Junto a los conflictos entre Buenos Aires y Brasil y entre Perú y
Colombia, otra disputa intra-sudamericana fue la que surgió precisamente en la década de
1820 en torno al área misionera y el control del comercio del río Uruguay. Este
conflicto contó con tres protagonistas: el gobierno de Corrientes, el de Paraguay y el de
Brasil, al que cabe agregar un actor que si bien jugó en este período y cuestión un rol
relativamente secundario, no estaba totalmente ajeno al problema: el gobierno de Buenos
Aires. La disputa en torno del área misionera, que logró resolverse recién en la
década de 1860 por medio de la Guerra de la Triple Alianza (protagonizada por los
gobiernos de la Argentina, Brasil y Uruguay contra el de Paraguay), muestra desde su
inicio una combinación de al menos tres de los cuatro factores mencionados por Seckinger
en relación a los conflictos sudamericanos de la década de 1820 (disputas sobre
fronteras, ventajas comerciales y juego de política de poder).
Respecto del conflicto correntino-paraguayo-brasileño sobre el control
del comercio sobre el río Uruguay, vale destacar que desde las reformas borbónicas, los
paraguayos y correntinos se beneficiaron del mismo, pero en medida desigual. En el primero
de los casos, el interés primordial consistía en el control de la ruta comercial
Itapúa-Sao Borja, clave en el comercio paraguayo-brasileño. Itapúa era un pequeño
puerto paraguayo que estaba ubicado sobre el Alto Paraná y justo enfrente de la localidad
de Candelaria, ex capital jesuítica ubicada en territorio misionero y tránsito obligado
de las exportaciones de yerba. Candelaria colapsó a partir de la expulsión de la Orden
en 1767 y fue ocupada posteriormente por Paraguay, factor que hizo posible un comercio por
tierra relativamente seguro con la localidad de Sao Borja, ubicada en Río Grande do Sul.
Vale agregar que, no obstante la conocida predilección del régimen de Gaspar Rodríguez
de Francia por una economía paraguaya cerrada, los comerciantes riograndenses operaron en
Itapúa en fecha tan temprana como la de 1819. Sus actividades fueron estrictamente
reguladas por el doctor Francia, que deseaba restringir los contactos entre paraguayos y
extranjeros y de este modo proteger su régimen de las influencias extranjeras
-especialmente de la porteña-. La presencia riograndense en Itapúa representaba una
desviación respecto de la predilección general de Rodríguez de Francia por una
economía cerrada en Paraguay, pero, al mismo tiempo, esta vinculación entre Sao Borja e
Itapúa servía bien a sus propósitos de gobierno. Este "agujero" comercial
permitía el intercambio de tabaco y yerba por armas, papel y bienes manufacturados que
necesitaba la economía paraguaya. Al proveer una alternativa viable cuando fue cerrado el
Paraná, esta ruta oriental conservó vivo el comercio de la región altoplatense (1),
mientras al mismo tiempo solidificó los intereses regionales frente a las presiones del
exterior. Debido a que Brasil había ofrecido a través de Sao Borja la salvación para
los comerciantes paraguayos, Rodríguez de Francia decidió permitir que el comercio
permaneciese abierto indefinidamente entre estas dos localidades. En consecuencia, el
comercio Itapúa-Sao Borja creció rápidamente (2).
Para asegurar la autoridad paraguaya a lo largo de la vital ruta entre
Itapúa y Sao Borja, el régimen de Rodríguez de Francia hizo construir un muro inmenso
de dos metros de alto, que denominó San José, aunque pronto llevó el nombre de
Trinchera de los Paraguayos. La construcción de la Trinchera no fue la única medida
adoptada por el dictador para asegurar esta área. En 1822 estableció otra fortificación
en la Tranquera de Loreto en el banco izquierdo del Alto Paraná, 15 leguas al oeste de
Itapúa. Aunque estas posiciones fortificadas fueron insuficientes en sí mismas para
dominar las áreas en disputa entre el Alto Paraná y el Uruguay, Rodríguez de Francia
también envió por propia orden recursos para patrullar la zona y ofrecer protección a
las caravanas de comerciantes. Una pequeña fuerza militar fue establecida en las ruinas
de Candelaria, así como pequeñas estaciones militares temporarias en Santo Tomás, San
Carlos y periódicamente en Santo Tomé. Aunque ninguna de estas medidas aseguró una
absoluta soberanía paraguaya sobre Misiones, ellas hicieron plausible el comercio y la
región del Alto Plata se benefició de esta situación (3).
