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La primera década del siglo XIX presenció incrementos en el comercio a lo largo del Alto Plata, particularmente durante y después de las invasiones inglesas de 1806 y 1807, cuando por primera vez los porteños quedaron expuestos a un libre comercio internacional de facto. Pero este desarrollo mercantil porteño tuvo un precio para la región altoplatense: ésta salió de su tradicional aislamiento pero ingresó a una relación esencialmente desfavorable con Buenos Aires. La dificultad estribaba en que el Alto Plata ejercería una influencia sólo mínima sobre los términos de intercambio fluvial. Como un primer ejemplo de estos obstáculos, cabe aclarar que en los últimos años anteriores a la independencia, los comerciantes de Asunción intentaron elevar el precio de sus exportaciones y crear un monopolio sobre la yerba similar al estanco del tabaco. Con esta actitud, los comerciantes asunceños esperaban tanto desplazar la creciente influencia de los comerciantes especuladores de Concepción  como ganar nuevos beneficios a expensas de los consumidores porteños. Pero éstos, a través del Consulado, presionaron al gobierno virreinal para que desbaratase los esfuerzos monopólicos de los comerciantes paraguayos.(1)
   
La mayor influencia de los comerciantes porteños sobre las autoridades coloniales en comparación con sus colegas del Alto Plata generó en las distintas áreas que componían dicha región (Paraguay, las provincias del Litoral, sur del Brasil) un profundo sentimiento de suspicacia y recelo hacia la poderosa ciudad-puerto. Este sentimiento animaría la independencia paraguaya y el rechazo a la expedición enviada desde Buenos Aires a fin de que fuera reconocida la Junta formada en mayo de 1810, y sostendría los numerosos proyectos separatistas que a lo largo de los años de la independencia y del rosismo llevarían a las provincias del Litoral a vincularse con la Banda Oriental, Paraguay o el sur de Brasil, dando la espalda a los gobiernos porteños. Las rivalidades político-económicas entre el Alto Plata y Buenos Aires, tan frecuentemente asociadas con la temprana era independentista, estaban ya presentes durante las décadas finales del período colonial. (2)
   
Cuando se produjo la revolución de Mayo de 1810 en Buenos Aires, Paraguay estaba gobernado por Bernardo de Velazco, un peninsular que había intentado mantener la armonía entre los terratenientes y los comerciantes. Las noticias de la actitud porteña llegaron a la región altoplatense cuando emisarios del gobierno porteño arribaron con la exigencia de que los paraguayos reconocieran la autoridad del gobierno de Buenos Aires. Corrientes, a través de su Cabildo, aceptó casi inmediatamente, pero el Cabildo paraguayo, esperando evitar el conflicto entre españoles y porteños, declaró tanto la fidelidad al Consejo de Regencia de Cádiz como la voluntad de mantener buenas relaciones con Buenos Aires. Los porteños rechazaron esta actitud conciliatoria y prepararon una expedición militar conducida por Manuel Belgrano para forzar la adhesión de los paraguayos. Belgrano tuvo dos sucesivas derrotas a manos de éstos -que poseían una capacidad militar mucho mayor- y se vio obligado a capitular.
   
El 15 de mayo de 1811 un movimiento encabezado por José Gaspar Rodríguez de Francia depuso al gobernador Velazco reemplazándolo por un gobierno autónomo. Unos días más tarde se formó una Junta presidida por Fulgencio Yegros e integrada por Rodríguez de Francia, Pedro Juan Caballero, Francisco Javier Bogarín y Fernando de la Mora, que expresó la intención de no reconocer otros vínculos con la Junta de Buenos Aires que los de una confederación y prometió enviar un diputado al Congreso general de las provincias. Francia quedó designado a tal efecto pero su concurrencia se condicionó a la aceptación por la Junta de Buenos Aires de exigencias indeclinables: la decisión de revisar cualquier reglamento o constitución que adoptase el Congreso y el cobro exclusivo de varios impuestos. Con calculada demora, las resoluciones fueron comunicadas a Buenos Aires recién el 20 de julio de 1811. La Junta de Buenos Aires decidió entonces enviar una misión al Paraguay a cargo de Manuel Belgrano y Vicente Anastasio Echevarría. Estos celebraron con los delegados paraguayos el tratado del 12 de octubre de 1811, que en su artículo 5º reconocía la independencia del Paraguay y establecía alianza y federación entre ambos pueblos contra los enemigos de su común libertad. El Triunvirato aprobó el tratado, pero en cierta forma quedaba indefinida la cuestión de la unificación política, dado que la Junta no había reconocido a Paraguay su exigencia de ratificar las leyes que dictara el Congreso. Esto resultaba clave para un gobierno porteño que pretendía, aunque infructuosamente, extender su autoridad al resto de los territorios componentes del ex virreinato del Río de la Plata.
   
