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Otra excusa para la intervención lusitana fue la actitud de la princesa Carlota Joaquina, mujer del regente de Portugal e infanta de España, como hermana del rey Fernando VII. Producida la deposición de éste por Napoleón, Carlota protestó por la abdicación de sus parientes reales e invocó sus derechos a ocupar su lugar en las colonias hispanoamericanas, como su más próxima representante en el continente americano. Fundaba sus pretensiones en la inexistencia de la ley sálica en España.
   
Para Souza Coutinho y los intereses portugueses que él fielmente representaba, nada podía ser más ventajoso que la demanda de la infanta, siempre y cuando el proyecto no fuera objetado fuertemente por Gran Bretaña, bajo cuya protección estaba la Corona portuguesa. Por su parte, para el Reino Unido antes de su alianza con España las pretensiones de Carlota fueron un buen pretexto para intentar imponer la hegemonía de su comercio en el Río de la Plata y ocupar bases para defenderse de las amenazas napoleónicas. A su vez, para algunos patriotas de Buenos Aires la posibilidad de una regencia de Carlota era un camino posible para liberarse de la administración española, lograr el gobierno propio y alcanzar la independencia.
   
El infante Pedro Carlos, sobrino de Carlota, también fue incluido por Souza Coutinho y la misma infanta en lo que llamaban la "justa reclamación". La princesa pidió a su marido que le "conserve y proteja los derechos que su augusta casa tiene al trono de España e Indias", y que proponga al ministro británico la conveniencia de constituir una alianza para defenderse de los ataques de Napoleón. El 19 de agosto de 1808, el regente de Portugal anunció su apoyo a las reclamaciones de su consorte.
   
Una buena ilustración, de la propia pluma de Carlota, de los argumentos usados por la infanta y endosados por el regente para justificar las ambiciones portuguesas al Río de la Plata, se encuentra en los siguientes párrafos de su carta de noviembre de 1808 a su propio esposo: 

nunca mas que ahora ha necesitado España de los recursos de America: ni esta mas de mi presencia, que en las criticas circunstancias del dia; en que las Ciudades de Monte-Video y Buenos-Ayres, están expuestas á ser victimas de la mayor Anarquia. La proclama que en nombre de mi muy querido Hermano, promulgó en 15 de agosto, el Gobierno de Buenos-Ayres es muy ambigua, es susceptible no solo de qualesquier sentido, sino tambien de qualesquiera faccion y partido (...) La institucion y exercicio de una autoridad superior á la del Virrey, es el unico medio, y mas eficaz, para arrancar de raiz aquella sisaña (...) V.A.R. ha visto, por la carta que le han remitido aquellos honrados y fieles habitantes de Buenos-Ayres, los grandes deseos que tienen de que pase y me presente en persona, para estar entre ellos mismos (...). (1)

La respuesta de Liniers a estas inquietudes y pretensiones de la infanta fue que la jura a Fernando VII y el reconocimiento de la Junta Suprema de Sevilla, que según él representaba al soberano, no le permitía "innovar sin su acuerdo", y que en el virreinato todos estaban dispuestos a defender los derechos del soberano y mantener su unidad. Similares respuestas tuvo la infanta de parte del Cabildo, la Audiencia, el obispo, el Consulado, el Cabildo eclesiástico y el gobernador de Montevideo Elío.
   
Sousa Coutinho intentó entonces hallar partidarios de los infantes en Buenos Aires enviando como agente a Felipe da Silva Telles Contucci. Este contaba con el apoyo de un grupo de patriotas exiliados en Río de Janeiro, entre los que se encontraba Saturnino Rodríguez Peña, que estaba a favor de los planes de la infanta. En efecto, después de consultas con sus amigos en Buenos Aires, Rodríguez Peña se dirigió directamente a la infanta en los términos siguientes:  

Los Americanos en la forma más solemne que por aora les es posible, se dirigen à S.A.R. la Señora Doña Carlota Joaquina, Princesa de Portugal é Infanta de España, y la suplican les dispense la mayor gracia, y prueba de su generosidad dignandose trasladarse al Rio de la Plata, donde la aclamaran por su Regenta en los términos que sean compatibles con la dignidad de la una, y livertad de los otros. (...) Aunque debemos afianzarnos y sostener como indudable principio, que toda la autoridad es del Pueblo, y que este solo puede delegarla, sin embargo la creacion de una nueva familia Real: nos conduciria á mil desordenes y riesgos. Al contrario la dignidad ya creada, y adornada al presente de tan divinas qualidades, y que separandose absolutamente de la Dominacion Portuguesa se establecerá en esos territorios nos ofrece una eterna felicidad y quantas satisfacciones puede prometerse una nacion establecida afirmada y sostenida con las mas extraordinarias ventajas; añadiendo que sin duda alguna debemos contar con la protección y auxilios de la Inglaterra. (2)

