La lucha por el dominio de la Banda Oriental
Volvamos
hacia atrás en el relato. Como ya quedó claramente establecido en el Capítulo
2, la disputa entre el gobierno de Buenos Aires y Portugal por la Banda Oriental
fue heredada de los más que centenarios conflictos previos entre españoles y
portugueses. Es conocido el hecho de que, a pesar de la vigencia del monopolio
comercial español -por el que las colonias hispanoamericanas debían comerciar
sólo con España-, los comerciantes porteños
intercambiaban sebo o cueros a cambio de productos británicos en Colonia
del Sacramento, foro predilecto de los comerciantes portugueses y británicos.
Los productos ingleses adquiridos por los mercaderes porteños eran luego
contrabandeados a las provincias de Buenos Aires y el Litoral. Es interesante
observar al respecto que desde principios del siglo XIX el gaucho bonaerense
utilizaba entre sus vestimentas típicas productos de origen inglés -tal es el
caso de, por ejemplo, las espuelas de metal, provenientes de centros
industriales británicos como Liverpool, y las bombachas pampeanas, importadas
de Turquía por los británicos-. De este modo, desde la época colonial se fue
forjando -de facto y no de iure- una comunidad de intereses entre
los comerciantes ingleses, portugueses y porteños, identificados con la
libertad de intercambio. Esta comunidad de intereses nada tenía que ver con las
nacionalidades, reales o ficticias, a la vez que trascendía los límites entre
las jurisdicciones. En este interesante fenómeno la Banda Oriental cumplió un
papel doblemente significativo, como visagra entre Buenos Aires y Gran Bretaña,
y entre la primera y Portugal. Pero este papel de visagra, sumado a la
competencia más que centenaria entre hispano y lusoparlantes por la posesión
de esas tierras, convertiría a la Banda Oriental en el foco de algunos de los más
enconados conflictos que tuvo que afrontar el Río de la Plata en los primeros años
de su vida autónoma.
A
partir de la Revolución de Mayo y la instalación de la Primera Junta en Buenos
Aires en mayo de 1810, los marinos españoles descontentos con el nuevo régimen
se refugiaron en Montevideo donde organizaron la oposición bajo los auspicios
del ex virrey Cisneros, de la infanta Carlota y del ministro español en Río de
Janeiro, marqués de Casa Irujo. El 1º de junio de 1810, el Cabildo de
Montevideo resolvió reconocer a la Junta de Buenos Aires bajo ciertas
condiciones a estudiarse por una comisión especial. Pero al día siguiente llegó
la noticia de la instalación del Consejo de Regencia en Cádiz, lo que produjo
un cambio en la actitud del Cabildo montevideano, pues el 6 de junio hizo
notificar a Buenos Aires que sólo reconocería a su gobierno si éste a su vez
expresaba su adhesión al Consejo. Entonces los miembros de la Junta, que en
modo alguno estaban dispuestos a reconocer a ninguna autoridad española
alternativa a la del rey Fernando VII, encomendaron en misión especial a
Montevideo a su secretario Juan José Paso, quien expuso ante el Cabildo de
Montevideo los motivos por los cuales Buenos Aires no reconocía al Consejo de Cádiz
y exhortó a unir todos los esfuerzos ante la amenaza de una posible expansión
portuguesa y demás enemigos exteriores. Pero Paso no logró convencer al
Cabildo montevideano y concluyó su misión.
Ante
el inminente conflicto con Buenos Aires, las autoridades españolas de
Montevideo solicitaron el apoyo de los marinos británicos destacados en el Río
de la Plata, de la infanta Carlota y de su consorte el príncipe regente de
Portugal, alegando los derechos eventuales de la princesa al trono español y
los intereses comunes de España y Portugal en la lucha contra Napoleón. El
capitán Elliot, jefe naval británico, se excusó de intervenir, fiel a la línea
prudente del Foreign Office. Por su parte, la infanta Carlota ofreció a los
montevideanos ayuda militar a través de su enviado Felipe Contucci, pero el
gobierno de Montevideo no se animó a aceptar el apoyo portugués.
Estos
manejos fueron denunciados el 1º de agosto de 1810 por la Junta de Buenos Aires
a lord Strangford como una amenaza a la integridad de las posesiones españolas
que Gran Bretaña estaba en el deber de impedir. A la vez, la Junta porteña
cortó comunicaciones con Montevideo, y el gobernador realista José María
Salazar contestó con la declaración del bloqueo de Buenos Aires, pidiendo además
el auxilio de los buques británicos para hacer efectivo dicho bloqueo.
Finalmente,
el 25 de octubre de 1810 el agente De Courcy, enviado por Londres, señaló al
gobierno de Montevideo la necesidad de limitar el bloqueo para no dañar los
intereses mercantiles británicos. Montevideo aceptó y esta limitación anuló
de hecho los efectos negativos del bloqueo tanto para Buenos Aires como para los
británicos. Fue un triunfo diplomático de la Junta porteña. El Consejo de Cádiz,
en reclamo presentado al Foreign Office el 19 de marzo de 1811, protestó contra
la actitud de los agentes británicos, que para el Consejo de Regencia
representaba una intromisión de Gran Bretaña en asuntos españoles.
El
segundo capítulo de las disputas entre Montevideo y Buenos Aires se inició
cuando la Junta porteña rechazó las pretensiones del virrey Francisco Javier
de Elío, gobernador y comandante en jefe español de Montevideo, reemplazante
de Salazar, quien pretendió ser reconocido en calidad de tal por la Junta de
Buenos Aires y exigió a esta ciudad el envío de diputados a las Cortes. La
Junta rechazó las pretensiones de Elío y se negó a recibir a su enviado. Como
respuesta, Elío decretó un segundo bloqueo a Buenos Aires.
Casi
simultáneamente con la llegada del nuevo virrey a Montevideo, emergió en la
Banda Oriental un movimiento rural insurgente liderado por José Gervasio
Artigas. La rebelión fue proclamada por un grupo capitaneado por Venancio Benavídez
el 28 de febrero de 1811, hecho que se ha llamado el Grito de Asencio. Con el
fin de apoyar la acción de los patriotas uruguayos, la Junta de Buenos Aires
ordenó al general Manuel Belgrano, todavía en el Paraguay, marchar con sus
tropas a la Banda Oriental, al mismo tiempo que le enviaba refuerzos desde
Buenos Aires. Estos, al mando de José Rondeau, se dirigieron hacia Arroyo de la
China y este militar quedó finalmente al mando de todas las tropas porteñas
cuando Belgrano debió dirigirse a Buenos Aires a rendir cuentas por el
resultado de su expedición al Paraguay. En mayo de 1811, Elío solo dominaba
Montevideo y Colonia pues el ejército patriota había logrado avanzar hasta
Canelones. Artigas llegó primero a Montevideo e intimó la rendición de la
ciudad, que quedó sitiada. Rondeau no creyó posible tomar la ciudad por asalto
y acampó en Miguelete.
