Los proyectos de algunos sectores por establecer un príncipe o monarca Borbón francés en el Río de la Plata.
Durante
el período comprendido entre 1810 y 1820, también la presencia comercial
francesa fue poco relevante en comparación con la británica. En este período,
que coincide con la experiencia de la expansión napoleónica y los costos
materiales y humanos de la misma, el gobierno francés nunca contó con
suficientes medios materiales como para actuar con la eficiencia con que lo hizo
Gran Bretaña, que pudo darse el lujo de condicionar su decisión de reconocer
la independencia de las Provincias Unidas al logro de una apariencia de unidad
de parte de las mismas.
Debido a los menores medios
disponibles para Francia, ésta debió apelar a medios subterráneos para
alcanzar sus objetivos. Envió agentes a los Estados sudamericanos y negoció
secretamente con los representantes de estos países en Europa, a fin de
proteger sus intereses comerciales. (1) Esta
tendencia no fue alterada a pesar de los intentos del director supremo Juan Martín
de Pueyrredón en 1819 por equilibrar la preponderancia británica con la
francesa. (2)
Una vez derrocado el poder
napoleónico en Francia y restablecida la dinastía de los Borbones en la
persona de Luis XVIII, la diplomacia francesa abandonó la política favorable a
la emancipación de las colonias españolas, propiciada por Napoleón I. Para
dejar bien claras sus diferencias con la política exterior napoleónica, el
monarca francés se pronunció a favor del restablecimiento de los viejos vínculos
entre las colonias hispanoamericanas y su otrora metrópoli, y de los Pactos de
Familia con el rey Borbón de España. (3)
Por cierto, el futuro de las colonias hispanoamericanas era objeto de
preocupación para los miembros del gobierno francés. En 1817, el barón Hyde
de Neuville, embajador francés en los Estados Unidos y fiel defensor del
principio de legitimidad monárquica esgrimido por la diplomacia francesa en el
Congreso de Viena y en la Santa Alianza, propuso la creación de dos monarquías
constitucionales, una en Buenos Aires y otra en México. La estrategia era
intentar limitar la influencia ideológica y material de los Estados Unidos y
Gran Bretaña, aprovechando quizá el apoyo de la corte portuguesa, que estaba
establecida en Brasil, para evitar la proliferación de repúblicas. (4)
El duque de Richelieu, presidente del consejo de ministros y titular de
la cartera de relaciones exteriores, se mostró muy interesado por estas
observaciones de Hyde de Neuville. A su juicio era menester conseguir
previamente el consentimiento del rey de España. Así, creía no sólo resolver
el problema de las colonias insurrectas, sino también el de la Banda Oriental,
que España había sometido a la mediación de las grandes potencias. (5)
No sólo dentro del gobierno francés existía preocupación por el
futuro de las emancipadas colonias sudamericanas. También llevó a cabo una
activa campaña en favor de las mismas monseñor de Pradt, quien propuso la
reunión de un Congreso colonial y la intervención conciliadora de Europa para
evitar la anarquía en América del Sur, región poseedora de recursos de gran
necesidad para la Europa de ese momento, que era un continente agotado por los
efectos económicos y humanos de las guerras napoleónicas. Para Pradt, España
ya no podía reconquistar sus colonias. Si en un primer momento este personaje
propició el establecimiento de monarquías con príncipes españoles, la
realidad hispanoamericana pronto lo convenció de la necesidad de apoyar a las
nuevas repúblicas. En la visión de Pradt, la tendencia republicana en el Nuevo
Mundo resultaba irreversible, dada la prosperidad evidenciada ya por los Estados
Unidos, en contraste con una Europa sumida en permanentes guerras. Pradt tenía
gran simpatía por Buenos Aires y ponderaba su acción en favor de la
independencia con estas palabras:
Boston y Filadelfia, cunas de la libertad americana, no habéis
demostrado más magnanimidad y coraje: no tenéis derecho a mayor admiración, y
habrá que retiraros vuestros honores, si no se da entrada a Buenos Aires para
compartirlos con vosotros. (6)
Esta propaganda favorable mantenía el interés del gobierno francés
por el Río de la Plata. A principios de 1818 el embajador francés en Londres,
marqués d'Osmond, insinuó al secretario británico de asuntos exteriores, lord
Castlereagh, el nombre del príncipe de Luca para un posible trono en Buenos
Aires. Al poco tiempo creyó haber dado con el agente indicado para encaminar el
proyecto en la persona de un coronel retirado del ejército francés, Le Moyne.
