Desde
el comienzo del proceso iniciado en 1810, el gobierno de Buenos Aires buscó
afanosamente el respaldo de Londres. Así, en el oficio del 28 de mayo de ese año,
la Primera Junta le explicó a lord Strangford, ministro británico en Río de
Janeiro, los motivos que determinaron su instalación, asegurándole que era su
propósito conservar estas posesiones para el rey cautivo Fernando VII contra
las ambiciones de Napoleón Bonaparte. Strangford contestó el 16 de junio que
apreciaba la declaración de fidelidad a Fernando VII por parte de la Junta
porteña. (1) Strangford añadió que debido a esta actitud prudente de Buenos
Aires el gobierno británico no tenía inconveniente en relacionarse con la
capital del ex virreinato. Al mismo tiempo el diplomático británico aconsejó
a la Junta que evitara toda relación con los franceses y que no diera motivos
al resentimiento del reino de Portugal de cuyos sentimientos pacíficos respondía.
A partir de este momento las relaciones de la Junta porteña con lord Strangford
se hicieron tan cordiales que por varios años éste se constituyó en el
consejero confidencial del gobierno de Buenos Aires. Strangford interpuso su
influencia en los momentos más críticos, mediando en el conflicto entre el
gobierno revolucionario de Buenos Aires y el realista de Montevideo, y
posteriormente en el conflicto por la Banda Oriental con Portugal y luego con el
Imperio del Brasil, que perjudicaban seriamente los intereses mercantiles británicos.
Además Strangford facilitó los viajes de los primeros emisarios de Buenos
Aires a Brasil y Londres, a pesar de que éstos todavía no tenían
reconocimiento externo. En agradecimiento a tan importantes servicios, el
Cabildo de Buenos Aires confirió a lord Strangford el título de Ciudadano de
las Provincias Unidas, honor que el británico declinó por considerarlo
incompatible con su investidura de ministro extranjero. (2)
La Junta de Buenos Aires, deseosa de estrechar los vínculos con Gran
Bretaña, despachó en misión secreta a Londres al teniente de navío Matías
de Irigoyen con una doble finalidad: solicitar la interposición del marqués de
Wellesley contra las pretensiones del príncipe regente de Portugal y obtener el
permiso de adquirir armamentos. Luego, Irigoyen debía pasar a Cádiz para
explicar al Consejo de Regencia -que gobernaba en nombre del rey cautivo
Fernando VII mientras las tropas napoleónicas ocupaban la mayor parte de España-
las razones que determinaron el cambio de gobierno en Buenos Aires.
Sin embargo, llegado a Portsmouth en agosto de 1810, Matías de
Irigoyen recibió instrucciones del gobierno porteño de no ir a España, pues
la Junta consideraba que el Consejo de Regencia no era una autoridad legítimamente
constituida. Limitada así su misión a Inglaterra, se entrevistó con el marqués
y pidió la protección británica contra cualquier potencia que se opusiera a
las decisiones del pueblo de Buenos Aires. Fiel a la política de equidistancia
de Londres, Wellesley contestó que Gran Bretaña no podía recibir oficialmente
emisarios de las colonias españolas. No todo fue frustración, sin embargo, ya
que aunque el emisario porteño no logró comprarle armas en forma directa al
gobierno británico, consiguió contratar la adquisición de una cantidad de
fusiles en empresas privadas. (3)
Consecuentemente, Gran Bretaña adoptó una actitud prudente respecto
de la cuestión del reconocimiento de las Provincias del Río de la Plata. Como
se estableció en el Capítulo 3, esta actitud prudente de la diplomacia británica