La
persistencia del sitio de Montevideo motivó que Elío aceptara la ayuda militar
ofrecida por la corte lusitana desde tiempo atrás. Este suceso otorgaba al príncipe
regente y a la infanta Carlota la oportunidad esperada para concretar sus deseos
de dominar el Río de la Plata. En consecuencia, Portugal envió tropas hacia la
Banda Oriental. Por su parte, el embajador británico lord Strangford no sólo
protestó contra la invasión lusitana, sino que también se ofreció a mediar
entre el gobierno de Buenos Aires y el de Montevideo. El regente de Portugal
deseaba también intervenir en la mediación, con la esperanza de conseguir algo
para sí.
Pero
la vulnerabilidad de la posición del gobierno de Buenos Aires a causa de los
dos cañoneos sufridos por la ciudad, la derrota de las fuerzas patriotas en el
Alto Perú, que dejaba todo el norte a merced de los realistas, y el avance
portugués en la Banda Oriental llevaron a la Junta a entrar en negociaciones
con Elío para eliminar uno de los frentes de lucha. El Primer Triunvirato,
sucesor de la Junta, concertó con Elío una tregua en un tratado firmado en
Montevideo el 20 de octubre de 1811, que restablecía el dominio español sobre
la Banda Oriental y una parte de Entre Ríos, y disponía el levantamiento del
sitio de Montevideo y del bloqueo a Buenos Aires. No obstante, el tratado
firmado por los enviados del gobernador montevideano y del gobierno porteño rápidamente
mostró sus debilidades. Fue desaprobado por las Cortes de Cádiz, rechazado por
la princesa Carlota de Portugal -que lo consideraba fruto de la debilidad de Elío-,
y también objetado por el caudillo Artigas, quien alegaba que dado su carácter
de "Jefe de los Orientales" debía haber tenido participación en la
negociación. En consecuencia, éste resolvió no aceptar lo dispuesto por el
acuerdo y, llevando consigo a una gran parte de la población uruguaya -unas
16.000 personas-, se dirigió a Ayuí, Entre Ríos, en un movimiento para huir
de realistas y portugueses conocido como el "éxodo oriental". (1)
De
esta manera, surgió Artigas como caudillo campeón de la independencia de
Montevideo, desafiando tanto al gobernador de dicha ciudad, el realista Elío,
como a la corte portuguesa en Brasil. El nuevo gobernador español Gaspar de
Vigodet, reemplazante de Elío pero ya sin el título de virrey, exigió el
inmediato retiro de Artigas. Pero como el Triunvirato había acordado a éste un
socorro de 5.000 hombres, Vigodet declaró roto el armisticio y decretó
nuevamente el bloqueo de Buenos Aires. El Triunvirato propuso entonces retirar a
Artigas a cambio del retiro de los portugueses. Por su parte el jefe de las
tropas portuguesas, Diego de Souza, buscando un pretexto para no abandonar la
Banda Oriental exigió también el retiro de Artigas y que el Triunvirato lo
declarara rebelde, lo que el gobierno porteño no aceptó y por lo cual los
portugueses no se retiraron.
Planteada
esta situación, el Triunvirato comunicó a Strangford su intención de dirigir
a Souza un ultimátum exigiendo su inmediato retiro, bajo amenaza de declararle
la guerra en caso de resistirse. Este fue enviado en abril de 1812. Lord
Strangford asumió una enérgica acción ante la actitud portuguesa, pues no podía
tolerar la guerra entre Buenos Aires y el Brasil portugués en momentos en que
Gran Bretaña estaba aliada con España a causa de la ocupación napoleónica, y
se encontraba además en guerra con Estados Unidos. Strangford exigió que
Portugal se declarara neutral en las cuestiones internas del Río de la Plata.
En oficio de abril de 1812 informó al gobierno de Buenos Aires que la corte de
Brasil iba a enviar al teniente coronel Juan Rademaker para negociar un
armisticio sobre la base de la evacuación de las tropas lusitanas y españolas
-entendiéndose por estas últimas las que obedecían al gobierno provisional de
Buenos Aires que mandaba en nombre del rey Fernando VII- a sus respectivas
fronteras, lo cual tendría la garantía de Gran Bretaña. Strangford mencionaba
su deseo de que la negociación comprendiera también a la plaza de Montevideo.
La noticia fue recibida con beneplácito en Buenos Aires. El mismo día de su
llegada a esta ciudad -26 de mayo de 1812-, Rademaker firmó un armisticio con
el secretario del gobierno Nicolás Herrera, estipulando que no podrían
reanudarse las hostilidades sin un preaviso de tres meses y que se impartirían
las órdenes para que las tropas de las partes contratantes se retiraran. Pero
el conflicto de Montevideo quedó pendiente porque el Triunvirato no aceptó la
inclusión de esa plaza en el acuerdo. El armisticio Rademaker-Herrera fue el
primer tratado internacional celebrado por las Provincias Unidas con una
potencia extranjera. El príncipe regente ratificó el armisticio y ordenó a
Souza -que se resistía- evacuar el territorio oriental. Luego presentó al
gobierno de Buenos Aires algunas reclamaciones por el comportamiento de Artigas,
que mantenía un estado de alarma en la frontera. (2)
Por
su parte, el Triunvirato, considerando que obtenida la neutralidad del Brasil y
el retiro de las tropas de Souza sería inútil toda resistencia de los españoles
de Montevideo, envió al coronel Marcos Balcarce y al consejero Manuel José
García a proponer la reincorporación de la Banda Oriental al resto de las
provincias del Río de la Plata. Los emisarios no fueron recibidos por Vigodet
pero le enviaron la propuesta que éste rechazó a principios de septiembre.
Esto provocó que el 20 de octubre de 1812 se iniciara el segundo sitio de
Montevideo, justo un año después de haberse levantado el primero. (3)
Resulta
interesante observar cómo la rivalidad entre Portugal (cuyo gobierno y corte
estaban asentados en Río de Janeiro) y Buenos Aires por el territorio de la
Banda Oriental estaba alimentada por los temores de la monarquía portuguesa (y
posteriormente la brasileña) de que la causa republicana se extendiera
subversivamente a su propio territorio. Testimonio de este temor es la nota de
1813 del intendente de policía de la corte de Portugal, Paulo Fernández de
Vianna, que decía:
El
proyecto de estos revolucionarios (de Buenos Aires) consiste, por ahora, en
malquistar a los de Montevideo con nuestra corte y mostrarse como mejores, pero
lo que está asentado en acuerdo fundamental de la revolución es que apenas se
consolide la de ellos, revolucionar las provincias del Brasil y hasta mismo
separarse de Inglaterra cuando dejen de precisar de ella. (4)
También
reclamaría la corte del Brasil por el decreto dictado por la Asamblea General
Constituyente el 4 de febrero de 1813 que otorgaba la libertad a todo esclavo
por el hecho de pisar suelo argentino. Por mediación de Strangford se obtuvo la
modificación de ese decreto a fin de excluir a los esclavos fugitivos de
Brasil.
