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Otro instrumento alternativo de lucha adoptado por las Provincias Unidas del Río de la Plata en su guerra contra el Brasil fue el otorgamiento de patentes de corso. El Imperio era una presa seductora para la actividad corsaria, debido a su extenso litoral marítimo y sus pocas bases artilladas. El comercio de mercaderías, el transporte de esclavos negros y el tráfico de cabotaje eran actividades florecientes en la economía imperial. Numerosos corsarios de las más diversas nacionalidades enarbolaron la bandera de las Provincias Unidas. Más de 200 patentes de corso fueron entregadas, algunas en blanco. El mayor de los empresarios del corso fue Vicente Casares, terrateniente y dueño de una flotilla de barcos remolcadores, cuyo teatro de operaciones fue el mismo Río de la Plata. La acción corsaria se extendió luego a las costas brasileñas y terminó por afectar el cabotaje que aseguraba buena parte de las comunicaciones internas del Imperio: éste debió hacerse en convoyes defendidos por barcos artillados. En una carta privada del embajador Robert Gordon a lord John Ponsonby, el primero se refería a los efectos del corso para el Imperio:

La guerra de corsarios es la de mayor efecto y más temida; puede exterminar el comercio costero; pero ¿qué es esto, si comparado a todo lo que Buenos Aires ha sufrido y debe continuar sufriendo, en proporción creciente, a causa de la guerra (1)?

El resultado de la guerra de corso que culminó en 1827 fue de más de 300 presas. Pero el empleo del corso irritaba a Londres, amigo poderoso de ambas partes en conflicto. La primera reclamación sobre presas de barcos británicos a consecuencia del corso fue la planteada por el cónsul Parish, el 25 de septiembre de 1827. El ministro Ponsonby interpuso en marzo de 1828 una queja más subida de tono que la de Parish, al reclamar al gobierno de las Provincias Unidas una revisión del tribunal de presas que había puesto en libertad al comandante César Fournier, corsario de origen franco-italiano con patente del gobierno de Buenos Aires que combatió en las costas del Uruguay y Brasil. Finalmente los reclamos del enviado británico fueron atendidos favorablemente por el tribunal de presas porteño.

  1. Carta privada de Gordon a Ponsonby, Río de Janeiro, 1º de junio de 1827, citada en  L. A. de Herrera, op. cit., p. 133.

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