en el tema del reconocimiento y en sus relaciones con España llevó al Foreign
Office a desalentar los ambiciosos proyectos abrigados por la Corona portuguesa
instalada en Río, en referencia a la anexión del Río de la Plata. Esta
actitud de la diplomacia británica de no dañar los intereses españoles (al
menos visiblemente) quedó claramente definida en una carta de 1812 enviada por
Castlereagh a Strangford. Decía Castlereagh:
En cualquier comunicación futura que V.E. dirija al Gobierno local de Buenos Ayres, podrá asegurarse que esta línea de conducta ha sido adoptada por S.A.R. el Príncipe Regente, y que al mismo tiempo hace valer su influencia ante la Corte de Brasil a fin de procurar que las tropas portuguesas evacuen los territorios españoles, (...). V.E. les expondrá cuánto más honorable y ventajosa sería esta política -siempre que, como confiadamente lo espera S.A.R, pueda asegurarse a los Españoles Americanos que participarán libremente y sin restricciones de todos los privilegios del pueblo español-, que la política de la separación de la Madre Patria que los dejaría con una independencia nominal, pero dispuestos a ser, tras un largo período de guerras civiles e insurrecciones internas, la presa de sus propias facciones y conciudadanos ambiciosos o de invasores extranjeros. (4)
Otra ilustración de la estrategia británica frente al Río de la
Plata y de las consideraciones que la inspiraban es la carta de Strangford a
Castlereagh, enviada el 14 de marzo de 1815. Strangford afirmaba que:
Estaba seguro que podía
aventurarme a decir que si Inglaterra no había desempeñado un papel más
activo y decidido en esta cuestión, no era por falta de voluntad o consideración
por los intereses de la América del Sur, sino porque todos los principios de la
buena fe y del honor nacionales le impedían tomar cualquier acción que pudiera
tener el menor aspecto de estimular la separación de las Colonias de la Madre
Patria; que no estaba en forma alguna dispuesto a manifestar cuál sería la política
que los sucesos futuros aconsejarían adoptar; pero que mientras tanto concebía
que el medio más seguro de que el Gobierno de Buenos Ayres se hiciera acreedor,
en adelante, a la protección y buenos oficios de Gran Bretaña, en caso de que
quisiera o estuviera autorizada para emplearlos, sería perseverar en el mismo
sistema de moderación y prudencia que había caracterizado la conducta ejemplar
del Director Posadas, y seguir exteriorizando el mismo e invariable deseo de
llegar a una reconciliación con España en condiciones justas y honorables. (5)
Varios factores externos e internos confluyeron para que el Foreign
Office adoptara una actitud de prudencia en un tema crucial para el
gobierno de Buenos Aires. Entre los primeros figuraba a partir de 1813 la cada
vez más segura posibilidad de retorno de Fernando VII al trono español, y con
su regreso, el envío de expediciones a América para sofocar las revoluciones y
restablecer la autoridad hispana en la región. Entre los factores internos que
contribuyeron a que Gran Bretaña no se jugase aún a favor del reconocimiento,
los más importantes fueron la inestabilidad política del Río de la Plata, y
especialmente la falta de control del gobierno porteño sobre el resto del ex
virreinato. (6) Esto quedó
claramente en evidencia con la pérdida del frente altoperuano por las derrotas
sucesivas de las tres campañas de la Junta porteña en Huaqui (1811),
Vilcapugio y Ayohuma (1813) y Sipe-Sipe (1815) y por la insurrección de Artigas
que en 1815 prácticamente tenía bajo su mando a las provincias del Litoral.
