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Para comprender las complejas interacciones que se produjeron entre las provincias del Río de la Plata y el futuro Imperio del Brasil durante toda la primera mitad del siglo XIX, nos referiremos ahora al proceso político que tenía lugar en el último. Brasil era un actor muy diferente de los demás miembros del sistema de Estados emergente en América del Sud. Por lo pronto, existía una clara diferenciación de identidades entre las elites hispanizadas y las lusitanizadas, lo que hacía que las diferencias entre el Río de la Plata y el Brasil fueran mucho mayores que las que se registraban entre las provincias que eventualmente configurarían lo que conocemos como la Argentina, Chile, Paraguay y el Alto Perú (hoy Bolivia).
   
Ya hemos hecho mención del traslado masivo de la corte a Brasil en 1808. La llegada de la corte tuvo un tremendo impacto sobre Brasil. Río de Janeiro se convirtió súbitamente en la capital de un imperio mundial que se extendía hasta Goa y Macao. El Brasil ahora se encontraba gobernado desde Río, ya no desde Lisboa, aunque fuera por las mismas personas que antes lo hacían desde Portugal.
   
Por otra parte ningún brasileño fue incluido en este gobierno imperial. Los portugueses americanos vieron limitada su participación a las administraciones provinciales y locales. A pesar de ello, y de alguna manera paradójicamente la colonia ahora era Portugal. Lisboa dejó de ser el centro desde el que se administraba el comercio de importaciones y exportaciones brasileñas. El monopolio comercial colonial portugués de 300 años se quebró. En 1808 los puertos brasileños se abrieron para el comercio directo con todos los países amistosos.
   
Con la ocupación francesa de Portugal y el bloqueo británico de los puertos del país, Dom Joao no tuvo otra alternativa que liberalizar el comercio. De lo contrario se habría quedado sin  mercados para la producción brasileña, y sin el ingreso de divisas correspondiente. Por otra parte, Gran Bretaña esperaba esta apertura, que era el precio de su protección. Otra consecuencia de las nuevas circunstancias fue que se levantó la anterior prohibición de manufacturar en Brasil . Todo esto generó una súbita convergencia de intereses de la corte portuguesa con la oligarquía brasileña (constituida por portugueses americanos). Algunas restricciones menores al comercio continuaron vigentes: el comercio extranjero se encontraba limitado a cinco puertos, y el comercio costero de Brasil así como el comercio con el resto del Imperio Portugués estaba confinado a barcos portugueses. Pero la diferencia frente al pasado era enorme.
   
Por supuesto, y especialmente durante la guerra contra Napoleón, la mayor parte del comercio era con Gran Bretaña, aun cuando en teoría estaba abierto para "todas las naciones amigas". Brasil se convirtió, tal como lo había planeado Canning, en un mercado británico y en la puerta del contrabando hacia toda Sud América. En 1808 el número de barcos que entró en Río de Janeiro era cuatro veces mayor que en 1807, y la mayoría eran británicos.
   
Esto, sin embargo, no era suficiente para los británicos. Ellos querían el tipo de privilegios que habían gozado con Portugal por siglos. El príncipe regente era enteramente dependiente de los británicos para la derrota de los franceses en Portugal y para la defensa del mismo Brasil, y por lo tanto no podía rechazar esa pretensión. Lord Strangford, como ministro británico, siguió a dom Joao a Río, y terminó de negociar dos tratados en febrero de 1810: un tratado de Navegación y Comercio y un tratado de Alianza y Amistad. Se fijó una tarifa máxima del 15 por ciento para la mercadería británica. El tratado era totalmente asimétrico. Gran Bretaña no redujo sus prohibitivos impuestos al azúcar y café brasileños. Además -y simbólicamente esto era más grave- se estableció un principio de extraterritorialidad por el cual en los casos que involucraran a súbditos británicos debían designarse jueces británicos.
   
Por otra parte, según el artículo 10 del tratado de alianza dom Joao se comprometió a cooperar en la reducción y eventual abolición del tráfico de esclavos. Los británicos habían tratado de arrebatarles esta concesión a los portugueses con anterioridad, sin éxito, tres semanas después de su propia abolición a principios de 1807. Pero ahora los portugueses tenían menos margen de maniobra. Dom Joao estaba obligado a confinar el tráfico de esclavos a su imperio, de modo que no se beneficiara del retiro de Gran Bretaña de ese tráfico. Desde ese momento en adelante, Gran Bretaña presionaría fuertemente a los portugueses a cumplir su promesa de avanzar hacia la gradual abolición de la esclavitud.
   
