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Capítulo 8: El papel de los Estados Unidos y Francia frente al Río de la Plata durante el período 1810-18

Las relaciones comerciales entre Estados Unidos y el Río de la Plata

En el período de 1810 a 1830, Estados Unidos tuvo escasa gravitación en sus relaciones con el Río de la Plata, al menos en comparación con Gran Bretaña -cuyo papel comercial y diplomático fue tan crucial durante este período de la historia rioplatense- o Francia -que tendría creciente importancia a partir de fines de la década de 1820-. Prueba de ello es el hecho de que el reconocimiento norteamericano de la independencia del Río de la Plata fue muy anterior al británico, y sin embargo tuvo escasa repercusión en Buenos Aires si se compara con la aclamación que generó el reconocimiento británico. El propio representante norteamericano en Buenos Aires, John Murray Forbes, informaba que en el Río de la Plata Gran Bretaña tenía una situación comercial y política muy superior a la de Estados Unidos.
   
El ministro de relaciones exteriores británico George Canning, al vincular el reconocimiento británico a la firma de tratados comerciales entre Londres y Buenos Aires, pudo conseguir que éstos se concertaran de acuerdo con las condiciones que pretendía el Foreign Office y la comunidad mercantil británica residente en Buenos Aires. Esta capacidad de lobby por parte de la diplomacia y comerciantes británicos les permitía a estos sectores obtener del gobierno de Buenos Aires ventajas comerciales de manera mucho más sencilla que en el caso de sus pares norteamericanos. (1)
   
Por cierto, en aquellos tiempos (y hasta muy avanzado el siglo XX) Estados Unidos tenía mucho menos para ofrecer al Río de la Plata que Gran Bretaña. En el período en que nos encontramos en esta etapa de nuestra narración, Gran Bretaña era ya un país manufacturero, mientras que Estados Unidos seguía siendo principalmente un país productor de materias primas. La marina británica tenía un indudable predominio en el Río de la Plata. La diplomacia británica sacó provecho de esta aplastante presencia comercial. (2) Como ejemplo de esta tendencia, cabe citar que en 1811 el cónsul norteamericano Joel Roberts Poinsett protestó contra la medida de la Junta de acordar un tratamiento preferencial a los barcos británicos. El gobierno porteño respondió reconociendo la discriminación y afirmando claramente que se trataba de una garantía hacia los intereses comerciales británicos como premio por la negativa de las fuerzas navales británicas existentes en el Río de la Plata a sumarse al bloqueo que los realistas de Montevideo trataban de imponer a Buenos Aires. (3)
   
Otro ejemplo de la percepción del predominio comercial británico en el Río de la Plata por los representantes del gobierno norteamericano y el recelo que les provocaba son las declaraciones del cónsul John Murray Forbes, quien comentaba respecto de los comerciantes porteños: "entre los candidatos de la ciudad figuran Don Manuel de Sarratea y Don Manuel Riglos, ambos comerciantes prácticos, pero lamento decirlo, muy influenciados por los ingleses". El ministro de hacienda del gobierno de Martín Rodríguez, Manuel García, también era visto por Forbes como un agente británico. (4)
   
Las opiniones de Forbes no eran sin embargo desinteresadas, pues los norteamericanos constituían en el período 1810-1830 la única y débil competencia de los británicos. Con barcos pequeños, actividades más especulativas y menos rutinarias que las de los comerciantes británicos, los mercaderes norteamericanos podían colocar en el Río de la Plata sedas o algodones de China e India, muy apreciados por los consumidores porteños, y también productos baratos de algodón, actividad que llegó a preocupar a los sectores mercantiles británicos. En este período, los comerciantes norteamericanos tenían interés en colocar en el mercado rioplatense harina, maderaje y muebles a cambio de sebo, cuero y lana. (5)
   
La expansión del comercio de Estados Unidos con el Río de la Plata estuvo inhibida por el peso de dos grandes obstáculos. En primer lugar, los británicos eran demasiado poderosos. Gran Bretaña diponía de la infraestructura bancaria y comercial más elaborada a nivel internacional y contaba con una fuerza naval y una marina mercante que estaban al servicio de su poderosa maquinaria económica. Estados Unidos no podía competir y los comerciantes norteamericanos sólo podían sacar provecho del mercado rioplatense en aquellas coyunturas en que los británicos estaban demasiado ocupados con problemas diplomáticos o políticos con Europa.
   
La segunda inhibición era más complicada que la primera, pues implicaba problemas de política interna norteamericana. A partir de su propia independencia, Estados Unidos desarrolló un significativo comercio con España, que rivalizaba en importancia con el mantenido entre dicha metrópoli y el total de las colonias hispanoamericanas. El gobierno norteamericano no quería arriesgar el comercio con España, lo que hubiera ocurrido si promovía en forma muy visible un comercio sudamericano que la Corona pudiera considerar ilegítimo.
   