Le Moyne se embarcó para Buenos Aires con la misión de alejar a todos los
bonapartistas de los consejos del director supremo Pueyrredón, argumentando que
en Europa se consideraría de la mayor repugnancia la implantación de una república
en América. (7)
Las expectativas de d'Osmond y Le Moyne respecto de establecer un reino
en Buenos Aires se vieron reflejadas en la carta que el propio director Pueyrredón
escribió el 4 de marzo de 1818 al ministro de relaciones exteriores francés,
duque de Richelieu. Pueyrredón expresaba a Richelieu la firme resolución del
Directorio del Río de la Plata de no volver a la dominación española y
comentaba su esperanza de que el primer ministro francés no dudaría
en mover el Real ánimo de S. M. cristianísima para aprovechar las disposiciones favorables que han conservado siempre los habitantes por los nacionales Franceses y que pudieran ver en lo sucesivo el fundamento de relaciones provechosas a ambas naciones. (8)
Por otra parte, las cartas de Rivadavia, que se había vinculado con
figuras liberales francesas, como Lafayette, de Tracy, monseñor de Pradt y
otros, en las que se refería a la simpatía de que gozaba en Francia la causa
de las colonias insurrectas, debieron influir en el ánimo de Pueyrredón para
dirigirse a Richelieu. Cabe recordar también las conversaciones que durante el
año anterior (1817) había tenido Pueyrredón con el cónsul francés Grandsire
sobre la posibilidad de establecer relaciones entre Francia y el Directorio del
Río de la Plata. Grandsire, según el informe que presentara al ministro de
relaciones exteriores de Francia, había encontrado eco muy favorable
especialmente en la figura de Pueyrredón, quien recordó con placer su origen
francés. Asimismo Grandsire, de vuelta en París, se contactó con grandes
casas de comercio y fábricas para sondear opiniones sobre las posibilidades de
reconocer la independencia de las Provincias Unidas por parte de Francia y
asegurar ventajas comerciales para la última. También se entrevistó
frecuentemente con Rivadavia. El gobierno español, advertido de las actividades
de Grandsire, llegó a denunciar al funcionario frente al gobierno francés,
acusándolo de ser un agente de Pueyrredón. (9)
El coronel Le Moyne entretanto llegó a Buenos Aires y se contactó con
Pueyrredón, quien estuvo de acuerdo con el enviado francés en lo referente a
las ventajas de la monarquía constitucional como forma de gobierno para las
Provincias Unidas. Pueyrredón evidenció sus preferencias personales por la
candidatura del duque de Orléans. (10) La
misión de Le Moyne motivó el envío del canónigo porteño José Valentín Gómez
en calidad de comisionado ante la corte de París y demás potencias europeas. A
fines de abril de 1819, Gómez se entrevistaba con el marqués Dessolles, quien
desempeñaba la presidencia del consejo de ministros y la cartera de negocios
extranjeros a raíz de la renuncia del duque de Richelieu. Para sorpresa del
enviado porteño, el ministro francés negaba la candidatura del duque de Orléans.
