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Capítulo 12: La guerra

A pesar del escaso compromiso evidenciado por Buenos Aires y las provincias del Litoral para contribuir a la causa de la emancipación oriental, los emigrados de la Banda Oriental residentes en Buenos Aires no cesaban de trabajar por ella y sólo esperaban el pronunciamiento oficial del gobierno para ejecutar sus planes. Entre el grupo de emigrados orientales que se encontraban en Buenos Aires figuraban algunos de los iniciadores de la expedición de los Treinta y Tres: Juan Antonio y Manuel Lavalleja, Manuel Oribe, Pablo Zufriategui, Simón del Pino, Manuel Meléndez y Luis Ceferino de la Torre. Con exclusión del último, que se dedicaba al comercio, todos los demás eran jefes y oficiales que habían hecho la guerra al enemigo portugués a las órdenes de Artigas, y algunos de ellos -como Juan Antonio Lavalleja- habían estado después al servicio de los invasores de la Banda Oriental (1).
    Los emigrados orientales gozaban en Buenos Aires de una serie de ventajas. Primero, estaban libres de los peligros que la preparación del movimiento hubiese encontrado en el mismo territorio oriental. Segundo, eran apoyados por los sectores belicistas dentro del Congreso, los medios de prensa, los entonces desocupados jefes militares del ciclo independentista y el partido popular de Dorrego. Además, estaban motivados por el entusiasmo evidenciado por la opinión pública porteña.
    De acuerdo con el coronel Juan Beverina, dos circunstancias a principios de 1825 intervinieron para acelerar la decisión de los emigrados orientales. La primera fue la noticia de la victoria de Ayacucho sobre las tropas realistas, recibida y festejada en Buenos Aires con entusiasmo delirante. Se despertó con vigor un sentimiento entre los porteños que confundía en una única execración a los antiguos dominadores, ya fuesen españoles, ya portugueses, y a los descendientes de estos últimos, los brasileños, que perpetuaban en el Río de la Plata la odiada dominación sobre la Banda Oriental, territorio considerado por el público porteño como una parte integrante de las Provincias Unidas. La segunda circunstancia fue la comprobación de la lentitud de la labor del Congreso General Constituyente en lo tocante a la cuestión oriental. Los miembros del Congreso retardaban el momento de tomar una resolución en el problema que tanto preocupaba a los emigrados de la tierra de Artigas (2).
    Saldías nos cuenta con detalle los planes previos a la expedición de los Treinta y Tres Orientales por parte de los emigrados orientales. Uno de estos emigrados, el general Juan Antonio Lavalleja -futuro jefe de la expedición de los Treinta y Tres- declaró en la reunión de amigos de Anchorena que estaba resuelto a invadir la provincia oriental obtuviese o no los recursos necesarios del gobierno de Buenos Aires. Formaba parte de la reunión el entonces coronel Juan Manuel de Rosas, antiguo amigo de Lavalleja, que había convenido con Juan José y Nicolás de Anchorena, entre otros ricos propietarios, que adelantarían los recursos pecuniarios para ese objeto. Lavalleja agregó en dicha reunión la necesidad de que un hombre de ciertas condiciones se trasladase al teatro de acción -es decir, la campaña oriental- y pusiese en actividad a los caudillos influyentes de dicha campaña con el fin de que éstos apoyasen eficazmente el desembarco de los Treinta y Tres emigrados. Todos los participantes de la reunión se fijaron en Rosas, quien justificó su viaje a Santa Fe, Entre Ríos y la Banda Oriental con el pretexto de la compra de campos. En el territorio oriental, Rosas entregó al coronel Fructuoso Rivera una carta de Lavalleja (3).
    El propio Rosas atestiguó por escrito su participación en la empresa de los Treinta y Tres:

Recuerdo, (...) la parte que tuve en la empresa de los 33 patriotas. (...) Ello era una trampa armada a las autoridades brasileras en esa Provincia (la Oriental) para que no sospecharan el verdadero importante objeto de mi viaje, que era conocer personalmente la opinión de los patriotas, comprometerlos a que apoyasen la empresa, y ver el estado y número de las fuerzas brasileras. Así procedí de acuerdo en un todo con el ilustre general don Juan Antonio Lavalleja; y fui también quien facilitó una gran parte del dinero necesario para la empresa de los 33 (...) (4)