La prueba más contundente de las dificultades expresadas en los parráfos anteriores consiste en el hecho de que el reconocimiento de la independencia del Río de la Plata por parte de Washington en 1822, aunque tres años anterior al británico, no implicó una mayor apertura o acercamiento del gobierno norteamericano hacia esta región. Las instrucciones que el cónsul Forbes traía en el bolsillo demostraban una ausencia de interés por parte de Washington en suscribir tratados comerciales o de otro tipo que estrechasen los vínculos con el Río de la Plata. Forbes, consciente del poder comercial adquirido por los británicos, hacía permanentes llamados de atención al gobierno norteamericano. Pero las palabras del cónsul no eran tenidas demasiado en cuenta, pues el gobierno de Estados Unidos no quería romper vínculos comerciales con España y tampoco encontraba incentivos para fomentar un comercio bilateral con el Río de la Plata, dado las producciones competitivas de ambos. (6)
   
Por otra parte, el poco peso de la influencia norteamericana en las decisiones del gobierno porteño se hizo notorio, por ejemplo, en la adopción de fuertes tarifas aduaneras por el gobierno de Buenos Aires en productos que afectaban los intereses comerciales norteamericanos pero no los británicos. La imposición de fuertes tarifas aduaneras en pescado, tabaco y licor -productos de exportación norteamericana- por parte del gobierno porteño en 1815 originó las protestas del cónsul Halsey al entonces secretario Gregorio Tagle. Asimismo, la prohibición de importar harinas decretada por el gobierno de Buenos Aires en 1825 fue otro duro golpe para los intereses comerciales norteamericanos. Esta disposición fue calificada por el representante norteamericano Forbes como "perniciosa para Estados Unidos". (7)
   
En Buenos Aires, a comienzos de diciembre de 1824, Forbes llegó a la conclusión, por la información que manejaban los comerciantes británicos, de que el tratado de comercio con Inglaterra sería seguido del reconocimiento. Envió entonces al ministro Manuel García una comunicación, destacando que su país había reconocido la independencia sin pedir nada a cambio, debido a que "por su naturaleza, el reconocimiento no es susceptible de equivalencia; se tiene o no derecho a él". También recordaba Forbes que Rivadavia le había dicho que su gobierno estaba firmemente determinado a no conceder privilegios exclusivos de comercio a ninguna nación, lo que había comunicado a su gobierno. (8) 
   
Las tentativas de Forbes para tratar de que no se concluyera el Tratado de Amistad, Comercio y Navegación con Gran Bretaña, que finalmente se firmó el 2 de febrero de 1825, quedaron reflejadas en un despacho privado de Woodbine Parish a Joseph Planta:  

Ha habido en ésta mucha intriga contra nuestro Tratado entre los extranjeros, iniciada principalmente por los Yanquis, (...).
El Encargado de Negocios Americano en ésta (el Río de la Plata), Mr. Forbes, no se ha limitado a insinuaciones privadas sino que ha dirigido una Nota al Gobierno sobre este asunto, de la cual le envío para conocimiento de Mr. Canning una copia que pude obtener privadamente.
Su gran objeto ha sido hacer fracasar la negociación persuadiendo a los nativos que Gran Bretaña sólo perseguía ventajas para sí misma y seguramente los engañará; que un Tratado no significa reconocimiento alguno y que los Estados Unidos son sus únicos amigos sinceros y deberían ocupar el primer lugar en su estimación. El resultado les ha producido muy mal efecto. (9)

Otra instancia similar fue la del intento norteamericano por desacreditar el Tratado de Paz de 1828 entre el Gobierno de Buenos Aires y el de Brasil, que creó la República Oriental del Uruguay y donde la diplomacia británica jugó un papel crucial en la persona del embajador lord Ponsonby. (10) Más de una vez Forbes insinuó tanto a los estadistas del Río de la Plata como a su propio gobierno que Gran Bretaña se proponía obtener "una colonia disfrazada", en alusión a la creación del Estado oriental. (11)
   
En conclusión, los norteamericanos permanecieron virtualmente ausentes del Río de la Plata desde 1811 hasta 1815. Incluso después, cuando los comerciantes norteamericanos llegaron en números considerables y su flota se hizo notar en el área, el comercio rioplatense con Estados Unidos nunca llegó a alcanzar ni la cuarta parte de la actividad comercial registrada con Gran Bretaña. Además, los comerciantes norteamericanos no disponían del capital con que contaban los británicos, y fueron finalmente éstos quienes respondieron con mayor eficacia a las urgentes necesidades financieras de los hombres del Río de la Plata. (12)

Las relaciones políticas y diplomáticas entre Estados Unidos y el Río de la Plata

A fines de julio de 1810, el gobierno norteamericano nombraba a Joel Roberts Poinsett como agente ante el Río de la Plata, Chile y Perú, con el objeto de:   

transmitir que los Estados Unidos profesan la mejor voluntad hacia los pueblos de la América Hispana como vecinos con quienes compartir el interés de cultivar las interrelaciones amistosas; que esta disposición seguirá en vigencia independientemente del sistema interno de las relaciones europeas, con respecto a las cuales no se pretende ningún tipo de interferencia; y que en caso de una separación política de la Madre Patria y del establecimiento de un sistema independiente de Gobiernos Nacionales, este hecho coincidirá con los sentimientos y la política de Estados Unidos, tendientes a promover las relaciones más amistosas y el intercambio más liberal. (13)

La principal tarea de Poinsett consistía en defender los intereses comerciales de Estados Unidos, especialmente contra la competencia británica. Las autoridades de los primeros gobiernos de Buenos Aires, actuando en nombre de las Provincias Unidas, pronto enviaron sus propios agentes a Estados Unidos con el fin de comprar armas y conseguir apoyo diplomático y material. El resultado de la primera misión enviada en abril de 1811 por la Junta Grande, integrada por Diego de Saavedra y Juan Pedro Aguirre, puede considerarse medianamente exitoso pues aseguró el reconocimiento del estado de beligerancia del Río de la Plata por parte del gobierno norteamericano. Los enviados Saavedra y Aguirre fueron bien recibidos por el secretario de estado, James Monroe, que simpatizaba con la idea de independencia de las colonias hispanoamericanas. Monroe dio su visto bueno para la compra de armas a fines particulares, pero aclaró que el gobierno de Madison no daría ningún paso oficial que lo comprometiera abiertamente, dada la posición de neutralidad de Estados Unidos en el conflicto entre España y sus ex colonias. El 1º de diciembre de 1811, Saavedra y Aguirre celebraron un contrato de adquisición de armas con la casa Stephen Girard, y como el armero no disponía en ese momento del material necesario, solicitó y obtuvo de Monroe el permiso de extraer de los arsenales fiscales 18 a 20.000 fusiles, con cargo de restitución. Monroe consintió en ceder las armas a un precio moderado y no exigió más garantía que la de un comerciante solvente. Pero los delegados de Buenos Aires no pudieron aprovechar esa liberalidad sino en pequeña escala, por falta de fondos. Por otra parte, la misión Saavedra-Aguirre no pasó inadvertida, y el ministro español en Washington reclamó contra las facilidades acordadas a los comisionados de Buenos Aires. (14)
   