Alarmado por este oscuro panorama interno e internacional, el gobierno
de Buenos Aires creyó oportuno enviar en misión a Inglaterra a Manuel de
Sarratea, con el objeto de afianzar las buenas relaciones entre el gobierno
porteño y el británico. Previamente Sarratea debía entrevistarse con
Strangford en Río de Janeiro, tratando
de convencerlo de la conveniencia de que Inglaterra designase agentes en el Río
de la Plata para el caso de que las relaciones directas entre Buenos Aires y
Londres peligrasen debido a las consecuencias para las colonias americanas de
una posible vuelta de Fernando VII al trono español. Otros temas de la agenda
entre Sarratea y Strangford eran la negociación de ventajas mercantiles para
Inglaterra como "nación favorita" a cambio del auxilio británico en
la lucha del Río de la Plata "contra los Tiranos de Cádiz (o al menos una
autorización para la venta de armas por particulares), la búsqueda de
mecanismos para impedir la venida de tropas españolas, y la cuestión del
rechazo al reconocimiento del Consejo de Regencia de Cádiz. (7)
Las gestiones ante Strangford (quien obró de acuerdo con el embajador
de España en Río de Janeiro) se encaminaron a tratar de concertar un
armisticio entre Buenos Aires y Montevideo, lo que era un paso importante para
la diplomacia porteña pues le cerraba un frente de conflicto. Las
negociaciones, sin embargo, fracasaron debido a la pretensión del gobernador
realista de Montevideo, Gaspar de Vigodet, de que las Provincias del Río de la
Plata prestaran juramento a la Constitución de la monarquía española y de
fidelidad al rey Fernando. (8)
Sarratea llegó a Londres a fines de marzo de 1814, precisamente en los
días en que Fernando VII retornaba al trono español. Este acontecimiento llevó
al Foreign Office a adoptar una actitud de aún mayor mesura respecto de Madrid
y de la América española. Obviamente, esto no fue del agrado de la Junta porteña,
a la vez que ésta era totalmente impotente para influir sobre la política británica.
Ante semejante cuadro de situación, Sarratea tenía poco para hacer y dio por
terminadas sus gestiones. (9)
Numerosos ejemplos documentales muestran la desesperación del gobierno
de Buenos Aires por encontrar respaldo externo, provocada principalmente por la
inminencia de la salida hacia América de una expedición española de 10.000
hombres comandada por el general Morillo -ésta finalmente fue enviada a
Venezuela y Colombia, regiones que fueron reconquistadas para España luego de
ser sometidas a una terrible represión-. Este sentimiento de desesperación
estuvo claramente encarnado en la figura del director supremo, general Carlos
María de Alvear. Rechazado por el ejército del Norte como director, derrotadas
sus tropas por los artiguistas en la Banda Oriental, y latente el peligro de la
mencionada expedición española, Alvear firmó dos notas, una para lord
Strangford y otra para el gobierno inglés, y envió a su comisionado Manuel José
García a Río de Janeiro y a Londres con el objeto de entregar las
Provincias Unidas del Río de la Plata a Inglaterra. La primera carta del
director supremo Alvear a Strangford, decía textualmente:
D. Manuel García, consejero de estado, instruirá a V.E. de mis últimos
designios con respecto a la pacificación y futura suerte de estas provincias.
Cinco años de repetidas experiencias han hecho ver de un modo indudable a todos
los hombres de juicio y opinión, que este país no está en edad ni en estado
de governarse por si mismo, y que necesita una mano exterior que lo dirija y
contenga en la esfera del orden antes que se precipite en los horrores de la
anarquía. Pero también ha hecho
conocer el tiempo la imposibilidad de que vuelva á la antigua dominación,
porque el odio a los Españoles, que ha excitado su orgullo y opresión desde el
tiempo de la conquista, ha subido de punto con los sucesos y desengaños de su
fiereza durante la rebolución. Ha sido necesaria toda la prudencia política y
ascendiente del Govno actual para apagar la irritación qe
ha causado en la masa de estos habitantes el enbio de Diputados al Rey. La sola
idea de composición con los Españoles los exalta hasta el fanatismo, y todos
juran en público y en secreto morir antes qe sujetarse a la Metrópoli.
En estas circunstancias solamente la generosa Nación Británica puede
poner un remedio eficaz a tantos males, acogiendo en sus brazos á estas
Provincias, que obedecerán su Govierno, y recibirán sus leyes con el mayor
placer, porque conocen que es el único medio de evitar la destrucción del país,
á qe están dispuestos ántes que volver á la antigua servidumbre,
y esperan de la sabiduría de esa nación una existencia pacífica y dichosa.
