El
retorno de Fernando VII al poder y la caída del gobierno constitucional en España
volvió a hacer fracasar el débil contacto logrado entre Buenos Aires y Madrid.
Mientras vivió Fernando VII, la Corona española alentó la ilusión de
recuperar sus ex colonias sudamericanas. No fue suficiente la derrota sufrida
por el Ejército Real del Perú en la batalla de Ayacucho para modificar esta
actitud, y era un claro síntoma de la misma la respuesta del ministro español
Cea Bermúdez, ante la noticia del reconocimiento británico a la independencia
de México, Colombia y Buenos Aires, expresada en enero de 1825. Bermúdez decía
en aquella ocasión: "El Rey no consentirá jamás el reconocer los nuevos
Estados de América española, y no dejará de emplear la fuerza de las armas
contra los súbditos rebeldes de aquella parte del mundo". (1)
Tras
el paréntesis que impuso la revolución liberal de Riego en 1820, la década de
1823 a 1833 fue difícil para el retornado Fernando VII. Una vez más soberano,
creyó que podía hacer retornar a las provincias americanas a la lealtad a la
corona. Pero se encontró en la compleja posición de un soberano con tendencias
absolutas que debía ser moderado y conciliador para conservar la aprobación y
apoyo de los poderosos aliados europeos, y al mismo tiempo, otorgar la imagen de
firmeza que demandaban los ultrarrealistas en el plano interno. Como resultado
de estos factores interactuantes, nuevamente Fernando VII debió recurrir a una
política de doble faz destinada a apaciguar tanto a los ultrarrealistas, que
temían la revolución, como a los aliados europeos, que aconsejaban la moderación.
Pero
esta política no tenía futuro. España era demasiado débil para actuar
efectivamente en el Nuevo Mundo. Además, el firme rechazo de Fernando VII a
aprobar el reconocimiento de los estados americanos complicó las relaciones de
España con otros actores importantes de la escena internacional. Estados Unidos
y Gran Bretaña estaban especialmente ansiosos de remediar una situación que no
sólo amenazaba sus intereses comerciales sino que invitaba a la intervención
extranjera en América latina.
Luego
de rever la historia de las relaciones hispano-argentinas desde 1808 a 1833 se
debe reconocer la dificultad y tal vez la imposibilidad de delinear una política
dirigida específicamente al Río de la Plata por parte del rey
Fernando VII. La política real fue colonial, el rey veía al Imperio
español en América como un todo, una unidad, no consideró colonias
individuales excepto cuando las circunstancias focalizaron su atención en un área
particular de crisis. Es claro que el rey nunca intentó reconocer la
independencia de la República Argentina. Pero tampoco contó con recursos
efectivos para dirigir expediciones simultáneas a todos los focos
revolucionarios en las colonias. La expedición de Morillo fue un acabado
ejemplo de esta situación. Originalmente diseñada para actuar en el Río de la
Plata, se desvió luego hacia el norte sudamericano, procurando sofocar focos
que para la Corona española resultaban más preocupantes, como el caso de
Venezuela y Nueva Granada. Esta falencia material de la metrópoli y la percepción
metropolitana de la relativa irrelevancia del Río de la Plata como foco
revolucionario permitió otorgar oxígeno a un Estado protoargentino en
permanente estado de anarquía y jaqueado por la presencia amenazante de los
portugueses y de la Banda Oriental artiguista. Las dificultades financieras por
las que atravesaba España podrían haber sido resueltas si ésta hubiera
reconquistado el control de las colonias y sus recursos materiales, pero esto
era imposible sin una expedición armada, demasiado cara para una España
empobrecida. Era un círculo vicioso. (2)
Fernando
VII se negó al reconocimiento del Rio de la Plata pues veía el proceso
separatista nacido en Buenos Aires como una injuria a su dignidad real. Su
insistencia en la vía de las armas provocó la reacción negativa de Gran Bretaña,
en tanto el Río de la Plata negociaba sólo sobre la base de la independencia.
No hubo un plan efectivo para reconquistar el Rio de la Plata luego de 1823;
puede decirse que esta área se perdió definitivamente cuando la expedición de
Cádiz fue abortada por la revolución liberal de Riego de 1820. En síntesis,
la política de Fernando VII hacia el Río de la Plata fue de no compromiso, y
quizá pudo haber actuado con más rapidez y con menos duplicidad o ambigüedad,
pero la facción ultrarrealista no habría aprobado ningún compromiso del rey
con las ex colonias. Este factor llevó al monarca español a no tener espacio
para innovar en su política respecto de la región rioplatense. (3)
Hasta
después de la muerte de Fernando VII el gobierno español no tomó medidas a
favor del reconocimiento del Río de la Plata: el 4 de diciembre de 1836 las
Cortes españolas votaron unánimemente en pro del mismo. El 9 de Julio de 1859,
Juan Bautista Alberdi, actuando como emisario extraordinario y plenipotenciario
de la Confederación Argentina ante las Cortes de Londres y París, firmó en
Madrid un tratado de "reconocimiento, paz y unidad" con el secretario
de estado español Saturnino Calderón Collantes. El tratado fue ratificado el
25 de febrero de 1860.
NOTAS
José M. Mariluz Urquijo, Los proyectos españoles para reconquistar el Río de la Plata, 1820-1835, Buenos Aires, 1958 y Edmundo A. Heredia, Planes españoles para reconquistar Hispano-América, 1810-1818, Buenos Aires, 1975, fuentes citadas en Isidoro J. Ruiz Moreno, op. cit., p. 9.
Charles Wentz Fehrenbach, "Moderados and exaltados: the Liberal Opposition to Fernando VII, 1814-1832", Hispanic American Historical Review, I (1970), 59-60, cit. en A. M. Rhodes, op. cit., pp. 204-206.
Ibid., p. 214.
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