En realidad Washington tenía otros factores de interés que lo llevaban a olvidarse de las regiones meridionales de América y a concentrar su política regional en el Norte del hemisferio. Uno de ellos era el interés por Canadá. En la perspectiva de la Casa Blanca, la anexión de Canadá parecía una posibilidad fácil de concretar por la circunstancia de que Gran Bretaña se hallaba completamente involucrada en la guerra contra Napoleón. Presionado por los sectores partidarios de una rápida incorporación de Canadá, el gobierno de Madison optó por la salida bélica y se enfrentó a Gran Bretaña. La guerra estalló a mediados de 1812. Pero aquellos sectores que creían en una rápida adquisición de Canadá vieron con espanto cómo los ingleses ocupaban Washington. Después de dos años, la guerra concluyó con el tratado de Gante que mantuvo el statu quo anterior al conflicto. (15)
   
Otra preocupación de Washington de creciente importancia después de 1815 fue la transferencia del territorio de Florida de España a Estados Unidos. Una política de alto perfil respecto de la lucha independentista o el reconocimiento de las ex colonias hispanoamericanas podía enfurecer a la Corona española y arruinar los esfuerzos del gobierno norteamericano por consumar las negociaciones en torno de la adquisición de Florida. 
   
Desde la perspectiva del gobierno porteño, esta cautela de la Casa Blanca resultaba exasperante. Socavaba los esfuerzos para reunir fondos y comprar armas, insumos fundamentales para que el gobierno de Buenos Aires pudiese frenar la progresiva fragmentación del ex virreinato. Durante la década que siguió a la Revolución de Mayo los sucesivos gobiernos de Buenos Aires habían hecho un vano y oneroso esfuerzo por mantener la integridad del mismo, perdiendo el control sobre Paraguay -que derrotó a las fuerzas porteñas y se constituyó en Estado independiente con el gobierno presidido por Fulgencio Yegros a partir de 1811-. A esta dificultad se sumó la pérdida del Alto Perú, fuente de metálico para Buenos Aires y el resto de las provincias del Río de la Plata, por las sucesivas derrotas de las fuerzas de Buenos Aires en Huaqui (1811), Vilcapugio y Ayohuma (1813) y Sipe Sipe (1815). El Directorio también sufrió la secesión de la Banda Oriental -foco del artiguismo y rebelde al gobierno de Buenos Aires desde 1814-. Asimismo, las decisiones de los sucesivos gobiernos centrales instalados en Buenos Aires, contrarias a los intereses de las provincias del Litoral y del Interior, causaron rápidamente a aquéllos la pérdida del consenso conseguido con mucho esfuerzo y, como consecuencia, su desestabilización. 
   
Por desgracia para un gobierno de Buenos Aires con demasiados obstáculos internos, los acontecimientos externos que se sucedieron luego de 1812 acentuaron la actitud prudente de la diplomacia norteamericana respecto del reconocimiento de las entonces mal llamadas Provincias Unidas. El fracaso de los Estados Unidos en la guerra de 1812-1814 con Gran Bretaña, y el regreso de Fernando VII al trono español, quien anuló la Constitución liberal de 1812 y reclamó sus derechos sobre las colonias hispanoamericanas, fueron factores que fortalecieron los argumentos de los sectores aislacionistas en Washington. En vano el cónsul Thomas Lloyd Halsey, que se llevaba muy bien con el director supremo Alvear, insistió desde Buenos Aires en la conveniencia de activar el comercio entre ambos países y apoyar de alguna manera las aspiraciones rioplatenses. El secretario Monroe decidió que era más importante en ese momento la recomposición de los vínculos con Londres y una política de perfil bajo respecto de las cuestiones europeas.
   
El director supremo Alvarez Thomas, apenas asumió el gobierno en reemplazo de Alvear, dirigió el 10 de mayo de 1815 al cónsul Halsey una nota en la que le expresaba que el cambio de gobierno no implicaba modificación alguna en las consideraciones hacia las personas investidas de cargos oficiales por gobiernos extranjeros. El interés de Alvarez Thomas era la adquisición de armamento de guerra, para lo cual solicitaba la interposición de la influencia del cónsul ante su gobierno. (16)
   
Al comenzar 1816 ya estaba prácticamente resuelta la declaración de independencia del Río de la Plata. En enero de dicho año, Alvarez Thomas, convencido de que Gran Bretaña no ayudaría al gobierno porteño en la cuestión del reconocimiento, envió como emisario especial al coronel Martín Thompson con una carta para el presidente Madison, en la que decía:

Cuando llegue la presente carta a manos de V.E. ya se habrá reunido el Congreso General de nuestros representantes y puede asegurarse, sin temor a equivocarme, que uno de los primeros actos será la solemne Declaración de la Independencia que hagan estas provincias de los monarcas españoles y de cualesquiera otros soberanos o potencias extranjeras.