(10)
El
contenido de esta carta de Alvear a Strangford no fue finalmente dado a conocer
por García. El emisario de Alvear decidió no tomar en cuenta la propuesta
original del director supremo y prefirió negociar una posible mediación británica
en el conflicto entre España y las Provincias Unidas. (11)
La carta enviada por el emisario de Alvear, Manuel José García, al
vizconde Strangford el 3 de marzo de 1815, es igualmente elocuente respecto de
la desesperación de Buenos Aires por conseguir apoyo británico:
El objeto principal de mi misión
(...) es hacerle saber que la disolución del Gobierno español y su situación
peligrosa obligaron a las Colonias, en el año 1810, a asegurarse contra la
nueva dinastía, si lograba mantenerse en el trono de España, (...), o aun a
separarse de ella en caso de que las circunstancias hicieran indispensable un
paso semejante.
Cuando la necesidad las obligó a tomar esta resolución, contaban
principalmente con la ayuda de Gran Bretaña, que desde la administración de
Mr. Pitt se había mostrado tan profundamente interesada en el comercio libre
del Río de la Plata, por las costosas tentativas que hizo en 1806 y en 1807, y
los preparativos en mayor escala para otra expedición en 1808. Los Gobiernos
Provisionales de Buenos Ayres han abrigado esta creencia hasta el momento, en la
esperanza de que Su Majestad Británica accedería a los pedidos de sus
infortunados pueblos y les haría conocer cuál sería su suerte. Durante un
largo período han soportado sus sufrimientos, conscientes de la dificultad
creada por la alianza con España, y de las ventajas de contemporizar con sus
gobiernos populares. Pero al fin ha llegado el momento en que es imposible
permanecer por más tiempo en un estado de incertidumbre, sin exponer al país a
los mayores infortunios. La guerra civil, desarrollada con su habitual
violencia, ha agotado las fuentes de riqueza pública; lenta y gradualmente han
cambiado las costumbres del pueblo en todas esas Provincias; apenas obedecen al
Gobierno General, que con gran dificultad ha mantenido el orden y un sistema de
administración moderadamente eficaz durante algún tiempo.
Quizá la paz hubiera sido restablecida si los Gobiernos hubiesen tratado
inmediatamente con España, que ahora rechaza la mediación de Gran Bretaña
respecto de sus Colonias; pero éstas prefirieron continuar sosteniendo sus
principios y soportando todas las privaciones que la paciencia humana puede
tolerar, a pesar del silencio del Gobierno británico acerca de las repetidas y
muy sentidas solicitudes que se le dirigieron. Por otra parte, la conducta de
España y su situación actual justifican que evitemos por todos los medios
posibles la venganza insaciable de un Gobierno ciego y débil, incapaz de dar
protección. Estas consideraciones
conducirán al pueblo de las Colonias al último extremo y convertirán esos
hermosos países en espantosos desiertos si Inglaterra los abandona a sus
propios esfuerzos y se niega inexorablemente a escuchar sus humildes pedidos.
Pero el mismo honor de su Gobierno la obliga a evitar el torrente de pasiones e
impedir que estos pueblos caigan en la desesperación. Cualquier Gobierno es
mejor que la anarquía, y hasta el más opresor ofrecerá más esperanzas de
prosperidad que la voluntad incontrolada del populacho. (12)
si las armas de España tuvieran éxito, la exclusión de nuestro
comercio en el Plata sería inmediata. (...) En caso contrario, triunfando el
nuevo gobierno, temo de acuerdo con su última comunicación, que no se olvidarán
de nuestra falta de voluntad para escuchar a sus repetidos pedidos de protección
contra las venganzas de España en forma de mediación o en otra, y creará un
sentimiento hacia nosotros muy diferente del que podríamos provocar dando
siquiera una pequeña apariencia de tomar interés por su destino (...).