En cuanto a las disposiciones comerciales acordadas, el artículo 1º abolía el monopolio del tabaco y aclaraba que Paraguay vendería el tabaco de la Real Hacienda existente en la provincia a fin de financiar la defensa contra "las maquinaciones de todos los enemigos interiores y exteriores de nuestro sistema". (3) Otros artículos fueron añadidos aparentemente más tarde, entre ellos una extensión del artículo segundo que disponía: 

La Excma. Junta de Buenos Aires puede establecer algún impuesto moderado en caso de urgencia sobre la introducción de los frutos de esta provincia de Paraguay en Buenos Aires (...) esta imposición debería ser 1 ½ real por tercio de yerba y otro 1 ½ real por arroba de tabaco, y no más hasta que esta imposición sea modificada en el Congreso General de las Provincias, sin perjuicio de Paraguay. (4) 

Por su parte, el artículo tercero establecía que el impuesto sobre la venta -alcabala- sería aplicado a partir de ese momento sólo en la ciudad de venta final, sea ésta Asunción o Buenos Aires. Bajo circunstancias normales, tal reforma habría facilitado ampliamente el intercambio de bienes a lo largo de los ríos.
   
En realidad, y contra los deseos porteños, el tratado de octubre aseguró a Paraguay un comercio más equitativo con las provincias ubicadas más al sur y un reconocimiento semi-oficial de su independencia. A cambio, las autoridades de Buenos Aires sostuvieron una alianza militar temporaria cuyos términos eran tan ambiguos que los paraguayos nunca se vieron obligados a proveer materiales y servicios. El tratado tuvo poco efecto sobre las condiciones del comercio en el Plata, debido a que el enrarecido clima político que siguió a los sucesos de Mayo, de fragmentación del ex virreinato y permanente conflicto entre el gobierno de Buenos Aires y el resto de las partes componentes del viejo orden virreinal, no  permitió un intercambio comercial fluido entre las áreas que integraban la región altoplatense. Es más: fomentó la discordia entre ellas. El conflicto Buenos Aires-Alto Plata se combinó con los choques -que Buenos Aires estimulaba- entre las provincias del Litoral y Paraguay.
   
Si tomamos la línea de conflicto Buenos Aires-Paraguay, vale aclarar que el tratado firmado en octubre de 1811 fue un armisticio. Pronto los porteños intentaron recuperar todo lo que habían concedido a Paraguay en el acuerdo de octubre. Un año después, Buenos Aires intentó reasegurar su autoridad sobre Paraguay a través de la diplomacia y la presión económica. En la persecución de este fin, los porteños contarían con la ayuda de funcionarios en Corrientes y las provincias litorales, cuyo objetivo instrumental, en términos de la óptica porteña, era interferir los barcos paraguayos sobre el río Paraná. En enero de 1812, la Junta de Asunción dirigió una nota al gobernador Elías Galván de Corrientes, demandando que éste inmediatamente liberara un número de barcos mercantes paraguayos que estaban retenidos en el puerto de Corrientes. La razón oficial para esta detención era la presencia de barcos de ataque por sorpresa españoles en el río. Los ataques por sorpresa por parte de las fuerzas realistas proveyeron una gran parte del escenario comercial del Alto Plata en esa época.
   