Es decir que el presidente de los Estados Unidos recibía con seis meses de anticipación la primicia de la declaración de independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, y que dicha declaración sería no solamente respecto de España, sino de toda otra potencia extranjera. (17)
   
La misión de Thompson era secreta. Debía tratar de obtener de Estados Unidos el reconocimiento de la independencia, armas y oficiales -elementos éstos que las guerras sucesivas contra el Alto Perú, Paraguay, Interior, Litoral y Montevideo le habían hecho escasear al gobierno de Buenos Aires-. A cambio, el gobierno porteño le ofrecería a Estados Unidos ventajas comerciales específicas. Es interesante señalar que Thompson carecía de título oficial (otra ilustración de la ausencia de un Estado nacional argentino en este período). Thompson representaba a Buenos Aires, y no había sido designado ni respaldado por los caudillos que encabezaban las restantes provincias del ex virreinato del Río de la Plata. Por lo tanto, el enviado porteño debía proceder con extrema prudencia y no dar un solo paso sin informar previamente al presidente Madison.
   
Pero el enviado porteño Thompson actuó como si estuviera dispuesto a echar a perder su misión. Desembarcó en Nueva York en el mes de mayo de 1816 y por razones misteriosas (la excusa que alegó fue enfermedad) recién apareció en Washington con sus credenciales en agosto. Para entonces la independencia del Río de la Plata ya estaba declarada. Debido a que el gobierno de Estados Unidos no dio muestras de ningún apuro por verlo, Thompson tuvo la poco diplomática idea de tratar de conseguir armas y contratar gente sin previa comunicación al presidente Madison. Esta actitud de Thompson produjo el disgusto de Madison y el enojo del nuevo director supremo Juan Martín de Pueyrredón, quien al enterarse de la escasa discreción de su enviado dio por terminada la misión. (18)
   
Por lo demás, la declaración de la independencia de las Provincias Unidas por parte del Congreso de Tucumán no produjo ningún entusiasmo en Washington, pues la situación externa e interna del Río de la Plata no parecía propicia para el reconocimiento norteamericano. Las revoluciones de muchas de las ex colonias hispanoamericanas habían sido aplastadas por el retornado Fernando VII, y aunque justamente el Río de la Plata era la excepción a la regla, nada permitía presuponer que no correría la misma suerte de las otras regiones de América del Sur. (19) Para colmo de males, el Directorio del Río de la Plata no conseguía revertir las derrotas en el Alto Perú frente a las fuerzas realistas ni controlar la situación en la Banda Oriental, donde Artigas y su Liga del Litoral constituían una clara amenaza a los deseos de Buenos Aires de controlar el Río de la Plata.
   
No obstante la precaria situación política interna de la región, un grupo de capitalistas norteamericanos consideró que el Río de la Plta podía llegar a ser un buen ámbito de inversiones. En consecuencia, el coronel Devereux fue enviado como representante privado para proponerle al Congreso de Tucumán un préstamo en efectivo. (20)  Esta suma era urgentemente necesaria para el gobierno de Buenos Aires, con un erario exhausto tras un lustro de continuas luchas. Faltaba sólo el visto bueno del presidente Madison. Inútilmente Pueyrredón le solicitó esta aprobación. La complicada situación del Directorio porteño, plagado de focos de resistencia interna, sumada a la necesidad norteamericana de no hostilizar innecesariamente a España, indujeron al gobierno de Madison a no comprometerse en el Río de la Plata. (21)
   
En 1817 Madison fue reemplazado en la presidencia por el ex secretario de estado James Monroe, que simpatizaba con la causa hispanoamericana. No obstante, quien tomó las riendas de la política exterior en el Departamento de Estado fue John Quincy Adams, que tenía muy poca fe en el futuro de las ex colonias españolas. En su opinión, éstas eran demasiado turbulentas, autoritarias, católicas y poco propicias a reproducir el modelo de la democracia liberal, que era el único que aceptaba. Su pensamiento respecto de Hispanoamérica está perfectamente reflejado en el diario que llevaba:

Que nunca había dudado de que el resultado final de la presente lucha sería la plena independencia respecto de España. Que nuestra política y nuestro deber fuese no tomar parte en la contienda... El principio de neutralidad en todas las guerras extranjeras, era, a mi juicio, fundamental para mantener nuestras libertades y continuar nuestra Unión. Mientras luchaban por su independencia, deseaba el triunfo de su causa; pero no había visto y aún no veía que tuviesen el propósito de establecer instituciones libres o liberales de gobierno... En todas sus instituciones, así como en sus costumbres, estaba grabado un marcado sello de poder arbitrario, militar y clerical. Tenía pocas esperanzas que pudiera resultar algún beneficio para nuestro país de nuestra futura relación con ellos, tanto en el orden político como en el comercial. (22)

En circunstancias de hacerse cargo Adams del Departamento de Estado llegó a Washington el nuevo enviado del director Pueyrredón, Manuel Hermenegildo Aguirre, para tramitar el reconocimiento de la independencia. Aguirre llevaba también representación del gobierno de Chile (ilustración adicional de la existencia de una comunidad panhispanoamericana, como se arguyó en el Capítulo 1) y el encargo de comprar dos buques de guerra. Pero Adams opuso reparos y aplazó la resolución del tema del reconocimiento para un futuro incierto. Defraudado en este tema, Aguirre intentó al menos concretar la compra de naves. Obtuvo acuerdo de Adams, pero con la expresa condición de que Aguirre obrara como particular. Pese a que el representante de Buenos Aires así lo hizo, fue a parar misteriosamente a la cárcel, donde lo trataron como a un delincuente común y no como a un representante diplomático. Para evitar comprometer su investidura y a los gobiernos del Río de la Plata y Chile, Aguirre devolvió sus credenciales a Buenos Aires, resuelto a enfrentar la responsabilidad como simple particular. Finalmente, Aguirre salió en libertad, pero no logró digerir fácilmente la afrenta norteamericana. (23)
   
