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El Reglamento del Libre Comercio establecido por los Borbones en 1778 estimuló el crecimiento de Buenos Aires como ciudad-puerto y el del Litoral como área productora de ganado. Como consecuencia de la combinación de estos hechos con la revolución industrial británica, tuvo lugar en el Río de la Plata una gran expansión de productos y comerciantes británicos. El Interior tampoco se sustrajo a la introducción de artículos británicos que provenían de Buenos Aires o del Litoral. Como ejemplo de esta explosiva tendencia, el comerciante británico Samuel Haigh señalaba que en Córdoba: “las tiendas, que suben a unas setenta, estaban repletas de artículos ingleses manufacturados de los que los tenderos se proveen en Buenos Aires, adonde van generalmente una vez por año, y sus compras se transportan en carros”. (1) En aquellas provincias donde se había desarrollado la producción de tejidos de algodón, la irrupción de los productos británicos restringió fuertemente el mercado. No obstante, las tejedurías de lana -que eran la mayoría en el Interior- tuvieron mejor suerte, ya que no competían directamente con los algodones británicos, cuyo uso fue masivo en las ciudades y la campaña del Litoral a partir de 1810. (2)
   
Sin dudas, el impacto más importante de la Revolución de Mayo en la economía del Interior fue el efecto combinado de la pérdida de Potosí como área suministradora de metálico con la demanda creciente de productos británicos, que provocó una migración de moneda de las provincias del Interior hacia Buenos Aires, primero, y hacia Liverpool o Londres, después. Dicha demanda generó una sangría tanto de metálico como de objetos de plata, que abundaban en el Interior. Un testimonio de la dramática escasez de moneda en el Interior lo constituyen las numerosas falsificaciones y acuñaciones provinciales de baja calidad, que proliferaron a partir de la pérdida del Alto Perú y luego con la desaparición del poder central del Directorio en 1820. (3)
   
En las provincias del Litoral -Corrientes, Entre Ríos y Santa Fe- y en la Banda Oriental, la movilización de tropas por las luchas entre los ejércitos provinciales y porteños, y las onerosas contribuciones exigidas por los caudillos provinciales a sus súbditos para costear estas guerras, terminaron por liquidar la riqueza ganadera litoraleña. En este clima de desorden, saqueo e inseguridad, las formas normales de explotación ganadera, que se habían desarrollado durante el siglo XVIII hacia el mercado de Brasil y Europa, fueron abandonadas y allí donde algún lote de ganado podía ser ocasionalmente salvado de saqueos y requisiciones, era natural que sus dueños procuraran venderlo lo más rápidamente posible. En esta situación pudieron hacer excelentes negocios algunos comerciantes británicos que aprovechando esa suerte de inmunidad que les daba su condición de ingleses, transitaban entre las líneas de combate, siempre amablemente recibidos por los jefes rivales. (4)
   
Con este estilo comercial menos regular y más aventurero que el impuesto por los comerciantes porteños consignatarios de las viejas casas españolas, los comerciantes británicos introducían una profunda innovación respecto del período colonial. El importador británico, a diferencia del comerciante español o criollo, no hacía sentir su presencia en el Interior mediante agentes intermediarios, sino que él mismo se transformaba en transportista y vendedor. En el comercio urbano, la innovación de los ingleses fue el uso sistemático de la venta en subasta, que permitía a tenderos y pulperos prescindir de sus proveedores habituales. (5) 
   
Para acelerar sus operaciones y desplazar al sistema comercial preexistente de trueque de productos, en el que el circulante era escaso, los británicos introdujeron otra innovación que fracturó la vieja estructura comercial colonial: el uso sistemático de la moneda en sus transacciones comerciales. Esta innovación, debida en Corrientes a los británicos hermanos Robertson, aceleró notablemente el intercambio -ya que el sistema de entrega en consignación al comerciante local y de trueque para la venta al por menor era lento y caro- y permitió a los hábiles comerciantes ingleses introducir en el consumo local numerosos productos británicos provistos por las casas comerciales metropolitanas, con los que recuperaban el capital en giro. Esos productos no se limitaban tan sólo a los tradicionales textiles. Abarcaban una amplia gama, en la que ocupaba un lugar muy especial la cerveza. Los propios hacendados, que vendían a los británicos los cueros, se convertían en comerciantes minoristas en sus haciendas. Esta etapa aventurera de los comerciantes británicos, funcional a la propia inestabilidad de la primera década revolucionaria en el Río de la Plata, culminó en 1820, siendo reemplazada por un estilo comercial más regular y conveniente para una comunidad británica ya sólidamente asentada en la región. (6)
   