Por
otro lado, la aparición de Artigas en el Litoral implicó una revolución
social que rompió con los clivajes sociales previos e incluso resultó
demasiado radical para el gobierno de Buenos Aires. No obstante, cuando se
estableció el Segundo Triunvirato en octubre de 1812, éste repudió el acuerdo
anterior con los realistas de Montevideo y estableció una alianza corta y
bastante hipócrita con Artigas. Pero mientras esta alianza militar estaba
vigente, el gobierno de Buenos Aires se movilizó para dejar al caudillo
oriental fuera de la Asamblea Constituyente de 1813. Como consecuencia de esta
traición, Artigas y sus fuerzas abandonaron al ejército de Buenos Aires, que
sitiaba Montevideo pero aún no había logrado tomarla, y se marcharon hasta las
orillas del río Uruguay, acción que todavía es objeto de debate y que algunos
explican por el supuesto temor de Artigas a que la caída de Montevideo
fortaleciera a Buenos Aires en contra de él y su causa. El gobierno de Buenos
Aires lo declaró traidor y envió fuerzas a combatirlo pero éstas fueron
vencidas.
Mientras
tanto enviado con refuerzos desde Buenos Aires, el general Carlos María de
Alvear se dirigió a la Banda Oriental donde reemplazó a Rondeau en el mando de
las tropas. Por su parte el almirante Guillermo Brown había establecido el
bloqueo marítimo a Montevideo. Rodeado por agua y por tierra, el gobernador
español Vigodet se vio obligado a entrar en negociaciones con Alvear y el 23 de
junio de 1814 Montevideo se rindió a las tropas de Buenos Aires.
En julio, el gobierno de Buenos Aires nombraba a Nicolás Rodríguez Peña
gobernador intendente de la Provincia Oriental. Persuadido de que el artiguismo
representaba una fuerza difícil de vencer y útil de conquistar, Alvear llegó
a un acuerdo con representantes de Artigas a comienzos de julio, por el cual se
restablecía el honor y la reputación de Artigas y se lo nombraba comandante de
campaña de la Banda Oriental. Poco después, luego de dejar sus tropas a las órdenes
de Soler y Dorrego, Alvear regresaba a Buenos Aires.
No
obstante, al poco tiempo recrudeció la lucha entre porteños y orientales.
Artigas renovaba su alianza con los caudillos del Litoral y se convertía rápidamente
en una figura dominante en la región. A su vez, el gobierno de Buenos Aires
intentaba derrotarlo militarmente. La guarnición de Montevideo fue reforzada y
volvieron a producirse choques con las fuerzas artiguistas. Dorrego derrotó a
Otorgués, pero en enero de 1815 fue vencido por Fructuoso Rivera. En
consecuencia, el general Alvear, nuevo director supremo, ordenó a las tropas de
Buenos Aires la evacuación de Montevideo. En febrero de 1815, Otorgués fue
designado por Artigas gobernador militar de Montevideo. Consolidada la autoridad
de Artigas en la Banda Oriental, el caudillo rápidamente extendió su zona de
influencia a Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe y también a Córdoba; incluso a
las Misiones orientales por la acción de su hijo adoptivo.
De
esta manera, Artigas estableció la denominada Liga de los Pueblos Libres, que
tenía un fuerte elemento de protesta social. Artigas buscaba una completa
participación política para las clases más bajas y para los grupos raciales
subordinados. Desde la perspectiva comparativamente conservadora de Buenos
Aires, Artigas se había convertido en un grave peligro para la unidad
revolucionaria y para el orden establecido. No obstante, su influencia decrecería
poco tiempo después, cuando cometió el error de rehusar mandar delegados al
Congreso de Tucumán de 1816.
Sin
duda, y durante varias décadas posteriores al reconocimiento formal de la
independencia uruguaya, los asuntos internos uruguayos y argentinos no pudieron
ser separados y formaron parte de la misma realidad doméstica. En este plano
podemos ser testigos nuevamente de hasta qué punto fue y aún es artificial
hablar técnicamente de auténticas nacionalidades diferenciadas en la América
hispana. Otra conclusión que surge claramente de estos eventos es que un orden
social y político que se deshace no es reemplazado por otro con facilidad. Por
el contrario, la crisis que emergió era generalizada, y prácticamente todo
estaba sujeto a la duda y a la disputa.
Por
cierto, Artigas y su pretensión de extender su influencia al Litoral planteó
un dilema complicado para el director supremo Alvear. Este no pudo llegar a un
acuerdo con el caudillo oriental ni por la vía diplomática ni por la fuerza de
las armas. Las tres misiones diplomáticas (del ministro Herrera, el coronel
Galván y el almirante Brown) fracasaron estrepitosamente, y cuando se apeló a
la fuerza, se produjeron deserciones de ejércitos enteros que apoyaban a
Artigas. Finalmente Alvear cayó derrocado por su propia debilidad. El ejército
del Alto Perú le negó obediencia, el general José de San Martín apoyó desde
Mendoza esta actitud rebelde, y el Cabildo de Buenos Aires, a pesar de sus
manifestaciones públicas contra Artigas, pidió el derrocamiento del director.
(5)
Por
otra parte, debido a la situación europea a partir de 1815, con el regreso de
Fernando VII al trono español, la diplomacia británica decidió bajar sus
decibeles en la cuestión de la Banda Oriental, que resultaba un tema sensible
para la diplomacia española; el embajador Strangford cumplió instrucciones en
este sentido frente a sus interlocutores en la corte de Río de Janeiro. Pero la
corte y los ministros brasileños, más allá de las reticencias británicas en
este tema, aún acariciaban planes de conquista en el Río de la Plata.
Durante
mucho tiempo se habían desarrollado negociaciones secretas con un partido porteño.
Por cierto, las intrigas de la infanta Carlota, alentadas por patriotas porteños,
habían continuado después de la Revolución de Mayo. La conflictiva situación
interna del Río de la Plata hacía que la corte portuguesa en Brasil
pretendiera presentarse ante los miembros del gobierno de Buenos Aires como una
posible tabla de salvación para paliar esa inestabilidad interna. Como
ilustración de esta pretensión, véase la siguiente carta a la Junta porteña
del enviado portugués, Carlos J. Guezzi, que afirmaba:
V.E.
ha sentido ciertamente que la solucion de estas importantes questiones, dependia
substancialmente de la union de todas las Provincias, que componen el Vireynato,
del establecimiento de un govierno provisional que representase el anterior
poder egecutivo, y de la garantia que el mismo govierno ofreciese en sus
relaciones interiores y exteriores en virtud de su organisacion.