En una nueva entrevista Dessolles propuso la candidatura del duque de Luca,
heredero del antiguo trono de Etruria y vinculado por línea materna a la Casa
de Borbón, la cual sería bien recibida por Austria y Rusia y contaría con la
aprobación del propio rey Luis XVIII. Asimismo, el rey Fernando VII, con la
presencia de un sobrino en ese trono, podía esperar ventajas para el comercio
español. Pero el enviado rioplatense Gómez consideraba la candidatura de de
Luca como poco respetable y débil. (11) En consecuencia contestó al ministro
que no estaba autorizado a resolver el negocio y que tenía la seguridad
de que no sería de la aceptación del gobierno de las Provincias
Unidas toda propuesta que no comportara, como base esencial, la cesación de las
hostilidades con España, la integridad del territorio del antiguo Virreinato,
incluyéndose particularmente la Banda Oriental, y si fuese posible, los
auxilios necesarios para hacer más respetable la situación del príncipe. (12)
En
la nota que enviara al gobierno, Gómez expresaba que la marcha que había
seguido hasta entonces el gobierno francés no parecía de acuerdo con las
declaraciones a favor de la libertad de las Provincias de Sudamérica que el
ministro había manifestado. Gómez señalaba que no tenía noticias de que se
hubiera hecho diligencia alguna para cambiar el rumbo de la expedición de Cádiz
y en cambio se habían construido en Francia y fletado a España buques de
guerra para la expedición; no se concretaba el nombramiento del cónsul en
Buenos Aires y eran detenidos los reclamos en la Cámara de Diputados en favor
de una conducta más decidida hacia las Provincias del Río de la Plata. (13)
En la siguiente entrevista con Dessolles, Gómez propuso que el
diputado de Chile, Antonio de Irisarri, participara en las gestiones
relacionadas con la candidatura del duque de Luca. Dessolles no estuvo de
acuerdo y manifestó pocas esperanzas en el éxito de la cuestión, debido a la
posición del gobierno español y a la casi certeza de la partida de la expedición
de Cádiz. (14)
Entretanto llegaron a París noticias de los estragos que causaba la
fiebre amarilla en las tropas de Cádiz, factor que retrasaría la partida de la
expedición española al Río de la Plata. Gómez quiso aprovechar esta situación
crítica, y en una nueva entrevista con Dessolles el 19 de octubre de 1819,
presentó al diplomático francés la propuesta de ofrecer a Madrid una suma de
dinero o bien privilegios mercantiles a cambio del reconocimiento de la
independencia del Río de la Plata. Pero la obstinación del gobierno español
en no otorgar ninguna concesión a Francia para establecer una monarquía
constitucional en el Río de la Plata y la negativa de Rusia a respaldar este
proyecto francés -pues el zar Alejandro temía posibles represalias del
gobierno de Inglaterra- fueron factores que desbarataron los planes de Gómez
tanto ante el ministro de relaciones exteriores Dessolles, como ante su sucesor
el barón Pasquier. (15)
En 1820 la diplomacia británica descubrió esa serie de contactos
entre el gobierno de Buenos Aires y Francia, a través de una memoria y una
serie de documentos que Gómez remitió a Buenos Aires. Fue justamente al
enterarse de estos contactos del Directorio porteño con la diplomacia francesa
que el titular del Foreign Office, Castlereagh, decidió otorgar un nuevo
impulso al tema del reconocimiento británico a la independencia del Río de la
Plata.
Estos frustrados contactos con el gobierno francés
nuevamente demostraban dos tendencias señaladas a lo largo de todo este
trabajo:
1) la falta de consenso entre los
hombres a cargo del gobierno de Buenos Aires acerca del futuro político del Río
de la Plata, evidenciado en un rosario de propuestas respecto de posibles
candidatos a ocupar el gobierno de esta región -preferentemente provenientes de
países europeos "que no fuera España u otra de segundo orden, como
Portugal, Suecia, etc.", (16) aunque
también estaba sobre la mesa la posibilidad de un monarca Inca; y
2) la desesperación de los
miembros del gobierno porteño por estabilizar su situación política interna a
través de la búsqueda del reconocimiento externo, situación que nuevamente se
desencadenaba ante la amenaza de una expedición española reconquistadora.
Presumo que con el fin de dar un
golpe mortal al partido contra el cual (Don Manuel de Sarratea) está luchando,
e impedirles que jamás repitan los últimos sucesos, ha iniciado un Proceso de
Alta Traición contra los miembros del último Congreso, muchos de los cuales,
con sus partidarios, han sido reducidos a prisión, y ha fraguado, valiéndose
de las comunicaciones secretas de esa Asamblea con los Directores, una intriga
muy curiosa y no muy honorable, de la que ignoro si V.E. estará ya informado.
