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En mayo de 1824 concluyó el período de gestión de Martín Rodríguez, y Bernardino Rivadavia, luego de negarse a continuar colaborando con el sucesor de Rodríguez, Gregorio de Las Heras, partió hacia Londres llevando una autorización de la Junta de Representantes de la Provincia de Buenos Aires para gestionar la explotación de minas en el Río de la Plata. La Legislatura provincial carecía de autoridad para aprobar dicha gestión sin previa consulta con el resto de las provincias, pero Rivadavia especulaba con el desconocimiento de tales detalles por parte de los entusiastas inversores londinenses. El negocio de organizar en Londres una compañía para explotar la riqueza minera del cerro Famatina, en la provincia de La Rioja, había sido vislumbrado por el grupo porteño encabezado por los Robertson y Braulio Costa. Sin embargo, antes de partir a Londres, Rivadavia suspendió las negociaciones que había iniciado con este grupo y decidió gestionar la compañía por su cuenta. (1)
   
Si Rivadavia contaba con apoyos en el gobierno de Buenos Aires, el grupo rival al ex ministro no sólo estaba sólidamente arraigado entre los altos comerciantes locales, sino que pudo incorporar a sectores dominantes de La Rioja, entre los que figuraba el hombre fuerte de dicha provincia, Juan Facundo Quiroga. Obtuvo así del gobierno de La Rioja una concesión amplia para explotar las minas del cerro Famatina. Como Rivadavia había dado por terminadas las negociaciones con este grupo, John Parish Robertson convino con Baring Brothers organizar con el nombre de Famatina Mining Company una entidad con capital británico que comenzó a colocar sus acciones en el mercado londinense. (2)
   
Por su parte, Rivadavia promovió su compañía con la colaboración financiera de una banca de menor importancia, la casa Hullett, que ya había actuado como agente financiero del gobierno de Buenos Aires y con la que Rivadavia tenía relaciones desde antes de 1820. Se originó así The Provinces of River Plate Mining Association, por cuya organización Rivadavia recibía, según sus detractores, una suculenta comisión. Al principio ambas compañías negociaron en privado sus respectivos derechos, pero, no habiendo logrado un acuerdo, la disputa se hizo pública, apareciendo la denuncia de que ambas estaban vendiendo la misma cosa. Las páginas de The Times registraron acusaciones recíprocas de las compañías de carecer de derechos para explotar el Famatina. (3) 
   
Sierra señala que el hecho de que Rivadavia persistiera en organizar la The Provinces of River Plate Mining, conociendo la existencia de la otra compañía y su derecho a explotar el Famatina, permite inferir que ya habría tenido tomada la decisión de establecer un sistema unitario de gobierno que anulara la concesión riojana. Esto se vería confirmado con la sanción de la ley de noviembre de 1825 que declaraba de propiedad de la nación las tierras hasta entonces provinciales. Sin embargo, el hecho no sirvió de mucho porque los técnicos enviados por la River Plate, luego de inspeccionar los lugares, informaron que las minas pertenecían a particulares y estaban en venta pero carecían del valor que se les había asignado. Caída la presidencia de Rivadavia y con ella el gobierno central, el gobierno de la provincia de Buenos Aires debió enfrentar las demandas de la River Plate a raíz de su quiebra. (4)
   
A la larga, el proyecto minero correría la suerte de la mayoría de las compañías del South American bubble, la burbuja sudamericana. (5) En el caso del Río de la Plata, esta burbuja se desvaneció con la crisis de 1825 y la guerra con el Brasil. Si la crisis se llevó los ahorros de una multitud de pequeños inversores ingleses, contribuyó también a agudizar los enfrentamientos entre los dos grupos rivales que, utilizando distintas influencias, procuraban quedarse con los beneficios de la gestión financiera. Rivadavia cosechó en Londres enemistades que a la larga lo llevarían a la ruina: entre ellas la del ministro Canning, que veía en él a un vulgar aventurero siempre dispuesto a recibir comisiones, y la del grupo comercial porteño, que descubrió en el ex ministro y futuro presidente a un peligroso competidor. (6)
   
Por cierto, las quejas de Canning respecto de Rivadavia fueron múltiples. Una de las principales fue que mientras éste representaba al Río de la Plata en Londres, también mantuviera conversaciones con el gobierno francés. Canning mostró su desagrado claramente en una carta enviada al cónsul Parish en mayo de 1825:

Es casi innecesario que me extienda en detalles acerca de la irregularidad de la doble Misión que ha encomendado su Gobierno a Mr. Rivadavia. Apreciará Ud. (...) que no hay posibilidad de que existan relaciones satisfactorias entre el Gobierno de Su Majestad y cualquier individuo, por eminente que sea, que esté acreditado al mismo tiempo ante este país y Francia. (7)

Rivadavia nunca pudo desarrollar buenas relaciones con Canning, en parte por estas tratativas con Francia y en parte también porque los negocios particulares que aquél atendía en Londres conjuntamente con su representación oficial eran para el ministro británico incompatibles con las funciones de un diplomático honorable de un país serio.

  1. AL. A. Romero, op. cit., pp. 250-251. Ver también para este tema H. S. Ferns, op. cit., capítulos III y IV; Vicente Sierra, op. cit., t. VII, 1976, pp. 506-510.

  2. L. A. Romero, op. cit., p. 251; Vicente D. Sierra, op. cit., t. VII, 1976, pp. 507-508.

  3. L. A. Romero, op. cit., pp. 251-252; V. Sierra, op. cit., p. 508.

  4. V. Sierra, op. cit., pp. 508-510.

  5. Este término -South American bubble- refleja el exagerado clima de optimismo reinante entre los inversores británicos durante la década de 1820 acerca de la enorme rentabilidad del mercado financiero rioplatense y latinoamericano en general.

  6. L. A. Romero, op. cit., p. 252.

  7. Canning a Parish, 24 de mayo de 1825, F.O. 6/7, citado en C. K. Webster, op. cit., tomo I, pp. 171-173.

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