Tomando en cuenta el segundo eje de conflicto, esto es, las rivalidades entre los propios componentes de la región altoplatense, vale mencionar que Corrientes sufría la competencia paraguaya, y Galván sintió que tenía buenas razones para adoptar una política de ataques repetidos contra Paraguay. No dudó en utilizar la fuerza. Por su parte, los sectores mercantiles de Santa Fe también sentían irritación ante el comercio paraguayo. Las autoridades santafesinas escribieron al ministro de hacienda de Corrientes en febrero para informarle que tenían detenido un barco con producción paraguaya, porque sus transportadores no habían pagado la alcabala "al valor aprobado de veinte pesos la arroba". (5)  Los santafesinos tenían conocimiento de que el tratado de octubre firmado entre Asunción y Buenos Aires prohibía los pagos de alcabala excepto en la ciudad de venta final, y que los valores, aun durante los momentos de emergencia, debían ser moderados. Veinte pesos por arroba era una extorsión completa, partiendo del dato de que el valor de la yerba probablemente no superaba los 4 pesos. Tales incidentes tiñeron las relaciones comerciales sobre los ríos Paraná-Paraguay. Los paraguayos usualmente responsabilizaban a los porteños por la actitud desfavorable o egoísta de los gobiernos en las provincias intermediarias, aun cuando éste no fuera el caso. 
   
Por su parte, los portugueses sacaron ventaja de los conflictos entre las posesiones españolas, y comenzaron a presionar a lo largo de la frontera. Ocuparon temporariamente el asentamiento paraguayo de Borbón, ubicado bien al norte sobre el río Paraguay, justo al sur del Mato Grosso. Los indios del Chaco, a veces respaldados por los portugueses, también obtuvieron ventajas de la confusión en el Alto Plata, y atacaron en forma impune los asentamientos paraguayos. La división del Alto Plata entre entidades antagónicas y mutuamente separadas era una realidad presente a tan sólo dos años del comienzo del movimiento independentista. Como Whigham señala en su tesis, los factores políticos impedían la integración económica de la región rioplatense, y por ende, su emergencia como una entidad política diferenciada. (6)
   
En un esfuerzo por encontrar algún amigo entre tantos enemigos, la Junta de Paraguay comenzó negociaciones directas con José Gervasio Artigas, el jefe oriental cuyas tropas por esta época ocupaban partes de Corrientes, Misiones, Entre Ríos y la Banda Oriental. Buenos Aires consideraba estos contactos diplomáticos como una afrenta a su propia autoridad, pero los contactos entre los paraguayos y Artigas nunca llegaron demasiado lejos. Mientras los primeros estaban principalmente interesados en conservar los ríos abiertos, Artigas tenía un proyecto económico y político realmente alternativo al poder porteño, razón por la cual los gobiernos de Buenos Aires utilizaron cualquier medio para eliminar este foco "subversivo" de amenaza oriental -llegando al extremo de aceptar años más tarde la invasión portuguesa a la Banda Oriental-. Si bien la Junta paraguaya se excusó de un entendimiento a espaldas de Buenos Aires, el conocimiento de la existencia de las negociaciones intensificó los resentimientos del Triunvirato. Este inició una política de sanciones económicas que llevó las relaciones entre Buenos Aires y Asunción a un punto crítico.
   
En septiembre de 1812 los porteños decretaron un doble impuesto sobre el tabaco paraguayo -3 pesos por arroba-. Para dejar en claro esta medida, también establecieron un puesto oficial de impuestos sobre mercancía en el puerto de Corrientes. El tratado de 1811 no permitía impuestos tan elevados, pero los porteños sentían en ese momento la necesidad de emplear cualquier medio para restablecer su control sobre Paraguay. (7)  En respuesta a las protestas de la Junta de Asunción, los funcionarios porteños respondieron: “Ustedes han visto con fría indiferencia nuestros peligros y no sólo no han intentado cooperar en la defensa común sino que han abandonado Buenos Aires a su suerte (...). ¿Quién tiene entonces el derecho a expresar su insatisfacción por una infracción al Tratado?” (8) En efecto, luego de aprobar el tratado de octubre, el Triunvirato porteño había reclamado los auxilios convenidos. La Junta paraguaya negó su cooperación, alegando la imposibilidad de enviar tropas por falta de armas y por los peligros de la amenaza portuguesa. La decisión además era avalada por la opinión pública, contraria al envío de soldados por el recuerdo de las penurias sufridas por los contingentes destacados en época de las invasiones inglesas. (9)
   
Estas acciones causaron rápidamente la caída de los elementos proporteños, todavía activos dentro de Paraguay, especialmente los comerciantes de Asunción. Algunos abandonaron el Alto Plata definitivamente y se asentaron en las provincias ubicadas al sur. Otros se fueron a sus propiedades rurales donde esperaron la llegada de tiempos mejores. En verdad, algunos reaparecieron sólo muchos años después, cuando la apertura del Paraná-Paraguay parecía prometer un "boom comercial". (10) 
   
Los terratenientes se opusieron a Buenos Aires y encontraron al campeón de su causa en José Gaspar Rodríguez de Francia, uno de los caracteres más singulares en la historia de América del Sur. Francia, abogado y miembro de la elite terrateniente, tuvo como objetivo la separación incondicional de Paraguay respecto de Buenos Aires. Llamado a retornar al gobierno incluso por sus más enconados enemigos, impuso la condición de que los presuntos partidarios de Buenos Aires fueran neutralizados y de disponer de la fuerza militar.
   
