Visite nuestra página principal

Por las razones que se han apuntado a lo largo del capítulo, la perspectiva de una larga guerra era doblemente catastrófica para las Provincias Unidas: por la crisis política que se desarrolló en forma paralela al conflicto y por la voluntad británica de imponer la paz con el doble objetivo de retomar los contactos comerciales interrumpidos y evitar el derrumbe del régimen imperial, que implicaba la desaparición de un vasto espacio que representaba para Gran Bretaña el más importante de los mercados consumidores latinoamericanos (1).
    La mayoría de los miembros del Congreso habían empujado a las Provincias Unidas a la guerra con el Brasil.
    Pero estaban muy presentes en el recuerdo las secuelas de la reciente lucha por la independencia, y en la medida que el conflicto se prolongaba dejaba de servir como factor de cohesión y pasaba a ser un factor acelerador de los conflictos internos previos (2).
    Cuando Rivadavia regresó de Europa, a fines de octubre de 1825, demostró inmediatamente no estar de acuerdo con la política de Las Heras por cuanto la consideraba demasiado complaciente con las provincias del Interior. Además, en un viraje político, el ex ministro se manifestó dispuesto a forzar la declaración de guerra contra Brasil. La posición asumida por Rivadavia ha quedado reflejada en una carta del deán Funes dirigida a Bolívar, del 26 de octubre de 1825, y que además ilustra sobre la falta de unanimidad en la percepción acerca de la posición de Inglaterra frente a la posibilidad de la guerra entre las Provincias Unidas y Brasil. Decía el deán Funes:

Acaba de llegar de la Europa el ex ministro Rivadavia (...) Desde su primera entrada empezó a promover que era preciso hacer públicamente la guerra al Brasil. No ha influido poco este concepto para que los tímidos del Congreso se decidieran por la resolución que llevo apuntada (reconocer a la provincia Oriental como integrante del país, lo que se hizo el 25 de octubre). De estos antecedentes será muy oportuno sacar esta consecuencia: luego, no fue exacto el concepto que nos hizo concebir el Ministro García (...) en orden a que la Corte de Londres miraría con sumo desagrado la guerra que se hiciese al Brasil. En efecto, señor, fueron equivocadas estas ideas (...) Yo he descubierto que el Ministro Canning aun rehusó entrar de mediador en nombre de su Corte (...) (3)

El deán Funes se reunió luego con el propio Rivadavia, de lo cual también dio cuenta en carta de fines de noviembre a Bolívar. Según Funes, Rivadavia había explicado a Canning la necesidad de la guerra para obtener la restitución de la Banda Oriental, si ésta no era evitada por la mediación del gobierno británico. El ministro Canning le había contestado que su gobierno "no había querido hacer uso de ella, a pesar de que todo le indicaba un próximo rompimiento, por no dejar este ejemplo de injerencia en las disensiones de los Estados americanos; pero que se le prevendría lo conveniente a sir Charles Stuart". El deán agregaba que también García había cambiado de opinión y que pensaba que "en nada se desagrada a la Inglaterra con esta guerra, siempre que el Emperador no convenga en la restitución (4)".
    En opinión de Sierra, el belicismo de Rivadavia -opuesto antes a tal tendencia- tuvo que haber sido influido por alguna seguridad de que Gran Bretaña no permitiría que la guerra cambiara significativamente la situación americana. Por otra parte, el viraje actuaba en favor de sus aspiraciones de quedar al frente del país, dado que la guerra era popular (5). Halperín Donghi también sostiene que en el discurso ante sus electores, Rivadavia hizo suya la política de guerra y señaló que en la lucha estaba comprometido "el ser nacional". Afirmó además que "el Río de la Plata debe ser tan exclusivo de estas provincias como su nombre: a ellas les es mucho más necesario, y sin la posesión exclusiva de él, ellas no existirían (6)".
    Lo cierto es que Rivadavia consiguió lo que probablemente había planeado con sus sostenedores al dejar su cargo de ministro y antes de su viaje a Europa: obtener su designación como autoridad central y máxima de las Provincias Unidas. Así, el Congreso General creó por ley el cargo de Presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata, el 6 de febrero de 1826, otorgándoselo a Rivadavia al día siguiente (7). Valentín Gómez justificó la resolución en el hecho de que el gobierno de Buenos Aires había pedido ser relevado de sus funciones nacionales por considerarlas incompatibles con las provinciales, y en la necesidad de intensificar la acción debido a la guerra con Brasil. Si bien la medida estaba en parte inspirada en las presiones británicas para la instalación de un Poder Ejecutivo representativo de las Provincias Unidas, la premura con que se llevó a cabo fue motivo de sospecha para los contemporáneos no identificados con la política oficial. Parece ser que debió existir alguna combinación entre Dorrego, Alvear y Bolívar para imposibilitar la ascensión de Rivadavia. El deán Funes, que conocía la combinación, expresaba en carta a Sucre lo siguiente:

Ponderando en sumo grado los problemas inminentes de la guerra, la facción dominante del Congreso acaba de instalar con la mayor precipitación un Poder Ejecutivo nacional, perpetuo en la persona de D. Bernardino Rivadavia. Ha sido en vano alegar razones para que se aguardase la llegada de muchos diputados de los pueblos que estaban en camino, o próximos a estarlo. Todo se atropelló y se ganó una elección unánime. En mi juicio no han sido los peligros de la guerra la causa de esta repentina precipitación, sino el que la elección se hiciese antes de que llegue el general Alvear, a quien se le supone ya conexionado con el Sr. Libertador (Bolívar). Yo nada sé sino por presunciones sobre este asunto, y hubiese deseado que la elección cayese en él; pero todo se nos ha frustrado. No esté distante de creer que Rivadavia, con sus satélites el canónigo Gómez y el cura Agüero procuren colocarlo en el Ministerio de Guerra, o darle mando en el ejército (8).