También tuvo importante rol en la organización de la expedición Pedro Trápani, un oriental establecido en Buenos Aires a partir de la entrada de las fuerzas brasileñas en Montevideo a comienzos de 1824. Trápani se instaló con un saladero en las afueras de Buenos Aires, primero como socio y luego como sucesor de los primeros saladeristas de este lado del Plata, los ingleses Staples y McNeice (5). Asimismo, los grandes hacendados porteños como los Lezica, Larrea, Riglos, Alzaga, Fragueiro, Marín y Panelo, además de los mencionados Anchorena, contribuyeron con los preparativos logrando reunir la suma de 16.000 pesos (6).
    Así, el dilema del gobierno de Buenos Aires y del Congreso General respecto de qué actitud tomar en la cuestión de la Banda Oriental se resolvió abruptamente con la aparición de una expedición coordinada por particulares: la expedición de los Treinta y Tres orientales iniciada en abril de 1825. Organizada a la vista del gobierno de Buenos Aires y del Congreso y con apoyo de ciudadanos argentinos, ésta debía cumplir una doble función: provocar en la corte de Río de Janeiro la percepción de una abierta violación de la neutralidad por parte del gobierno de las Provincias Unidas, y obligar a éste a tomar una resolución a favor de sus intereses y prepararse para los actos de represalia que el Imperio pudiera llevar a cabo (7).
    Los Treinta y Tres Orientales partieron de San Isidro el 11 de abril y desembarcaron el 19 del mismo mes en la playa de la Agraciada. En la Banda Oriental obtuvieron el respaldo de Fructuoso Rivera -hasta ese momento al servicio de Brasil- y de la población de la campaña. Poco a poco toda la provincia se fue alzando en armas contra la ocupación brasileña, mientras desde Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes partidas de gauchos en incesante aflujo cruzaban el río Uruguay para sumarse a la patriada, ilustrando una vez más que no existía ninguna distinción de nacionalidad entre los nativos de estas provincias.
    En el resto del año 1825 los acontecimientos se sucedieron, presagiando una guerra ya inevitable contra el Imperio. Los avances de Lavalleja fueron sorprendentes: asegurada la adhesión de Rivera, se dirigió a San José y de allí marchó hacia Montevideo, causando sorpresa en las tropas del general Lecor, que se guarecieron en el reducto fortificado de la ciudad, que quedó sitiada en mayo. Lavalleja estableció su cuartel general en la villa de la Florida, donde se organizó un gobierno provisorio en junio. El 20 de agosto se reunió también aquí un Congreso que designó a Lavalleja gobernador y capitán general de la provincia y declaró -el 25- su incorporación a las Provincias Unidas. Las victorias de Rivera en Rincón de las Gallinas en septiembre y de Lavalleja sobre las tropas gaúchas riograndenses en la batalla de Sarandí en octubre fueron contundentes. Estos acontecimientos dieron cada vez mayor fuerza a los partidarios de la guerra en Buenos Aires. Haciéndose eco de la presión popular, ya en los primeros días de mayo de 1825 Las Heras dispuso la formación de un ejército de Observación bajo el mando del general y ex gobernador de Buenos Aires Martín Rodríguez. Este ejército fue ubicado sobre el río Uruguay, teóricamente para custodia y defensa de la Mesopotamia, en la práctica con el objetivo de seguir los acontecimientos y estar listo para obrar en el momento oportuno.

  1. Nombres citados en la Memoria Histórica de Luis Ceferino de la Torre, publicada en el tomo XIII, p. 134 de la Revista Nacional y citada en Juan Beverina, La guerra contra el Imperio de Brasil. Contribución al estudio de sus antecedentes y de las operaciones hasta Ituzaingó, tomo I, Buenos Aires, Luis Bernard, 1927, p. 99.

  2. Ibid., p. 98.

  3. Adolfo Saldías, Historia de la Confederación Argentina, tomo I, Buenos Aires, Hyspamérica, 1987, p. 136.

  4. Manuscrito de Juan Manuel de Rosas, Southampton, 1868, citado en ibid., p. 137 y en Vicente D. Sierra, Historia de la Argentina, tomo VII, Buenos Aires, Ed. Científica Argentina, 1970, p. 437.

  5. Tulio Halperín Dongui, De la revolución de independencia a la confederación rosista, Buenos Aires, Paidós, 1972, p. 222.

  6. J. Beverina, op. cit., p. 101.

  7. Ibid., p. 98.

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