Mientras Aguirre recibía el mencionado trato en Washington, aparecía en Buenos Aires el flamante agente estadounidense W. G. Worthington con la poco grata noticia para Pueyrredón de que el empréstito gestionado por Devereux no era viable, pues en vista de la paz reinante entre Estados Unidos y España la concesión de dicho empréstito implicaba una inadmisible intromisión norteamericana en asuntos ajenos. Nuevamente los argumentos aislacionistas ganaban la batalla. Pueyrredón se limitó a recordar al agente Worthington que la oferta del préstamo había surgido de los propios comerciantes norteamericanos. Resulta paradójico que precisamente en el intervalo en que el gobierno de Washington decidía no autorizar el préstamo al Directorio del Río de la Plata, San Martín había expulsado a los realistas de Chile y estaba por hacer lo mismo en Perú, dando un vuelco prácticamente decisivo a la guerra de la independencia. (24)
   
Otro hecho de suma curiosidad y que generó discordia entre los gobiernos de Buenos Aires y Washington fue que, en tiempos del director Pueyrredón, el cónsul Thomas Lloyd Halsey se inmiscuyó en los asuntos internos del Río de la Plata militando en los grupos opositores a Pueyrredón, además de involucrarse en negocios poco cristalinos con los corsarios. Pueyrredón al principio tuvo paciencia, pensando en la necesidad de que Buenos Aires tuviera buenos vínculos políticos con Washington. Pero cuando Halsey entró en tratos con Artigas, Pueyrredón ordenó la inmediata expulsión del cónsul. Sin embargo, veinticuatro horas más tarde dejó la medida en suspenso. El director dio marcha atrás pues consideró que la expulsión generaría un entredicho diplomático entre Washington y Buenos Aires que podría obstaculizar el reconocimiento norteamericano. De todas maneras, cuando John Quincy Adams se enteró de lo ocurrido, retiró sin pérdida de tiempo a Halsey de Buenos Aires. (25)
   
Por su parte, el presidente Monroe nunca dudó de la conveniencia de reconocer la independencia de los Estados latinoamericanos, pero el problema era la oportunidad. Monroe procuraba lograr un consenso interno con el fin de definir un rol internacional adecuado para los Estados Unidos, sobre todo respecto de las cuestiones europeas. A su vez, como ya se ha sugerido, el secretario de estado John Quincy Adams asumió la posición más cautelosa, identificada con el aislacionismo. Sostenía que Estados Unidos no debía involucrarse en guerras contra otros países, ni siquiera en defensa de causas éticamente válidas como la libertad. Decía que dicha interferencia en guerras ajenas "trastrocaría los propios fundamentos de nuestro gobierno relativos a la libertad para transformarlos en instrumentos de poder". Por otro lado, la postura más agresiva e intervencionista fue adoptada en el Congreso por Henry Clay, el líder de la oposición, y dentro del gabinete por el secretario del tesoro, William Crawford, y el secretario de defensa, John Calhoun, quienes sostenían que los Estados Unidos debían liderar la lucha por la libertad. (26)  Como se ve, el debate cortaba las líneas partidarias, con defensores de una y otra causa en el oficialismo y la oposición.
   
En la pugna interna norteamericana entre aislacionismo versus intervencionismo respecto del reconocimiento de la independencia del Río de la Plata, prevaleció la primera tendencia debido al peso de dos factores principales. El primero estaba relacionado con la propia experiencia histórica norteamericana. El horror causado por la guerra contra Gran Bretaña aún estaba presente en la conciencia colectiva. En ese conflicto, Estados Unidos se había salvado milagrosamente de perder su propia independencia. El gobierno norteamericano no deseaba correr el riesgo de precipitar la intervención europea en el hemisferio a menos que esta decisión implicara la casi certeza de generar mayores beneficios que costos.(27)
   
El segundo factor estaba relacionado con la inestabilidad crónica del gobierno de Buenos Aires, factor que no inspiraba confianza a las autoridades norteamericanas. En más de una oportunidad, los sectores partidarios del aislacionismo dentro del gobierno norteamericano aprovecharon esta inestabilidad política interna y exterior del gobierno de Buenos Aires -evidenciada en el fracaso de Buenos Aires para controlar al resto del ex virreinato y en los frecuentes coqueteos del gobierno porteño con las monarquías europeas más diversas- para desalentar a los insistentes defensores del intervencionismo como Clay. (28) Así, dentro del aislacionismo Adams argumentaba que los territorios de la Banda Oriental, Paraguay, Santa Fe y Entre Ríos no obedecían a Buenos Aires y eran de facto independientes del gobierno porteño, de modo que no se podía reconocer a las Provincias Unidas como un Estado. (29)
   
