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El movimiento emancipador en Chile se puso de manifiesto cuando en julio de 1810 fue derribado del poder el capitán general Francisco García Carrasco y reemplazado por un gobierno moderado encabezado por Mateo de Toro y Zambrano, conde de la Conquista. Este, influido por la Audiencia, procuró la conservación del viejo régimen y aceptó el reconocimiento del Consejo de Regencia. Sin embargo, los patriotas fueron ganando terreno y exigieron la convocatoria a un Cabildo Abierto, que se reunió el 18 de septiembre y constituyó la Primera Junta Gubernativa, gobierno más extremista que el anterior liderado por Juan Martínez de Rozas.
   
La radicalización fue una respuesta a la amenaza planteada por el Perú realista. Tal como ocurriera en Buenos Aires en 1811, las conspiraciones realistas condujeron a la ejecución de muchos de sus protagonistas. La Audiencia, que siempre tendía a ser proespañola, se disolvió. Cuando el Congreso se inclinó hacia la moderación, un exitoso golpe de Estado llevado a cabo por José Miguel Carrera permitió la hegemonía del rumbo más radical. Carrera abolió la esclavitud, suprimió la Inquisición, y reformó la burocracia y la administración de justicia. Luego de realizadas estas importantes reformas, Carrera llevó a cabo un golpe desde dentro del poder para liberarse de la oligarquía, proclamándose a sí mismo dictador. Buscó una base más inclusiva para su régimen, incorporando al proceso político el ejército y la masa de la población urbana, lanzando una campaña de propaganda revolucionaria.
   
Todo esto, sin embargo, iba a ser deshecho por las tropas contrarrevolucionarias enviadas por el virrey de Perú. Estas desembarcaron en el sur de Chile, donde la revolución nunca había sido exitosa, y avanzaron hacia el norte cosechando victoria tras victoria. Carrera fue tomado prisionero, pero escapó y derrocó al dictador moderado que lo había reemplazado en Santiago. No obstante, tanto él como Bernardo O'Higgins fueron derrotados poco tiempo después por las tropas realistas. Los elementos más revolucionarios escaparon a Mendoza, quedando así abortada la revolución en Chile. De hecho, hacia 1815 la revolución hispanoamericana estaba muerta en todas partes excepto en lo que más tarde sería la Argentina, es decir, la parte sur del anterior Virreinato del Río de la Plata.
   
La común aspiración revolucionaria a ambos lados de la cordillera quedó  manifestada en el hecho de que algunos protagonistas de los primeros sucesos independentistas en Chile habían nacido en las provincias del Río de la Plata, como Manuel Dorrego, Antonio Alvarez Jonte y Bernardo Vera y Pintado, todos estudiantes en Chile. La comunicación entre los revolucionarios de ambos pueblos se inició antes de la revolución de mayo. A comienzos de 1810, el partido revolucionario chileno envió ante los patriotas de Buenos Aires a Antonio Alvarez Jonte con la misión de concertar un plan de emancipación común. Más adelante, los patriotas chilenos presionaron desde el Cabildo en contra de la intención de la Audiencia para que el nuevo gobernador Mateo de Toro Zambrano estableciera buenas relaciones con la Junta de Mayo. (1) 
    Antes de instalarse la Junta chilena del 18 de septiembre de 1810, Buenos Aires designó al poco antes emisario chileno Antonio Alvarez Jonte para que como "diputado" de las Provincias Unidas planteara a los patriotas chilenos la ventaja de constituir un gobierno autónomo vinculado al de Buenos Aires en la lucha común por la independencia. Alvarez Jonte arribó a Santiago luego de establecida la Junta chilena, motivo por el cual le fueron enviadas nuevas credenciales públicas en lugar de las anteriores secretas. (2)
   
Las instrucciones autorizaban a Alvarez Jonte a negociar un tratado de alianza ofensiva y defensiva, y a obtener auxilios de soldados. La respuesta de la Junta de Chile, en el sentido de que prefería una confederación general de todos los pueblos del continente, demostró la objeción de algunos a lo que percibían como la pretensión de Buenos Aires de ejercer una cierta tutela sobre Santiago y la temprana convicción de la elite chilena de mantener su autonomía respecto de aquélla. (3)  
   