Finalmente
destacaba dos peligros en caso de reconquista española: la reinstauración de
la esclavitud y el perjuicio para los intereses de los residentes británicos en
el Río de la Plata. (13)
Prueba de la creencia generalizada de que la expedición española se
dirigiría al Río de la Plata era la comunicación de García a su gobierno de
fines de abril de 1815, haciéndole saber que el almirante inglés había
recibido instrucciones de ordenar a los comerciantes de su nacionalidad que
salieran a la brevedad del territorio de Buenos Aires, para evitar conflictos
con España a raíz de la expedición militar anunciada; con ese fin saldrían
buques de Río para Buenos Aires. (14) Es evidente que las previsibles
consecuencias de la mencionada expedición punitiva fueron las que movieron a
los políticos rioplatenses a tratar de obtener la protección de Inglaterra.
Vale aclarar que el peligro no desapareció cuando se supo el destino último de
la expedición de Morillo, pues, como se explicó en el capítulo 3, en España
continuó la preparación de expediciones para recuperar las colonias hasta
1820, cuando la revolución liberal volvió a salvar al Río de la Plata de la
amenaza.
Por si todavía quedasen dudas respecto de la necesidad percibida en
Buenos Aires de encontrar oxígeno político en el reconocimiento de -y la
vinculación con- Gran Bretaña, vale citar el contenido de una carta enviada
desde Río de Janeiro por el ministro británico Henry Chamberlain a su superior
el vizconde Castlereagh, el 10 de febrero de 1816:
Muchos individuos de los distintos partidos que sucesivamente han estado al frente de los principales Departamentos del Gobierno de esa ciudad -Buenos Aires- y a su turno cayeron víctimas de la revolución, se encuentran aquí y ocasionalmente me visitan con la esperanza de saber si el Gobierno de Su Majestad ha decidido dar algún paso para rescatar a su país del estado de perturbación a que se halla reducido. Sus opiniones son tan divergentes como siempre, pero todos concuerdan en un solo punto (espero V.E. se servirá perdonar que me tome la libertad de comunicárselo): que a menos de que alguna Potencia en cuya palabra pueda confiarse con seguridad, ofrezca alguna garantía de que no será tratado con rigor, y que se tendrá lenidad con él en caso de que volviera a su obediencia, el pueblo continuará resistiendo y el país será totalmente destruido. (...) Es casi innecesario expresar a V.E. que Gran Bretaña es la Potencia en quien depositan sus esperanzas, y cuya Mediación contemplan como única perspectiva de seguridad. (...) Parecen, asimismo, tener grandes deseos de que se formule alguna estipulación en favor de su comercio. Me permito asegurar a V.E. que nunca he dejado de informar a estas personas, porque sé que todo lo que conversan conmigo se repite en cartas al Río de la Plata, que el Gobierno de Su Majestad está resuelto a no tomar parte alguna en las disputas entre España y sus Colonias, y he aprovechado todas las oportunidades para reiterar estas seguridades y concretarme exclusivamente a ellas. (15)
Después de la declaración de la independencia en julio de 1816, la
cautela adoptada por el gobierno británico en el tema del reconocimiento del
gobierno de Buenos Aires, y la necesidad de este último de lograr su propia
estabilidad y el control sobre el resto de las provincias del ex virreinato así
como de tratar de evitar la reconquista por la antigua metrópoli llevaron a los
sucesivos gobiernos porteños a persistir en la consideración de diversos
candidatos extranjeros como monarcas para el Río de la Plata. Aunque esto ya
fue documentado en la presente obra, es pertinente agregar aquí algunos
ejemplos sobre la persistencia de esta denodada búsqueda durante el período
que ahora estudiamos. Entre otros muchos testimonios posibles, véanse las