Con este fin V.E. ha solicitado la reunion de deputados de las provincias, para
que se encargaran provisionalmente del govierno del vireynato. Si este plano se
hubiera realizado no dudaria un instante en asegurar que la corte de Brazil, en
union con el comun aliado el Rey de la Gran Bretaña hubieran garantido el nuevo
orden de cosas. Pero infelismente la division de opiniones se ha manifestado
desde el principio, y los intereses personales sufocando el espiritu de
moderacion, y templanza hacen recelar que sea ya imposible la reunion de
opiniones sin convulsion, y medidas ruidosas, que deven necesariamente inquietar
la potencia que tiene un interes mas inmediato en la quietud y orden de estas
Provincias.
En tal estado de cosas ¿no seria acaso conveniente que la corte del
Brazil interpusiese sus buenos oficios para la convocacion de deputados, para el
establecimiento de un orden fixo, e invariable de administracion provisional, y
que saliese garante del nuevo sistema de govierno? (6)
Más
adelante, cuando ya había emergido la amenaza artiguista, y cuando para colmo
el regreso de Fernando VII al trono de España suscitó temores de una expedición
española de reconquista, el partido carlotista porteño tuvo nuevamente motivos
para aceptar la intervención de Portugal en la Banda Oriental. Esto no
significa, por supuesto, que dicha política tuviera consenso en Buenos Aires.
Por cierto, el director supremo Antonio González Balcarce cayó por la fuerte
oposición en Buenos Aires a su política de no socorrer a la Banda Oriental,
cuando se conoció la noticia de la invasión portuguesa. (7)
Sin
embargo, cuando llegaron a Brasil tropas portuguesas de Europa, ni la oposición
de algunos sectores porteños ni las protestas británicas sirvieron de mucho. A
fines de junio de 1816, las tropas portuguesas entraron en territorio de la
Banda Oriental y en enero de 1817, el general Carlos Federico Lecor ocupó
Montevideo. Por otra parte, e ilustrando claramente la inexistencia de un Estado
nacional argentino y la debilidad del sentimiento de nacionalidad aun frente a
los lusoparlantes, la ocupación portuguesa de la Banda Oriental fue aceptada
por el Congreso de Tucumán como represalia a la convocatoria de Artigas a las
provincias del Litoral para que se le unieran, efectuada en la localidad de
Paysandú el año anterior, y a la persistencia del caudillo en su negativa a
someterse a la autoridad del director supremo y del Congreso. (8)
Según
la mayoría de los historiadores argentinos, el director supremo Juan Martín de
Pueyrredón, reemplazante de Antonio González Balcarce, realizó una serie de
vanos esfuerzos tendientes a negociar con Artigas la reincorporación de la
Banda Oriental al resto de las Provincias Unidas y la sumisión del caudillo al
gobierno central. Cumplidos estos pasos Artigas habría recibido auxilio para su
lucha contra los portugueses. Pero el fracaso de Pueyrredón fortaleció los
argumentos de aquellos sectores que desde el gobierno de Buenos Aires eran
partidarios de la invasión lusitana y la incorporación de la Banda Oriental a
la corte de Portugal como un precio aceptable a cambio de la eliminación de la
amenaza artiguista, que no sólo era subversiva en lo social sino que podía
llevar consigo, en su impulso secesionista, a las provincias del Litoral.
La
existencia dentro del gobierno porteño de voces que veían en la anexión de
las provincias del Plata a la autoridad del rey de Portugal la forma de lograr
una estabilidad política que Buenos Aires buscaba afanosamente desde 1810 se
encuentra documentada en la correspondencia de la época. Asimismo aparecen los
peligros implícitos en tal postura. Ejemplo de ello es la nota enviada por
Henry Chamberlain al vizconde Castlereagh en julio de 1816, precisamente cuando
en Tucumán se declaraba solemnemente la independencia de las Provincias Unidas
del Sur:
El
importante contenido de este Despacho espero que impondrá a V.E. de las miras
de este Gobierno respecto de sus vecinos sureños, y aclarará el misterio que
durante tanto tiempo ha obscurecido la verdadera razón por la cual la División
al mando del General Lecor fue separada del ejército de Portugal.
Este propósito, Milord, es nada menos que apropiarse de todas las Provincias
que constituían el antiguo Virreinato de Buenos Ayres mediante un entendimiento
secreto con las personas al frente de los Gobiernos locales y anexarlas al Reino
del Brasil con el título de "Imperio de la América del Sur". (...)
Sin embargo, el proyecto no es nuevo en forma alguna, y los diversos Gobiernos
de Buenos Ayres lo han suscitado en varias ocasiones desde el año 1810 hasta el
día de hoy, cuandoquiera que han experimentado serios temores de peligro, y
habiéndose convencido ahora por la triste experiencia de seis años de males
que es imposible alcanzar la Independencia por sus propios medios, los jefes de
todos los partidos parecen haber resuelto poner fin a la revolución y arrojarse
en brazos del Rey de Portugal y Brasil (que durante mucho tiempo ha deseado
secretamente poseer esas excelentes Provincias) como el solo medio de lograr los
dos únicos grandes objetivos por los cuales confiesan que han estado realmente
luchando en los últimos tiempos -comercio libre con el resto del mundo, y
seguridad contra las consecuencias que temen si llegan alguna vez a encontrarse
nuevamente bajo su antiguo soberano (...)
(...) Mientras tanto, no hay razón para creer que Artigas esté al tanto de
este arreglo, aunque es por cierto probable que los Diputados enviados
recientemente desde Buenos Ayres para tratar con este Jefe tengan encargo de
ganarlo a su causa, lo que es imposible, sin embargo, según dicen sus amigos de
aquí. Si llevan una Misión semejante y no tienen éxito, o si Artigas descubre
que el Gobierno de Buenos Ayres está tratando de engañarlo, no me sorprendería
que constituya un fatal obstáculo para la ejecución del proyecto. (9)
Este proyecto del gobierno de Buenos Aires de anexión al dominio portugués, con sus muchas indecisiones y ambigüedades, fue evidenciado por el propio rey de Portugal, de quien, pocos días antes de su recién citada misiva, Chamberlain dijera que:
Reconoció que el "llamado" Gobierno de Buenos Aires (empleo la expresión de Su Majestad, el Rey de Portugal) deseó en una oportunidad unirse a él y formar un Estado, pero que ahora ellos habían cambiado por completo su manera de pensar y estaban resueltos a ser independientes y gobernarse por sí mismos. (10)
No
dejo de reconocer que los revolucionarios del Río de la Plata, desengañados
por no poder establecer tranquilamente el gobierno que pretendían, luchando
entre partidos que no han podido conciliarse, especialmente luego de que Artigas
desorganizó de su sometimiento a toda la margen oriental con la nueva toma de
Montevideo y amenaza asimismo a entrar en Buenos Aires, los ha llevado a la
desesperación que ocasiona la deserción que de allí han hecho los mismos
revolucionarios, que temen su llegada (...). (11)
Otro
testimonio de la complicada situación rioplatense, y de cómo este factor
justificaba la búsqueda de candidatos externos, es el comentario escrito
atribuido por Fernandez de Vianna a Gervasio Posadas:
Es
en general deplorable hasta el extremo la situación del país (...) las ideas
de federalismo encendidas y manifestadas, como nunca, han producido la rivalidad
de provincia a provincia, y de pueblo en pueblo (...).
