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El año de 1815 fue un momento de dura prueba para las antiguas colonias hispanoamericanas. En Europa, luego de la derrota de Napoleón, el Congreso de Viena restauraba en el trono a los monarcas y éstos se comprometían a ayudarse mutuamente para combatir los movimientos republicanos. Surgía así la Santa Alianza para restablecer el absolutismo. A la vez, en España, Fernando VII,  repuesto en el trono luego de someter a liberales y constitucionalistas, se dedicó a trabajar para terminar con la rebelión americana. Con ese fin, a comienzos de ese año envió a América una expedición de 12.000 hombres veteranos de las campañas napoleónicas, dirigidos por el general Pablo Morillo. Inicialmente destinada al Río de la Plata, esta fuerza se dirigió finalmente a Colombia y Venezuela, las que cayeron luego de heroica resistencia y debieron sufrir durísima represión.
    En otras partes de América las revoluciones también se derrumbaban. En diciembre de 1815 el cura Morelos caía fusilado en México, igual que su antecesor Hidalgo. En Chile, las tropas realistas de Mariano Osorio enviadas desde Lima habían terminado con la resistencia patriota, pudiendo salvarse los jefes de ésta huyendo a Cuyo a través de la cordillera. Por último, como ya se explicara, en el Alto Perú, el general Pezuela derrotaba en forma aparentemente definitiva a los rioplatenses y tenía la vía libre para proseguir el avance hacia el sur.
   
En ese momento, en que el colapso de la insurrección americana parecía inminente, las provincias rioplatenses aglutinadas frágilmente por Buenos Aires reunían a fines de marzo de 1816 un Congreso General en Tucumán, que final y formalmente proclamó el 9 de julio la independencia de las Provincias Unidas del Sur del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli. Diez días más tarde, para desvirtuar la acusación de que algunos congresales proyectaban colocar el país bajo la tutela portuguesa a fin de no caer nuevamente bajo el dominio de España, debió agregarse a la declaración original la frase "y de toda otra dominación extranjera". El 25 de julio se aprobó la adopción de la bandera nacional.    Como ya fuera mencionado, Juan Martín de Pueyrredón -miembro de la Logia Lautaro, como San Martín y Alvear- fue elegido director supremo, y gobernó durante tres difíciles años, manteniendo a las provincias argentinas unidas gracias a una alianza entre las elites dominantes de Buenos Aires, Cuyo y Tucumán. Sin embargo, esta unidad aparente era parte de un proceso centrífugo a través del cual las provincias eran cada vez más autónomas unas de otras, quebrándose las instituciones estatales interprovinciales que las habían unido en tiempos del virreinato.
   
Por otra parte, la nueva configuración de poder en las Provincias Unidas era también muy conservadora y temerosa de una revolución social. Como ya hemos visto abundantemente, había continuos planes, conspiraciones y rumores respecto de un regreso a la monarquía, aunque independiente de España. Y en Buenos Aires había un creciente resentimiento debido a la crisis económica generada por el colapso del precio del cuero en Europa, y al creciente predominio de los comerciantes ingleses frente a los locales, que era una consecuencia inevitable del comercio libre y de las conexiones mundiales de los negocios británicos.
   
A comienzos de 1820 el gobierno central de las llamadas Provincias Unidas se derrumbó. El proyecto monárquico fue repudiado. San Martín rehusó defender al régimen trayendo de vuelta su ejército, que estaba en Chile (ya liberado del poder español). A su vez, el ejército del Norte, al que se ordenó regresar a Buenos Aires, se rebeló. Los caudillos otrora artiguistas de Santa Fe y Entre Ríos marcharon sobre Buenos Aires, y el Estado "sucesor" del virreinato, que hasta entonces había tenido un frágil dominio sobre las Provincias Unidas, se desintegró. Aunque en  la batalla de Tacuarembó en 1820 las fuerzas portuguesas derrotaron definitivamente a Artigas y la amenaza de desintegración representada por este caudillo desapareció, el colapso del endeble Estado regido desde Buenos Aires ya se había producido. Durante las décadas subsiguientes las provincias se convirtieron en entidades separadas, frecuentemente en guerra unas con otras, constituyendo cada una de ellas un mini-Estado con sus propias fuerzas armadas y su moneda. De hecho, la Argentina no constituiría un verdadero Estado (ni mucho menos una nación) hasta mucho más adelante. Cuando muy posteriormente, hacia 1860, nació el Estado argentino tal como lo conocemos en la actualidad, ese Estado no sería el auténtico "sucesor" de ninguna entidad anterior, sino que sería una entidad jurídica y política nueva, emergida de la anterior configuración del conjunto de mini-Estados conocido como la Confederación Argentina. Aunque la independencia estaba conquistada, no existía aún certeza alguna respecto de cual sería la configuración territorial del Estado que pudiera eventualmente amalgamar a algunas de esas provincias.      

 

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