siguientes dos cartas de Chamberlain a Castlereagh. En la primera, de agosto de
1816, Chamberlain subrayaba que:
Desde la Declaración de la
Independencia ha tenido lugar en el Congreso una discusión de naturaleza muy
curiosa, que no puede contemplarse sino como una máscara para ocultar otros
planes. ¡Es nada menos que la conveniencia de elegir un descendiente de uno de
los Incas como Rey del Nuevo Estado! La
persona que se supone tiene en vista el Congreso es un oficial del Ejército
español ¡que actualmente se encuentra en España, si es que no está en Madrid
mismo! (16)
A menudo me he tomado la libertad
de mencionar a V. E. mi pensamiento de que había pasado el momento en que las
Provincias del Plata hubieran quizá accedido a volver a algo similar a su
anterior dependencia de España. Todos los informes que ahora recibo y la opinión
de todas las personas de ese país, nativos y extranjeros, a quienes veo
ocasionalmente, concuerdan en que no es ahora factible concertar un arreglo de
esa naturaleza, aunque no existe ningún prejuicio en contra de poner a algún
príncipe extranjero al frente del Estado, sino una marcada inclinación a ello;
hay razones para creer que hasta sería aceptable un príncipe español, siempre
que el país fuera completamente independiente, y parece que el Infante Don
Carlos Isidoro sería preferido a su hermano menor, Don Francisco de Paula, a
quien Don Manoel Sarratea ha tratado de convertir en soberano del nuevo Estado
Americano. Si el Gobierno de Su Majestad estuviera dispuesto a escuchar
o apoyar cualquier proyecto de esta índole, podría contar con la ayuda de San
Martín, quien, (...) habiendo escrito sin reticencia alguna al Comodoro Bowles
acerca de la necesidad de que sus compatriotas sean gobernados por un
extranjero, probablemente prestaría su ayuda, que es ahora muy poderosa, a
cualquier plan premeditado de esta naturaleza, que prometiera cicatrizar las
heridas de su país. (17)
Tengo el honor de acompañar
traducción de dos cartas que he recibido últimamente del Gobierno de Buenos
Ayres (...).
(...) El fracaso de la mediación propuesta ha llevado al Gobierno de La
Plata a creer que no hay esperanza alguna de inducir a España a convenir un
arreglo justo y amistoso; una especie de desesperación parecería haberse
apoderado de las personas que tienen a su cargo la autoridad suprema, y temo que
consideran que la única posibilidad para su seguridad personal consiste en
comprometer a la nación, junto con ellos mismos, en el mayor grado posible.
(18)
El Capitán Heywood me informa
que su ignorancia y orgullo (los de los hombres de Buenos Aires) son
insoportables, y les conduce a cometer diariamente cosas absurdas. En prueba de
este aserto, basta mencionar que Paso, el actual jefe de Gobierno, ha
manifestado con frecuencia al Capitán Heywood y a otros "que Gran Bretaña
no podría proseguir la guerra en la Península si se viera privada de las
ventajas derivadas del comercio con Buenos Ayres, que ha sido permitido en forma
tan liberal por el Gobierno de esta ciudad". Y V.E. notará en la carta de
la Junta indicios evidentes de la creencia abrigada por ese cuerpo de que el
comercio con Buenos Ayres es considerado por Gran Bretaña como de la mayor
importancia. (19)
NOTAS
En su primera declaración pública, la Primera Junta de Gobierno aclaró que gobernaría provisionalmente el ex virreinato del Río de la Plata hasta que Fernando VII o algún sucesor legítimo volviera a ocupar el trono de España, que estaba vacante desde 1808 a causa de la invasión de las fuerzas de Napoleón a la península. Asimismo, en esta declaración de fidelidad a Fernando VII, la Junta porteña rechazaba la legitimidad del Consejo de Regencia formado en la ciudad de Cádiz. Esta actitud de la Junta de legitimar sus primeros actos en nombre del rey Fernando se conoce en la historiografía argentina con el nombre de la "máscara de Fernando".
