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El hecho de que la perspectiva de una guerra generalizada entre estos Estados embrionarios fuera posible es tanto más interesante cuando se considera lo poco desarrolladas que estaban las relaciones diplomáticas entre los Estados sudamericanos, reflejo de la inexistencia de un auténtico sistema interestatal entre ellos. Hasta mediados de 1825 Brasil sólo había mandado ministros a Buenos Aires y Asunción (y en este trámite fracasó en su intento de conseguir el apoyo de Rodríguez de Francia para la guerra en ciernes con Buenos Aires). Sólo el estallido del asunto de Chiquitos hizo que dom Pedro estimara conveniente el envío de emisarios a los Estados del norte de Sudamérica. Sin embargo (y al igual que el gobierno de Buenos Aires) no tenía ninguna intención de mandar un delegado al Congreso bolivariano de Panamá, aunque designó uno para salvar las apariencias (sabiendo de antemano que el designado no aceptaría el cargo). Dom Pedro calculaba que en Panamá los hispanoamericanos estarían de acuerdo frente a la cuestión de la Banda Oriental y formarían un frente contra el Brasil. Citando la opinión de Seckinger, no había ventajas para Brasil, que era el país más grande de la América del Sur, en el establecimiento de un sistema de relaciones internacionales institucionalizado como el que se proponía el Congreso bolivariano, sino que su interés consistía en perseguir una estrategia de "dividir para reinar (1)".
    Sin embargo, esta política requería no solamente hechos negativos, como la ausencia brasileña en Panamá. También exigía aproximaciones amistosas para evitar la formación de un bloque republicano hispanoparlante opuesto a la monarquía lusoparlante. Luego de que se iniciara la guerra en el Río de la Plata, el Imperio continuó con su política de prevenir un bloque republicano. En línea con ese objetivo y como gesto de buena voluntad hacia el nuevo Estado de Bolivia, ordenó a las autoridades del Mato Grosso la devolución de la platería y el ganado que los emigrados realistas de Chiquitos se habían llevado con la ocupación brasileña.
    Paralelamente con estos gestos brasileños de aproximación a Bolivia, Buenos Aires se volvió hacia Chile en busca de ayuda. En octubre de 1825 el gobernador Gregorio de Las Heras designó ministro plenipotenciario de las Provincias Unidas frente al gobierno de Chile al coronel mayor Ignacio Alvarez Thomas. Este venía de una frustrante misión en Lima como ministro plenipotenciario frente a los gobiernos de Perú y Colombia, iniciada en diciembre de 1824 y que resultó completamente ineficaz debido a la ausencia de Bolívar. En marzo de 1826 Alvarez Thomas le propuso al gobierno trasandino que mandara un cuerpo de ejército para que fuera estacionado en la Confederación Argentina, para así liberar tropas de Buenos Aires para combatir en la Banda Oriental. También le propuso que la escuadra chilena zarpara hacia Buenos Aires para levantar el bloqueo brasileño del Rio de la Plata. Estas propuestas ilustran en qué medida aún sobrevivía cierta percepción de unidad hispanoamericana, a pesar de recelos, desconfianzas, egoísmos y competencias. Alvarez Thomas propuso asimismo al gobierno chileno un tratado de alianza perpetua para la defensa mutua contra la dominación extranjera.
    Pero el gobierno chileno de Blanco Encalada, que estaba próximo a su fin y no deseaba comprometer a Chile en riesgos innecesarios, comprendió que el gobierno de Buenos Aires estaba intentando involucrarlo en su guerra inmediata contra el Brasil y demostró poco interés en sus propuestas. Las negociaciones quedaron por un tiempo estancadas con la renuncia de Blanco Encalada en septiembre de 1826. Cuando el tratado finalmente se firmó, el 20 de noviembre de ese año, los chilenos lo hicieron con la condición de que su aplicación respecto de la guerra contra el Brasil quedara en suspenso para ser decidida después. Según lo acordado, ambas partes se comprometían a apoyarse mutuamente contra la dominación extranjera y a no celebrar tratados con el gobierno español. También se establecían garantías, exención de impuestos y de servicio militar para los ciudadanos de Chile residentes en las Provincias Unidas y viceversa. No obstante, el tratado nunca fue ratificado, y Chile no le prestó ayuda alguna a las Provincias Unidas. Para colmo, la misión de Alvarez Thomas fue desautorizada por el presidente Rivadavia. Alvarez Thomas había propuesto la designación de un ministro chileno en Río de Janeiro para presionar conjuntamente con las Provincias Unidas respecto de la Banda Oriental, idea que Rivadavia descalificó.