Por otro lado, en octubre de 1820 llegaba a Buenos Aires John Murray Forbes como cónsul de los Estados Unidos. A comienzos de ese año había caído el gobierno central de las Provincias Unidas -Directorio y Congreso- por lo cual el cónsul debió entenderse con el gobierno de la provincia de Buenos Aires a cargo de Martín Rodríguez. Nombrado Bernardino Rivadavia ministro de gobierno al año siguiente, en la primera reunión que mantuvieron, Forbes le informó de los desmanes que cometían los piratas en el Caribe. Rivadavia contestó que dicho mal dejaría pronto de existir pues daría órdenes de regresar a todos los corsarios. Un oficio de Forbes de septiembre de 1821 destacaba el interés de su gobierno en suprimir un sistema que era aprovechado por delincuentes. En otra entrevista mantenida en el mismo mes, Forbes insistió en el tema y Rivadavia justificó las quejas y le comunicó que probablemente en el día redactaría un decreto revocando todas las patentes de corso que no regresaran dentro de cierto plazo. Por otra parte, Forbes sostuvo que su gobierno rechazaba el hecho de otorgar el reconocimiento de la independencia a cambio de cualquier ventaja comercial, y expresó su deseo de que tales privilegios exclusivos no serían concedidos a ninguna otra nación. Rivadavia aseguró que esto no ocurriría y que así podría comunicarlo al gobierno de su país. El 6 de octubre Rivadavia envió a Forbes una copia del decreto dictado por el Ministerio de Guerra suprimiendo la concesión de patentes de corso y ordenando el cese de las que estaban en actividad. (30)
   
No obstante las objeciones provenientes de los sectores aislacionistas, el orden que se había instaurado en Buenos Aires, los triunfos obtenidos por San Martín en Perú y los informes de Forbes, destacando la acción progresista del ministro Rivadavia, fueron disponiendo a la administración Monroe a reconocer la independencia del Río de la Plata, incluida en el grupo de "las provincias americanas de España que habían declarado su independencia y se hallaban en el goce de la misma". A este fin, el 8 de marzo de 1822 el presidente Monroe envió un mensaje pidiendo la autorización del Congreso, cuya comisión encargada del asunto se expidió afirmativamente el día 19. Finalmente ambas cámaras del Congreso norteamericano votaron favorablemente el despacho de la comisión el 28 de marzo de 1822. La noticia llegó a Buenos Aires el 22 de mayo y Forbes la comunicó a Rivadavia al día siguiente, lo cual dio un marco especial a los festejos del 25 de mayo de ese año. La carta de Forbes, en que daba cuenta de la repercusión que había tenido la medida, demuestra la buena acogida por los porteños pero a la vez el recelo de Forbes respecto de la actitud de los ingleses: 

El Gobierno y todos aquellos capaces de valorar su influencia moral se manifestaron encantados con la noticia. La oposición y los ingleses movilizaron todos sus resortes para desacreditarla, vinculándola con rumores sin fundamento que en el mismo sentido se habían hecho circular en ocasiones anteriores; pero no logrando desvirtuarla hicieron todo lo posible para restarle importancia. Los ingleses, sobre todo, con el espíritu egoísta que preside su propia política, se preguntaban: ¿Qué era lo que Estados Unidos iban a recibir en pago por este acto de protección? (31)  

Varios factores externos ayudaron a reforzar la decisión del reconocimiento con otra declaración del presidente Monroe al Congreso -llamada Doctrina Monroe- en diciembre de 1823. Esta doctrina incluía al resto de las naciones del hemisferio en un sistema americano, identificado con la libertad y la democracia, opuesto a un sistema europeo, caracterizado por monarquías guerreras y reaccionarias, cuyas políticas exteriores no tomaban en cuenta los intereses de sus pueblos. El gobierno de Estados Unidos a través de esta declaración se oponía a la colonización europea en el hemisferio ("América para los americanos"), porque las monarquías europeas siempre hacían esfuerzos para excluir a otras naciones de los territorios bajo su control. (32)
   
Entre los factores internacionales que impulsaron a Washington a adoptar una posición tan tajante como la de la susodicha doctrina, pueden mencionarse:
    1) la intervención francesa en apoyo de Fernando VII en España (interpretada por el gobierno norteamericano como la posibilidad de conformación de una alianza de monarquías europeas dispuestas a que el rey de España reconquistase América del Sur), 
    2) el anuncio del gobierno ruso a mediados de 1823 de excluir a todas las potencias europeas del territorio que reclamaban en la costa oeste de América del Norte, y
    3) la noticia del Memorándum Polignac, que llegó a Washington en noviembre del mismo año y que constituyó un verdadero triunfo de la diplomacia británica, arrancando del gobierno francés la promesa de no intervenir en Hispanoamérica. (33)
 
    El caso específico del Río de la Plata no se incluyó en las prolongadas deliberaciones que condujeron a la formulación de la Doctrina Monroe. Sin embargo, ésta ilusionó al gobierno de Buenos Aires, que ya había recibido con gran entusiasmo la noticia del reconocimiento norteamericano a los gobiernos de la región. Pronto las ilusiones demostrarían su poca correspondencia con la realidad. (34)
   
El mensaje del presidente Monroe fue publicado por los diarios de Buenos Aires. Unos meses después, en el mensaje a la Legislatura del 3 de mayo de 1824, firmado por Rivadavia y García, se comunicaba la designación del general Carlos de Alvear como enviado a Estados Unidos, con la misión de insinuar a aquel gobierno la conveniencia de que  

a los dos grandes principios de la abolición de la guerra de corso y el de la no colonización europea en el territorio de América, se agregase este otro: que ninguno de los Gobiernos nuevos de este Continente mude por violencia sus límites reconocidos al tiempo de la emancipación. (35)

A la vez, las instrucciones entregadas a Alvear decían que "el encargo más delicado que se le confía a la habilidad del Sor Plenipotenciario" era el de sondear 

la disposición que tanto el Gobno Inglés, como el de Washington, emplee la su influencia en que el Gobno del Brasil, se contengan los límites de sus posesiones y poblaciones, dejando consiguientemente libre la Prova de Montevideo, para lo cual convendrá aprovechar toda ocasión y emplear todo medio que convenza de la importancia de que todos los Estados Americanos se contengan en sus límites y que se fije y consagre el principio de que ni la Inglaterra, ni ninguno de los Estados Americanos toleren el que alguno de ellos ocupe por la fuerza parte alguna de los territorios poblados por los circunvecinos. (36)