Rodríguez Peña y otros exiliados pusieron a Contucci en comunicación con sus amigos en Buenos Aires, a quienes comunicaron su entusiasmo por que la princesa viajara pronto a esa ciudad. Llegado a Buenos Aires, el enviado hizo propaganda por doquier, ofreciendo un gobierno bajo la regencia del infante Pedro Carlos en el que los españoles americanos tendrían muchas mejores posibilidades de participar en el gobierno, desplazando a los peninsulares. Según él, Buenos Aires se independizaría y se convertiría en la metrópoli del Imperio Español, con la ayuda de Gran Bretaña. Sin embargo, y en parte gracias a la oportuna y reciente jura de lealtad a Fernando VII en Buenos Aires,  la misión no encontró una buena acogida entre las autoridades del Río de la Plata.
   
No obstante, la propuesta de Contucci fue recibida con entusiasmo por el grupo de jóvenes porteños amigos de Saturnino Rodríguez Peña, que ya habían recibido comunicaciones de éste. El grupo se dirigió inmediatamente a la infanta Carlota, suplicándole que enviara a su primo Pedro Carlos a Buenos Aires. Argüía que América no era vasalla de España sino de la corona de Castilla, que la autoridad de la Junta de Sevilla sobre América era ilegítima porque un reino no tenía la potestad de someter a otro, y porque el rey, en cuyo nombre la Junta ejercía su poder, no le había confiado delegación alguna de su mando. Según ellos, Buenos Aires necesitaba un miembro de la familia real para evitar el caos y los abusos de las autoridades existentes, y para otorgar legitimidad a su defensa frente a las fuerzas napoleónicas en el caso de que toda España sucumbiera a ellas.    Manuel Belgrano le escribió a Souza Coutinho, al regente dom Joao y al infante Pedro Carlos  para que no se demorara "un instante" la venida de este último, ya que existían riesgos de una guerra fratricida. Según Belgrano, si las autoridades de Buenos Aires no habían aceptado la propuesta carlotista, era porque no habían consultado "los intereses de la felicidad pública". En una nota presentación del 20 de septiembre de 1808, Belgrano, Castelli, Vieytes y Rodríguez Peña expresaban lo siguiente a los infantes que pretendían la soberanía del Río de la Plata:

En ocasion tan angustiada como la que ha tocado á los Soberanos de España, nada podia sernos tan satisfactorio como la proximidad de V.A.R. y los altos Titulos con que la Serenisima Sra. Princesa del Brasil Da. Carlota Joaquina, y el Serenisimo Señor Infante Dn. Pedro Carlos han significado los derechos de la Augusta Casa de Borbon al Trono de America. (...) confiamos en que V.A.R. se sirva prestar su proteccion Real para los efectos que puede prometernos la felicidad de estar baxo los auspicios de tan ilustre Soberanía, sin los embarazos que la faccion pueda oponer. (3)

Es importante observar a estas alturas que nada hay más lejano a las ideas de nación, Estado-nación y/o nacionalidad que el espíritu que animaba a estas comunicaciones de los patriotas porteños, ansiosos de conseguir la regencia de la esposa del regente de Portugal. Esto no significa descalificar esos esfuerzos por encontrar una solución práctica para el problema de la anarquía que ya se vislumbraba en el futuro del Río de la Plata. Desde la perspectiva de los patriotas porteños (sin duda distinta del interés de la infanta y/o el regente) el proyecto carlotista era un medio para un fin, y ese fin era justificable e incluso quizá noble. Pero es evidente que estos hombres, genuinamente preocupados por el problema hobbesiano del orden, no creían representar una nacionalidad rioplatense o proto-argentina, como puede pretenderlo la mitología nacionalista que emergió posteriormente, cuando se plasmó lo que hoy conocemos como la República Argentina. Estos hombres pensaban en términos de contrato social (en tanto el pueblo era considerado el último depositario de la soberanía) y en términos del estado de naturaleza de Hobbes, pero la idea de una nación argentina era incompatible con un proyecto carlotista dominado por el ancestral enemigo lusoparlante, del mismo modo que la idea de una nación española era incompatible con el reinado del rey José Bonaparte (y éste fue el motivo por el que el pueblo se alzó en armas en España).
   