Está basada en una gestión formulada por el Ministro Francés de Relaciones
Exteriores (presume que es el Marqués de Dessolles) alrededor del mes de junio
último a Gómez, el agente de Buenos Ayres en París, e involucraba la
propuesta de aceptar como soberano de las Provincias del Plata así como de
Chile al joven Duque de Lucca, (...). Este suceso debía acaecer sin el
conocimiento de Gran Bretaña; y el Ministro Francés de Relaciones Exteriores
debía encargarse de obtener el consentimiento de las distintas Grandes
Potencias del Continente, todas las cuales, sin embargo, estaban, según él,
sumamente bien inclinadas hacia el proyecto, en particular Rusia y Austria. (17)
(...) cuando el Sr. Gómez pasó
por esta ciudad (Río de Janeiro) en viaje a Francia, había hablado de estar
autorizado para sugerir o proponer que se elevara un Príncipe francés al Trono
de las Provincias rebeldes, nombrando al Duque de Orléans, quien sería acompañado
por un ejército de cuatro mil hombres si se aceptara la sugestión. Pero esta
circunstancia fue simplemente mencionada por Gómez, sin hacer cuestión de la
conformidad o participación de Su Majestad, (el Rey de Portugal) y me permito
observar a V.E. que esto le habrá sugerido posiblemente a M. de Dessolles la
idea de proponer al Duque de Lucca, ya que por cierto no podría encontrar a
ningún Príncipe francés dispuesto a renunciar a sus derechos en Francia por
un cambio semejante. (18)
La primera propuesta recibida en
París respecto de la conveniencia de efectuar un cambio en la forma de Gobierno
en Buenos Ayres emanó de M. Gómez, el agente de M. Pueyrredón, quien a fines
de mayo o comienzos de junio de 1819, solicitó una audiencia al Marqués
Dessolles y en esta entrevista, que fue sumamente breve, hizo conocer el deseo
de las personas dirigentes de Buenos Ayres de someterse a la autoridad de un Príncipe
europeo, solicitando que se le hiciera saber si el establecimiento de una rama más
joven de la Familia de Borbón en este país, sería del agrado del Gobierno
francés. M. Dessolles dijo claramente a M. Gómez que semejante medida, en el
actual estado de cosas, no sería factible pero que si la tranquilidad de Buenos
Ayres dependía de la introducción de una forma monárquica de gobierno en esa
parte de la América del Sur, presumía que deberían más bien dirigir sus
miradas a las ramas más jóvenes de la Familia Real Española, y que el Rey de
Francia estaría dispuesto a ofrecer su Mediación para lograr semejante
arreglo; que se había enviado inmediatamente una comunicación a la Corte de
España indicando los detalles de esta conversación pero que antes de que la
respuesta de Madrid hubiera hecho saber la repugnancia de Su Majestad Católica
a considerar la propuesta, M. Gómez logró una segunda entrevista con el Marqués
Dessolles en la que objetó la selección de un Príncipe español con el
pretexto de que la vinculación indirecta que semejante temperamento debía
restablecer con la Madre Patria, aumentaría más bien que moderaría la
irritación que prevalecía en esa parte de América; dificultad, respondió M.
Dessolles, que podrá ser eliminada con la selección del hijo de la Reina de
Etruria, quien reunía ventajas que posiblemente lo harían aceptable para todas
las partes. Habiendo impedido las objeciones de la Corte de España toda mención
de este plan al Duque de Lucca, la propuesta fracasó, y M. Gómez no sostuvo
ninguna otra entrevista con el Marqués Dessolles durante el tiempo que ese
Ministro permaneció en el cargo. (19)
Asimismo, la situación de incertidumbre que sufrió el gobierno porteño durante la tercera década del siglo XIX, debida a la combinación de los factores internos y externos mencionados con anterioridad, llevó a dicho gobierno a enviar interlocutores a Europa que se contactaron con varios países simultáneamente, en esta búsqueda febril por el reconocimiento. Un ejemplo de esta política fue el caso, ya mencionado, del nombramiento de Rivadavia como interlocutor de ambos los gobiernos de París y Londres, lo que condujo a agudos roces con la diplomacia británica y especialmente con el ministro Canning, quien en una carta enviada a Parish comentaba:
Con referencia a los Despachos Nº 13 y 16 relacionados con el carácter
diplomático que debe asumir M. Rivadavia en este país a consecuencia de la
conclusión del Tratado de Amistad, Comercio y Navegación entre Gran Bretaña y
las Provincias Unidas del Río de la Plata, debo informarle que, contrariamente
a la esperanza que me había formulado por el contenido del primero de esos
Despachos, M. Rivadavia me entregó un Nombramiento del Gobierno de Buenos Ayres
por el que se le designaba Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario
ante las Cortes de Gran Bretaña y Francia,(...).
(...) Los muy distintos puntos de vista sostenidos y que han guiado a los
Gobiernos Inglés y Francés con relación al Estado que habría de representar
M. Rivadavia excluirían la posibilidad de que fuera tratado con la debida
confianza por cualquiera de los dos, y con seguridad sería de conveniencia para
el Gobierno de Buenos Ayres poner la gestión de sus asuntos con Gran Bretaña
en manos de una persona especialmente seleccionada para esa única función.(...)