Rodríguez de Francia, en nota de noviembre de 1812 a Buenos Aires, afirmaba que los vínculos federativos sólo subsistían en apariencia, puesto que no había "armonía, amistad y correspondencia" de parte de Buenos Aires. Además la Junta paraguaya preguntaba al Triunvirato si el estímulo a la revolución y a desechar a los antiguos mandatarios había sido "para establecer sobre sus ruinas el imperio de un nuevo yugo". (11)  Buenos Aires destacó entonces a Nicolás de Herrera con la misión de persuadir al gobierno paraguayo de las ventajas de adherirse al sistema federativo y de que concurriera a la Asamblea a reunirse en Buenos Aires a comienzos de 1813.
   
Los paraguayos dilataron su respuesta durante varios meses lo que exasperó al enviado porteño. Un congreso general que debía considerar sus propuestas fue postergado reiteradamente hasta que finalmente se reunió a fines de septiembre de 1813. Herrera debió esperar en vano que la asamblea escuchara su alegato en favor de la reincorporación de Paraguay al sistema encabezado por Buenos Aires (con la amenaza de la asfixia económica en caso de oposición). El único diputado que intentó levantar la voz en su favor fue expulsado del recinto y el Congreso resolvió por unanimidad no enviar diputados a Buenos Aires. El 12 de octubre proclamó la República, rompiendo simultáneamente los lazos con España y Buenos Aires. (12) El gobierno de Buenos Aires ordenó a Herrera que no llevase a cabo ningún acto que pudiera ser invocado como reconocimiento del nuevo gobierno paraguayo, situación que se mantendría por muchos años.
   
La llegada de la Suprema Dictadura de Rodríguez de Francia en octubre de 1814 implicó el fin de cualquier ingreso comercial fácil en el Alto Plata. El valor total de las exportaciones paraguayas cayó de 391.233 pesos en 1816 a 291.564 pesos en 1818, 191.852 pesos en 1819 y 57.498 pesos en 1820. Las importaciones cayeron de 83.640 pesos en 1816 a 58.480 pesos en 1818 y 42.643 pesos en 1819. Alcanzaron el monto de 69.647 pesos al año siguiente debido a un breve levantamiento del bloqueo contra Paraguay, pero en 1821 descendieron a 44.346 pesos y finalmente alcanzaron el bajo valor de 4.824 pesos en 1822. (13)
   
La declinación del comercio fue realmente importante en la historia subsiguiente del Alto Plata. Por un lado, significó el fin de los principales establecimientos comerciales de Asunción. La intransigencia porteña, y más tarde artiguista, hizo realmente difícil el tránsito de barcos desde la capital paraguaya, y las políticas de Rodríguez de Francia destruyeron la influencia mercantil en Asunción. Por otro lado, el colapso comercial implicó la reorientación de la mayor parte de la economía paraguaya de la producción monetaria orientada al intercambio hacia la producción agropecuaria orientada a la economía de subsistencia. (14)
   
Whigham sostiene que el ascenso del sector terrateniente estuvo vinculado a la declinación de la industria yerbatera. Amplias poblaciones de yerberos y otros peones, quienes hasta hacía poco tiempo habían aportado yerba al mercado de exportación, a partir de ese momento se convirtieron en agricultores. La fácil transición hacia la exportación de tabaco en la década de 1850 habría sido probablemente muy dificultosa si este grupo de productores agropecuarios no hubiese demostrado algún apoyo al régimen de Rodríguez de Francia. (15)
   
