demasiado poder, la Corona favoreció para
todas las posiciones de responsabilidad a los nacidos en España, frente
a los criollos blancos. Esto engendró un gran resentimiento entre los últimos,
y éste fue un factor importante en la crisis de la independencia. Por otra
parte, el mismo éxito de las reformas en el incremento del comercio condujo a
un mayor protagonismo de los comerciantes nacidos en la Península, en
detrimento de los comerciantes criollos, y éste fue otro elemento que engendró
sentimientos antiespañoles. Aun cuando la mayoría de los intereses locales habían
sido beneficiados por las reformas, la nueva situación hacía más visible la
injusticia de la discriminación a favor de los españoles.
4. Puede considerarse que se conformó una cuarta configuración
de circunstancias, intereses y poder relativo cuando, hacia las últimas décadas
del siglo XVIII, se llevaron a cabo revueltas en algunas colonias españolas.
Las dos más importantes fueron la rebelión de Túpac Amaru de 1780 en Perú, y
la "revolución de los comuneros" en Nueva Granada. En la misma época,
los límites impuestos por la pobreza y la escasa demanda de bienes de Hispanoamérica,
sumados a la penetración comercial de Gran Bretaña en la región, se pusieron
de manifiesto. A pesar de que éste fue un proceso gradual, hacia 1790 los británicos
estaban comenzando a evolucionar hacia una política de aliento a las
rebeliones contra España en Hispanoamérica.
El Imperio Español no estaba preparado para un desafío semejante. En
Hispanoamérica, la geografía, con los múltiples obstáculos naturales
existentes, había generado centros autárquicos, con primitivas industrias de
artes y oficios, y con frágiles lazos entre las capitales virreinales y la metrópoli.
Debido a factores geográficos se necesitaban más capitales para el desarrollo
de Hispanoamérica que para el desarrollo de la América anglosajona, pero
debido en parte a razones culturales hubo menor flujo de capital. Tal como lo
sugiere Ferns, a diferencia de los británicos, en general los españoles no
consideraban la riqueza como un activo que debía ser invertido para generar más
riqueza. Por otra parte, las colonias españolas fueron diseñadas para producir
beneficios para la Corona. En contraste, las colonias británicas fueron diseñadas
para promover el comercio de los capitalistas británicos. Estas diferencias
culturales probablemente hayan tenido consecuencias económicas muy relevantes.
5. La quinta configuración toma forma con la entrada de Napoleón
en el panorama político de Europa continental. Este hecho no podía sino
afectar a todos los factores sistémicos que condicionaban a las colonias españolas
en América. Al principio Portugal intentó una difícil neutralidad, mientras
que España se convirtió en aliada de la Francia revolucionaria y napoleónica
en 1795. Esta evolución tuvo importantes consecuencias políticas e ideológicas
en la misma España. Aun los más leales defensores de la Corona no podían
dejar de preguntarse si la monarquía española no caería, tal como había
ocurrido con la francesa. En Hispanoamérica las dudas eran aún más fuertes, y
ésta fue una de las razones por las cuales a partir de 1795 el poder español
en Hispanoamérica comenzó a sufrir una creciente crisis.
Esta crisis se acentuó por las dificultades en el transporte generadas
por el estado de guerra con Gran Bretaña, que crecientemente dominaba los
mares. Mantener el monopolio comercial era aún más difícil que antes, y
mandar tropas era asimismo más difícil, riesgoso y costoso. Esto condujo a una
apertura comercial de Hispanoamérica hacia colonias extranjeras y países
neutrales, y a una mayor libertad de navegación para los criollos.
Naturalmente, esto era entusiastamente aprobado en las colonias. Buenos Aires
comenzó a tener relaciones comerciales con lugares tan distantes de ella y
entre sí como Baltimore, Estambul y Hamburgo. Pero este beneficioso proceso
también alienó a los criollos de España: no había ninguna razón por la que
su destino debiera permanecer atado al de la metrópoli. Y si bien el horizonte
comercial se expandió, las dificultades de transporte impusieron un límite al
comercio, que había sufrido severos ciclos de expansión y recesión en función
de las cambiantes circunstancias. La batalla de Trafalgar en 1805,
especialmente, fue un golpe aplastante al poder marítimo español y a sus
comunicaciones atlánticas. De allí en más, la fuerza de los hechos militares
anuló todas las ventajas que se habían generado por las reformas económicas y
administrativas de 1778-82. El aislamiento incrementó el resentimiento criollo.
Y Gran Bretaña tampoco estaba dispuesta a estar desconectada del comercio con
las colonias españolas indefinidamente, hecho que, combinado con el anterior,
conspiraría contra la integridad del Imperio Español.
Por otra parte, la estrategia inicial británica contra Napoleón fue
la de dejar que sus adversarios continentales se hicieran cargo del desafío que
éste planteaba en Europa, mientras Gran Bretaña conquistaba colonias francesas
de ultramar, una tras otra. Sin embargo, a pesar de que España era aliada de
Francia, no estaba en sus planes atacar Sudamérica, ya que (como se dijo antes)
un tal ataque podía unir aún más a estos dos Estados. Pero aquí intervino el
comodoro sir Home Popham para torcer el rumbo de la historia, y su éxito
inicial en la invasión del Río de la Plata entusiasmó a Londres, que apostó
nuevamente a la conquista. La historia de la posterior derrota británica es
parte de la épica nacional argentina y ya ha sido narrada en estas páginas.
