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En el frente terrestre, las fuerzas rioplatenses, comandadas por el general en jefe Carlos María de Alvear -designado por el presidente Rivadavia en lugar de Rodríguez-, se desempeñaron con gran eficacia, teniendo en cuenta el hecho de que se componían de reclutas que Buenos Aires había pedido a las provincias y que engrosaron los pequeños cuadros veteranos formados por oficiales que habían participado en el ciclo independentista (1). A pesar de las dificultades, Alvear formó un cuerpo numeroso y disciplinado, capaz de vencer en batalla campal al ejército imperial. Sin embargo, el manejo concreto de las fuerzas terrestres provenientes de las Provincias Unidas y la Banda Oriental deparó grandes dificultades a Alvear, ya que las relaciones entre los oficiales porteños de carrera y los jefes hacendados de las tropas orientales fueron siempre tirantes; para los oficiales porteños, el general Lavalleja sería siempre "el gaucho", portador de una jerarquía militar que no debía ser tomada en serio. Por otra parte, Alvear y el resto de los oficiales porteños, que habían sido testigos del problema que significó el oriental Artigas para Buenos Aires, no estaban dispuestos a consentir la aparición de oficiales y fuerzas orientales independientes respecto del poder porteño que constituyesen "nuevos Artigas". Reflejo de esta firme actitud fue el comportamiento de Juan Antonio Lavalleja, que si bien aspiraba a ser general en jefe del ejército que enfrentó a Brasil -cargo que finalmente recayó en Alvear-, consciente de la necesidad de contar con el apoyo de las Provincias Unidas, se mantuvo leal al gobierno de Buenos Aires en su lucha contra el Imperio brasileño (2).
    En el frente terrestre este ejército combinado de 8.000 hombres provenientes de las Provincias Unidas y la Banda Oriental fue el que venció en la batalla de Ituzaingó a las fuerzas brasileñas el 20 de febrero de 1827 (3).
    Pero la falta de persecución eficaz del enemigo luego de la victoria, las deserciones de entrerrianos y correntinos con botín de ganados, y el saqueo de zonas de Río Grande distrajo al ejército de sus objetivos militares iniciales, desgastó la estructura de lealtades militares y llevó a la impopularidad de Alvear entre oficiales y tropas (4).
    Por su parte, el ejército imperial también se desgastaba por las deserciones, el abatimiento y la indisciplina. El gobernador Manuel Dorrego, encargado de la dirección de la guerra a la caída de Rivadavia, intentó sacar partido de la situación a través del talón de Aquiles de los brasileños: las tropas mercenarias a las que no movía ningún instinto patriótico sino la promesa de botín y dinero. Entró en tratos por ese lado, fueron comprometidos oficiales alemanes, se habló con republicanos brasileños a fin de provocar un levantamiento que llevara a la caída de la autoridad imperial y la posterior disgregación del Brasil, pero las tentativas fracasaron y la guerra continuó (5).
    Tal como desde su exilio europeo advertía San Martín al general Tomás Guido, ninguno de los dos ejércitos tenía la suficiente fuerza para aniquilar a su adversario y romper con la situación de empate. Refiriéndose a los triunfos de las fuerzas de las Provincias Unidas en el río Uruguay y en Ituzaingó, San Martín decía a Guido en julio de 1827:

ambas victorias pueden contribuir a acelerar la conclusión de la deseada paz; sin embargo, diré a Ud. francamente que, no viendo en ninguna de las dos el carácter de decisivas, temo mucho que, si el emperador conoce -como debe- el estado de nuestros recursos pecuniarios y, más que todo, el de nuestras provincias, se resista a concluirla y, sin más que prolongar un año más la guerra, nos ponga en situación muy crítica. (...)
En conclusión, si la influencia del gabinete británico, unida a la precaria situación en que se encuentra el Portugal, no deciden al emperador a la paz, mis cortas luces no alcanzan a ver remedio a esta situación, (...) (6).