Por su parte, los correntinos tenían sus principales centros
comerciales ubicados en el lado occidental de las lagunas del Iberá. Estas últimas
constituían una zona casi intransitable que permanecía tal como había sido descripta
durante la década de 1770, como "un desierto de caballos salvajes y jaguares".
Debido a este inconveniente, las caravanas comerciales provenientes de Brasil debían
tomar una ruta indirecta hacia el sur, pasando la receptoría de Curuzú Cuatiá para
finalmente alcanzar las localidades de Goya y Bella Vista. Desde esos puntos, sus bienes
eran transportados en pequeñas embarcaciones remontando el río Paraná hacia el puerto
de Corrientes. Vale marcar en este sentido el contraste entre la situación correntina y
la paraguaya respecto del comercio sobre el río Uruguay. En el caso paraguayo, la ruta
comercial de Itapúa hacia Asunción y Villa Rica implicaba atravesar tierra firme
-excepto el cruce del río Tebicuary- y presentaba pocas dificultades a los comerciantes,
salvo algún ataque infrecuente de jaguares. Al mismo tiempo, los caminos dentro de
Paraguay estaban seguros de bandidos debido a los numerosos puestos de guardia
establecidos. En consecuencia, los mercados paraguayos resultaban bastante más accesibles
que los correntinos y de este modo los factores geográficos les otorgaban ventaja a los
paraguayos en el comercio del río Uruguay. Sin embargo, las aspiraciones políticas no
siempre se rinden ante la geografía y el proceso de expansión correntina hacia el este
desafió a la autoridad paraguaya en la misma área misionera (4).
El primer indicio de conflicto llegó en la década de 1820 cuando
Corrientes y Paraguay presionaron por sus respectivos reclamos territoriales en Misiones.
Dichos reclamos tenían a la vez una fuerte impronta económica (la búsqueda de ventajas
comerciales para la provincia de Corrientes, pues la posesión del área misionera
permitía a dicha provincia una mejor posición en el comercio sobre el río Uruguay).
Luego del colapso del jefe de los orientales José Gervasio Artigas, una pequeña parte de
sus tropas indias llegaron a San Miguel, al oeste de la localidad misionera de Candelaria,
en donde esperaban evitar conflictos con los paraguayos y los correntinos. Buscando
garantizar su débil posesión sobre el área, estos indios formaron una alianza militar
con la provincia de Entre Ríos. Pero esta actitud enfureció al mandatario paraguayo
Rodríguez de Francia, quien reclamaba para sí todo el territorio misionero al norte del
río Aguapey. Los correntinos, por su parte, decididos a no ceder terreno ante las
pretensiones paraguayas, apoyaron su propia posición al este de la Tranquera de Loreto.
La disputa correntino-paraguaya sobre el territorio misionero se estabilizó por un
tiempo, aunque sin lograr resolverse. La guerra no estalló en 1823 debido a que los
correntinos no obtuvieron apoyo material de sus aliados en el Bajo Plata. Tres años más
tarde, durante la guerra con el Brasil, el gobierno de Buenos Aires urgió al de
Corrientes a repeler las pretensiones territoriales paraguayas sobre Misiones, pero
nuevamente los porteños no ofrecieron el apoyo esperado por la provincia litoraleña (5).
Las hostilidades tomaron nuevamente forma a comienzos de la década de
1830 junto con el rumor de que el gobierno de Buenos Aires había ofrecido la tierra de
Misiones a inversores británicos con el objetivo de que éstos se asentaran. Cuando
llegó este rumor a los oídos de Rodríguez de Francia, este último no dejó dudas
acerca de su posición:
las tierras entre el Aguapey y el Uruguay pertenecen a Paraguay y no a Buenos Aires que en los pasados veinte años no había pensado todavía acerca de ellas. Es ahora claro que (Buenos Aires) ha conspirado para apropiarse de este (territorio) y pretendido su venta a estos ingleses sólo para impedir y cortar el comercio brasileño con Paraguay (...) (6).
