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A partir del establecimiento de un poder ejecutivo en el Río de la Plata, la negociación del tratado fue una cuestión poco problemática. Parish tenía instrucciones de comenzar las negociaciones en cuanto tuviera las seguridades de que estaba negociando con representantes de las Provincias Unidas, y no sólo de Buenos Aires. El cónsul tenía autorización para usar su discreción en este asunto, pero meticulosamente obró para asegurarse primero que esa representatividad estuviese jurídicamente establecida. Cuando el 23 de enero, el Congreso decidió por votación unánime que el poder ejecutivo de toda la Confederación quedaba en manos del gobierno de Buenos Aires en lo que se refería a relaciones exteriores, Parish puso manos a la obra. El 30 de enero cambió con el ministro García los plenos poderes y el 2 de febrero de 1825 fue firmado el tratado. Ratificado éste por el Congreso en sesión secreta el 19 del mismo mes, fue inmediatamente comunicado a Londres. A su vez, Gran Bretaña lo ratificó en mayo de 1825. (1)  Vale aclarar que los dos hechos que tenían estricta relación: el tratado firmado en Buenos Aires y el discurso de Jorge IV reconociendo la independencia de las Provincias Unidas se llevaron  a cabo sin tener uno la confirmación del otro.
   
El tratado regulaba las condiciones para el comercio mutuo, y también garantizaba los derechos civiles de los ciudadanos británicos residentes en el Río de la Plata, así como su libertad de trabajo. (2) El artículo 2º establecía para los habitantes rioplatenses y británicos la franquicia de tránsito y residencia en cualquier parte del Río de la Plata o de Gran Bretaña; y la posibilidad de alquilar y ocupar casas y almacenes para los fines de su tráfico y seguridad para los comerciantes de ambas partes, los que debían estar sujetos a las leyes y estatutos vigentes en Inglaterra y las Provincias Unidas respectivamente. Ninguna de las partes pretendía limitar la libertad de la otra para fijar impuestos, gravámenes y otros medios de fiscalización económico-comerciales, pero se obligaban a no hacer distinciones que perjudicaran a los súbditos de una y otra parte.
   
Otros artículos aseguraban a los súbditos británicos en las Provincias Unidas y a los ciudadanos de estas últimas residentes en Inglaterra la exención del servicio militar y de todo empréstito forzoso equivalente. Asimismo, el tratado obligaba a las Provincias Unidas a garantizar la libertad de culto y el derecho de los británicos a sepultar a sus muertos en sus propios cementerios. La claúsula final del tratado obligaba a las dos partes a cooperar en la eliminación del tráfico de esclavos.
   
En las negociaciones por el tratado no se registraron dificultades serias en términos generales, pero hubo tres obstáculos específicos:

a) las intrigas contra el tratado promovidas por la diplomacia norteamericana, encabezadas por el cónsul Forbes, quien, alarmado por los que consideraba privilegios concedidos a los ciudadanos británicos, recordó al ministro García que su país había reconocido la independencia sin pedir nada a cambio;
b) la reciprocidad de derechos, tema en que lograron ponerse de acuerdo ambas partes, y
c) las dificultades que en el Congreso de las Provincias Unidas presentó el tema de la tolerancia religiosa, debido a la existencia de prejuicios sobre todo en las provincias del Interior. (3)

Como se consignara arriba, estos obstáculos fueron rápidamente superados y el Tratado Anglo-Argentino de 1825 mantuvo su vigencia por más de un siglo. Se convirtió en la base del intercambio anglo-argentino y en una de las piedras basales de la inserción de la República Argentina en el mundo. Para que realmente fructificase, sin embargo, habría que esperar la superación de los conflictos internos y externos que se avecinaban. En el largo plazo, el tratado suscripto por García y Parish resultaría un éxito rotundo, pero en lo inmediato se producirían muchas decepciones y frustraciones, en el ámbito económico, en el de la política interna, y en el de las relaciones con otros Estados.
   
Por cierto, no había pasado mucho tiempo desde el reconocimiento del gobierno de las Provincias Unidas cuando Gran Bretaña se enfrentó con un problema especialmente lesivo para sus intereses comerciales en la región: la disputa entre Buenos Aires y Brasil por la posesión de la Banda Oriental, que se convirtió en un serio obstáculo para el intercambio, y le dio un giro nuevo a las relaciones entre el Río de la Plata e Inglaterra. Sin embargo, dejaremos el tratamiento de esta nueva etapa en las relaciones con Gran Bretaña para el capítulo correspondiente a la guerra con el Brasil, y ahora pasaremos a atender el papel de Estados Unidos y Francia durante estos primeros quince años cruciales de la historia de las Provincias Unidas.

  1. El tratado de Amistad, Comercio y Navegación entre Gran Bretaña y el gobierno de Buenos Aires fue firmado en Buenos Aires el 2 de febrero de 1825, según consta en el texto del mismo. Ver Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Biblioteca de la Cancillería, Instrumentos internacionales de carácter bilateral suscriptos por la República Argentina (hasta el 30 de junio de 1948), Buenos Aires, 1950, t. III, p. 1957.  La fecha de 14 de febrero de 1825 que dan Ferns (H. S. Ferns, op. cit., p. 138) y Gallo (K. Gallo, op. cit., p. 233) no es correcta.

  2. K. Gallo, op. cit., p. 234.

  3. H. S. Ferns, op. cit., cap. IV.

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