  1. Los historiadores Vicente Fidel López y Vicente Sierra coinciden en que las provincias cooperaron inicialmente en la formación del ejército de Observación, pero producida la disolución de la provincia de Buenos Aires por el presidente Rivadavia, dicha cooperación cesó. Amenazados los caudillos provinciales, éstos debieron reservar para su propia defensa los recursos de que disponían y los dos o tres gobernadores que estaban de acuerdo con el nuevo gobierno presidencial tenían que tomar la misma medida para defenderlo o defenderse. López señala "la funesta influencia que la aventura presidencial del señor Rivadavia y del partido unitario tuvo en las tristes condiciones y en el poquísimo resultado con que tuvimos que emprender y sostener la guerra del Brasil, privados de los recursos provinciales por la imprudencia de esa aventura". Vicente Fidel López, Historia de la República Argentina, tomo V, Buenos Aires, Sopena, 1960, pp. 368 y 438; V. D. Sierra, op. cit., tomo VII, p. 484. Por su parte, Halperín Dongui señala que Buenos Aires debió usar el área porteña como fuente principal de soldados, debido a que no bastó con el reclutamiento en las áreas marginales -como ocurrió durante las guerras por la independencia- y a que el enganche en las provincias tuvo resultados decepcionantes, agravado por la crisis de las relaciones interprovinciales que hacía desaconsejable utilizar la presión para lograr mejores resultados. Ver T. Halperín Dongui, Guerra y finanzas..., p. 159.

  2. T. Halperín Donghi, De la revolución..., pp. 223-226.

  3. Vicente López conjetura que si no se hubieran dictado las leyes de Presidencia y de Capitalización, que indignaron a los gobernantes provinciales, el general Alvear habría podido invadir Brasil con veinte mil hombres. V. F. López, op. cit., tomo V, p. 474.

  4. T. Halperín Dongui, De la revolución..., p. 226.

  5. El enviado británico Ponsonby en nota al Foreign Office describió los alcances de la conspiración: "La conspiración, se dice, se extiende a todas las regiones del Brasil y muchos de sus directores, incluyendo senadores y otras personas con autoridad, están envueltos en ella. Los descontentos han ganado a las tropas alemanas en Pernambuco; unos mil hombres (...) Las tropas alemanas en Río de Janeiro -unos mil hombres- también han sido conquistadas y deben salir de la ciudad y posesionarse de la Isla Grande. Lanzarán una proclama declarando que no consentirán ser, por más tiempo, instrumentos de opresión del Emperador (...) También fueron ganados los irlandeses, últimamente llegados a Río de Janeiro, y su agente fue a Buenos Aires, de donde zarpó con Fournier, de regreso. Los alemanes e irlandeses serán compensados con campos y dinero; se supone que el Emperador carece de tropas nacionales para sostenerle. Se intenta secuestrarlo, pero, solamente en caso de resistencia, matarlo. Se abolirá la monarquía y se crearán cinco repúblicas, a saber: Pernambuco, Bahía, Río de Janeiro, San Pablo y Río Grande. Dorrego, gobernador de Buenos Aires, se ha comprometido por un tratado a sostener esta insurrección y a hacer la paz y alianza con toda provincia que rechace la autoridad del Emperador (...)" Carta de Ponsonby a su gobierno, 12 de febrero de 1828, en V. D. Sierra, op. cit., tomo VII, p. 616, y F.O 6/22, Ponsonby a Dudley y Ward, 12 de febrero de 1828, en H. S. Ferns, Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX, Buenos Aires, Solar-Hachette, 1966, p. 197. Unos meses antes Ponsonby ya había informado a su gobierno que Lavalleja había partido con el nombramiento de comandante en jefe del ejército y el plan secreto de tratar de ser admitido por los riograndenses como protector y de lograr que éstos separaran su provincia del imperio y la unieran a la Banda Oriental. Más tarde informó que Lavalleja estaba en comunicación con Lecor a los efectos mencionados. Ferns considera que, si bien existieron complots destinados a promover la revolución en el Brasil, la conspiración contra el emperador de Brasil denunciada por el enviado británico Ponsonby fue una maquinación del comisionado y que éste no tuvo éxito porque su colega en Río de Janeiro no creyó lo que aquél sostenía e indujo al emperador a que no le prestara atención. Por el contrario, Sierra considera que el plan existió y que su veracidad aparece avalada por cartas y documentos de los protagonistas. Ver V. D. Sierra, op. cit., tomo VII, pp. 616-618.

  6. Carta de José de San Martín al general Guido, julio de 1827, citada en Luis Alberto de Herrera, La misión Ponsonby, tomo I, Buenos Aires, EUDEBA, 1974, pp. 5-6.

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