A pesar de la caracterización de aislacionista que usualmente recibe el régimen paraguayo de Rodríguez de Francia, éste no cerró completamente la puerta del comercio paraguayo con el mundo exterior, aunque no estaba interesado en el comercio para su propio beneficio económico sino como instrumento funcional a sus objetivos políticos. Más bien, el Dictador organizó el comercio de modo tal de reforzar la autoridad estatal y asegurar la unificación interna con un mínimo de amenaza externa. En el sur de Paraguay, el régimen de Rodríguez de Francia mantuvo un pequeño "puerto libre" en Itapúa. Otro puerto importante aunque pequeño era Pilar del Ñeembucú, ubicado al norte de la confluencia del río Paraguay con el Paraná. (16)
   
Aún durante los períodos más conflictivos algunos artículos de comercio hicieron su ruta desde Pilar a los puertos ubicados río abajo y viceversa. En 1818, por ejemplo, las Guías de Aduana porteñas registraron el arribo de amplias cargas de yerba, tabaco, y otros productos desde Paraguay. Al comienzo de dicho año, el doctor Francia recibió un mensaje del nuevo gobernador de Corrientes, Juan José Fernández Blanco, ofreciendo al mandatario paraguayo la apertura del comercio fluvial. (17)
   
La década de 1820 marcó el comienzo de un comercio limitado pero regular entre Pilar del Ñeembucú y Corrientes. Además de los beneficios generados por este proceso, la conexión Pilar-Corrientes satisfizo los intereses políticos de estos actores del Alto Plata y contrarió el deseo de los porteños de conservar divididas a las que consideraba como dos provincias que debían estar bajo su autoridad. Es que los estancieros y pequeños propietarios de tierra del interior de la provincia de Corrientes persiguieron sus propios intereses y además compartían el disgusto de los paraguayos hacia los porteños. Pero la debilidad del estado correntino significaba que su existencia independiente era inviable a largo plazo, dato bien registrado por los porteños. (18)  Desde el momento mismo del inicio de la etapa independentista, Buenos Aires percibió a Paraguay y a Corrientes como provincias rebeldes a su autoridad y, por lo tanto, ejemplos peligrosos para otras provincias del Río de la Plata. Como lo atestiguan los años de la experiencia rosista, Corrientes, en rebeldía contra la política comercial de Buenos Aires, fue uno de los ámbitos de lucha entre rosistas y antirrosistas. Asimismo, el gobierno correntino, contrariando los expresos intereses de Rosas, firmará como veremos en los capítulos correspondientes, sendos tratados comerciales con los gobiernos de Montevideo y Paraguay, vinculaciones nada simpáticas al Restaurador de las leyes.

  1. Thomas Lyle Whigham, The Politics of River Commerce in the Upper Plata, 1780-1865, Ph.D. dissertation, Stanford University, 1986, pp. 27-29.

  2. Ibid., p. 29.

  3. Declaración citada en John Hoyt Williams, Dr. Francia and the Creation of the Republic of Paraguay, 1810-1814, Ph.D. dissertation, University of Florida, 1969, p. 172, cit. en ibid., p. 32.

  4. J.H. Williams, op.cit., pp. 173-4, cit. en ibid., pp. 32-33.

  5. J.H. Williams, p. 193, cit. en ibid., p. 34.

  6. Ibid., pp. 34-35.

  7. Julio César Chaves, Historia de las relaciones entre Buenos Ayres y el Paraguay, 1810-1813, Buenos Aires, 1959, p. 192, y Jerry W. Cooney, "The Rival of Dr. Francia: Fernando de la Mora and the Paraguayan Revolution", unpublished article, cit. en ibid., pp. 35-36.

  8. J.H. Williams, op. cit., p. 203, cit. en ibid., p. 36.

  9. Efraím Cardozo, Breve historia del Paraguay, Buenos Aires, EUDEBA, 1965, p. 55.

  10. T.L. Whigham, op. cit., p. 36. 

  11. E. Cardozo, op. cit., p. 56.

  12. Ibid., pp. 56-57.

  13. Datos en Richard Alan White, Paraguay's Autonomous Revolution, 1810-1840, Albuquerque, 1978, p. 82, cit. en T. L. Whigham, op. cit., p. 40.

  14. Ibid., pp. 40-41.

  15. Ibid., p. 42.

  16. Ibid.

  17. Guías de Aduana de Buenos Aires, 1817-1818, Archivo General de la Nación,  X-37-1-16, cit. en ibid., p. 43.

  18. Ibid., p. 44.

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