La opinion de ser necesaria una persona de afuera con poder y relaciones para
que dirija nuestra independencia, en la boca de muy pocos, pero en el corazon de
muchos.
Yo ni habitaria el pais, sino esperara que pudiendo un dia ser mi influxo
bastante poderoso lo podre emplear en preparar la opinion en orden a
constituirnos bajo los auspicios del Principe Regente haciendo un solo estado
con los que hoy govierna, (...). (12)
NOTAS
Detalles del primer y segundo bloqueo a Buenos Aires en Daniel Antokoletz, "La diplomacia de la Revolución de Mayo y las primeras misiones diplomáticas hasta 1813", Academia Nacional de la Historia, Ricardo Levene (comp.), Historia de la Nación Argentina (desde los orígenes hasta la organización definitiva en 1862), vol. V, 2ª secc., Buenos Aires, Imprenta de la Universidad, 1939, pp. 314-316 y 320-321.
Ibid., pp. 327-331; Vicente D. Sierra, Historia de la Argentina, t. V, Buenos Aires, Ed. Científica Argentina, 1968, pp. 518-520.
D. Antokoletz, op. cit., pp. 330-331.
Documento Nº 380, nota de Paulo Fernández de Vianna al príncipe regente, Río de Janeiro, 7 de diciembre de 1813, República Argentina, Archivo General de la Nación, Política lusitana en el Río de la Plata, Colección Lavradio, tomo III: 1812-1815, Buenos Aires, 1964, pp. 130-131.
Para más detalles acerca de las negociaciones entre el director Alvear y el caudillo oriental Artigas, ver Carlos A. Pueyrredón, "Gestiones diplomáticas en América 1815-1817", Academia Nacional de la Historia, Ricardo Levene (comp.), op. cit., vol. VI, 1ª secc., Buenos Aires, El Ateneo, 1947, pp. 441-444 y pp. 454-455.
Documento Nº 191, nota de Carlos J. Guezzi a la Junta Provisional Gubernativa, Buenos Aires, 1º de agosto de 1810, Política lusitana en el Río de la Plata, op. cit., tomo II: 1810-1811, Buenos Aires, 1963, pp. 59-60.
C. A. Pueyrredón, op. cit., p. 493.
La
posición del gobierno de las Provincias Unidas -Directorio y Congreso-
frente a la invasión portuguesa ha sido objeto de debate entre los
historiadores y no parece haber sido definitivamente aclarada. Uno de los
puntos claves de la cuestión son las gestiones llevadas a cabo en la corte
de Brasil por el enviado del directorio Manuel José García. Este había
sido enviado a Río de Janeiro por el director Alvear. Al caer éste, su
sucesor Alvarez Thomas pidió a García que le hiciera conocer sus
anteriores instrucciones -pues nada había quedado en la secretaría- y que
informara sobre su comisión, luego de lo cual dio por concluida su misión.
García optó por quedarse en Brasil. Según Sierra, García debe haber
comunicado algo importante al gobierno de Buenos Aires para que el
secretario Gregorio Tagle lograra que el director lo repusiera en su comisión.
La renovación de su designación parece haber respondido a un plan dirigido
a colocar a las Provincias Unidas directamente bajo un protectorado portugués,
o a coronar en ellas a un príncipe de la Casa de Braganza. Esta solución
habría surgido en el gobierno de las Provincias Unidas debido a su extrema
vulnerabilidad, al tener varias provincias rebeladas contra su autoridad y
no poder contar con el apoyo inglés ni haber llegado a un acuerdo con España.
[Vicente D. Sierra, Historia de la Argentina, t. VI, Buenos Aires,
Ed. Científica Argentina, 1965, pp. 422-423.]
A fines de enero de 1816, García planteaba en una carta a Alvarez Thomas
algo que ha llamado la atención de los historiadores:
¿Cuál
será mejor? ¿Hacer nosotros solos, de nuestro propio caudal el negocio,
empeñándonos en inmensas sumas, y corriendo todos los riesgos, o
asociarnos a otro que nos puede asegurar los riesgos, aunque parta con
nosotros las utilidades? [C. A. Pueyrredón, "Gestiones diplomáticas
en América, 1815-1817, p. 479.]
Si
bien no está explícito el negocio en cuestión, puede inferirse de este
documento que García consideraba el hecho de dejar la Banda Oriental en
manos de Brasil, a cambio de eliminar a Artigas y asegurar la independencia
bajo la protección de Juan VI, un buen negocio.[V. D. Sierra, op. cit.,
VI, p. 427.]
Luego de otras comunicaciones en que García aconsejaba trabajar en favor de
la monarquía e informaba -aunque no oficialmente- haber entregado los
pliegos pero sin el resultado esperado, el comisionado envió el 5 de mayo
una carta (que será recibida por el nuevo director González Balcarce) en
que anunciaba como muy probable un ataque portugués al jefe de los
orientales. Mencionaba las razones alegadas por el rey de Portugal para el
mismo: la conducta de Artigas y sus subalternos que lo hacían un vecino
peligroso, las ventajas que había obtenido ante las tropas de Buenos Aires
y sus maniobras para sublevar las provincias occidentales, y la
imposibilidad de España de restablecer el orden. García señalaba además
que el hecho de haber reconocido el gobierno de Buenos Aires "la
absoluta independencia de aquellas Provincias" (las orientales) había
hecho cesar "el derecho que podían darles los tratados subsistentes
con esta corte, y del cual gozan los demás súbditos del gobierno de las
Provincias Unidas del Río de la Plata". A continuación García
informaba que ante el primer rumor de hostilidades había realizado todas
las gestiones que cabían. Como consecuencia de ello, podía asegurar al
gobierno de Buenos Aires que "no existe la más mínima prevención
hostil". No obstante señalaba que esperaba que en caso de que se
produjera alguna acción "V.E. sea prevenido oficialmente" y
agregaba que en ningún caso cesarían las relaciones mercantiles entre
ambos países o cualesquiera de los que ocupasen las tropas de S.M.F.,
"a no ser que por parte de V.E. se adopten medidas ofensivas".
Finalmente pedía instrucciones y afirmaba que mientras tanto intentaría
"sacar el mejor partido de las circunstancias".[Ibid., VI,
p. 426.]
