Cuando en agosto de 1825 el emperador dom Pedro se enteró de la
anexión de Chiquitos y Moxos, la repudió. Por su parte el mariscal Sucre, que respondía
a Bolívar y que tenía un ejército victorioso a su disposición en Bolivia, se preparó
para liberar los territorios ocupados a menos que las tropas brasileñas se retiraran, y
planeó incluso la invasión del Mato Grosso. Fue Bolívar quien detuvo a Sucre, creyendo
que la incursión en Chiquitos se había producido sin la aprobación de dom Pedro (1).
Sin embargo, antes de que Bolívar hubiese adoptado una actitud frente
a los hechos y antes incluso de la declaración formal de independencia boliviana, Sucre
había notificado al gobierno de Buenos Aires de la invasión brasileña, y le había
sugerido buscar un acuerdo con Bolívar para una campaña conjunta contra Brasil. Así es
que el 19 de mayo el gobierno de Buenos Aires nombró como ministros plenipotenciarios y
dio instrucciones al general Carlos María de Alvear, al doctor José Miguel Díaz Vélez
y al secretario Domingo de Oro, para que obtuvieran el consentimiento de Bolívar para
realizar una ofensiva militar coordinada contra el Imperio por fuerzas argentinas,
colombianas y peruanas.
Sin embargo, el gobierno de Buenos Aires no confiaba en Bolívar.
Especulaba con asustar a Dom Pedro y que éste renunciara a la Banda Oriental, y solamente
en el peor de los casos estaba preparado para aceptar la cooperación militar del
libertador colombiano-venezolano. Este último había invitado a los gobiernos
latinoamericanos a un Congreso de la región que habría de reunirse en Panamá. El
gobierno de Buenos Aires había acordado participar, pero en realidad no pensaba mandar
delegado alguno, ya que temía que Bolívar tratara de dominar el continente a través del
Congreso. No obstante, cortejaba a Bolívar para el caso de que la intransigencia
brasileña en la Banda Oriental hiciera necesario su apoyo.
Bolívar recibió a Alvear y Díaz Vélez en Potosí en octubre de
1825, y durante cuatro meses los tres se reunieron con frecuencia para discutir las
posibilidades de una política en común hacia Brasil. Para ese momento Bolívar ya era el
presidente de tres repúblicas. Una campaña contra Brasil le daría una excusa para
derrocar al dictador de Paraguay, José Gaspar Rodríguez de Francia, un viejo sueño
suyo, y además lo proveería de la posibilidad de eliminar la monarquía en América,
dividiendo al Brasil en diversas repúblicas y garantizando así una posición dominante
para la Gran Colombia en América del Sur.
A pesar de estas tentaciones, antes de tomar decisiones Bolívar
quería saber cuál era la postura de los gobiernos colombiano y británico. En este
sentido, es preciso aclarar que aunque Bolívar era nominalmente el presidente de la Gran
Colombia y sin duda su caudillo, en los hechos el gobierno efectivo de Colombia estaba en
manos del vicepresidente Francisco de Paula Santander, al menos durante las prolongadas
ausencias de Bolívar de Bogotá, determinadas por sus ambiciones expansionistas. Aunque
Santander respondía a Bolívar, frente a una decisión de la magnitud de una guerra
contra el Brasil era necesario asegurarse su apoyo total. Por su parte, Santander creía
no poder arriesgarse en una campaña contra Brasil. Por el contrario, la política de
Santander había sido desde tiempo atrás de conciliación con Brasil, y este objetivo
corría el riesgo de verse frustrado por los mutuos flirteos de Bolívar y el gobierno de
Buenos Aires. Más aún, Santander había desarrollado una antipatía hacia lo que
percibía como la falta de sentido americanista de los hombres de Buenos Aires, quienes
(encabezados por el entonces ministro Rivadavia) se habían negado en 1823 a prestar ayuda
a Bolívar contra los realistas de Colombia y Perú, solicitada explícitamente por el
enviado Joaquín Mosquera en Lima, Santiago y Buenos Aires. Cuando en febrero de 1826
Rivadavia se convirtió en presidente de las Provincias Unidas, la ya escasa posibilidad
del apoyo de Colombia en una guerra contra el Brasil prácticamente desapareció.
Por otra parte Gran Bretaña, que era el otro actor cuya postura le
interesaba conocer a Bolívar, también deseaba evitar la guerra. La política antibélica
británica emergía de dos motivos: la guerra afectaría la monarquía en América, que
los británicos deseaban presevar, e incidiría de manera adversa sobre los intereses
comerciales británicos. Por estos motivos, Gran Bretaña estaba a favor de un arreglo
pacífico de las disputas de la Banda Oriental y Chiquitos. En efecto, el 20 de marzo de
1826, ya comenzadas las hostilidades entre Buenos Aires y Brasil, Canning le escribió a
Bolívar alentando la paz en Chiquitos y la cooperación por un rápido fin de la guerra
entre Brasil y las Provincias Unidas. Debido pues a la oposición de ambos Santander y el
Reino Unido, pero más importante aún, debido a su propia desconfianza en los hombres de
Buenos Aires, Bolívar decidió abstenerse de participar en la guerra contra el Brasil.
A fines de enero de 1826 Bolívar partió hacia Lima, sin saber aún
que el gobierno de Buenos Aires ya había decidido ir a la guerra por su cuenta, y que le
había ordenado a Alvear y Díaz Vélez volver a Buenos Aires. A pesar de esto, la
intervención de una o más de las repúblicas del norte de la América del Sur en la
guerra de las Provincias Unidas contra Brasil fue objeto de una continua especulación a
lo largo de 1826, debido a informes sobre la presunta complicidad brasileña con
conspiraciones reaccionarias europeas, de modo que la posibilidad de una generalización
de la guerra fue un factor que continuó presente en los cálculos de todos los actores
involucrados, al menos durante el primer año del conflicto, y a pesar de que
objetivamente era muy improbable.
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