Hemos
llegado en el tratamiento de nuestra materia hasta aproximadamente el año 1825
(y en algunos casos, como el de las relaciones con Estados Unidos, hasta fecha
tan tardía como 1830). Nos encontramos ya con unas Provincias Unidas sólidamente
independizadas y reconocidas como tales por algunas de las principales
potencias. Internamente, a partir de diciembre de 1824 se hallaba reunido el
Congreso General que debía organizar institucionalmente al país, pero que
fracasaría rotundamente al aprobar una constitución inaceptable para las
provincias por su carácter centralista. El consecuente estado de anarquía haría
imposible prever cual sería la configuración territorial
"definitiva" del nuevo estado y menos su sistema de gobierno.
Por otra parte, el análisis del período 1810-1825 a través de
fuentes primarias tales como la correspondencia entre actores privados y
gubernamentales, locales y extranjeros, prueba de manera contundente que existen
una serie de mitos que han oscurecido la investigación histórica de este período
y que en gran medida han alimentado y siguen alimentando la conciencia colectiva
argentina.
Entre estos mitos se pueden mencionar dos de suma importancia para este
período inicial:
1. El primero, presente en todos los manuales de historia argentina,
consiste en sostener la existencia de un Estado nacional argentino a partir de
1810. La evidencia histórica es contraria a esta suposición. La idea de una
patria argentina tal como la entendemos ahora no existió durante todo el período
estudiado hasta aquí. La Primera Junta que resultó de la Revolución de Mayo
de 1810 representaba a Buenos Aires, y no al resto del Virreinato del Río de la
Plata que en general no aceptó su autoridad. Debido a esta dificultad la Junta
debió enviar expediciones militares a Córdoba, el Alto Perú y Paraguay. Para
las provincias, Buenos Aires dejó de ser una capital efectiva por largo tiempo,
y los proyectos de organización nacional que emanaban de ésta no representaban
sino a ésta. La necesidad que percibían los hombres de Buenos Aires de buscar
un monarca extranjero es prueba adicional de ello. No existían vínculos
materiales ni culturales lo suficientemente sólidos como para hablar de una
"patria" que correspondiese a lo que hoy es la jurisdicción del
Estado argentino. Caído el poder colonial español y a pesar de los intentos de
organización general de la primera década posterior a la revolución, cada
provincia, liderada por caudillos locales, se constituyó en unidad política y
en símbolo de resistencia al poder de Buenos Aires. Cada una de ellas se
convirtió en su propia patria o nación. Por cierto, tres décadas después de
declarada la independencia Esteban Echeverría aún sostenía la vigencia de
este fenómeno, tal como se señalara en el Capítulo 1.
2. El segundo mito consiste en sostener la existencia en este período
inicial de la historia argentina de dos bandos homogéneos e irreconciliables:
criollos -presentados como sinónimo de patriotas, a favor de la independencia
rioplatense respecto del poder colonial español- versus españoles
-identificados con el bando realista, partidario de mantener la soberanía de
las autoridades españolas a pesar de las invasiones napoleónicas, y por ende
contrario a la idea de independencia del Río de la Plata-. Este esquema de patriotas
o criollos versus realistas o españoles es una grave simplificación,
porque dentro de la demasiado amplia categoría de los "patriotas"
figuraban tanto criollos (o españoles americanos) -Cornelio Saavedra, Mariano
Moreno, Manuel Belgrano, entre muchos otros-, como españoles peninsulares -Juan
Larrea y Domingo Matheu, comerciantes, partidarios de la destitución del virrey
Baltasar Hidalgo de Cisneros e integrantes de la Primera Junta de Buenos Aires
de 1810-. (1) Asimismo existieron casos de criollos que pelearon en el bando
español como los de los generales José de Goyeneche y Pío Tristán, ambos
nacidos en Arequipa. En los manuales escolares de historia argentina,
"patriotas" y "realistas" son presentados como
"blanco" versus "negro", cuando seguramente en la
realidad debió haber habido abundancia de casos mixtos, de españoles que
abrazaron la causa patriota y viceversa. De hecho, como lo demuestra T. Halperín
Donghi, en todas las regiones de la América española donde durante los
primeros años la revolución fue derrotada, fue el populacho nativo el que,
movilizado para la causa realista, se encargó de perseguir a los
patriotas con saña y crueldad supina.
Por cierto, durante estas décadas y algunas más del futuro la única
semilla de nacionalidad existente en esta parte del mundo no era argentina ni
uruguaya ni chilena, sino hispanoamericana. Este fenómeno se seguirá
verificando en los próximos capítulos, donde veremos con cuanta frecuencia un
hombre venido de latitudes remotas se integra al proceso político local como si
fuera un nativo, sin cuestionamientos, por el mero hecho de ser
hispanoamericano. Pero quizás el mejor ejemplo de este fenómeno corresponda a
este capítulo: Cornelio Saavedra, el presidente de la Primera Junta de Gobierno
patrio del Río de la Plata, fue un boliviano.
NOTA
Ver
al respecto Tulio Halperin Donghi, Revolución y guerra. Formación de
una élite dirigente en la Argentina criolla, Buenos Aires, Siglo XXI,
1972, p. 173.
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