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El Imperio de Brasil confiaba en su superioridad naval para decidir a su favor una guerra demasiado costosa política y económicamente. Desde fines de diciembre de 1825 la flota del Imperio brasileño, comandada por el vicealmirante Rodrigo José Ferreira Lobo, bloqueaba la orilla derecha del Río de la Plata. El gobierno de Buenos Aires decidió como contrapartida organizar una fuerza naval: el almirante irlandés Guillermo Brown, veterano de las guerras de independencia, fue puesto al frente de algunos barcos mercantes inmovilizados en el puerto de Buenos Aires por el bloqueo y sumariamente armados.
    En los documentos del almirante Brown existe una explícita referencia tanto a la inferioridad numérica de la flota comandada por Brown frente a la escuadra imperial de Lobo como a la necesidad de incorporar a la escuadra porteña marineros ingleses y norteamericanos. Respecto del problema de la inferioridad numérica, la Gaceta Mercantil del 20 de enero de 1826, citada en los documentos de Brown, señalaba que:

La posteridad a penas creerá que dos pequeños bergantines y doce cañoneras, colocados por la primera vez en presencia de un enemigo, no rehusó sino pidió batirse con una escuadra llevando 140 cañones, (...). Todo puede esperarse de la energía y corage del almirante Brown y sus bizarros camaradas: mas no debemos olvidar que el enemigo (á lo menos en número) es muy poderoso teniendo, según se dice, nada menos de 57 buques de guerra destinados al servicio en este rio. Contra una fuerza tan formidable no debemos complacernos con esperanzas demasiadas lisongeras aunque nos quepa poca duda de final suceso.

En lo tocante a la necesidad de incorporar contingentes ingleses y norteamericanos a la flota de Brown debido a su experiencia, la misma fuente decía que "en la guerra marítima que está para comenzarse, es fuerza que una gran porción de los marineros de la República sean ingleses y norte americanos (1).
    La flotilla porteña debió luchar contra adversarios poderosos y obtuvo éxitos inesperados: a fines de abril de 1826 una incursión de las fuerzas comandadas por Brown en el mismo puerto de Montevideo provocó la destitución del almirante Lobo, al frente de las fuerzas navales imperiales. El sucesor de Lobo, el almirante inglés Tomás Norton, hizo retroceder la línea de barcos bloqueadores, con lo cual el bloqueo de la orilla derecha del Río de la Plata perdió parte de su eficacia aunque no fue eliminado. Pese a las victorias de Brown en los combates de Los Pozos y Juncal (11 de junio de 1826 y 9 de febrero de 1827), las fuerzas navales imperiales no desaparecieron de los accesos inmediatos de Buenos Aires. Y en marzo de 1827 la fortuna se volvió adversa y la flotilla de Brown fue deshecha en un nuevo intento por quebrar la línea bloqueadora impuesta por las fuerzas del Imperio.
    A pesar de haber logrado victorias significativas contra fuerzas superiores, la escuadra de Brown no logró eliminar el bloqueo que ahogaba económica y financieramente a las Provincias Unidas. Los comentarios de El Tribuno de julio de 1827, citados en los documentos de Brown, mostraban claramente las limitaciones de las fuerzas navales comandadas por el marino irlandés:

Por heroicos que hayan sido los esfuerzos de Brown y sus compañeros no debe esperarse de ellos mas de lo que han hecho ya en los encuentros que han tenido con las fuerzas enemigas, batirse con la mayor intrepidez en medio de la inmensa superioridad de estas, dejar bien puesto el honor de la Rca., llenar de oprobio a los brasileros y echarlos algunas veces fuera de la vista de Bs. As.
El principal objeto que el gobierno debió proponerse en la formación de la escuadra fué sin duda el de hacer levantar el bloqueo, pero el obligar a levantar el bloqueo con los elementos que tenemos, es un imposible moral por no decir físico. Haciendo arrojos que no es humano ni aun prudente repetir, pudieran nuestros valientes marinos hacer correr algunas millas a la escuadra brasilera, pero la sangre que se derrama, no es un deber economizarla?
Nuestra escuadrilla no puede librar un combate decisivo con esperanza racional de destruir las fuerzas bloqueadoras, debe ser, elevada al grado que es necesario para llenar este grande objeto (2).

A estos comentarios puede agregarse el manifiesto publicado por el propio Brown en Buenos Aires el 8 de julio de 1828 solicitando apoyo material para la adquisición de buques de guerra:

Generosos Argentinos: (...) desengañado de que las fuerzas navales de la República no pueden imponer respeto al enemigo, como deberia ser, he meditado un plán, que haria escequible aquel objeto, si encuentra acogida y merece la aprobación de vuestro heroico patriotismo.
Algunos buques fuertes y aparentes para las operaciones que me he propuesto, bastarán á que desaparezca ese bloqueo, que hace hoy la arma y fuerza principal de los brasileros. Compatriotas, esos buques son faciles de adquirir, (...). (...) Una suscripción de los patriotas, y de las damas argentinas, tanto en las ciudades y pueblos, como en la campaña hecha libremente, y oblada en manos del comisario general de marina, ó de los S.S. D. Juan Manuel de Rosas, D. Mariano Lozano, y D. Francisco Erezcano, será el primer elemento que haya de imponer respeto al enemigo de la Republica (3).

