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Capítulo 11: Antecedentes de la guerra contra el Imperio del Brasil

Desde 1816 la Banda Oriental había sido ocupada por fuerzas militares que respondían a la corte de Portugal instalada en Brasil. La derrota de las fuerzas de Artigas en Tacuarembó, en enero de 1820, marcó el fin de la resistencia oriental contra la invasión lusitano-brasileña. El barón de la Laguna, general Carlos Federico Lecor, al mando de las tropas invasoras, logró contar con la adhesión tácita o explícita de la oligarquía montevideana, integrada por grandes hacendados, comerciantes, saladeristas, y contrariada en sus intereses económicos por la revolución popular artiguista. En julio de 1821 una asamblea constituida por orientales adictos a los dominadores portugueses resolvió la incorporación de la Provincia Oriental al Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarbe -o Algarve- con el nombre de Provincia Cisplatina.
    Mientras Lecor no pudo disponer del control de la Banda Oriental, procuró asegurarse la adhesión del patriciado montevideano mediante el otorgamiento de altos cargos administrativos o títulos nobiliarios. A partir de 1820, una vez sometido el territorio oriental por parte de las fuerzas lusitano-brasileñas, Lecor debió atender el reclamo de los antiguos hacendados desposeídos de sus tierras y ganados por el Reglamento artiguista de 1815. Al mismo tiempo, debía contemplar también a los estancieros criollos que prestaron su apoyo a la dominación portuguesa. El problema de las tierras resultaba sumamente delicado pues no todos los beneficiarios del Reglamento artiguista de 1815 podían ser desposeídos, ya que ello conduciría a la formación de un amplio frente antiportugués (1).
    Lecor optó por limitar la distribución de tierras y ganado entre oficiales y soldados portugueses a la parte norte del territorio oriental, que se convirtió en una inmensa reserva ganadera de la capitanía de Río Grande do Sul. Por otra parte, Lecor reconocía la propiedad de los terratenientes con títulos legítimos "de buena fe", y exigía a los poseedores sin título ni comprobante la regularización de su situación previo pago de composición. No obstante los esfuerzos de Lecor, sus disposiciones generaron situaciones ambiguas e irritativas que produjeron interminables disputas legales sobre la legitimidad de la posesión de tierras por parte de tal o cual sector, disputas en las cuales Lecor terminaba siendo el árbitro. Estas situaciones conflictivas fueron un importante caldo de cultivo para el deseo de emancipación de los orientales frente a los brasileños.
    Como lo explica Alfredo Castellanos en su Historia Uruguaya:

Los propietarios de las tierras confiscadas en 1815 pero no repartidas, las recobraron salvo que hubieran sido ocupadas por los portugueses. En caso de haber sido repartidas, la situación de los donatarios varió en función de diversos factores: muchos no pudieron probar su posesión de "buena fe" por haber perdido los recaudos extendidos conforme al Reglamento artiguista, o no haberlos obtenido en tiempo debido a la invasión portuguesa en 1816; en cuyo caso perdieron sus tierras a manos de sus antiguos propietarios desposeídos, pasando en el mejor de los casos a la condición de arrendatarios o aparceros de éstos, o, en peor situación, de peones. Algunos se ampararon en certificados expedidos por los otrora jefes y caudillos artiguistas por entonces al servicio del invasor, como Rivera, Julián Laguna, Manuel Durán, Manuel Pintos Carneiro; de este modo conservaron sus tierras, y estrecharon lazos de dependencia personal con aquéllos a la manera de la "hueste" feudal (2).

Por cierto, la situación rural de la Banda Oriental a partir de la ocupación portuguesa fue más grave y conflictiva que durante el dominio español, debido a la política adoptada en esta materia por el general Lecor, que

al fin de cuentas no satisfizo enteramente a ninguno de los intereses en pugna: no todos los hacendados recobraron las tierras de que fueron desposeídos en 1815, ni todos los donatarios artiguistas conservaron las suyas (...). Los reducidos integrantes del "club" del Barón de la Laguna constituyeron una casta superprivilegiada que provocó los celos y descontentos de quienes no disfrutaban de iguales favores no obstante su adhesión al régimen. Así se fue engendrando un sordo rencor de buena parte de la oligarquía terrateniente, particularmente de los "vicentinos" españoles desengañados de la esperada restitución de estos dominios a la Corona española, así como de sus propiedades territoriales, como se habían prometido de la invasión portuguesa; también el odio ancestral del campesino oriental contra el "portugo" depredador e intruso contribuyó a mantener latente el espíritu de rebelión que explotará en forma casi unánime en la Cruzada Libertadora de 1825 (3).