En Buenos Aires, las medidas ecónomicas de corte librecambista adoptadas por los hombres de la Revolución de Mayo, en lugar de los prometidos beneficios de la libertad de comerciar, provocaron la destrucción de aquellos circuitos comerciales que ligaban a la capital del ex virreinato con el Alto Perú y el Interior. La irrupción de los comerciantes británicos y su presión para colocar sus productos en el mercado rioplatense, en momentos en que el gobierno de Buenos Aires perdía el control del cerro de Potosí, originó en la balanza comercial un sostenido desequilibrio que perduraría por cuatro décadas, provocando una crónica penuria financiera. Además, los comerciantes porteños debieron costear las guerras sostenidas por Buenos Aires y las provincias, primero para sostener a la Revolución y luego para mantener al poder central y posibilitar la expedición sanmartiniana: el equipamiento del Ejército de los Andes fue un gran esfuerzo, que agotó tanto a las provincias como a la Capital. (7)
   
En este período de la primera década revolucionaria, en que la actividad y riqueza de los comerciantes porteños eran duramente golpeadas por las guerras que sostenía el gobierno, los comerciantes porteños debieron soportar el exitoso establecimiento de los primeros contingentes de comerciantes británicos que dominaron rápidamente la plaza, como ocurrió en el Interior y Litoral. En Buenos Aires estos comerciantes británicos contaron, además, con la protección de la Corona británica -a través de la presencia intimidatoria de alguna fragata-  cuya amistad se empeñaba en consolidar el gobierno revolucionario. (8)
   
El artículo 4º del Plan atribuido a Mariano Moreno refleja claramente hasta qué punto la Junta de Buenos Aires en 1810 respaldaba los intereses británicos:

Nuestra conducta con Inglaterra y Portugal deve ser benefica: devemos proteger su comercio, aminorarles los derechos, tolerarlos, y preferirlos aunque estrannos, las quales extorciones devemos hazerles toda la carta de proposiciones beneficas, y admitir las que nos traigan: (...) se les debe dejar interrar (internar) en lo interior de las provincias pagando los derechos como nacionales despues de aquellos, que se graduaren mas comodos por la introduccion; ultimamente haziendo sacrificios, devemos atraerlos, y ganar las voluntades de los ministros de las cortes estrangeras, y de los principales resortes de los gabinetes, aunque sêa á costa de oro, y plata, que es quien todo lo facilita. (9)

En consecuencia, los comerciantes británicos fueron casi siempre eximidos de las pesadas cargas que debieron soportar sus colegas porteños -contribuciones voluntarias e involuntarias, empréstitos y confiscaciones-. No obstante las fracasadas invasiones británicas de 1806 y 1807 en el Río de la Plata, todas las rutas comerciales y financieras nacían y morían en Liverpool o en Londres, cuando no en Río de Janeiro, segunda sede de los ingleses. Con tantas ventajas en favor de los británicos, fueron estériles los intentos porteños para limitar su influencia: las prohibiciones para que los ingleses comerciaran y la extensión de las contribuciones a la comunidad británica fueron descartadas por el gobierno porteño. Ni siquiera los intentos del director supremo Juan Martín de Pueyrredón para equilibrar la preponderancia británica con la presencia francesa pudieron atenuar la hegemonía británica en el comercio rioplatense. (10) 
   
Quedaron para los comerciantes porteños aquellas actividades en las que su mejor conocimiento de la región o sus vinculaciones políticas podían darles alguna preeminencia. En primer lugar, ejercieron la especulación a costa de un Estado que podía conceder ventajas a cambio de aportes materiales a las guerras sostenidas por el gobierno de Buenos Aires -por ejemplo, los comerciantes que organizaron la compra de la primera flotilla-. Otra fuente de especulación consistía en la venta de patentes a aventureros extranjeros, que fue una verdadera industria rioplatense en los años finales de la primera década de la Revolución de Mayo. También se podía especular con papeles públicos, títulos de la deuda u otro tipo de empréstitos -operaciones que no desdeñaron tampoco los propios británicos-. No obstante estas salidas alternativas, las mismas no eran suficientes siquiera para la supervivencia, ni mucho menos para el crecimiento de una clase mercantil que procurara mantenerse al margen de los británicos. (11)
   