    Paralelamente a los intentos diplomáticos de Alvarez Thomas, el coronel Ventura Vázquez inició gestiones en Santiago para comprar buques de guerra chilenos para reforzar la flota porteña, comandada por el almirante irlandés Guillermo Brown. Vázquez adquirió una fragata y dos corbetas que zarparon de Valparaíso con 500 hombres en agosto de 1826. Sin embargo, estos barcos no estaban en condiciones de navegar en alta mar, y sólo una corbeta logró incorporarse a la escuadra de Brown. Ciertamente, los resultados de ambas misiones a Santiago de Chile fueron magros.
    Con respecto a las actitudes de Colombia y Perú frente a la guerra Cisplatina, éstas convergieron mientras Bolívar estuvo a cargo de ambos gobiernos, pero más adelante divergieron. El mismo Bolívar simpatizaba abiertamente con Buenos Aires pero profesaba una estricta neutralidad. Por su parte, Santander intentó hacer que las partes acordaran una solución pacífica. Bolívar regresó a Bogotá en septiembre de 1827 y apoyó la política de Santander.
    Entre tanto, el gobierno de Buenos Aires propuso una alianza a Bolivia, pero Bogotá desalentó la participación boliviana. Bogotá argumentaba que el gobierno de Buenos Aires se había rehusado a mandar delegados al Congreso de Panamá, y que por ello no existía ninguna obligación de ayudarlo. Los colombianos alentaban una visión de Brasil como Estado americano, y no como una herramienta de la Europa reaccionaria. Tanto más razón, por consiguiente, para mantener una neutralidad estricta y aconsejarla a un Estado como el boliviano, que aún estaba bajo la égida indirecta de Bolívar a través del estrecho vínculo de éste con su presidente, Sucre.
    Por su parte los gobernantes del Perú eran más temerosos del Imperio que los colombianos, pero seguían a la Gran Colombia -eran, al fin y al cabo, súbditos de Bolívar- y abogaban también por una solución negociada. Pero hacia mediados de 1827 Perú y Colombia comenzaron a divergir respecto de la cuestión cisplatina y la monarquía brasileña, porque a principios de 1827 hubo un golpe antibolivarista en Lima que retiró a Perú de la esfera de Bolívar. El nuevo gobierno peruano rechazó el liderazgo personal de Bolívar y la pretendida hegemonía colombiana, y entre 1827 y 1828 las relaciones entre Perú y la Gran Colombia se deterioraron, en parte por una disputa territorial entre ambas. Ambos Estados reclamaban las provincias de Mainas y Jaén, y además Perú codiciaba Guayaquil, que había sido anexado por la Gran Colombia en 1822.
    El resultado de estos acontecimientos condujo a una típica dinámica de política de poder, con las históricamente típicas tendencias hacia la generación de alianzas para el equilibrio del poder. A partir de este momento, las repúblicas septentrionales de Sudamérica abandonaron su actitud desinteresada respecto del conflicto en el Plata. Tal como lo expresa Seckinger:

Así como la diplomacia argentina y brasileña en relación a los otros países sudamericanos había sido modelada por la disputa respecto de la Banda Oriental, ahora las tensiones internacionales en el norte (de Sudamérica) moldearon a la diplomacia peruana, boliviana y colombiana en relación a la Argentina, Brasil y Chile (2).