Pero la ocupación portuguesa no sólo provocó tensiones en las actividades rurales de la Banda Oriental. También se generaron dificultades en el comercio de importación y exportación de puertos como Montevideo. Si bien con la ocupación portuguesa fueron habilitados varios puertos sobre el Río de la Plata y el Uruguay, y se reinició el tráfico mercantil montevideano bloqueado por la guerra marítima entre las fuerzas de Artigas y las de Buenos Aires, el nuevo florecimiento de este tráfico mercantil implicó que las casas de comercio criollas y españolas que reiniciaban sus actividades tras el impasse del ciclo artiguista debieran soportar una fuerte competencia con casas portuguesas y brasileñas (4).
    Asimismo, las tensiones entre comerciantes orientales y brasileños tuvieron un ingrediente adicional con el establecimiento en 1821 de nuevos impuestos marítimos y el aumento de otros ya existentes. Estas medidas tenían por objeto favorecer el intercambio del territorio oriental con el Brasil, en detrimento del comercio entre Montevideo y las provincias vecinas del Litoral. Constituyeron un golpe duro para los saladeristas y comerciantes criollos, que, por ejemplo, no podían introducir sus cueros en Montevideo, debían pagar licencias para pasar ganado en pie al Brasil, y estaban sujetos al pago de fletes, mientras que tanto los comerciantes portugueses y brasileños en territorio oriental como los agentes de casas comerciales en Río de Janeiro disfrutaban de privilegios y protección frente a los artículos competitivos extranjeros. Estas medidas estaban dictadas en el marco de una política proteccionista del comercio, la navegación y los saladeros brasileños, y convirtieron al puerto de Río Grande en el centro de exportación y depósito de los productos de la campaña oriental (5).
    Además, gracias a la paz lograda por el tratado del Cuadrilátero de 1822 entre Buenos Aires, Corrientes, Santa Fe y Entre Ríos, la primera de estas provincias logró acrecentar su tráfico con Inglaterra en detrimento del puerto de Montevideo. Para colmo, los comerciantes montevideanos no sólo debieron soportar la competencia contra los brasileños sino también el pago de pesadas contribuciones para sostener el aparato imperial, lo que hizo que los comerciantes y hacendados orientales fueran perdiendo su adhesión inicial al dominio portugués.
    En síntesis, la presencia lusitano-brasileña en el territorio oriental generó una serie de tensiones en torno de las actividades pastoriles y comerciales, que afectaban los intereses de hacendados y comerciantes orientales. Estos factores objetivos hicieron que la mayoría de los orientales -aun aquéllos que en un principio tuvieron una actitud colaboracionista hacia el invasor- desearan librarse del yugo luso-brasileño. Esta decisión fue tomando forma como consecuencia de la conjunción de una serie de acontecimientos.
    Uno de ellos fue la crisis de poder que soportaba la propia corte portuguesa en Brasil, agudizada con la ruptura de los vínculos entre Lisboa y Rio de Janeiro por el Grito de Ipiranga en septiembre de 1822. Como consecuencia de éste, las tropas de ocupación de la Provincia Cisplatina -integradas por contingentes portugueses y brasileños- se dividieron en dos bandos. Uno de ellos era denominado de los "imperiales", y estaba conformado por el grueso de las tropas de ocupación, que era de origen brasileño y a cuyo frente estaba el general Lecor, que era partidario de apoyar la figura del emperador Pedro I y por ende, la independencia del Brasil. El otro bando, denominado "lusitano" o de los "talaveras", estaba conformado por el resto de las tropas, de origen portugués, cuya unidad más destacada era la división de "Voluntarios Reales" al mando del brigadier Alvaro da Costa de Souza Macedo, que seguía fiel al rey portugués dom Joao VI y por lo tanto no reconocía ningún cambio político.
    Alvaro da Costa se hizo fuerte en Montevideo con las tropas que le eran adictas, mientras que Lecor se situó en Maldonado, ciudad a la que éste, utilizando las facultades que le confería su cargo de capitán general, elevó al status de capital. Desde Maldonado, Lecor se dirigió a Montevideo para poner sitio a las fuerzas portuguesas comandadas por da Costa.