Otra consecuencia del establecimiento de la corte en Rio de Janeiro fue la finalización del aislamiento cultural del Brasil, que era mucho mayor que el de las colonias de España, ya que en Brasil no había ni imprentas ni universidades. En mayo de 1808 se estableció una imprenta, y también se fundaron establecimientos culturales y educacionales.
   
Cuando Portugal fue liberada en 1814, en un principio dom Joao no quiso regresar a su país, prefiriendo permanecer en Brasil. En diciembre de 1815 elevó a Brasil al rango de reino. Para algunos historiadores este hecho, más que el arribo de la corte en 1808, marca el fin del status colonial del Brasil. En 1816, con la muerte de  su madre, el príncipe regente se convirtió en el rey Joao VI de Portugal, Brasil y las Algarves. Sin embargo, la corte portuguesa se mantuvo leal a los intereses de la comunidad portuguesa en Brasil, lo que representó un grave conflicto de intereses que dividió al reino.
   
No obstante, las tendencias estructurales eran favorables a Brasil, cuyo peso económico crecía enormemente frente al de Portugal. Esto agravó el conflicto de intereses entre portugueses y brasileños. A pesar de los fuertes lazos e intereses comunes entre la Corona portuguesa y la oligarquía brasileña en torno del libre comercio, el rey no podía liberarse de los intereses mercantilistas y monopólicos de los comerciantes portugueses. Al mismo tiempo, los brasileños temían la restauración del status colonial y la pérdida de todo lo que habían ganado desde 1808.
   
No obstante estos clivajes y conflictos de intereses entre la oligarquía criolla y los portugueses, que no eran muy distintos de aquellos encontrados en la América española, una gran diferencia entre ésta y los procesos que llevaron a la independencia en Brasil reside en el hecho de que en Brasil no se produjo una crisis de legitimidad. Después de 1808 en Hispanoamérica no hubo un rey al que obedecer. En Brasil sucedió todo lo contrario: la corte entera se trasladó allí.
   
La ausencia de una crisis de legitimidad, sin embargo, no significa que no haya habido graves conflictos de intereses. Si bien la elite brasilera encontró el absolutismo ilustrado de dom Joao tolerable, las discriminaciones en favor de los portugueses eran muy resentidas. Además con la corte en Río de Janeiro las cargas fiscales se incrementaron considerablemente. Para colmo, las ambiciones dinásticas de dom Joao y Carlota eran costeadas por los brasileños. Las ambiciones de la Corona sobre Uruguay aumentaron con la llegada de las tropas portuguesas liberadas de la guerra en Europa y con la partida de lord Strangford, que había jugado un rol de contención. Lo que es más, los acuerdos de dom Joao con Gran Bretaña para la supresión del tráfico de esclavos estaban en oposición a los intereses de la elite brasileña.
    El tráfico de esclavos sufrió pérdidas importantes debido a la represión británica. En 1815 el tráfico de esclavos se hizo ilegal al norte del ecuador, y en 1817 los barcos británicos obtuvieron poder de policía. Al sur del ecuador, el tráfico de esclavos continuó siendo legal y siguió abasteciendo las necesidades de trabajo en Brasil. No obstante, los brasileños percibieron que los portugueses eran una amenaza a este tráfico de esclavos, debido a los compromisos que la Corona había asumido frente a Gran Bretaña.
    A pesar de estas divergencias de intereses, no se había generalizado aún ninguna exigencia de cambio de régimen político de parte de la elite brasileña. Durante este período hubo sólo una rebelión, la de la República de Pernambuco de 1817, que duró solamente dos meses. Esta fue una revuelta contra Río de Janeiro, y contra los impuestos excesivos tanto como contra los portugueses. Aunque en un principio la revuelta se extendió a los Estados brasileños vecinos, nunca se extendió a otras regiones del Brasil, y pronto perdió impulso siendo rápidamente reprimida. Por otra parte, los británicos estaban en contra de la división del Brasil: habían conseguido el libre comercio, y preferían la unidad y estabilidad de Brasil, que les aseguraba la vigencia continuada de esa libertad.
   
Sin embargo, con la expansión de la revolución en Hispanoamérica el régimen portugués se tornó más represivo, temeroso de que la insurrección tuviera émulos en su territorio. No obstante, esa expansión no se produjo, y la independencia del Brasil se precipitó no tanto por procesos endógenos al país americano sino por eventos portugueses. En agosto de 1820 se produjo una revolución liberal en Oporto que se extendió hasta Lisboa. Los militares y burgueses portugueses no estaban satisfechos con las condiciones políticas y económicas en el Portugal de posguerra. El resentimiento salió a la superficie a causa de las protestas por el hecho de que un inglés estuviera presidiendo el Consejo de Regencia.
   