Pero lo importante es que, como consecuencia de este fracaso, la política británica
volvió a cambiar, esta vez en la dirección que ya había sido insinuada con la
derrota británica en la Guerra Revolucionaria (Norte)Americana. Whitelocke
capituló el 7 de julio de 1807. Para entonces, un nuevo gabinete había sido
designado en Inglaterra. El vizconde Castlereagh era secretario de guerra, y
llegó a la conclusión de que el gran error había sido no proclamar la
independencia del virreinato. Desde ese momento, la independencia sudamericana
se convirtió en el objetivo de la política inglesa, aunque debido a las
variables circunstancias de la política europea este objetivo no podía
enunciarse públicamente. Concomitantemente, como lo señala Harry Ferns, las
relaciones angloargentinas habían nacido (aun antes de nacer la Argentina). Y
la posibilidad de la independencia de repente despuntó como más que una fantasía
para los criollos que habían podido defenderse solos del embate de la principal
potencia del mundo.
De tal modo, aunque los ingleses no llegaron como libertadores, se
puede decir que las invasiones inglesas de 1806-1807 fueron el primer paso hacia
la independencia del Río de la Plata. Aunque no fueron desplazadas, las
autoridades españolas locales se vieron forzadas a inclinarse ante los deseos
de los criollos que habían derrotado a los ingleses. La legalidad no se rompió,
pero el régimen colonial se había resquebrajado y las masas habían adquirido
un peso en la política local que habría de durar durante muchas décadas.
A la crucial experiencia de las invasiones inglesas Halperín Donghi añade,
como un eslabón adicional en este proceso de resquebrajamiento progresivo del
orden colonial que intentó ser apuntalado tardíamente por los Borbones, la
crisis en la comunicación oceánica entre España y sus colonias,
particularmente crónica a partir de la batalla naval de Trafalgar en 1805.
Desde este momento, los cinco años de vida que le restaban al orden virreinal
rioplatense presenciaron un obligado esfuerzo de las autoridades del virreinato
por valerse por sí mismas, el cual se vio apuntalado por la casi completa
desaparición de las transferencias de metálico de Buenos Aires a Madrid.
Mientras las salidas de la Real Caja de Buenos Aires hacia España eran de un
monto de 8.623.148,4 y ¼ pesos para el período comprendido entre los años
1791 y 1805, en el período 1806-1810 dichas salidas cayeron hasta la casi
insignificante cifra de 162.605,3 ½ pesos. (1) Esta sensible declinación de
las transferencias de metálico a España hizo que Buenos Aires pudiera contar
con una mayor proporción del aporte fiscal y mercantil potosino que en el período
anterior a 1805. Si bien cabe reconocer que dicho aporte a su vez sufrió una
importante declinación (de 19.487.906,1 pesos entre 1791-1805 a 3.635.272,0 ¼
pesos entre 1806-1810), esta merma fue compensaba por el ascenso en el aporte de
otros centros ubicados dentro y fuera del virreinato (entre los que se destacó
Chile). (2)
Casi
simultáneamente con estos sucesos, y tal como se mencionó en el Capítulo 1,
la corona de Portugal se veía forzada a abandonar la neutralidad y aceptar la
protección británica, trasladándose toda la corte al Brasil, que se convirtió
en una suerte de metrópoli portuguesa temporaria. Y poco después, con la
sucesiva invasión de España por las fuerzas napoleónicas, la captura de
Fernando VII y el total colapso del poder español, terminaría de forjarse la
configuración de circunstancias e intereses que finalmente separó de España a
las provincias del Río de la Plata.
Como a partir de 1809 Gran Bretaña y el gobierno español se
convirtieron en aliados, el apoyo británico a la independencia hispanoamericana
no pudo ser explícito. No obstante, se había generado un conjunto de
circunstancias por las cuales:
a) la más poderosa potencia del
mundo optaba por renunciar a la expansión de su imperio en América;
b) la antedicha potencia optaba
por favorecer, encubiertamente, el surgimiento de nuevos Estados en la América
española, alentando su independencia y (eventualmente) impidiendo que España
los recuperara; y
c) por consiguiente, en gran
medida las predicciones del modelo realista de interacción entre los Estados
dejaron de cumplirse. Aunque el
sistema interestatal continuaba siendo una "anarquía" en la que la
autoayuda amoral era la única regla verdadera, la tendencia por la cual los
grandes Estados se anexaban a los chicos se revirtió, y en América el número
de Estados pronto comenzaría a aumentar. Embriónicamente, comenzaban a
gestarse las condiciones necesarias para la existencia de lo que Richard
Rosecrance llamó "Estados comerciales".
NOTAS
Ver al respecto cuadros V: Salidas de la Caja de Buenos Aires, 1791-1805, y IV: Salidas de la Real Caja de Buenos Aires, 1806-1810, citados en T. Halperín Donghi, op. cit., pp. 59 y 126.
Ibid., pp. 73 y 74, y cuadros titulados Ingresos de la Real Caja de Buenos Aires, 1791-1805, e Ingresos de la Real Caja de Buenos Aires, 1806-1810, citados en ibid., pp. 51 y 119.
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