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Capítulo 9: Política de poder sudamericana durante la segunda mitad de la década de 1820.

Tan pronto se consolidó la independencia de los Estados latinoamericanos un juego político de suma cero emergió entre ellos. Resulta quizás hasta ingenuo aclarar que este juego de poder representaba a las elites dominantes mucho más que a los intereses de las ciudadanías. No obstante, el cuadro era en este sentido mucho más complejo de lo que puede aparecer a primera vista, ya que como se dijo al principio, la anarquía generada en Hispanoamérica por el traumático proceso revolucionario generó oportunidades de ascenso para las clases subordinadas, y un interés creado de parte de éstas para la continuación de la guerra y la movilización. De tal modo, resulta difícil evaluar las políticas de poder que se desarrollaron como exclusivamente elite-céntricas (en contraposición a las normativamente más deseables políticas ciudadano-céntricas), aunque sin duda en el largo plazo los intereses del progreso y el bienestar futuro de la gente común estaban mejor servidos por la paz y la prosperidad que por la guerra, la paralización del comercio y la destrucción.
    Por otra parte, otro factor que resulta analíticamente interesante (y que ya fuera insinuado en el Capítulo 1 reside en el hecho de que la balcanización de la América española generó en estas tierras una suerte de imitación del sistema interestatal que había emergido en Europa después de la paz de Westfalia de 1648, a pesar de la comunidad histórica y cultural representada por el conjunto de las ex colonias españolas en América. Aún cuando los Estados hispanoamericanos eran embrionarios y representaban más una expresión de deseos que estructuras de poder sólidas, estables y claramente diferenciadas, las elites locales se lanzaron a intentar recrear una realidad europea (que debido al carácter hegemónico de la ideología del Estado-nación les parecía la única realidad posible y "moderna"), y de manera artificial conseguir que la diferencia entre la Argentina y Chile fuera equivalente a la diferencia entre Francia y Alemania. Aunque este artificio tardó muchas décadas en consolidarse de manera de transformarse en algo más que un artificio, y aunque la comunidad histórico-étnico-cultural de la América española tardó esas mismas décadas en terminar de quebrarse, los juegos de poder entre las elites dominantes en Buenos Aires, Lima, Bogotá, Santiago (y por supuesto, Río de Janeiro) tendieron a reproducir, ya desde mediados de la década de 1820, los juegos de poder entre los Estados-naciones europeos.

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