A partir de 1815 los miembros de las viejas familias comerciantes de Buenos Aires adquirieron un progresivo interés por la ganadería, que se aceleró luego de 1820 y que vino a constituir un camino de salida para la crisis de esta clase mercantil porteña. Esta veía cómo a partir de la Revolución de Mayo se perdían sus vinculaciones económicas y políticas con el Alto Perú -fuente de métalico-, el Interior, (12)  el Paraguay -constituido desde 1810 en Estado independiente-, y la Banda Oriental -foco del artiguismo, que junto a los caudillos del Litoral se oponía a los intentos de Buenos Aires de dominar el resto del ex virreinato-. (13)  Asimismo, esta clase mercantil porteña sufría en carne propia el costo de las guerras emprendidas por Buenos Aires y estaba desbordada por la competencia de la comunidad mercantil británica.
   
Como consecuencia de la conjunción de estos factores, en pocos años apellidos pertenecientes a las viejas familias comerciantes porteñas se convirtieron en emprendedores estancieros: los Anchorena, Alzaga, Lezica, Riglos. También lo hicieron algunos políticos o militares que utilizaron su ocasional influencia para obtener tierras: Alvear, Díaz Vélez, Azcuénaga, Dorrego, Balcarce, Viamonte. Los británicos tampoco desdeñaron la nueva posibilidad y nombres como Mackinlay, Britain, Miller, Twaithes y otros aparecieron mezclados entre los propietarios criollos. (14)  Con el tiempo, el número de terratenientes ingleses llegó a ser tan considerable que en 1847 Mac Gann pudo recorrer la provincia de Buenos Aires pernoctando exclusivamente en estancias de sus compatriotas. (15)
   
De este modo, al participar de la expansión ganadera, el sector británico consolidó su predominio en la estructura comercial instalada desde 1810. Inglaterra fue -por lo menos hasta 1830- el principal y casi exclusivo comprador de los cueros criollos. Las exportaciones crecieron sostenidamente: los 450.000 cueros de 1819 se elevaron a 1.140.000 en 1824 y esa cantidad se duplicó en la década siguiente. (16) Este producto interesaba a los británicos porque permitía la disponibilidad de recursos para la adquisición de sus manufacturas, cuya colocación constituía su principal interés. (17) Así, la expansión ganadera, base del aislacionismo porteño, estableció la alianza firme entre los intereses británicos y los grupos dominantes locales, que dejaron en manos de los primeros la vinculación con los mercados externos. (18)

  1. S. Haigh, Bosquejos de Buenos Aires, Chile y Perú, Buenos Aires, La Cultura Argentina, 1920,  citado en Luis A. Romero, La feliz experiencia 1820-1824, Buenos Aires, La Bastilla, 1983, p. 48.

  2. Tulio Halperín Donghi, Revolución y guerra. Formación de una élite dirigente en la Argentina criolla, Buenos Aires, Siglo XXI, 1972, pp. 106-108; también L. A. Romero, op. cit., pp. 48-49.

  3. T. Halperín Donghi, op. cit., pp. 80-82; L.A. Romero, op. cit., pp. 50-51.

  4. L. A. Romero, op. cit., pp. 109-114.

  5. T. Halperín Donghi, op. cit., pp. 91-93.

  6. H. S. Ferns, Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX, Buenos Aires, Solar-Hachette, Buenos Aires, 1968, capítulo III; T. Halperín Donghi, op. cit., pp. 102-105; L. A. Romero, op. cit., pp. 110-115.

  7. L. A. Romero, op. cit., pp. 151-152.

  8. Ibid., p. 152. 

  9. Documento Nº 196, Plan atribuido a Mariano Moreno, Buenos Aires, 30 de agosto de 1810, República Argentina, Archivo General de la Nación, Política lusitana en el Río de la Plata, Colección Lavradio, tomo II: 1810-1811, Buenos Aires, 1963, pp. 104-105. Debe aclararse que hay una gran discusión entre los historiadores acerca de la autenticidad de este documento. Paul Groussac planteó las primeras dudas. Luego Ricardo Levene llegó a la conclusión de que era apócrifo, en tanto Enrique de Gandía se pronunció por la tesis contraria. Sierra considera que podrían aceptarse como auténticas algunas de sus partes pero que el documento en su totalidad y como se lo conoce no lo es. Ver: "Sobre el «plan» atribuido a Moreno", en V. Sierra, op. cit., t. V, Buenos Aires, Ed. Científica Argentina, 1968, pp. 230-237.

