Visite nuestra página principal

Como ya se ha sugerido, mientras los eventos revolucionarios se desarrollaban en las regiones sureñas del otrora imperio español en América, los británicos nunca dejaron de tener un rol importante,  siendo un elemento muy relevante del contexto y de las restricciones en las cuales estos eventos se llevaron a cabo. Desde el tratado de Utrecht (1713) hasta la abolición de la autoridad española en América del Sur, el gobierno británico se había interesado por el equilibrio de fuerzas en el Río de la Plata y en el monitoreo militar y comercial de los centros urbanos de la desembocadura de la cuenca fluvial del Río de la Plata. Mientras la Corona española mantuvo una política  excluyente, Gran Bretaña apoyó las pretensiones de los portugueses sobre la Banda Oriental. Pero cuando la Colonia del Sacramento quedó irremediablemente bajo el poder de los españoles en 1777, Gran Bretaña dejó de entrometerse seriamente en la cuestión del Río de la Plata, excepción hecha del frustrado intento de invasión de 1806-1807, que comenzó con la aventura individual de un jefe naval británico. 
   
Cuando en 1808 la corte portuguesa se traladó desde Lisboa a Río de Janeiro, y cuando poco más tarde se desarrolló un movimiento revolucionario en Buenos Aires, el problema del Río de la Plata se presentó nuevamente y de una manera más compleja. Gran Bretaña era la aliada de Portugal, y luego de los Tratados de 1810 tenía también privilegios especiales en Brasil. Sin embargo, el hecho de que el comercio se abriera gradualmente en el mercado de Buenos Aires a partir de 1810 eliminó una de las razones por las cuales Gran Bretaña se había opuesto a una hegemonía española en el Río de la Plata. A su vez, una vez que España se transformó en aliada de Inglaterra a raíz del derrocamiento de Fernando VII por Napoleón, la consideración debida por Gran Bretaña a su nueva aliada motivaba a lord Castlereagh y a su embajador en Río de Janeiro, lord Strangford, a hacer lo posible por impedir que los portugueses se aprovecharan de la debilidad española.
   
La situación era aún más complicada debido a la tendencia de Francisco Javier de Elío, el gobernador realista de Montevideo, de buscar ayuda en Río de Janeiro. Posteriormente, las autoridades revolucionarias de Buenos Aires demostraron la misma propensión que Elío, necesitados de aliados para determinar cuáles serían las características de la nueva sociedad del Río de la Plata y para tratar de evitar la llegada de la expedición punitiva española, cuyo eventual envío amenazó durante años al Río de la Plata. Esta tendencia se acentuó cuando entre las fuerzas revolucionarias de la Banda Oriental emergió el movimiento radicalizado liderado por el general Artigas, que tendía hacia la total independencia de la Banda Oriental (y de cuanta provincia quisiera unírsele) tanto de España como del dominio de Buenos Aires o de Brasil.
   
En este complejo contexto, desde 1810 hasta 1816 el gobierno británico desarrolló una política cuyo objetivo era frenar el deseo portugués de conquistar la Banda Oriental y tal vez incluso de lograr que Buenos Aires se supeditara a su autoridad. Ya hacia 1815 el perfil de un Estado tapón se había comenzado a insinuar para Uruguay. En tal sentido, es interesante observar que las restricciones impuestas por los británicos a los portugueses ayudaron a establecer las circunstancias por las cuales se eliminó primero el poder español en la Banda Oriental, y luego el poder de ambos Buenos Aires y Brasil.
   
Como se dijo antes, Gran Bretaña no estaba interesada en ejercer poder político en América del Sur, pero tampoco estaba dispuesta a aceptar que otros Estados europeos lo hicieran. Era del interés británico reconocer la independencia de los nuevos Estados tan pronto como demostraran tener un gobierno efectivo, aunque no antes de ello, ya que sin gobierno efectivo podían caer en manos de cualquier otra potencia, lo que atentaría contra la política (y el interés) británico de equilibrio de poder. El año 1820 fue de anarquía en el Río de la Plata, lo que atentaba contra las posibilidades de reconocimiento. Sin embargo, reformas económicas tales como la reanudación del pago de la deuda y la reducción de los gastos militares, puestos en práctica por el gobierno de Martín Rodríguez, abrieron el camino para el reconocimiento británico de la independencia de las Provincias Unidas. En 1821, Portugal, incitado por la diplomacia inglesa, reconoció a las Provincias Unidas. En 1822 los Estados Unidos, interesados en adquirir una presencia en esta parte del mundo, hicieron lo propio. El suicidio de Castlereagh pospuso el reconocimiento británico de la independencia del Río de la Plata, pero éste llegó finalmente en febrero de 1825, juntamente con el reconocimiento de México y Colombia. En Gran Bretaña esta medida (largamente ansiada por el grupo de presión de los hombres de negocios con intereses en América del Sud) fue presentada como un golpe político contra Francia, para justificarla ante quienes preferían una política más conservadora frente a las repúblicas subversivas de la América hispanoparlante. La firma de un tratado comercial angloargentino concomitantemente con el reconocimiento sería vista como el precio pagado por éste. Concretada la ratificación por Inglaterra en mayo de 1825, quedaron sentadas las bases jurídicas duraderas para el intercambio comercial entre ambos Estados.
   