Por otra parte, la pérdida del monopolio económico portugués sobre Brasil dañó fuertemente los intereses económicos portugueses. Se generó un agudo déficit presupuestario, y los salarios militares y civiles no fueron pagados. Con la revuelta de 1820 la Junta Provisional exigió el regreso del rey. La Junta gobernaba en su nombre, pero destituyó al Consejo de Regencia, prevaleciendo una tendencia liberal y antiabsolutista, que favorecía el constitucionalismo. No obstante, concomitantemente prevalecía en Portugal una inclinación a volver a colocar a Brasil bajo status colonial.
   
En 1821 hubo en Brasil diversas revueltas liberales encabezadas por portugueses, que forzaron al rey a aceptar una futura constitución liberal para Brasil y Portugal. El dilema que entonces se le presentó a dom Joao era que si volvía a Portugal caería en las manos de los liberales y arriesgaría la pérdida de Brasil, mientras que si permanecía en Brasil perdería a Portugal (ya que los liberales portugueses no estaban dispuestos a tolerar por más tiempo la ausencia de su rey).
   
En marzo de 1821 dom Joao accedió a regresar bajo presión de los militares portugueses y del gobierno británico. Castlereagh aclaró que Gran Bretaña estaba obligada a defender la casa de Braganza contra enemigos externos, pero no de ataques internos. Dom Joao se embarcó en abril de 1821, con 4.000 portugueses y el tesoro real, dejando a su hijo dom Pedro, de 22 años, como príncipe regente. En Brasil el partido brasileño se preparó para defender los intereses brasileños en las Cortes de Lisboa, donde ocuparían sólo entre 70 y 75 bancas de un total de 200. Pero los brasileños aún no consideraban la independencia como una cuestión política seria.
   
Pero las Cortes intentaron quitarle a Brasil su condición de reino e imponerle su anterior status colonial, para restablecer el monopolio comercial portugués y negarle a Gran Bretaña acceso directo a Brasil. Intentaron también ignorar a Río de Janeiro, dando órdenes directas a las capitales de los diferentes estados brasileños para descentralizar el poder en Brasil y desarticular toda posibilidad de reacción coordinada. Las Cortes intentaron desmantelar todas las instituciones de gobierno montadas en Río de Janeiro desde 1808. Cada provincia debía ser gobernada por un jefe militar designado directamente desde Lisboa. Al príncipe regente dom Pedro se le ordenó regresar a Portugal en septiembre y en octubre de 1821. Como consecuencia, los diputados brasileños, que habían sido ridiculizados, insultados y amenazados, se rebelaron y escaparon ilegalmente de Lisboa a fines de 1822.
   
Fueron estos eventos los que llevaron a los brasileños a transferir su lealtad de Joao VI a dom Pedro, presionándolo a desobedecer a las Cortes y a permanecer en Brasil. A principios de 1822 impidieron el desembarco de tropas portuguesas. En mayo se decidió que ningún decreto de las Cortes de Lisboa sería llevado a la práctica sin la aprobación de dom Pedro. En septiembre llegaron despachos desde Lisboa acusando a los ministros de dom Pedro de traición, ordenando el regreso de éste a Portugal y exigiendo la completa subordinación de Brasil. De tal manera, cuando el 7 de septiembre de 1822 dom Pedro lanzó su famoso "Grito de Ipiranga", una larga serie de acontecimientos había preparado el camino. El influyente José Bonifacio de Andrada e Silva (1) y su propia esposa (la princesa austríaca Leopoldina) le aconsejaron romper con Portugal. En octubre fue proclamado "Emperador Constitucional y Perpetuo Defensor" del Brasil. Finalmente, el 1º de diciembre de 1822 dom Pedro fue coronado. Entre tanto, una Asamblea Constituyente brasileña había sido elegida indirectamente por sufragio estrictamente limitado en junio de 1822 y ésta se reunió por primera vez en mayo de 1823, después de la coronación. Brasil ya era independiente.
   