Con el Perú transformado ahora en el adversario de la Gran Colombia, Bolivia se encontraba en una difícil situación. Gobernada por Sucre, que era un firme bolivarista, el país del Altiplano tenía un sistema político autoritario diseñado por el mismo libertador, con una presidencia vitalicia. Perú temía que Bolivia ayudase a la Gran Colombia en caso de guerra, y por este motivo se convirtió también en adversario de Bolivia. Como consecuencia de estos cambios estratégicos Perú interrumpió su amistad con Brasil y comenzó a cortejar a Buenos Aires. Los dirigentes peruanos pensaban que Brasil era aliado de Colombia, y que Bolívar intentaría dividir el continente en "dos grandes imperios", brasileño y bolivariano. De tal modo, el gobierno peruano se preparó para tomar un rol más activo que antes en la guerra Cisplatina, pero no hasta el punto de darle ayuda militar a Buenos Aires, porque necesitaba de todas sus fuerzas ya que corrría el riesgo de ser atacado por Colombia y Bolivia.
    Hacia fines de 1826 Chile también comenzó a sospechar de las intenciones expansionistas de Bolívar. En abril de 1827 (con posterioridad al golpe peruano) el gobierno chileno comenzó a negociar un tratado en Lima, en el cual se proveían ventajas comerciales recíprocas y una alianza defensiva que estaba inspirada en el miedo a Bolívar. En noviembre de 1827 Perú intentó comprar barcos y municiones en Chile. El gobierno chileno declaró que una guerra con la Gran Colombia amenazaría su seguridad, y que haría causa común con Perú. Sin embargo, las negociaciones no se completaron a tiempo como para afectar al conflicto entre Perú y la Gran Colombia.
    Por otra parte, Sucre se encontraba en una encrucijada, ya que aunque era bolivarista no tenía ninguna garantía de ser socorrido por las fuerzas colombianas en el caso de un ataque peruano. Por lo tanto, en febrero de 1827 le propuso al gobierno de Buenos Aires la conformación de una federación compuesta por la Argentina, Bolivia, y Chile "para contrarrestar el poder de Brasil". Sucre consideró esta sugerencia como una alternativa a la Federación Andina que había sido proyectada por Bolívar y que ya no era posible debido a la hostilidad peruana. Al poco tiempo, sin embargo, Sucre abandonó su justificación original del proyecto de alianza (que había sido presentado como antagónica al Brasil), y optó en cambio por justificar su proyecto en términos del "interés de Bolivia, Colombia y América". Los términos del discurso de Sucre no se cristalizaron allí, sin embargo, sino que continuaron transformándose rápidamente, de modo que hacia noviembre de 1827 comenzaba a plantear su acercamiento a los países del sur del continente en términos de la necesidad de un contrapeso frente al Perú (3), que en realidad era lo que siempre había sido.
    Hacia mediados de 1827 Sucre nombró al deán Gregorio Funes (como es bien sabido, un cordobés), y que ya venía ejerciendo la representación de Colombia, como ministro de Bolivia en Buenos Aires, hecho que ilustra una vez más en qué medida las nacionalidades hispanoamericanas estaban lejos de estar plasmadas y diferenciadas la una de la otra en este período histórico. A través del deán Funes, Sucre propuso una alianza entre Bolivia, la Argentina y Chile, sugiriendo que la participación boliviana en la guerra contra el Brasil podría arreglarse por medio de un tratado. Aunque no requirió explícitamente apoyo contra el Perú, éste era obviamente su objetivo. El gobierno de Buenos Aires respondió rápidamente a Sucre, proponiendo una alianza defensiva y ofensiva. El gobierno de Buenos Aires declaró que Brasil era un poder voraz que amenazaba la paz y seguridad de cada uno de los demás Estados. Sugirió que Bolivia debía preparase para invadir Brasil y llevar adelante una guerra de insurrección hasta Rio de Janeiro.
    La elección de Dorrego, otro bolivarista y amigo personal de Sucre, como gobernador de Buenos Aires, hacía más factible la propuesta. Sin embargo, e inesperadamente para todos estos espectadores hispanoamericanos, en marzo de 1828 el gobierno de Buenos Aires decidió aceptar la paz con Brasil, y retiró la propuesta que le había presentado a Sucre de asestar un golpe al Imperio por medio de un ataque boliviano al Mato Grosso. La paz entre Buenos Aires y Brasil cambió por completo y repentinamente la configuración de intereses entre estos aliados potenciales. Sucre ahora se quedaba solo, con sus aliados colombianos demasiado lejos como para abrigar esperanzas de apoyo militar en caso de un ataque peruano.