Más allá de estas reflexiones, lo cierto es que los patriotas porteños dieron una buena acogjda al proyecto. Alentado por estas reacciones favorables al proyecto carlotista, y a pesar de la oposición al mismo del gobierno del virreinato y de otros sectores influyentes, Contucci escribió a Souza Coutinho: 

Excmo Señor Conde de Linhares (...) Todos convienen en q’ la situacion de estos Paises es critica, y que la conducta q’ se ha tenido por Ese Gavinete ha formado tres partidos; uno, el de reconocer por Regenta a S.A.R. la Señora Princesa Da. Carlota; otro el de arrojar del mando á Liniers, sea quien quiera el q’ le substituya, el qual podra agregarse á aquel; y otro el de constituirse en un gobierno democratico; para el que trabajan los Ingleses del modo mas eficas; pero todos pendientes del resultado de los sucesos de España operan sordamente, y si nó se tienen tomadas todas las medidas para prevenir los males, y conseguir el pensamiento de mi misión, la America del Sud sufrirá mucho, sin provechos de sus contendores. (4)

Mientras tanto, el gabinete británico estaba preocupado por los propósitos de Napoleón en la América española, su continua propaganda y la preparación de una escuadra cuyo destino era el Río de la Plata. El comercio británico (tanto el importante como el marginal, cual era el caso del intercambio con el Río de la Plata) debía ser protegido, y por este motivo el secretario de guerra Castlereagh envió a Buenos Aires a James F. Burke, un agente secreto, para divulgar el objetivo británico de neutralizar el imperialismo napoleónico, que amenazaba la independencia de los Estados europeos y de sus posesiones de ultramar. Según el discurso británico, España y sus colonias debían plegarse a este esfuerzo. Burke se vinculó al grupo de patriotas jóvenes que apoyaban al proyecto carlotista, como también a los miembros del gobierno y su círculo.
   
No estaba clara, sin embargo, la política del gabinete británico frente al proyecto de la infanta. El jefe de la escuadra inglesa, almirante Sidney Smith, creía tener total libertad para operar en el Río de la Plata, y basaba esta interpretación en las órdenes que Burke había traído de Londres. Sidney Smith comunicó esto al regente de Portugal, como también su apoyo al proyecto de Carlota, que neutralizaría las ideas democráticas que se estaban divulgando en Buenos Aires y a las que él se oponía fuertemente. El almirante tenía su flota preparada para llevar a la princesa a Montevideo, y sus agentes ya estaban preparando el ambiente para su presencia. La estrategia de Sidney Smith estaba alimentada por noticias que tenía de Buenos Aires, y que a su turno retransmitía al regente, alentándolo respecto de las perspectivas que, a través de diversos caminos alternativos, se abrían para la Corona portuguesa. Por ejemplo, una carta suya a dom Joao del 2 de octubre de 1808 decía: 

Una carta particular de Buenos Ayres que tengo a la vista contiene esta frase (está fechada el 22 de agosto), "Ayer se ha jurado al Sr. Don Fernando 7º, a pesar de las órdenes del Gran Napoleón y hay aquí cerca (de) nuestra suerte tantas opiniones como cabezas aunque en la Proclama se ordena la uniformidad de ideas". Otra carta de Manco Capac, Inca, descendiente de los antiguos reyes del Perú, muestra que piensa plantear sus pretensiones: los republicanos no han levantado aún la cabeza, pero trabajan sin tregua en secreto (...) Cumplo con mi conciencia advirtiéndole de un peligro. Existe otro no menos grave que nacería si se escucharan las proposiciones insidiosas de algunos individuos que, para mejor tener el poder entre sus manos en Buenos Ayres, si no lo es para destruir la monarquía, proponen hacerla electiva en la persona de Don Pedro. (5)

Lord Strangford, en cambio, se oponía fuertemente al proyecto, arguyendo que el regente se había comprometido a no innovar sin el visto bueno de Gran Bretaña. Strangford informó a Canning de lo que se tramaba, y éste declaró que no había sido consultado, que no había prometido su colaboración, y que se reservaba el derecho tanto de participar en el proyecto como de desalentarlo e incluso boicotearlo, según la conveniencia de Su Majestad Británica. Más aún, considerando la alianza incipiente entre Gran Bretaña y España, aclaró que no apoyaría ningún proyecto que fuera hostil a la paz y la independencia de los dominos españoles de la América meridional. Mientras tanto, la infanta y el almirante conseguían que Rodríguez Peña hiciera aún más propaganda entre sus amigos en Buenos Aires, procurando la creación de un partido para sostener a aquélla.
   