Aunque la colonización británica del área misionera nunca llegó a
materializarse, esta intentona de las autoridades porteñas constituyó una verdadera
señal de alerta para el régimen paraguayo, que a partir de este momento adoptó una
actitud más cautelosa contra posibles incursiones del exterior. Mientras tanto, el
gobierno de Corrientes, en coherencia con su política de expansión hacia el área
misionera, había incorporado el pequeño puerto de La Cruz, ubicado sobre el río
Uruguay, dentro de la "familia correntina (7)". Notando que La Cruz no
constituía un engranaje en el comercio entre Sao Borja e Itapúa, el dictador paraguayo
ofreció vender dicho pequeño puerto junto con todos los territorios ubicados al sur de
Yapeyú a Corrientes. El gobernador correntino Pedro Ferré optó por considerar esta
actitud de Rodríguez de Francia como un insulto y un acto de agresión, y atacó a
Paraguay. Esta reacción del gobierno correntino resultaba curiosa para las autoridades
paraguayas, que percibían en la oposición de Ferré al librecambismo porteño una puerta
abierta a una eventual alianza correntino-paraguaya contra las autoridades porteñas (8).
Contra las aspiraciones del gobierno paraguayo de contar con el respaldo de las
autoridades correntinas, Ferré generalmente tuvo respecto de Rodríguez de Francia
actitudes de distanciamiento u hostilidad, conducta que muestra el peso de los factores
políticos (de política de poder), que actuaron como poderosa sordina de las eventuales
congruencias económicas (comerciales en este caso, pues tanto Paraguay como Corrientes se
oponían a la política librecambista de Buenos Aires que los perjudicaba) (9).
En sucesos posteriores, ocurridos entre los años 1832 y 1834, Ferré
se mostró ansioso por exagerar la amenaza paraguaya para obtener ayuda política y
económica del Bajo Plata en su expansión hacia el área misionera. Los porteños, por su
parte, prometieron una ayuda que nunca se concretó. A pesar de ello, la ineficacia de las
tropas paraguayas permitió que luego de una breve resistencia los correntinos ocuparan
las localidades de Tranquera de Loreto y Candelaria en septiembre de 1832. No obstante, y
a pesar de la retórica entusiasta de sus aliados en el sur, Ferré no recibió apoyo en
su ocupación de Candelaria. Esta falta de respaldo a la expansión correntina hizo que
finalmente, a mediados de 1834, las tropas paraguayas desplazaran a las correntinas de
gran parte de Misiones. Si bien hacia fines de ese año, Rodríguez de Francia concedió a
los comerciantes brasileños la reapertura de la ruta Itapúa-Sao Borja, no resultó
fácil reiniciar el intercambio. Como en otras oportunidades de la historia de la región
del Alto Plata, la rivalidad política entre los actores pertenecientes a dicha región
-en este caso, la planteada entre el gobierno paraguayo y el correntino sobre la posesión
del área de Misiones- había erosionado la posibilidad de ganancias económicas mutuas a
través del comercio en el río Uruguay (10).