    Cuando se produjo una rebelión militar en Chuquisaca contra Sucre, se materializaron los peores temores del mariscal. El gobierno del Perú aprovechó la situación, y el 1º de mayo de 1828 el ejército peruano cruzó la frontera con Bolivia. A principios de julio, el ejército boliviano capituló. Como era de esperarse dado el juego de política de poder esencialmente caudillo y/o élite-céntrico que tenía lugar entre estos Estados embrionarios, Sucre no recibió ningún apoyo externo, ni de Colombia ni de la Confederación Argentina.
    El ataque peruano se produjo por dos motivos. Por un lado, fue un golpe preventivo para eliminar un enemigo en el sur, antes de tener que enfrentar uno más poderoso en el norte. Si la Gran Colombia atacaba al Perú era probable que Bolivia se uniera la ataque, por lo cual era menester desactivar cuanto antes a las fuerzas de Sucre. Por otra parte, existían diferencias ideológicas importantes entre ambas partes. Bolivia era declaradamente una república autoritaria con presidente vitalicio. Por imperfecta que fuera la democracia peruana, ésta estaba lejos de representar un autoritarismo tan extremo como el que Bolívar había ideado para Bolivia (y que Sucre había aceptado gustoso).
    Los dirigentes peruanos que decidieron el ataque, por otra parte, consideraron a éste como una movida estratégica por la que se terminaba con "la dominación colombiana" y el "tutelaje extranjero de Bolivia". Producida la capitulación boliviana se firmó un tratado de paz entre Perú y Bolivia que estipulaba la partida de Sucre y de todas las tropas "extranjeras" de Bolivia, y la abolición de la Constitución autoritaria del país del Altiplano. Las tropas "extranjeras" incluían contingentes colombianos, venezolanos, ecuatorianos, y su presencia en Bolivia ilustra también en qué medida no nos encontrábamos aún con nacionalidades auténticamente diferenciadas, aunque los Estados se esforzaran por crearlas, como un medio más de autojustificarse.
    Tan pronto Sucre partió, Lima comenzó una negociación directa para conseguir el apoyo militar boliviano frente a la guerra que se avecinaba con Colombia. Perú también usó este tratado de paz con Bolivia para continuar con su cortejo de Buenos Aires, que era un potencial aliado contra Bolívar. A su vez, tan pronto el gobierno colombiano supo de la invasión peruana a Bolivia comenzó a fortalecer sus lazos con Brasil. El Congreso de Panamá había sido un fracaso y los colombianos (especialmente Bolívar) sentían que ya no podían confiar en Hispanoamérica. Por lo tanto, emprendieron una negociación para establecer una alianza colombiano-brasileña, recordándole al emperador que Colombia siempre había deseado la paz con el Brasil, mientras que Perú había forzado a Bolivia a romper relaciones con ese país.
    De tal manera, finalmente se propuso (por parte de Colombia) un "eje" Bogotá-Rio de Janeiro, análogo al temido por los peruanos cuando avisoraban una América del Sur dividida en "dos grandes imperios". Bolívar estaba desilusionado de las instituciones republicanas y admiraba la estabilidad de la monarquía brasileña. Sus planes de expansión y/o de amalgama sudamericana bajo su égida habían fracasado, y su última tentativa sería la de aliarse al Imperio. El eje, sin embargo, no funcionó. La alianza, que no interesó a dom Pedro, nunca fue discutida seriamente. Por otra parte, en agosto de 1828 la guerra entre Gran Colombia y Perú finalmente irrumpió con un conflicto naval, pero las hostilidades duraron sólo hasta julio de 1829, y sin resultados decisivos.

  1. Ron L. Seckinger, "South American Power Politics during the 1820's", Hispanic American Historical Review, Vol. 56, No. 2, mayo de 1976, p. 252.

  2. Ibid., p. 256.

  3. Ibid., p. 258.

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