En otra carta privada, enviada en la misma fecha, García pedía al director
Balcarce "que no se precipite a medida alguna decisiva",
advirtiendo que si se erraba en la conducta a asumir, "nos perdemos
para siempre". Fundamentaba su consejo en que el rey de Portugal tenía
disponible un ejército de 10.000 hombres y por lo tanto "puede
completar nuestra subyugación, o proporcionarnos si quiere la única salida
que nos queda". Y volvía insistir García: "mire V. que nos
perdemos si damos un paso en falso".[Ibid., VI, pp. 426-427.]
Los historiadores argentinos Pueyrredón y Sierra sostienen que García no
alentó la invasión ni ésta fue solicitada por el gobierno argentino. A su
vez, el historiador uruguayo Berra sostiene que algunos creen que García
obraba de acuerdo con Tagle, y que el proyecto de éste consistía en
permitir a los portugueses ocupar la Banda Oriental, de manera que por
propio interés --proporcionar estabilidad a su frontera-- colaboraran en
sostener la independencia de las otras Provincias Unidas respecto de la
agresión de Artigas y de España. Una vez dominados estos dos obstáculos,
el gobierno de dichas provincias estaría en condiciones más favorables de
ocuparse de la dominación portuguesa.[Cit. en ibid., VI, p. 426.] Es
evidente que si las Provincias Unidas estaban gestionando el protectorado
portugués no habría sido coherente que se interpusieran en la tarea de
pacificación que se proponía el Imperio.
Las cartas mencionadas de García se cruzaron con tres cartas de su gobierno
fechadas el 4 de mayo. Dos de ellas firmadas por González Balcarce y el
secretario Tagle, y otra particular de este último. El contenido de éstas
es relevante porque ellas debían guiar a García en momentos que la corte
portuguesa tomaba las últimas decisiones respecto de la invasión y porque
además se enviaron cuando en Buenos Aires -a pesar de que aún no había
llegado el oficio de García anunciando la expedición-, ya había rumores
de que la misma se podía producir. Es decir que el gobierno de Balcarce
pudo haber comunicado claramente su determinación de no permitirla. Por los
ejemplos siguientes de dichas cartas, se puede ver que ésta no fue la
posición del gobierno de las Provincias Unidas. En una de ellas Balcarce le
comunicaba a García que el Congreso había mostrado las disposiciones más
favorables respecto de los anuncios hechos por García sobre las relaciones
que podían establecerse con la corte de Río y lo instruía a dar absoluta
preferencia a ese particular.[Ibid., VI, p. 427] En la otra carta
Balcarce autorizaba la intervención de Portugal para extinguir la guerra
civil. Afirmaba:
Todas
las gentes de juicio cuentan, además de los esfuerzos que nos restan que
hacer en la lucha, con los principios liberales que ha manifestado S.M.F. el
Sor. Dn. Juan VI, y fundan sus esperanzas
en los proyectos magnánimos que deben inspirar a S.M. en la
aproximación a estas nuestras Provincias. Bajo tales datos no omita V.
medio alguno capaz de inspirar la mayor confianza a ese Ministerio sobre
nuestras intenciones pacíficas y el deseo de ver terminada la guerra civil
con el auxilio de un poder respetable que no obraría contra sus propios
intereses cautivando nuestra gratitud.[Ibid., VI, p. 428.]
La
tercera carta, la particular de Tagle, era más elocuente aún respecto de
la vulnerabilidad a que había llegado el gobierno de las Provincias Unidas,
y al papel de una intervención armada portuguesa. En ella decía el
secretario:
Todo
amenaza una dislocación general y lo más sensible es que los Pueblos que
ya miran y tratan a esta capital como a su mayor enemigo, pueden, si nos
descuidamos, reducirnos a la impotencia de ajustar y concluir tratados.
(...) El Congreso está conforme a cuanto asegure la independencia y
seguridad del País, y previene que V. obra bajo tal garantía con toda
franqueza y empeño.
Así, pues, espero que sus primeras comunicaciones presenten ya todo el plan
para elevarlo al Congreso.(...)
En fin: tenga V. presente cuanto se le dice en los dos oficios, y carta de
Balcarce cuya nota le he dado, para que medite lo mejor sobre los
particulares que contiene. No olvide que un movimiento oportuno de las
tropas portuguesas sobre la Banda Oriental, ha de fijar en gran parte de la
Revolución de este Pueblo y demás, en favor de nuestros designios. Un
diputado secreto de esa corte en esta ciudad con facultades para en su caso
mover sus tropas según los apuros y necesidades que puedan ocurrir al
Gobierno: Por último: V. lo tiene todo a la vista, y está de más toda
prevención.[Ibid., VI, p. 428.]
No
parece entonces acertada la conclusión de Pueyrredón [C. A. Pueyrredón, op.
cit., p. 481.] que sostiene que estas instrucciones autorizaban a García
a obtener un apoyo en los conflictos y estrechar relaciones con la corte de
Río de Janeiro, pero no se otorgaba ninguna autorización por parte del
gobierno de Buenos Aires para invadir ni para anexar la Banda Oriental. Por
su parte, Sierra toma la frase del movimiento oportuno de tropas portuguesas
sobre la Banda Oriental como prueba de que el gobierno no conocía los
alcances de la negociación de
García, pero nada dice acerca de que esta comunicación constituía una
instrucción que autorizaba al comisionado a obrar cuando todavía la invasión
no se había producido. Es decir que estas instrucciones tienen que haber
confirmado a García, partidario de la invasión y de la asociación con
Portugal, que tenía autorización para obrar de acuerdo con sus
convicciones.
Una nueva carta de Balcarce a García del 7 de mayo da la impresión de que
el director supremo no autorizaba a García a ir tan lejos como lo había
hecho Tagle. En ella afirma:
En
caso de ser particulares los convenios, sería oportuno que algunas tropas
se acercasen a nuestras fronteras con el objeto principal de llamar la
atención de los orientales; y de imponer respeto para cuando sea preciso
divulgar especies que asomen al proyecto.[V. D. Sierra, op. cit., VI,
p. 428.]
García
contestó estas cartas-oficios el 9 de junio. Manifestaba que creía
necesaria "la fuerza física y moral de un poder extraño" para
terminar la lucha y formar "un centro común de autoridad capaz de
organizar el caos en que están convertidas nuestras provincias", lo
cual implicaba alguna forma de asociación política con Brasil. Era
terminante respecto de la posición frente a España: no debía recaerse en
el sistema colonial, que llevaría a caer en "los horrores con que nos
amenaza la venganza de una nación ofendida". Justificaba la invasión
de la Banda Oriental en los mismos términos en que lo hacía el gobierno
portugués, señalando que con ello S.M.F. hacía "un bien que debe a
sus vasallos y un beneficio que cree ha de ser agradecido por sus
vecinos", y por último mencionaba las razones por las cuales aquélla
debía ser tolerada. Tanto Pueyrredón como Sierra opinan que esta carta
demuestra que la expedición portuguesa no fue solicitada por el gobierno de
Balcarce, ni fue gestionada por García.[Ibid., VI, pp. 429-430; C.