Entre los patriotas chilenos se manifestaron dos tendencias: los partidarios de vincularse estrechamente con Buenos Aires y auxiliar a la Revolución de Mayo, y aquellos que preferían una posición neutral para evitar la ruptura con el virrey del Perú y el envío, por parte de éste, de una expedición militar a la cual era muy difícil enfrentar con éxito. Cuando en las elecciones de Santiago, de mayo de 1811, obtuvo mayoría el grupo neutral y conservador, la posición de Alvarez Jonte, favorable al grupo más radicalizado, se vio comprometida. El nuevo gobierno pidió, no sin razones, el retiro del diputado por intervención en la política interna. La actuación de Alvarez Jonte dio motivo para que se creara un partido adverso a Buenos Aires y una resistencia a la influencia porteña, que se vería incrementada con la misión de su sucesor, Vera y Pintado, también retirado y amonestado por el gobierno de Buenos Aires por intromisión en los asuntos internos chilenos. Por ello, su reemplazante Juan José Paso fue instruido para tratar de restablecer la confianza entre los dos gobiernos, convencer a Chile de que Buenos Aires no tenía ambiciones territoriales del otro lado de los Andes y que su deseo era consolidar el gobierno propio y la independencia. Debía también intentar dar curso al  viejo proyecto de una liga ofensiva-defensiva. Paso mejoraría la imagen del gobierno porteño, aunque halló en Chile un ambiente adverso a los hombres de Buenos Aires; su actuación finalizó con la caída de Santiago en poder de los realistas. (4)
   
Desde los primeros años de vida independiente se generó pues en Chile una desconfianza hacia el gobierno de Buenos Aires. Las causas de ello fueron la percepción de eventuales ambiciones territoriales en el último -lo cual tendría posteriormente su contrapartida en el lado argentino como consecuencia de la política de expansión chilena-, y cierta tendencia de los diplomáticos argentinos a tratar de expandir la influencia de su país, lo cual por momentos iba a ser visto como intromisión en los asuntos internos del vecino país. (5)
   
Seguramente el director supremo Juan Martín de Pueyrredón tuvo presente la mencionada animosidad existente en Chile hacia el gobierno de Buenos Aires al redactar las instrucciones al general José de San Martín para la campaña libertadora. Se ordenaba en ellas utilizar la persuasión para que Chile enviara un diputado al Congreso General a fin de establecer una forma de gobierno común para toda América. Los esfuerzos de San Martín debían tender a que se estableciera en Chile un gobierno análogo al que entonces hubiese constituido el Congreso de las Provincias Unidas e incluyera una alianza constitucional con éstas. El general tenía expresamente prohibido intentar la conquista o posesión del país auxiliado. (6) No obstante, a pesar de haber liberado a Chile del dominio español, la actuación de San Martín en ese país y el predominio e influencia de argentinos en el directorio de Bernardo O'Higgins provocaría en el sector más conservador una fuerte resistencia y una generalizada antipatía hacia el libertador. (7)  Cooperación para una gran empresa junto con una fuerte rivalidad por la dirección de los asuntos políticos del país se advierten en todo el proceso sanmartiniano en Chile.
   
Los motivos arriba apuntados llevaron al Congreso de las Provincias Unidas a reconocer la independencia de Chile el 12 de diciembre de 1818. Poco después, el 5 de febrero de 1819 se firmaba un tratado entre las Provincias Unidas y Chile para convenir la expedición libertadora al Perú y garantizarle la independencia, ratificado en Chile el 15 de marzo. Estos actos llevaron a que la Gaceta Ministerial dijera el 10 de febrero: "los que por pura malignidad han querido atribuir a la capital de Buenos Aires aspiraciones ambiciosas sobre el Estado de Chile, contra tantos testimonios que lo contradicen, no tendrán a lo menos, como tergiversar el hecho". (8)

  1. D. Antokoletz, op. cit., p. 325; Miguel Angel Cárcano, La política internacional en la historia argentina, vol. I, Buenos Aires, EUDEBA, 1972, pp. 239-240. 

  2. D. Antokoletz, op. cit., p. 325.

  3. M.A. Cárcano, op. cit., p. 243; D. Antokoletz, op. cit., p. 326.

  4. M.A. Cárcano, op. cit., p. 244-250.

  5. Un intento del gobierno argentino de expandir su influencia en Chile durante el siglo XX se produjo durante las dos primeras presidencias peronistas. Ver Leonor Machinandiarena de Devoto, La influencia del justicialismo en Chile, 1946-1952, tesis doctoral, Departamento de Historia, UBA, 1995.

  6. M.A. Cárcano, op. cit., pp. 582-583.

  7. Ibid., pp. 589-590.

  8. Carlos A. Pueyrredón, "La diplomacia con algunos estados americanos, 1817-1819", Academia Nacional de la Historia, Ricardo Levene (comp.), op. cit., vol. VI, 1ª secc., Buenos Aires, El Ateneo, 1947, pp. 721-722; Ricardo Donoso, Breve historia de Chile, Buenos Aires, EUDEBA, 1963, p. 32.

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