Durante el período tratado en este capítulo, la política británica respecto de la emancipación del Río de la Plata puede dividirse en tres períodos, vinculados a cambios operados en el contexto europeo y rioplatense. (1) De 1810 a 1820 puede hablarse de una política de mediación. Durante este período, Gran Bretaña, que tenía un indiscutible predominio comercial en el Río de la Plata, optó por adoptar una posición prudente -o si se quiere, equidistante- respecto tanto del reconocimiento de la independencia de las nuevas repúblicas sudamericanas como de la política de intervención impulsada por las monarquías europeas -especialmente por el zar Alejandro de Rusia- en el seno de la Santa Alianza, tendiente a sofocar procesos revolucionarios. (2)
   
Desde 1820 hasta febrero de 1825  la política británica fue de preparación para el reconocimiento de la independencia. Este período de preparación británica para decidir el reconocimiento del Río de la Plata coincidió con la breve etapa de la llamada "feliz experiencia" del gobierno de Martín Rodríguez en Buenos Aires, con Bernardino Rivadavia como hombre clave en la gestión de las reformas. Factores tales como la revolución liberal en España en 1820, las negociaciones entre el gobierno francés y el de Pueyrredón en Buenos Aires en 1819 para instalar un príncipe de la casa de Borbón como gobernante del Río de la Plata, y, finalmente, las medidas adoptadas por el gobierno de Rodríguez entusiasmaron a la cada vez más influyente comunidad británica en el Río de la Plata y al ministro Castlereagh. Este dio los primeros pasos hacia un reconocimiento completo, cuya realización fue demorada por su muerte y por la oposición del rey y los sectores conservadores del Parlamento británico. Estos últimos basaban su negativa en el doble argumento de que tamaña medida enfrentaría a Gran Bretaña con España, y que las condiciones políticas internas en el ámbito rioplatense todavía no otorgaban espacio para tal decisión.
   
Finalmente, en febrero de 1825 se produjo el reconocimiento británico de México, Colombia y las Provincias Unidas del Río de la Plata, que abarcaban las tres cuartas partes de la América española, comenzando así un nuevo período en las relaciones con Inglaterra. La forma elegida para hacer efectivo el reconocimiento fue la negociación de tratados comerciales, la ratificación de los cuales completaría el proceso. El ministro Canning, sucesor de Castlereagh, era partidario de evitar todo reconocimiento en términos precisos y prefería que se diera por establecida la independencia presunta. No obstante, era importante que el reconocimiento apareciera ligado a la regulación del comercio que había sido el motivo principal para que aquél se realizara. De esta manera los nuevos Estados se vieron obligados a aceptar estos tratados. (3)
   
El tratado comercial entre Inglaterra y las Provincias Unidas se firmó el 2 de febrero de 1825 y fue ratificado por Inglaterra en mayo de ese año. Uno de los rasgos más interesantes de éste sería la sorprendente simetría planteada por el mismo, que contrasta notablemente con la asimetría (favorable a Inglaterra) de su equivalente entre Brasil y Gran Bretaña, aunque como señala Vicente Sierra -y como observara el cónsul norteamericano en Buenos Aires, molesto por el tratado con Inglaterra debido a que su país había otorgado el reconocimiento sin imponer condiciones y ahora quedaba en desventaja- la capacidad de la economía argentina en ese momento hacía que tal simetría fuera completamente inoperante. (4)
   
Antes de entrar en el tema de las relaciones diplomáticas con Gran Bretaña, sin embargo, trataremos uno de sus condicionantes básicos: la presencia comercial británica en el Río de la Plata, y sus efectos en la transformación de la sociedad local.

  1. En la temática de la periodización, seguiremos el criterio adoptado por Webster.

  2. En 1812 el ministro de relaciones exteriores británico Castlereagh procuraba la reconciliación de España con las antiguas colonias hispanoamericanas, de acuerdo con los principios siguientes: que no existirían ventajas secretas tales cuales España había ofrecido para su ayuda; que la mediación debía extenderse a todas las colonias y que no se haría uso de la fuerza. Esta línea de pensamiento llevó a Castleragh a negarse a prestar la mediación armada inglesa, solicitada por el gobierno español a cambio de privilegios exclusivos para su comercio. Debido a esta actitud de Inglaterra, el rey Fernando VII buscó en el zar Alejandro de Rusia el apoyo de la fuerza. Ver respecto de la política de mediación británica C. K. Webster, op. cit.; Mario Belgrano, "La Santa Alianza. Los comisionados al exterior", Academia Nacional de la Historia, Ricardo Levene,(comp.), Historia de la Nación Argentina (desde los orígenes hasta la organización definitiva en 1862), vol. VI, 1ª secc., Buenos Aires, El Ateneo, 1947, cap. IX, p. 668.

  3. C. K. Webster, op. cit., t. I, p. 34.

  4. Vicente D. Sierra, op. cit., t. VII, 1976, pp. 432-433.

Aclaración: Las obras citadas (op. cit.) que no se mencionan explícitamente en este listado de citas, se encuentran en las páginas inmediatamente anteriores. Para ello, haga un click en el botón "Anterior". También puede utilizar la opción "Búsqueda" , ingresando el nombre del autor de las obras respecto de las cuales se requiere información.

Ir a página anterior Home Ir a página siguiente

© 2000. Todos los derechos reservados.
Este sitio está resguardado por las leyes internacionales de copyright y propiedad intelectual. El presente material podrá ser utilizado con fines estrictamente académicos citando en forma explícita la obra y sus autores. Cualquier otro uso deberá contar con la autorización por escrito de los autores.