A. Pueyrredón, op. cit., pp. 481-482.] Otra carta de García, del 25
de junio, aclara la posición asumida por el enviado:
Desde
que llegué a esta corte procuré ponerme en la misma dirección de los
sucesos políticos de aquellos con quienes debía tratar. Pues no teniendo
fuerza alguna para detener aquéllos y alterar éstos, habría sido deshecho
en caso de aventurar un choque. Así, pues, mi empeño fue combinar los
intereses peculiares de esas Provincias, con los de las extranjeras, y
neutralizar ya que no era posible destruir los principios de oposición.[V.
D. Sierra, op. cit., VI, p. 430.]
García
sostenía además haber desviado del gobierno de Buenos Aires "el golpe
que los procedimientos anárquicos del caudillo de la Banda Oriental estaba
preparando" y haber contribuido "para que las operaciones
militares sobre esta provincia se modifiquen de manera que sean útiles a
las demás".[Ibid.]
Cuando el 27 de junio llegó a Buenos Aires la noticia de la invasión
portuguesa, la oposición hizo la acusación de que Balcarce y algunos
miembros del Congreso de Tucumán se habían propuesto entregar el país a
los portugueses. Balcarce consultó entonces a la Junta de Observación, que
no se decidió a dar consejo en la emergencia. Finalmente ambos se
dirigieron al Congreso, solicitándole instrucciones sobre el tratamiento
que debía darse a los residentes portugueses "en caso de realizarse la
invasión que se recela y si debería socorrerse a la Banda
Oriental".[C. A. Pueyrredón, op. cit., p. 483.] Pero la actitud
de Balcarce en la emergencia, que procedía sin tomar ninguna resolución
eficaz, le creó un clima de desconfianza en Buenos Aires. En consecuencia,
el Cabildo y la Junta de Observación, apoyados por los tercios cívicos,
pidieron a Balcarce su alejamiento del gobierno y lo reemplazaron por una
comisión gubernativa.
Debe señalarse que es válido inferir que la inacción de Balcarce tenía
su explicación en la carta de García del 5 de mayo en la que anunciaba
concretamente los propósitos portugueses sobre la Banda Oriental. La
actitud de Balcarce era coherente con las seguridades trasmitidas por García
en el sentido de que podía "asegurar del modo más solemne, que no
existe la más mínima prevención hostil" hacia el gobierno de Buenos
Aires, salvo únicamente de que éste adoptara medidas ofensivas. Esto último
colocaba a Balcarce en un verdadero dilema, porque el director había sido
perfectamente advertido de que en el caso de poner en ejecución alguna
medida -que pudiera ser tomada como ofensiva- podía dar lugar al ataque
portugués más allá de la Banda Oriental.
Mientras tanto el Congreso de Tucumán se abocó a estudiar las consultas
que le habían presentado el director Balcarce y la Junta de Observación. A
fin de aventar las versiones de que el Congreso propendía a entregar el país
al extranjero, el diputado Medrano presentó una moción para que al
entregarse al ejército la fórmula de juramento de la independencia, ésta
dijera a continuación de "los reyes de España, sus sucesores y metrópoli",
lo siguiente: "y de toda otra dominación extranjera".[Ibid.,
pp. 485-486.]
En cuanto al procedimiento que debía seguirse con los residentes
portugueses, el Congreso decidió consultar con la comisión interna de
Relaciones Exteriores, y para resolver el otro tema consultado --si debía
auxiliarse o no a la Banda Oriental--, se decidió reunir al Congreso en
pleno, tomando a los diputados un juramento especial de guardar el secreto
bajo pena de expulsión e inhabilitación perpetua para ejercer cargo
alguno. Las sesiones se llevaron a cabo el 23 y 24 de julio de 1816. El
Congreso resolvió pedir a los ex directores Alvarez Thomas y Balcarce toda
la documentación que ilustrara sobre sus comunicaciones con el comisionado
García, y también solicitó ciertas explicaciones al secretario Tagle. Al
director Pueyrredón se le indicó que debía marchar a Buenos Aires con el
objetivo de poner el territorio "en estado de defensa por todos los
medios qe sean dables" y que debía exigir el cumplimiento
del armisticio de 1812 y solicitar a la corte de Brasil explicaciones sobre
su conducta, porque sus movimientos "al parecer hostiles" infundían
desconfianza. Además se aprobaba la conducta de la Junta de Observación,
señalándole que nada había en relaciones exteriores que "obste a
poner al país en estado de defensa, contra cualquier agresión qe
ataque su independencia y su libertad".[Ibid., p. 487.] También
se decidió comunicar la noticia de la invasión portuguesa a los
gobernadores de Tucumán, Salta y Córdoba para que prepararan la defensa de
sus territorios. Todo esto demuestra la total falta de prevención, por
parte de la comisión especial del Congreso, respecto de las consecuencias
que podía producir la autorización dada a García para aprobar los planes
portugueses de eliminar a Artigas.
Cuando el Congreso obtuvo toda la documentación de la misión García,
luego de considerarla en varias sesiones resolvió pedir explicaciones al
general Lecor sobre su conducta, a cuyo fin designó dos comisionados, uno público
y el otro privado. Al director Pueyrredón le indicó que comunicara a García
la decisión de defender la independencia "a toda costa". [Ibid.,
pp. 495-496.] Aquí parece haberse producido un punto de inflexión en la
posición del Congreso.
Por
otra parte, Artigas había enviado a Pueyrredón una comunicación fechada
el 24 de julio de 1816, en la que le comunicaba que la Banda Oriental había
jurado su "independencia absoluta y respectiva" más de un año
atrás y que pusiera en conocimiento del hecho al Congreso. La actitud de
Artigas obedecía al disgusto que le había causado el pacto del 28 de mayo
entre Santa Fe y Buenos Aires, llevado a cabo sin su intervención. A pesar
de esto, Pueyrredón ofreció ayuda al jefe oriental pero condicionada a que
la Banda Oriental siguiera constituyendo parte de las Provincias Unidas.[Ibid.,
p. 494.] El director recibió además recomendación del Congreso de enviar
a Artigas los auxilios que fuera posible sin arriesgar la seguridad del
resto del territorio.[Ibid., p. 496.]