En el Noreste sólo Pernanbuco aceptó la independencia. La presencia portuguesa en el resto de la región impidió su unión inmediata. Bahía estaba dividida entre las fuerzas portuguesas y los barones brasileños del azúcar que se subordinaron a dom Pedro. Los segundos designaron a un oficial francés como comandante de las fuerzas antiportuguesas en Bahía, pero esto resultó insuficiente debido a que allí estaba establecida la escuadra naval portuguesa. Por este motivo, los brasileños contrataron a lord Cochrane, el aventurero naval británico que en 1818 había organizado la flotilla chilena bajo San Martín y estaba retirado en Chile. Cochrane organizó un pequeño escuadrón. En julio de 1823 los portugueses dejaron Bahía, que estaba ocupada por fuerzas brasileñas. Finalmente, las últimas tropas portuguesas en dejar Brasil se embarcaron en marzo de 1824 en Montevideo, luego de que la provincia Cisplatina se uniera al Imperio del Brasil.
   
El reconocimiento de la independencia brasileña de parte de Gran Bretaña era especialmente importante para el nuevo Estado. Era particularmente relevante porque hacia mayo de 1823 Portugal estaba nuevamente bajo un gobierno absolutista, y las potencias de la Santa Alianza podían, hipotéticamente, ayudar a Joao VI a reafirmar su poder. Además, el reconocimiento británico ayudaría a dom Pedro a consolidar su poder contra realistas, separatistas y elementos republicanos.

Por su parte, Gran Bretaña tenía diversas razones para reconocer la independencia de Brasil, entre ellas:

1. Que facilitaba políticamente el reconocimiento de las repúblicas hispanoamericanas.
2. Que Portugal era demasiado débil militar y económicamente como para reimponer su dominio por su cuenta.
3. Que (como consecuencia de las relaciones comerciales desarrolladas desde 1808) Brasil ya era el tercer mercado extranjero más importante de Gran Bretaña.
4. Que Brasil había retenido la monarquía (y era por lo tanto un "buen ejemplo" para otros).
5. Que cualquier retraso en su reconocimiento haría peligrar la estabilidad y unión del país.
6. Que la declaración de independencia brasileña le permitió a Gran Bretaña progresar en la cuestión de la abolición del tráfico de esclavos. Brasil era vulnerable a la presión británica porque necesitaba a Gran Bretaña.
7. Porque el tratado anglo-portugués debía renegociarse en 1825, y Gran Bretaña podría hacerlo exclusivamente con Brasil.

A pesar de todos estos factores, Gran Bretaña rehusó reconocer la independencia brasileña hasta que no hubiese un acuerdo sobre el tráfico de esclavos, ya que de ese modo podía poner fin a las excusas portuguesas para la continuación del tráfico. En septiembre de 1823 Portugal le pidió a Gran Bretaña sus buenos oficios frente a Brasil. Canning accedió, pero dijo que no esperaría indefinidamente al reconocimiento portugués de la independencia brasileña, ya que no podía arriesgar los intereses británicos en Brasil. Las negociaciones entre Brasil y Portugal se llevaron a cabo en Londres pero se rompieron en febrero de 1825. Por consiguiente, Gran Bretaña decidió actuar por su cuenta y envió un diplomático a Río de Janeiro para negociar un tratado comercial anglo-brasileño. En su camino a Brasil, el enviado Charles Stuart pasó por Lisboa y obtuvo la representación del gobierno portugués para negociar también en nombre suyo.
   
En agosto de 1825 Stuart firmó un tratado por el cual Portugal reconocía la independencia brasileña y Brasil prometía no incorporar a su imperio otras partes del Imperio Portugués. Stuart negoció luego un tratado para Gran Bretaña, pero éste fue rechazado por Canning. Finalmente, en noviembre de 1826 se firmó un tratado anglo-brasileño que establecía que el tráfico de esclavos sería ilegal a partir de marzo de 1830. A éste le siguió, en agosto de 1827, un acuerdo comercial anglo-brasileño que incluía la continuación de la tarifa máxima del 15 por ciento para los productos británicos, y el principio de extraterritorialidad por el cual los ingleses tenían el derecho de designar jueces para manejar casos que involucrasen a súbditos británicos residentes en el Brasil (ambas heredadas del tratado anglo-portugués de 1810).

  1. José Bonifácio de Andrada e Silva (1763-1838) era un miembro de una rica familia de Santos y había sido educado en Coimbra. A principios de 1822 era sin dudas la figura dominante en el proceso político en Brasil. Era progresista hasta el punto de favorecer la gradual abolición de la esclavitud, la liberación de la inmigración europea y la reforma agraria, pero al mismo tiempo era muy conservador y hostil a la democracia.

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