Rivadavia solicitaba esta ampliación de la Doctrina Monroe pensando al menos en el peligro de Brasil. Pero en la entrevista que Alvear tuvo con Monroe, éste le adelantó que respecto de la posibilidad de una guerra en el Río de la Plata con aquel país, Estados Unidos permanecería neutral. (37) En la siguiente entrevista, mantenida por Alvear con Adams, el enviado del Río de la Plata solicitó la mediación del gobierno de Estados Unidos para solucionar el problema entre la corte del Brasil y el gobierno de Buenos Aires, a lo que Adams respondió afirmativamente. (38)
   
Pero las expectativas de un apoyo norteamericano invocando la Doctrina Monroe en ocasión de la guerra entre Buenos Aires y Brasil por el territorio de la Banda Oriental se disiparon pronto. El gobierno de Rivadavia preguntó a Forbes si Estados Unidos, invocando los principios de la Doctrina, recurriría en ayuda de Buenos Aires para evitar la intervención europea en el conflicto con el Imperio de Brasil. Después de una demora de casi dos años el nuevo secretario de estado de la administración Monroe, Henry Clay -el mismo que años antes desde el Congreso norteamericano apoyaba el reconocimiento de los países sudamericanos- le respondió a Rivadavia que Estados Unidos se mantendría neutral en la guerra y que los principios de la Doctrina Monroe no eran aplicables a la cuestión de la Banda Oriental (39) Este ejemplo demostró claramente los límites de la susodicha doctrina, que nunca fue otra cosa que un arma política para defender los intereses de los Estados Unidos, para ser aplicada sólo cuando estuvieran en juego dichos intereses.
   
Por otra parte, la escasa importancia diplomática del Río de la Plata para Washington estaba también, al menos en cierta medida, condicionada por la enorme importancia que los hombres de Buenos Aires adjudicaban a Europa, y fundamentalmente a Inglaterra. Por cierto, uno de los argumentos que convenció al gobierno norteamericano de desestimar un papel activo de arbitraje en la guerra con el Brasil fue el empleado por el representante comercial Forbes. Este le había dicho al secretario de estado Adams que "el señor Rivadavia dice sus plegarias y consagra todos sus votos a Europa". (40)  Las severas dificultades internas del Río de la Plata durante las décadas de 1820 y 1830, y la realidad de que el comercio con Estados Unidos nunca alcanzaría los valores del intercambio con Gran Bretaña socavaron los esfuerzos por afianzar las relaciones diplomáticas entre Washington y Buenos Aires. (41)
   
El golpe final que invalidó todas las iniciativas tendientes a mejorar la relación bilateral, y que hizo ingresar a Washington y Buenos Aires en un oscuro período de desinterés mutuo, fue provocado por la negativa de pesqueros norteamericanos a pagar derechos al gobierno de las Provincias Unidas en las islas Malvinas. Este episodio, que conduciría al atropello de la fragata Lexington en 1831, será tratado exhaustivamente en el capítulo dedicado a dichas islas.
    En efecto, una breve reseña de los acontecimientos desde el reconocimiento de la independencia de las Provincias Unidas en 1822 hasta fines de la década demuestra a las claras la escasa importancia del Río de la Plata para el gobierno norteamericano, más allá de haber sido éste uno de los primeros en reconocer formalmente al gobierno de Buenos Aires. El primer representante diplomático pleno de los Estados Unidos frente a las Provincias Unidas, Caesar A. Rodney, enfermó durante su travesía hacia el Sur y falleció en mayo de 1824, no mucho tiempo después de haber presentado sus credenciales. Forbes comentó a su gobierno la frialdad con que Rodney fue recibido por Rivadavia, hecho que atribuyó a la necesidad del gobierno de Buenos Aires de crear las mejores condiciones para recibir al cónsul británico en momentos en que sus necesidades financieras eran apremiantes. El representante diplomático norteamericano no fue reemplazado hasta 1854, aunque John Forbes fue nombrado encargado de negocios en abril de 1825 y siempre hubo al menos un agente comercial de Estados Unidos en Buenos Aires. Por el lado rioplatense, el primer representante en Estados Unidos, Carlos María de Alvear, permaneció por un corto período y luego de su partida en enero de 1825 no fue reemplazado hasta 1838, cuando fue nombrado nuevamente ministro. Las relaciones diplomáticas plenas entre Estados Unidos y el Río de la Plata no se restituyeron hasta 1844. (42)

  1. Ver este tema en C. K. Webster, (comp.), Gran Bretaña y la independencia de la América Latina 1812-1830. Documentos escogidos de los archivos del Foreign Office, tomo I, Introducción. Correspondencia con la América Latina, Buenos Aires, Guillermo Kraft, 1944, p. 73.  

  2. Ibid., p. 76.  

  3. Ver Archivo General de la Nación, Buenos Aires, S1-2-4-8,  Poinsett a la Excelentísima Junta de Buenos Aires, 18 de febrero de 1811 y respuesta de la Junta del 25 de febrero del mismo año, citados en Arthur Preston Whitaker, Estados Unidos y la Independencia de América latina America (1800-1830), Buenos Aires, EUDEBA, 1964, p. 55.  

  4. Luis A. Romero, La feliz experiencia 1820-1824, Buenos Aires, La Bastilla, 1983, p. 178.  

  5. En Estados Unidos el algodón en bruto costaba menos que en Gran Bretaña. Ver respecto de este tema L. A. Romero, op. cit., pp. 178-179. También Joseph A. Tulchin, La Argentina y los Estados Unidos: historia de una desconfianza, Buenos Aires, Planeta, 1990, p. 32.  