En
tanto, el Congreso redactó en la sesión secreta del 14 de septiembre las
instrucciones reservadas y reservadísimas que debían llevar los
comisionados destacados ante el general Lecor. Estos, según recomendación
de García, debían conversar con Herrera (uruguayo, enemigo de Artigas, y
que por encargo de García venía con la expedición portuguesa) y luego debían
hablar con el general Lecor. Las instrucciones reservadas establecían que
la base de la negociación debía ser la libertad e independencia de las
provincias representadas en el Congreso (lo que no incluía a la mesopotámicas
ni a Sante Fe), solicitar al general los acuerdos a que hubiera llegado García
con el gobierno de Brasil para ponerlos en conocimiento del Congreso, y
comunicarle que si el fin era "reducir a orden la Banda Oriental",
eso no lo autorizaba a apoderarse de Entre Ríos. Se pediría la protección
de Brasil, estableciendo un sistema monárquico, con la coronación de algún
miembro de la casa de los Incas, enlazado con la de Braganza o, de ser
rechazado, un infante del Brasil u otro extranjero, siempre que no fuera
español. En caso de que Lecor presentara quejas por los auxilios
proporcionados a Artigas, debería contestarse que había sido necesario dar
"este paso pr no haber tenido hasta ahora el Gavinete
Portugués, una garantía pública qe asegure a este territorio
de sus miras justas, pacíficas y desinteresadas". Todo acuerdo a que
se llegare debía ser elevado al Congreso.[Ibid., pp. 496-497.]
Por
las instrucciones reservadísimas tenían que tratar de obtener información
sobre la comunicación entre García y los ex directores Alvear y Balcarce,
y acerca de la conducta pública en Brasil de García y Herrera. Si se le
requería al comisionado la incorporación de las Provincias Unidas a las
del Brasil, debía oponerse abiertamente.[Ibid., p. 497]
A
su vez, Pueyrredón contestó la última correspondencia de García
planteando el hecho de que si la corte de Río deseaba la paz, debía hacer
una declaración de sus intenciones. Mientras tanto "él solo se
ocupaba de poner otro ejército para recibir las proposiciones de Lecor, en
la misma actitud que éste se había puesto para traerlas".[Cartas de
Pueyrredón a García, 30 de septiembre de 1816, cit. en ibid., p.
498.]
Por
otra parte el director se dirigió a Artigas y al Cabildo de Montevideo instándolos
a alcanzar un acuerdo para hacer frente a los portugueses. Además designó
a un militar en lugar de un diplomático para entrevistar a Lecor. En la
nota dirigida a éste se le recordaba el armisticio de 1812 y se le
mencionaban las acciones
portuguesas que conformaban lo que se consideraba una agresión. En
consecuencia se le exigía que suspendiera sus marchas y retrocediera a sus
límites, amenazando, en caso de no cumplir esto, con cooperar con los
defensores de la Banda Oriental.[Ibid. y p. 500.]
Recibidas
las instrucciones reservadas y reservadísimas, Pueyrredón se negó a
ponerlas en práctica, amenazando con su renuncia. Inmediatamente se dirigió
al Congreso aconsejando enviar una misión pública al Brasil en lugar de
una secreta ante Lecor. Admitía la idea del Congreso de la coronación de
un príncipe de la casa de Braganza, pero antes de entrar en cualquier
tratativa con el rey de Portugal debía exigirse a éste el reconocimiento
de la independencia.[Ibid., pp. 498-499.]
Por otro lado, Artigas, convencido de que el gobierno de Buenos Aires
había apoyado la invasión, decretó el cierre de los puertos orientales a
los barcos de aquella jurisdicción y posteriormente rechazó el acuerdo
alcanzado por Pueryrredón y los representantes del gobierno de Montevideo,
que implicaba el envío de ayuda militar. Así se cerraba el círculo de la
interacción perversa entre Artigas y el gobierno de las Provincias Unidas,
que en última instancia daba pie a la expansión portuguesa que desde
antiguo tenía la mira puesta en el sur. Por un lado Artigas había
declarado la independencia de la Banda Oriental y pretendía extender su
dominio por las provincias mesopotámicas, Santa Fe e incluso Córdoba, negándose
a participar del Congreso reunido en Tucumán. Desconocía el tratado
alcanzado por Buenos Aires y Santa Fe por no haber intervenido en su gestión
y respondía con reticencia al consultársele si ayudaría al gobierno de
Buenos Aires en caso de llegar la expedición española. No obstante -y a
pesar de los contactos a través de sus lugartenientes con la princesa
Carlota- Artigas consideraba que el gobierno de Buenos Aires tenía la
obligación de otorgarle ayuda militar para combatir a los portugueses, aun
cuando esos auxilios podían volverse en contra del mencionado gobierno. Por
otro lado, el gobierno de Buenos Aires, cerrándose a los reclamos de mayor
autonomía regional que pretendía Artigas para la Banda Oriental -al igual
que otras provincias del interior-, en cierta forma incentivaba la posición
irreductible del caudillo oriental. Y entonces ante la situación grave del
año 1816: los realistas triunfantes en el Norte y dominando en Chile y el
peligro de la llegada de la expedición española, agravada por los ataques
de Artigas y la secesión de las provincias bajo su mando, el gobierno de
las Provincias Unidas optaba por sacar ventaja de una proyectada invasión
portuguesa a la Banda Oriental. Esto inmediatamente demostró ser más
peligroso que la amenaza artiguista que se pretendía combatir con ello,
debido por un lado a que Portugal no había reconocido la independencia de
las Provincias Unidas ni declaraba oficialmente cuáles eran sus
intenciones, y por el otro, porque el Congreso reunido en Tucumán solamente
estaba en condiciones de exigir el respeto a las jurisdicciones de las
provincias representadas, quedando por lo tanto amenazado de invasión todo
el territorio perteneciente a las provincias sujetas a la influencia
artiguista.
Carta de Henry Chamberlain al Vizconde Castlereagh (por separado), Río de Janeiro, julio 20 de 1816, F.O. 63/194, citada en C. K. Webster (comp.), Gran Bretaña y la independencia de América Latina (1812-1830), Buenos Aires, G. Kraft, 1944, tomo I, pp. 246-247
Carta Nº 55 de Henry Chamberlain al Vizconde Castlereagh, Río de Janeiro, 16 de junio de 1817, F.O. 63/203, citada en ibid., tomo I, pp. 257-258
Documento Nº 441, informe de Paulo Fernandez de Vianna al Príncipe Regente, 21 de julio de 1815, Río de Janeiro, Política lusitana en el Río de la Plata, op. cit., tomo III, p. 321
Documento Nº 453, Comentarios sobre la situación política de las Provincias del Río de la Plata, 1815-1816, en ibid., pp. 358-359.
Aclaración: Las obras citadas (op. cit.) que no se mencionan explícitamente en este listado de citas, se encuentran en las páginas inmediatamente anteriores. Para ello, haga un click en el botón "Anterior". También puede utilizar la opción "Búsqueda" , ingresando el nombre del autor de las obras respecto de las cuales se requiere información.
© 2000. Todos los derechos reservados.
Este sitio está resguardado por las leyes internacionales de
copyright y propiedad intelectual. El presente material podrá ser utilizado con fines
estrictamente académicos citando en forma explícita la obra y sus autores. Cualquier
otro uso deberá contar con la autorización por escrito de los autores.