Ver respecto de este tema el capítulo firmado por Daniel Antokoletz, "La diplomacia de la Revolución de Mayo y las primeras misiones diplomáticas hasta 1813", Academia Nacional de la Historia, Ricardo Levene, (comp.), Historia de la Nación Argentina (desde los orígenes hasta la organización definitiva en 1862), vol. V, 2ª secc., Buenos Aires, Imprenta de la Universidad, 1939, capítulo VI, p. 310.
D. Antokoletz, op. cit., pp. 310-311.
Carta Nº 23, del vizconde Castlereagh al vizconde Strangford, julio 13 de 1812, F.O. 63/122, citada en C. K. Webster, op. cit., tomo I, pp. 119-120.
Carta Nº 12 del vizconde Strangford al vizconde Castlereagh, Río de Janeiro, marzo 14 de 1815, F.O. 63/181, citada en C. K. Webster, op. cit., tomo I, pp. 140-141.
Uno de los tantos testimonios de la falta de estabilidad política en el Río de la Plata lo constituye el contenido de una carta dirigida por el vizconde Strangford al vizconde Castlereagh con fecha 10 de noviembre de 1812, donde Strangford comentaba con decepción un nuevo cambio de gobierno en Buenos Aires -la imposición del Segundo Triuvirato- y sostenía que: "Ha ocurrido últimamente otro de estos cambios repentinos y completos que tan a menudo han acaecido en la forma de gobierno en Buenos Ayres, y en un solo día fueron depuestos todos los miembros de la Junta. Se me asegura que se experimentan, en general, en Buenos Ayres los inconvenientes de un régimen tan precario y poco apropiado para inspirar confianza, y que existe en esa ciudad un importante partido que aceptaría de buen grado la Constitución española si Gran Bretaña les garantizara sus beneficios". Carta Nº 79, del Vizconde Strangford al Vizconde Castlereagh, Río de Janeiro, noviembre 10 de 1812, F.O. 63/125, citada en C.K. Webster, op. cit., tomo I, p. 120.
Ver detalles de la misión de Sarratea en Río de Janeiro y Londres en el artículo de Mario Belgrano, "La política externa con los Estados de Europa (1813-1816)", Academia Nacional de la Historia, Ricardo Levene, (comp.), op. cit., vol VI, 1ª secc., capítulo IV, Buenos Aires, El Ateneo, 1947, pp. 415-416.
Ibid., p. 416.
Ibid.
El texto completo de la carta enviada por el director supremo del Río de la Plata Carlos María de Alvear al vizconde y embajador ante la Corte del Brasil lord Strangford, Buenos Aires, 25 de enero de 1815, está en Carlos A. Pueyrredón, "Gestiones diplomáticas en América, 1815-1817", Academia Nacional de la Historia, Ricardo Levene, (comp.), op. cit., vol VI, 1ª secc., Buenos Aires, El Ateneo, 1947, pp. 449-450.
Más detalles acerca de la misión de García en Río de Janeiro y su entrevista con lord Strangford en ibid., pp. 451-454.
Carta de Manuel García al vizconde Strangford, Río de Janeiro, marzo 3 de 1815, citada en C. K. Webster, op. cit., tomo I, pp. 136-138.
Carlos A. Pueyrredón, op. cit., p. 453.
Ibid., p. 470.
Carta Nº 16 de Henry Chamberlain al vizconde Castlereagh, Río de Janeiro, febrero 10 de 1816, F.O. 63/192, citada en C. K. Webster, op. cit., tomo I, p. 142.
Carta Nº 82 de Henry Chamberlain al vizconde Castlereagh, Río de Janeiro, agosto 29 de 1816, F.O. 63/195, citada en ibid., p. 248.
Carta Nº 26 de Henry Chamberlain al vizconde Castlereagh, Río de Janeiro, abril 5 de 1817, citada en ibid., pp. 146-147.
Carta Nº 102 del vizconde Strangford al vizconde Castlereagh, Río de Janeiro, diciembre 24 de 1812, F.O. 63/125, citada en ibid., pp. 121-122.
Ibid., p. 122.
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