Por su parte, el regente dom Joao comenzó a alarmase por la trascendencia que había adquirido el proyecto de su mujer, con el apoyo de la escuadra británica y el liderazgo de su almirante. La infanta le había anunciado su intención de trasladarse a Buenos Aires con el infante don Miguel y las princesas en el buque de Sidney Smith. Simultáneamente, llegó Contucci a Río de Janeiro con los documentos y cartas de Belgrano, y una lista importante de personas influyentes de Buenos Aires con quienes podían contar, entre los que se incluían Juan José Castelli, Mariano Moreno, Cornelio Saavedra, los hermanos Rodríguez Peña, el deán Funes, Hipólito Vieytes, Antonio Luis Beruti, Alfredo Argerich, Juan Martín y Juan Andrés de Pueyrredón, etc. Dom Joao no estaba en contra del plan en sí mismo, que le atraía, pero antes de ponerlo en práctica quería estar seguro de contar con el aval británico. En este punto, fue lord Strangford quien disuadió al regente de seguir adelante, arguyendo que el gabinete británico tenía más reparos que otra cosa respecto del proyecto, y que en el Río de la Plata habría una furibunda reacción popular frente a la invasión de diez mil portugueses secundados por la flotilla británica. Informado Londres, la actitud de Strangford fue aprobada, y el almirante Sidney Smith fue reemplazado por el almirante De Courcy.
   
A su vez, Sidney Smith fue invitado por Liniers a viajar a Buenos Aires para llegar a un acuerdo sobre su defensa, en consonancia con la alianza entre Gran Bretaña y las juntas españolas. Es así como se concertó en diciembre de 1808 un armisticio por el cual el Reino Unido dejó de ser considerado un enemigo en el Río de la Plata. Los comerciantes británicos se beneficiaron con rebajas de los derechos de aduana, y se consintieron las transacciones clandestinas hasta que se conviniera con Cádiz un tratado permanente.
   
Finalmente, ya hacia mayo de 1809 el gobierno británico se había expedido de manera menos ambigua que antes sobre el proyecto carlotista, y lord Strangford podía informar al conde de Linhares de manera rotunda que

el Gobierno Británico desaprueba de plano, todo Proyecto que tenga por fin el menor cambio en los negocios de la América Española; que he recibido orden de oponérmele, en Nombre de mi Soberano, quien no cree que haya llegado el momento de plantear las pretensiones de la Señora Princesa del Brasil; pero en el caso de que ese momento llegáse a ocurrir, a causa de la extinción de las otras ramas de la monarquía española, o en consecuencia de otros sucesos, Su Majestad no dejará de sostener los justos derechos de la Augusta Esposa de su Ilustre y Antiguo Aliado. (6)

A pesar del paulatino alejamiento del respaldo británico a los planes de Carlota en el Río de la Plata, la enemistad declarada entre el gobernador de Montevideo, Francisco Javier de Elío, y el entonces virrey del Río de la Plata, Santiago de Liniers, -a quien el primero se negaba a reconocer como autoridad legítima- constituía una oportunidad abierta para los planes de la infanta. Carlota llegó a escribir a ambos instándolos a reparar la división que entre ellos se había creado. Incluso escribió a las autoridades en España, proponiendo su ida a Montevideo para solucionar las dificultades entre Liniers y Elío. Finalmente, el reemplazo de Liniers por Baltasar Hidalgo de Cisneros hizo cesar -al menos temporariamente- la tormenta entre Montevideo y Buenos Aires, y Carlota perdió una importante excusa para concretar sus planes de intervención en el Río de la Plata. Su proyecto perdió ímpetu, aunque el grupo de porteños que respaldaba su regencia en el Río de la Plata -particularmente Belgrano- continuaron en contacto con Carlota insistiendo en su candidatura. Pero Carlota deseaba una corona que no tuviese condicionamientos.

  1. Documento Nº 96, carta de la Princesa Carlota al Príncipe Regente, Real Palacio, Río de Janeiro, 19 de noviembre de 1808, ibid., t. I, pp. 274-275.

  2. Documento Nº 70, carta de Saturnino Rodríguez Peña, Río de Janeiro, 4 de octubre de 1808. Comentarios sobre la personalidad de la Princesa Carlota y conveniencia de su Gobierno en el Río de la Plata. Propuesta para requerir su regencia y establecimiento de su dinastía, ibid., t. I, pp. 180-181.

  3. Documento Nº 65, nota presentación de Castelli, Beruti, Vieytes, Rodríguez Peña y Belgrano al Príncipe Regente, Buenos Aires, 20 de setiembre de 1808, ibid., t. I, pp. 169-170.

  4. Documento Nº 145, nota de Felipe Contucci al conde de Linhares, Buenos Aires, 2 de abril de 1809, ibid., t. I, p. 439.

  5. Documento Nº 68, carta del almirante Sidney Smith al Príncipe Regente de Portugal, Río de Janeiro, 2 de octubre de 1808, ibid., t. I, p. 176.

  6. Documento Nº 154, carta de lord Strangford al conde de Linhares, Río de Janeiro, 29 de mayo de 1809, ibid., t. I, p. 477.

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