Por otra parte, cabe señalar que tampoco del lado brasileño las operaciones marítimas y terrestres conseguían otorgar un rápido desenlace a esta guerra. Si bien con el tiempo demostró sus limitaciones, la flota de Brown había conseguido reducir parte de la eficacia del bloqueo imperial contra Buenos Aires. Como se ha visto en el caso de las operaciones terrestres, las fuerzas navales, al no lograr un carácter decisivo para ninguno de los dos bandos, también eran víctimas de las deserciones, los saqueos y los frecuentes cambios de lealtades.
    Asimismo, la guerra naval entre Buenos Aires y el Imperio del Brasil revestía un carácter sumamente peculiar, que ilustra una vez más el carácter embrionario tanto de estos Estados como de sus hipotéticas nacionalidades. En efecto, una carta del embajador británico en Río de Janeiro Robert Gordon al vizconde Dudley nos revela detalles muy significativos:

Las principales y, en realidad, las únicas operaciones de guerra, se hacen por mar. No entre brasileños y españoles sino por extranjeros, en su mayoría ingleses; y no es alejarse de la verdad decir que la guerra entre Brasil y Buenos Aires se mantiene actualmente entre ingleses, en directa contravención de las leyes de Inglaterra, con capital británico, y, todavía, manifiestamente en contra de los intereses británicos.
No hay menos de 1.200 marineros ingleses en la flota brasileña, y lamento tener que anunciar a V. E. que varios centenares de ellos son desertores de la armada de la Gran Bretaña.
No entra a la bahía de Río de Janeiro un solo buque británico que no pierda muchos de sus mejores tripulantes; lo que no puede impedirse, pues son atraídos por sus propios compatriotas, secuestradores consentidos dentro de la ley, empleados por este gobierno para ofrecerles tentadoras primas que, luego, impiden a las infortunadas víctimas acogerse a la protección de la bandera de la que tan ligeramente han desertado.
El jefe de la escuadra bloqueadora en el Río de la Plata, es un inglés, y el jefe de la flota de Buenos Aires, lo mismo; sus dotaciones inglesas, cuando caen prisioneras, sin vacilación se unen a sus compatriotas alistados del lado opuesto y, a veces, vuelven a cambiar, a causa de los malos tratamientos o por inclinación al saqueo (4).

En síntesis, ninguno de los beligerantes podía decidir la guerra a su favor. Esto se reflejaba en las declaraciones del enviado Ponsonby al ministro Canning, que hacían una radiografía de la crítica situación financiera y militar atravesada por ambos beligerantes. Ponsonby comenzaba pasando revista al estado de las fuerzas terrestres y marítimas de las Provincias Unidas, diciendo:

El ejército, de ocho a diez mil hombres, destacado en la Banda Oriental, está bien equipado y, según se dice, bien disciplinado; pero el reclutamiento se hace en extremo dificultoso y sólo se consigue bajo el más severo apremio.
Parece que las tropas de línea, milicia y otras fuerzas ascienden a más de veinte mil hombres, número que bien puede resultar oneroso para una población no mayor de 600.000 almas.
La flota está compuesta por un barco, tres bergantines de guerra, una goleta bergantín, tres bergantines, once cañoneras y la vieja corbeta del almirante Brown, ya inútil para operaciones de mar. De los tres barcos comprados a Chile, y que doblaron el cabo de Hornos, uno, sufrió tales averías que fue necesario volverlo al Pacífico, donde está desmantelado.
Otro, la fragata, fue visto en un temporal, hace dos meses, cerca del cabo de Hornos y, desde entonces, no se ha tenido más noticias acerca de su paradero. Esta fragata era vieja y débil y se teme que haya naufragado. El tercer barco, el más pequeño y en malas condiciones de navegación, está en un puerto del Sur. (...)
El ejército está completamente desprovisto de medios para sitiar a Montevideo de manera más eficaz que por el bloqueo terrestre, método que la experiencia ha demostrado ser innocuo, mientras exista el predominio de los brasileños en el mar.
(...) Esta guerra es, en su esencia, una guerra naval y la posesión de la Banda Oriental y, tal vez, aun la de Montevideo, no significaría ninguna ventaja para Buenos Aires, en tanto el bloqueo del río pueda ser mantenido por el enemigo.
He dado un resumen de la flota republicana y V. E., que conoce el poder de la escuadra brasileña en el río, juzgará de las probabilidades que aquélla tiene de forzar el bloqueo. Los imperiales no han demostrado mucha astucia ni coraje, mientras que, del lado de Buenos Aires, el almirante Brown ha acreditado gran energía y la más temeraria decisión. El me ha dicho que, si pudiera tomar una de las fragatas brasileñas, estaría en condiciones de desalojar del río a la escuadra bloqueadora.
Los brasileños no intentaron un ataque contra la ciudad de Buenos Aires, ni podrían, creo yo, realizarlo fácilmente. No hay razón para presumir que la guerra termine por la eficiencia militar o naval de cualquiera de los beligerantes; pero, probablemente, el Brasil trastornará intensamente sus finanzas y Buenos Aires arruinará completamente las suyas (5).

  1. Comentarios sobre la Escuadra que está armando, a efecto de iniciar su campaña contra la Escuadra del Imperio del Brasil, 20 de enero de 1826, reproducidos en la Gazeta Mercantil, Buenos Aires, viernes 20 de enero de 1826, y citados en Documentos del almirante Brown, op. cit., documento Nº 10, pp. 12-13.

  2. El Tribuno, Nº 28, t. II, Buenos Aires, viernes 27 de julio de 1827, citado en ibid., documento Nº 102, p. 116.

  3. Manifiesto del Coronel Mayor de Marina Guillermo Brown, al pueblo argentino, solicitando el apoyo pecuniario para la adquisición de buques de guerra, 8 de julio de 1828, en ibid., documento Nº 112, pp. 126-127.

  4. Carta de Gordon a Dudley, Río de Janeiro, 1º de octubre de 1827, citada en L. A. de Herrera, op. cit., II, pp. 162-163.

  5. Carta de Ponsonby a Canning, Buenos Aires, 20 de octubre de 1826, citada en ibid., II, pp. 72-73.

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