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Los planes de reconquista de Fernando VII dejaron sin efecto las promesas verbales de sus manifiestos, y el gobierno de las Provincias Unidas respondió en 1816 con la declaración de independencia, la apertura diplomática en búsqueda de aliados en las cortes europeas y la guerra corsaria. La gran distancia entre España y el Río de la Plata y la falta de comunicación entre ellas complicó las dificultades de una relación ya de por sí muy tensa; el rey no comprendió ni las dificultades de la ex colonia rioplatense ni quiso asumir el hecho de su separación. Si bien los manifiestos reales y decretos de Fernando VII procuraban la conciliación con las colonias americanas, la demora en implementarlos levantó sospechas en las últimas. Aún peor, el envío de fuerzas armadas españolas a América contradijo las promesas efectuadas en los documentos reales. Los constantes rumores y amenazas de expedición armada española fueron un incentivo para la unidad en el Río de la Plata y sin duda estimularon a los líderes a tomar medidas concretas tales como la invitación a un Congreso General en Tucumán y la declaración de independencia. Medidas éstas que el gobierno porteño respaldó a través de dos mecanismos defensivos:  los navíos de guerra privados que Buenos Aires usó contra España (la llamada guerra de corso), y los continuos esfuerzos diplomáticos para obtener el apoyo europeo.

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