    El general Lecor estaba al tanto de los contactos entre los cabildantes montevideanos y las provincias rioplatenses litoraleñas. Como veremos después en mayor detalle, a fines de agosto de 1823 Lecor contestó enérgicamente los intentos del gobernador entrerriano Lucio Mansilla de apoyar la defección oriental, actitud que violaba las cláusulas del tratado de Neutralidad, amistad y buena armonía firmado precisamente a fines de 1822 entre el capitán general de la Provincia Cisplatina y el gobernador de Entre Ríos. A su vez, el gobernador entrerriano Mansilla contestó a Lecor el 29 de agosto de 1823 en términos suficientemente ambiguos como para convencer al capitán general de la Provincia Cisplatina que, más allá de las objeciones y/o dilaciones manifestadas por los vecinos de la otra orilla del Plata a la causa de los orientales, la posibilidad futura de un movimiento revolucionario oriental con ayuda de las Provincias Unidas no era una hipótesis desdeñable.
    Por otra parte, el orden imperial brasileño también estaba mal preparado para una guerra en torno a la cuestión oriental. Apoyado en el ejército pero mal arraigado en el territorio imperial, Pedro I aparentemente creía necesitar una guerra victoriosa. Pero este belicismo encontraba poco respaldo en los sectores urbanos conservadores -los portugueses que dominaban el pequeño y mediano comercio de los puertos y los funcionarios herederos de la mentalidad del antiguo régimen-. En cambio los liberales -sobre todo los hacendados de Río Grande do Sul, dueños de buena parte de la campaña de la Banda Oriental- eran partidarios de una guerra que satisficiera sus intereses económicos regionales.
    Paralelamente, los sucesos ocurridos en Brasil y las divergencias surgidas entre las tropas de ocupación portuguesas y brasileñas en la Provincia Cisplatina dividieron al público oriental en orientales brasileños y orientales portugueses. Sobre esta división de las opiniones orientales existen divergencias de interpretación entre los autores que investigaron el tema. Para el coronel Juan Beverina, orientales "brasileños" y orientales "portugueses" procuraban por igual liberar a la Banda Oriental del yugo brasileño y para ello esperaron pacientemente el apoyo de Buenos Aires y del resto de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Por su parte, Adolfo Saldías ofrece una visión más sofisticada respecto de esta división. Saldías afirma que los orientales brasileños seguían al barón de la Laguna y sostenían la anexión de la Provincia Oriental al nuevo Imperio brasileño, mientras que los orientales portugueses que acaudillaba don Alvaro da Costa estaban a favor del abandono de la ocupación lusitano-portuguesa en la provincia oriental. Para Saldías, ninguno de los bandos deseaba la reincorporación de la Banda Oriental a las Provincias Unidas, pero los orientales portugueses eran conscientes de que la ayuda material de la otra orilla resultaba clave para sus planes independentistas. El general Lecor tenía de su parte a notables orientales que, como Lucas Obes, Nicolás de Herrera, Roó, García Zúñiga y otros, fueron los principales protagonistas de la ocupación portuguesa de la Banda Oriental en 1816. Saldías subraya que por su parte el general portugués da Costa acaudillaba un fuerte partido popular, engrosado con los orientales que estuvieron emigrados en Buenos Aires y que a la sombra de esta bandera perseguían la independencia de la provincia Oriental, a cuyo efecto querían -y necesitaban- comprometer a las Provincias Unidas en la guerra con el Brasil (6).
    Por estos tiempos se formó en Montevideo una sociedad patriótica secreta de tipo masónico denominada de los "Caballeros Orientales", con la finalidad de trabajar por la liberación de la Banda Oriental de los "poderosos intrusos" de Portugal y Brasil. Asimismo, según las declaraciones de 1817 del propio secretario del Cabildo montevideano Francisco Solano Antuña, este grupo de orientales se percibía como parte integrante de las Provincias Unidas del Río de la Plata. En efecto, Antuña nos cuenta que:

Cuando el Brasil se erigió en imperio independiente de Portugal, pensaron los buenos hijos de este país que era llegada la oportunidad de sacudir el yugo que nos oprimía, y volver a integrar la República Argentina, a la que habíamos pertenecido. Con tan importante objeto establecimos en 1822 una sociedad política secreta que se denominó de "Caballeros Orientales (7)".

Por cierto, las declaraciones publicadas en los periódicos del período muestran que numerosos caudillos y políticos provenientes tanto de la Banda Oriental como de las Provincias Unidas se autopercibían recíprocamente como hermanos de la comunidad rioplatense, enfrentados en su identidad como tales y como hispanoamericanos al enemigo portugués y/o brasileño. Así, los órganos de propaganda de la sociedad de los "Caballeros Orientales", como El Pampero, hablaban del "despotismo imperial" y de:

un fuerte, impetuoso e irresistible viento (el pampero) que se acerca bramando a nuestras playas desde un pueblo moderno, sin duda, entre los otros pueblos, pero antiguo y grande por la importancia y solidez de sus instituciones (Buenos Aires) (...) (8).

Por su parte, el oriental Juan Antonio Lavalleja afirmaba a través de un volante:

¡¡¡Orientales!!! Las provincias hermanas sólo esperan vuestro pronunciamiento para protegeros en la heroica empresa de reconquistar vuestros derechos. LA GRAN NACION ARGENTINA de que sóis parte, tiene un sumo interés en que seáis LIBRES, y el CONGRESO que sigue sus destinos no trepidará en seguir los vuestros. Todo depende de vuestra decisión (9).

Los "Caballeros Orientales" de Montevideo procuraban utilizar el antagonismo entre Lecor y Alvaro da Costa a favor de sus planes de emancipación. La posibilidad de que el general da Costa, al mando de las fuerzas portuguesas, entregase la ciudad de Montevideo al brasileño barón de la Laguna alarmaba al Cabildo Representante de dicha ciudad, pues entendía que la ocupación de la ciudad y del puerto de Montevideo por parte de las fuerzas imperiales aumentaría las dificultades para el éxito del alzamiento oriental. Y los temores de los cabildantes montevideanos no eran infundados: el 18 de noviembre de 1823 Lecor y las tropas brasileñas pasaron a controlar Montevideo, mientras que las fuerzas de da Costa se embarcaron hacia Portugal.
    Nuevamente cabe señalar que existen divergencias sobre las causas del retiro de la guarnición portuguesa de la capital oriental. De acuerdo con la interpretación del coronel Juan Beverina, consciente el general Lecor y prevenido por sus agentes y aun por la misma prensa de Montevideo de las maquinaciones conjuntas de los cabildantes orientales y las provincias de Santa Fe, Entre Ríos y Mendoza en su contra, decidió ganar de mano a los orientales y asegurar a su favor la situación de la Provincia Cisplatina. Para conseguir este objetivo, Lecor atacó a las fuerzas portuguesas del general da Costa acantonadas en Montevideo. Finalmente derrotado, da Costa escuchó las proposiciones de Lecor referentes a un arreglo sobre la base de la entrega de la plaza de Montevideo a los brasileños a cambio del libre embarco de las fuerzas portuguesas para la metrópoli (10).
    Adolfo Saldías nos ofrece otra versión de este desenlace: Alvaro da Costa y los portugueses situados en Montevideo vieron que la adhesión que les habían prestado los orientales de la plaza obedecía únicamente al propósito de liberarse de los brasileños liderados por Lecor. Por otra parte, el rey de Portugal consideró la segregación de Brasil como un hecho consumado y promulgó el dictamen de la comisión diplomática de las Cortes de Lisboa, la cual desde abril de 1822 había aconsejado se hiciera retirar de Montevideo las tropas portuguesas, dándoles el destino que se juzgase conveniente. En consecuencia, el general Alvaro da Costa habría celebrado un arreglo con el barón de la Laguna en virtud del cual el general portugués se embarcó hacia Lisboa con las fuerzas fieles al rey, y Lecor quedó con los brasileños en posesión de Montevideo (11). Sea cual fuere la versión correcta, lo cierto es que Lecor y las fuerzas brasileñas consolidaron su dominio sobre la Provincia Cisplatina. Esto fue un balde de agua fría para las expectativas de rápida emancipación de los orientales, quienes insistieron en utilizar la única alternativa que les quedaba: buscar apoyo en la otra orilla del Plata.
    Consciente de esta realidad y de la necesidad de contar con la cooperación de las Provincias Unidas, la oligarquía urbana comenzó a buscar a través del Cabildo de Montevideo auxilios para librarse de la presencia portuguesa. Como se verá, los enviados orientales encontraron una recepción reticente en Buenos Aires y una respuesta más cálida que la porteña, pero igualmente poco efectiva, en Santa Fe.
    Ante la reticencia del gobierno de Buenos Aires a cooperar con el Cabildo montevideano, éste decidió forzar a través de una declaración del 29 de octubre de 1823 una resolución porteña a favor de la independencia oriental. Con el fin de sensibilizar al gobierno de Buenos Aires, la declaración del Cabildo montevideano establecía en su artículo 3º:

Esta Provincia Oriental del Uruguay no pertenece, ni debe, ni quiere pertenecer a otro Poder, Estado o Nación que la que componen las Provincias de la antigua unión del Río de la Plata, que ha sido y es una parte, habiendo tenido sus diputados en la Soberana Asamblea General Constituyente desde el año 1814, en que se sustrajo enteramente del dominio español (12).

Curioso era el arbitrio al que recurría el Cabildo de Montevideo para impedir que Montevideo cayese en poder de las fuerzas brasileñas. Invocando el pasado común con las Provincias Unidas como integrantes del Virreinato del Río de la Plata, los cabildantes montevideanos no tomaron en cuenta dos obstáculos. El primero era que el Cabildo de Montevideo no representaba a todo el pueblo oriental -realidad que había sido ya aducida por el ministro Rivadavia para justificar la falta de cooperación del gobierno de Buenos Aires con el proyecto de emancipación oriental-. El segundo, no menos relevante, era el hecho de que el gobierno de Buenos Aires no tenía atribuciones para aceptar un acto sin fuerza legal y sin tener el previo respaldo de las demás provincias del Río de la Plata (13).
    No obstante las reticencias de Buenos Aires y la exasperante lentitud del resto de las Provincias Unidas en cooperar con la causa de la emancipación oriental, las ya descriptas tensiones económico-sociales creadas por la ocupación luso-brasileña hacían tanto de Montevideo como de la campaña oriental una bomba que podía explotar ante el menor chispazo. Aunque el Imperio del Brasil seguía contando con la adhesión de figuras significativas en el territorio oriental y sobre todo en Montevideo -cual era el caso de uno de los más importantes seguidores de Artigas, Fructuoso Rivera, que seguía ostentando su título nobiliario imperial-, esta adhesión a la causa imperial era claramente oportunista y estaba sujeta a un profundo desgaste, como lo demostraría el rápido respaldo de la mayoría de los orientales a la expedición de los Treinta y Tres.

  1. Ver al respecto Alfredo R. Castellanos, Historia uruguaya, tomo 3, 1820-1838, La Cisplatina. La independencia y la república caudillesca, Montevideo, Ed. de la Banda Oriental, 1977, pp. 9-14.

  2. Ibid., pp. 12-13.

  3. Ibid., p. 14.

  4. Ibid., pp. 14-15.

  5. Ibid., p. 15.

  6. Juan Beverina, La guerra contra el Imperio de Brasil. Contribución al estudio de sus antecedentes y de las operaciones hasta Ituzaingó, tomo I, Buenos Aires, Luis Bernard, 1927, p. 70; Adolfo Saldías, Historia de la Confederación Argentina, tomo I, Buenos Aires, Hyspamérica, 1987, p. 127.

  7. Ver declaraciones del cabildante Francisco Solano Antuña en: A. R. Castellanos, op. cit., p. 27.

  8. Ibid., pp. 27-28.

  9. Campo volante en Soriano firmado por Juan Antonio Lavalleja, 19 de abril de 1825, citado en Flavio A. García, Los acontecimientos de 1825 en la provincia oriental a través de la prensa rioplatense. Presentación. Selección periodística, tomo I, Montevideo, Publicaciones de la Comisión Nacional de Homenaje del Sesquicentenario de los Hechos Históricos de 1825, 1976, p. 163.

  10. J. Beverina, op. cit., pp. 80-81.

  11. A. Saldías, op. cit., pp. 128-129.

  12. Artículo 3º de la declaración del Cabildo de Montevideo en sesión extraordinaria del 29 de octubre de 1823 enviada al Gobierno de Buenos Aires, en Pablo Blanco Acevedo, Centenario de la Independencia, p. 64, citado en J. Beverina, op. cit., p. 85.

  13. Ibid., p. 86.

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