Pero el análisis de la disputa correntino-paraguaya sobre el área
misionera -cuyo origen se remontó a la década de 1820 pero no fue dilucidada hasta la
Guerra de la Triple Alianza en la de 1860- quedaría incompleto si no observamos el
vértice brasileño de la misma. Por su parte y en coincidencia con el régimen paraguayo,
el Imperio Brasileño buscaba -como heredero de la perspectiva estratégica portuguesa-
evitar la consolidación de las Provincias Unidas del Río de la Plata bajo la égida
porteña. Para lograr este objetivo, las autoridades imperiales sedujeron al régimen
paraguayo con promesas de expansión del intecambio comercial entre ambos estados y el
reconocimiento de la independencia del Paraguay por parte del Imperio. Aunque Río de
Janeiro deseaba al menos la neutralidad de Asunción en el conflicto por la Banda
Oriental, la importancia alcanzada por el comercio Itapúa-Sao Borja llevó a las
autoridades imperiales a procurar una alianza con el gobierno de Rodríguez de Francia. En
1824, la Corte imperial nombró a Antonio Manoel Correia da Camara como agente comercial
en Asunción. Correia llegó a la capital paraguaya e intentó convencer al dictador de
las buenas intenciones del Imperio. En el proceso de negociación, Correia prometió más
de lo que podía cumplir. Acordó con el dictador que Brasil reconocería la independencia
de Paraguay y pagaría las indemnizaciones por los ataques indios inspirados por Brasil en
el área del río Apá en el norte. Correia también consintió en procurar un amplio
préstamo de armamentos a los paraguayos como signo de buena fe. El fracaso del
diplomático brasileño en concretar cualquiera de estas promesas desbarató las
posibilidades de relaciones más estrechas entre los gobiernos de Asunción y Río de
Janeiro (11).
La guerra Cisplatina de la etapa 1825-1828, que enfrentó a Buenos
Aires contra el Imperio de Brasil en el territorio oriental, redujo pero no detuvo el
flujo de producción paraguaya desde Itapúa hasta Sao Borja. Los paraguayos intentaron
permanecer neutrales en el conflicto, pero los acuerdos militares entre Corrientes y
Brasil interfirieron el tráfico. En particular, Sao Borja fue ocupada temporariamente por
una fuerza aliada conducida por el oriental Fructuoso Rivera. Con la conclusión de la
guerra, los puertos a lo largo del río Uruguay nuevamente se encontraron bien provistos
con tabaco y yerba paraguayos. El comercio de Itapúa fue importante para el este de
Paraguay entre las décadas de 1820 y 1840. La mayor parte de la producción intercambiada
provenía del área de Yuty, a 100 kilómetros al norte del Alto Paraná, donde la yerba y
el tabaco eran obtenidos en amplias cantidades (12).
Itapúa misma fue el escenario de una gran actividad, tanto legal como
ilegal. Poseyendo tan sólo 2.000 habitantes a mediados de 1820, el pueblo captó un
amplio porcentaje de las importaciones paraguayas, que incluían no sólo armamentos y
papel, sino ponchos, aceite, vino, sombreros, instrumentos musicales, vinagre y juguetes
(13).
Sin embargo, a pesar de ser lucrativa, la ruta Itapúa-Sao Borja a
través de Misiones estuvo plagada de peligros. No fueron poco comunes los asaltos por
parte de bandas indias o correntinas, especialmente en la zona comprendida entre los ríos
Aguapey y Uruguay, donde nunca los gobiernos paraguayo o correntino ofrecieron
protección. Una banda de ladrones de viajeros, dirigida por el cacique llamado Carabí,
fue responsable de los robos más importantes entre fines de la década de 1830 y
principios de la de 1840. De manera común con el resto del comercio altoplatense, el
obstáculo fundamental al tráfico a través de Misiones fue de tenor político. Como las
demarcaciones de límites permanecieron poco claras, el comercio nunca fluyó sin
obstáculos. Al principio, este problema preocupó poco mientras los paraguayos
monopolizaban casi por completo el control en el área misionera, pero, con el correr del
tiempo, el creciente interés correntino en las Misiones y en el río Uruguay llevó al
inevitable choque con Paraguay (14).
Ibid., pp. 49-52.
Ibid.
Ibid., pp. 59-60.
Marcos Balcarce, ministro de guerra de las Provincias Unidas, al gobierno de Misiones, 6 de febrero de 1826, ANA-CRB, I- 30, 3, 5, Nº 6, cit. en ibid., pp. 60-61.
Gaspar de Francia al Comandante de Itapúa, 22 de diciembre de 1831, ANA-SH 241, Nº 7. Ver también Gaspar de Francia al Comandante de Concepción, 18 de agosto de 1832, ANA-NE 3412, citados en ibid., p. 61.