  10. L. A. Romero, op. cit., pp. 152-153.

  11. Ibid., pp. 153-154.

  12. Esta oposición del Interior a los intentos de control por parte del gobierno de Buenos Aires está claramente reflejada en una nota enviada por Julián de Gregorio Espinosa al Conde de Linhares en diciembre de 1811: "este manejo indiscreto y tirano ha hecho concebir a los pueblos de todo el interior un odio irreconciliable á este govierno, sobre el que indistintamente tienen a todo porteño. Odio que en principios de buena politica debe mirarse como una causa favorable a las pretensiones de la Señora Infanta; porque dichos pueblos abrazarian qualquier partido que los liberte de una dominacion tan ignominiosa como la que quiere establecer la capital de Buenos Aires: puede asegurarse que si estos pueblos tubiesen una fuerza armada capaz de competir con la de Buenos Aires se substraerian de su obediencia. Los pueblos de que se habla son todos aquellos que se hallan situados de cordilleras abajo desde las gargantas del Perú; (...)" Documento Nº 314, nota de Julián de Gregorio Espinosa al Conde de Linhares, Buenos Aires, 12 de diciembre de 1811, Política lusitana en el Río de la Plata, op. cit., tomo II, pp. 446-447.

  13. Respecto de la resistencia artiguista al gobierno realista de Elío en Montevideo y al gobierno de Buenos Aires, un testimonio elocuente es la carta enviada por José Ferreira d'Abreu al Capitán José Nunes en diciembre de 1811. Esta carta dice: "Con respecto a las novedades, Montevideo por ahora se encuentra sosegado con esto, porque el pueblo está muy exaltado (...) F. Artigas anda con 2.000 hombres matando y robando todo lo que encuentran por la otra banda; no quiere obedecer ni a este Gobierno ni al de Montevideo".  Documento Nº 315, carta de José Ferreira d'Abreu al capitán José Nunes, Buenos Aires, 7 de noviembre de 1811, en Política lusitana en el Río de la Plata, op. cit., tomo II, p. 451. Asimismo dicha resistencia de Artigas al poder porteño consta en la memoria de Bento López de septiembre de 1813. Al comentar los acontecimientos relativos al sitio de la ciudad de Montevideo, López afirma que "Artigas, cuando vino el presidente Sarratea con las tropas de Buenos Aires, hizo una conspiración influyendo en los de esta Banda Oriental, poniendo sitio a los de Buenos Aires, sacándoles -con los recursos aparentes que tenían de caballadas y gente- los víveres, haciéndoles robar la escasa caballería con que contaban, hasta las mulas del jefe Sarratea, secuestrando toda la correspondencia, pues el jefe Artigas tenía todos los caminos bloqueados por los suyos. (...) Los de Buenos Aires reflexionando acerca de la situación en que se encontraban, viendo que no podían volver, acordaron mandar a Rondeau y al coronel French a tratar con Artigas sobre la paz y nada consiguieron. Pero el citado Artigas decía que volvieran Sarratea, Viana y los demás de su bando dejando todo. Y tuvieron que cumplir una disposición por la cual quedaba Rondeau como general en jefe de las tropas y del interesante objetivo de la conquista de la plaza, Artigas como segundo y general Ciudadano Libre de los Orientales, no reconociendo para nada al gobierno de Buenos Aires. (...) En los papeles que los de Montevideo despachan para el sitio hablan pestes contra los de Buenos Aires y se ocupan de la alianza con los orientales, me parece que aquéllos tienen esperanzas en el falso Artigas."  Documento Nº 377, Memoria de Bento López, Yaguarón, 29 de septiembre de 1813, en Política lusitana en el Río de la Plata, op. cit., tomo III: 1812-1815, 1964, pp. 121-122.

  14. Los nombres corresponden a las listas de enfiteutas de los años 1822-1830, elaboradas por J. Oddone, La burguesía terrateniente argentina, Buenos Aires, Libera, 1967.

  15. W. Mac Gann, Viaje a caballo por las provincias argentinas, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986.

  16. L. A. Romero, op. cit., p. 174.

  17. Ibid., p. 175.

  18. Ibid., p. 180.

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