  6. Miguel Angel Scenna, ¿Cómo fueron las relaciones argentino-norteamericanas?, Buenos Aires, Plus Ultra, 1970, p. 42.  

  7. Archivos General de la Nación, Buenos Aires, S1-2-4-8, Halsey a Gregorio Tagle, secretario, 31 de julio de 1815 y S1-2-4-11, Forbes a M. J. García, ministro, 22 de agosto de 1825 en A. P. Whitaker, op. cit., pp. 92-93.  

  8. Vicente D. Sierra, Historia de la Argentina, t. VII, Buenos Aires, Ed. Científica Argentina, 1976, p. 431.  

  9. C. K. Webster, op. cit., p. 73. Ver Carta de Woodbine Parish a Joseph Planta (Privado), Buenos Ayres, 18 de febrero de 1825, F.O. 6/8, citada en ibid., p. 170.  

  10. Cabe aclarar que en numerosas ocasiones el gobierno de Buenos Aires -a través de su vocero el ministro Manuel García- recurrió en vano a la figura de Forbes como posible árbitro en la cuestión pendiente con Brasil por la Banda Oriental. Forbes se vio obligado a eludir la mediación porque las intrucciones del gobierno norteamericano pedían que Washington evitara involucrarse en disputas limítrofes entre las naciones latinoamericanas. Ver M. A. Scenna, op. cit., p. 44.  

  11. Ver al respecto C. K. Webster, op. cit., tomo I, p. 104.  

  12. Ver J. A. Tulchin, op. cit., p. 40. 

  13. William R. Manning, (comp.), Diplomatic Correspondence of the United States Concerning Independence of the Latin American Countries, I, Washington, Fundación Carnegie, 1932, p. 4, citado en J. A. Tulchin, op. cit., pp. 35-36; ver también M. A. Scenna, op. cit., pp. 21-22.  

  14. Ver detalles de la misión Saavedra-Aguirre a Estados Unidos en Daniel Antokoletz, "La diplomacia de la Revolución de Mayo y las primeras misiones diplomáticas hasta 1813", Academia Nacional de la Historia, Ricardo Levene, (comp.), Historia de la Nación Argentina (desde los orígenes hasta la organización definitiva en 1862), vol. V, 2ª secc., Buenos Aires, Imprenta de la Universidad, 1939, pp. 318-320. El comerciante Stephen Girard aparece mencionado  por Antokoletz como Stephan Gerarch. Whitaker refiere un poco distinto el caso. Afirma que Girard consultó a Monroe si el gobierno de Estados Unidos ayudaría a proporcionar las armas que solicitaban los sudamericanos; como Monroe no le contestó, Girard abandonó el asunto. Los agentes de Buenos Aires entonces compraron por intermedio de otra casa mercantil de Filadelfia 1.000 mosquetes y volvieron a Buenos Aires con ellos y 372.050 pedernales. A. P. Whitaker, op. cit., p. 53.  

  15. M. A. Scenna, op. cit., pp. 23-24. Acerca de los efectos de la guerra anglo-norteamericana de 1812 en las relaciones entre Estados Unidos y los países de América Latina ver A. P. Whitaker, op. cit., pp. 71-75.  

  16. Carlos A. Pueyrredón, "Gestiones diplomáticas en América, 1815-1817", Academia Nacional de la Historia, Ricardo Levene, (comp.), op. cit., vol. VI, 1ª secc., Buenos Aires, El Ateneo, 1947, p. 468.  

  17. Ver el texto completo de la carta del director supremo Alvarez Thomas al presidente Madison en ibid., p. 469.  

  18. Ver M. A. Scenna, op. cit., p. 26; C. A. Pueyrredón, op. cit., p. 478.  

  19. M. A. Scenna, op. cit., p. 26.  

  20. Se trataba de un empréstito particular de alrededor de 2 millones de pesos, que se devolvería después de terminada la guerra de la independencia, en un plazo de diez años, con un interés del 9%. Ibid., p. 27.  

  21. Ibid.  

  22. Ibid., pp. 28-29.  

  23. Ibid., p. 29.

  24. Ibid., pp. 29-30.  

  25. Ibid., p. 31.  

  26. J. A. Tulchin, op. cit., pp. 38-39.  

  27. Ibid., p. 39.  

  28. Ibid., p. 40.

  29. M. A. Scenna, op. cit., pp. 31-32.  

  30. V. D. Sierra, op. cit., t. VII, pp. 322-323.  

  31. Ibid., p. 324.  

  32. J. A. Tulchin, op. cit., pp. 41-42.

  33. Ibid., p. 41.  

  34. Ibid., p. 42.  

  35. V. D. Sierra, op. cit., t. VII, p. 413.  

  36. Humberto A. Mandelli, "La política diplomática argentina en América (1820-1829)", Academia Nacional de la Historia, Ricardo Levene, (comp.), op. cit., vol. VI, 2ª secc., Buenos Aires, El Ateneo, 1948, p. 415.  

  37. V. D. Sierra, op. cit., t. VII, p. 415.  

  38. H. A. Mandelli, op. cit., p. 417.  

  39. J. A. Tulchin, op. cit., p. 43.  

  40. W. R. Manning, (comp.), op. cit., I, p. 631, cit. en J. A. Tulchin, op. cit., p. 43.  

  41. Ibid., p. 43.  

  42. Ibid., pp. 42-43; V. D. Sierra, op. cit., t. VII, p. 324.

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