Tratado de La Cruz, 28 de mayo de 1830. AHAER Gov. Serie 3, Carpeta 1, Legajo 9, Nros. 70-71, cit. en ibid.
El gobernador correntino Pedro Ferré tuvo un rol protagónico en la lucha de los intereses económicos del Interior contra las aspiraciones porteñas. Su visión proteccionista respecto del comercio fluvial y antiporteña como la del gobierno paraguayo fue compendiada en una polémica famosa, Cuestiones nacionales. Esta alineación del gobierno correntino con la política proteccionista del Interior tiene sus razones. Si bien la economía correntina había evidenciado durante la etapa colonial y la década que siguió a los sucesos de Mayo una actitud claramente librecambista -fue uno de los escenarios predilectos de las actividades comerciales de los hermanos Robertson- y a la vez antiporteña -en cuanto se oponía a la hegemonía de Buenos Aires sobre la Aduana y los ríos interiores Paraná y Uruguay-, la situación económica de la provincia litoraleña en la década de 1820 obligó a las autoridades correntinas a adoptar argumentos de índole proteccionista junto a las provincias del Interior. Dos factores pesaron lo suficiente para que la economía correntina adoptara este "giro" proteccionista. Uno de ellos fue la extrema vulnerabilidad comercial de la provincia respecto de Buenos Aires. El otro fue el virtual agotamiento de las reservas pecuarias en el Litoral como consecuencia de los saqueos, luchas, confiscaciones y empréstitos forzosos que acompañaron a la turbulenta década de 1810. Con posterioridad a la crítica década de 1820, las reservas ganaderas del Litoral lograron recomponerse, y las provincias de esta área abandonaron los argumentos proteccionistas, presentes en el debate entre el representante correntino Ferré y el porteño Roxas Patrón, para adoptar una política librecambista, más acorde con los tradicionales intereses del Litoral. Esta nueva vuelta al librecambismo, por supuesto, no implicó que las provincias del Litoral olvidasen sus disidencias con el gobierno porteño en puntos tales como la cuestión de la Aduana y la libre navegación de los ríos Paraná y Uruguay -temas que están presentes en cada uno de los pactos interprovinciales de la década de 1820 entre Corrientes, Santa Fe, Entre Ríos y Buenos Aires. Disidencias que llevarán a las autoridades de Corrientes a buscar, en los años del rosismo, la alianza con actores externos tales como la Banda Oriental y Paraguay para mantener en alto sus diferencias con Buenos Aires.
Vale detacar que Corrientes siempre apareció en términos comerciales como el pálido reflejo de su vecino del norte, Paraguay. La provincia nunca poseyó suficiente mano de obra como para generar un comercio a gran escala. Incluso, durante mucho tiempo, Corrientes actuó como una estación en la ruta del comercio paraguayo. Debido a su débil posición comercial, la provincia litoral era muy susceptible a las fluctuaciones del mercado ocurridas en los puertos de río abajo. Esta extrema vulnerabilidad externa explica la insistencia del gobernador correntino Pedro Ferré y sus colegas de otras provincias en el tema del proteccionismo, actitud que los llevó a oponerse a la política librecambista de Buenos Aires. Sin altas tarifas, las provincias del Interior tenían pocas chances de enfrentar con éxito la competencia extranjera y particularmente británica. Las industrias básicas de Corrientes, tejido y fabricación de cigarros, tuvieron mayores oportunidades de intercambio a partir del momento que Rodríguez de Francia interrumpió las principales exportaciones paraguayas, dejando a Corrientes en una posición más competitiva.
T. L. Whigham, op. cit., pp. 62-65.
Antonio R. Ramos, La política del Brasil en el Paraguay bajo la dictadura del doctor Francia, Asunción y Buenos Aires, 1959, p. 119, citado en ibid., p. 53.
Ibid., pp. 54-55.
Ver Gaspar de Francia al delegado de Itapúa, Asunción, 17 de marzo de 1832, ANA-SH 241, nº 12; 19 y 30 de Mayo de 1837, ANA-SH 243, nº 7, citados en ibid., p. 56.
Ibid., pp. 58-59.
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