Con respecto a la cuestión de un rango diplomático mayor en las
relaciones entre Gran Bretaña y las Provincias Unidas del Río de la Plata, su
consideración, a causa de la defectuosidad del nombramiento de M. Rivadavia,
debe necesariamente postergarse por breve tiempo. (20)
La
situación descripta en la carta de arriba no es nada menos que patética, ya
que el motivo por el que Rivadavia recibió esas dos misiones incompatibles no
fue otro que la miseria fiscal del erario del gobierno de Buenos Aires, que lo
tornaba impotente para cumplir con las obligaciones protocolares y diplomáticas
mínimas de un Estado reconocido.
En definitiva, la dinámica que
rigió las relaciones entre el gobierno de Buenos Aires y Francia durante este
período fue determinada por los mismos factores que guiaron las demás
relaciones significativas de las débiles y desgarradas Provincias Unidas en la
época. Por el lado del gobierno de Buenos Aires vislumbramos vulnerabilidad,
necesidad de protección y temor a la anarquía. Por el lado europeo (y en
alguna medida norteamericano también) vislumbramos políticas de balance de
poder orientadas por el deseo de evitar la hegemonía de alguna gran potencia
sobre las demás. En ese contexto, se miraba hacia las Provincias Unidas (y se
reconocía o no su independencia) sólo cuando se corría el riesgo de que una u
otra potencia desequilibraran el balance de poder, adquiriendo una influencia
decisiva en éstas y/u otras ex colonias americanas de España. También se
intentaba hacer buenos negocios, pero éstos eran marginales en el contexto de
las comparativamente enormes operaciones totales de estas potencias. Eran
importantes para quienes estaban directamente involucrados en ellos, y los
Estados respectivos intentaban favorecerlos, pero sólo en la medida que no
entraran en conflicto con intereses mucho más prioritarios.
NOTAS
Ver al respecto C. K. Webster, op. cit., tomo I, p. 32.
Ver L. A. Romero, op. cit., p. 153.
William Spence Robertson, France and Latin American Independence, Baltimore, 1939, pp.118-119, cit. en Mario Belgrano, "La Santa Alianza. Los comisionados al exterior", Academia Nacional de la Historia, Ricardo Levene, (comp.), op. cit., Vol. VI, 1ª secc., Buenos Aires, El Ateneo, 1947, p. 677.
Carlos A. Villanueva, La monarquía en América. Bolívar y el general San Martín, París, s.f., pp. 62-63; Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia, Etats Unis, 1817, Nº 74, citados en M. Belgrano, op. cit., pp. 677-678.
Carlos A. Villanueva, op. cit., p. 63; Archivos del Gobierno Francés. Ministère des Affaires Etrangères, Espagne 1808-1817, citados en ibid., p. 678.
De Pradt, Les six derniers mois de l'Amérique Méridionale et du Brésil, 2 ed., agosto de 1817, citado en ibid., p. 678.
Ibid., pp. 678-679.
Ibid., p. 680.
Ibid.
Ibid., p. 682.
Ibid., pp. 690-691.
Nota de Gómez al secretario de gobierno, París, 18 de junio de 1819 en V. D. Sierra, op. cit., t. VI, 1965, p. 657.
Ibid., p. 658.
M. Belgrano, op. cit., p. 693.
Ibid.
Ver instrucciones del Directorio del Río de la Plata al comisionado Valentín Gómez, citadas en ibid., p. 684.
Carta Nº 18 de Edward Thornton al Vizconde Castlereagh, F.O. 63/228, Río de Janeiro, 18 de abril de 1820, citada en C. K. Webster, op. cit., tomo I, pp. 148-149.
Carta de Edward Thornton al Vizconde Castlereagh (Por separado. Muy Confidencial), Río de Janeiro, 29 de septiembre de 1820, F.O. 63/229, citada en ibid., tomo I, p. 281.
Carta de Sir Charles Stuart al Vizconde Castlereagh, París, 24 de julio de 1820, F.O. 27/229, citada en ibid., tomo II, pp. 140-141.
Carta
Nº 5 de George Canning a Woodbine Parish, F.O. 6/7, 24 de mayo de 1825,
citada en ibid., tomo I, pp. 171-173.
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