Es decir que la elección sorpresiva de Rivadavia pudo ser hasta cierto punto consecuencia del temor a la influencia que Bolívar podía adquirir si Alvear era el elegido. Por último, a través de Valentín Gómez y de Santiago Vázquez, Alvear fue convencido de aceptar el ministerio de guerra, lo cual según Tomás de Iriarte fue una traición a Bolívar (9).
    Rivadavia organizó su nuevo gobierno de manera de atender las necesidades de la guerra y funcionar a la vez como maquinaria de partido, para realizar su predilecta administración centralizada. Ofreció a García el ministerio de relaciones exteriores, que éste no aceptó probablemente por no querer compartir un gabinete con Agüero y por estar en desacuerdo con los planes constitucionales del presidente. En su reemplazo, Rivadavia nombró al general Francisco Fernández de la Cruz. Como ministro de gobierno fue designado Julián Segundo de Agüero, eterno rival de García y el más violento de los miembros del partido belicista. El ministerio de guerra y marina le fue ofrecido, como ya se dijo, al general Alvear y para el de hacienda fue nombrado Salvador María del Carril.
    La extraña alquimia entre Agüero y Rivadavia (una alianza impensable en otros tiempos) fue posible como consecuencia de un gambito político del presidente, que decidió sacrificar su convicción pacifista a los efectos de hacerse popular con una opinión pública belicista y de este modo reunir la fuerza militar necesaria para enfrentarse a los caudillos provinciales que liderados por el gobernador de Córdoba, general Juan Bautista Bustos, se oponían al proyecto de Constitución centralista de 1826 impulsado por Rivadavia.
    A los pocos días de su nombramiento el presidente Rivadavia presentó al Congreso un proyecto de ley declarando a la ciudad de Buenos Aires capital del Estado nacional, demarcando su jurisdicción y nacionalizando sus establecimientos. Con el resto del territorio de la provincia de Buenos Aires -que también pasaba a depender del gobierno central- se crearían posteriormente dos provincias. El proyecto dio motivo a una larga discusión en el Congreso, e incluso Juan Manuel de Rosas, como representante de los hacendados de la campaña, envió al Congreso un memorial de protesta seguido de más de mil firmas. No obstante, la ley fue aprobada el 4 de marzo y el 7 un decreto del presidente dejaba cesante al gobernador Las Heras y disolvía la Junta de Representantes. Las Heras pudo haber resistido la medida pero optó por exiliarse en Chile.
    Sin embargo, estos proyectos del presidente Rivadavia -la capitalización de Buenos Aires y la Constitución de 1826, sancionada por el Congreso en diciembre de ese año- chocaron contra la realidad. Aunque la prosecución de la guerra con Brasil contaba con el respaldo de la opinión pública porteña y del Congreso, Rivadavia no logró convencer a los caudillos provinciales, que aferrados a un tenaz sentimiento localista no aceptaron sus proyectos centralistas, percibidos como un nuevo intento de Buenos Aires por imponer su voluntad sobre el resto de las provincias del Río de la Plata.
    La Constitución centralista de 1826 había sido aprobada por las tres cuartas partes del Congreso, pero, cuando fue enviada por el presidente a los gobiernos provinciales, fue rechazada por las provincias del Litoral, Norte e Interior y sólo aceptada por Tucumán y la Banda Oriental. Esto hizo que la opinión pública y la prensa de los sectores federales de Buenos Aires, ya mal predispuestas con Rivadavia por la cuestión de la capitalización de Buenos Aires, responsabilizaran al gobierno y al general en jefe Alvear de la inacción en que permanecía el ejército tras la poco decisiva victoria de Ituzaingó sobre las fuerzas imperiales. En realidad, esta inacción se debía a que cada día se hacía más difícil dotar, equipar y sostener un ejército cuya formación misma dependía de la voluntad de los gobernadores y jefes de provincias, reacia a las figuras de Rivadavia y Alvear.
    Por otra parte, el gobierno de Rivadavia adoptó también en la Banda Oriental medidas de neto corte centralista, tales como el desplazamiento de Lavalleja y su reemplazo en el cargo de gobernador por Joaquín Suárez, medida adoptada por una Sala de Representantes orientales donde predominaban los elementos unitarios (o prorivadavianos) porteños. Esta misma Sala de Representantes aprobó la Constitución de 1826, rechazada por todos los gobiernos provinciales del Río de la Plata a excepción de Tucumán. Los representantes orientales también aceptaron la designación de numerosos porteños unitarios para cargos judiciales y administrativos. Todas estas medidas adoptadas entre 1826 y 1827 fueron generando una sorda rivalidad entre el gobierno de Buenos Aires y sus adictos orientales, por un lado, y Lavalleja y la mayoría de los caudillos de la Banda Oriental, por el otro. Esta rivalidad habría de desembocar en el golpe de Estado del 13 de octubre de 1827 por el que Lavalleja reasumió el cargo de gobernador de la Provincia Oriental y disolvió la Sala de Representantes. Más aún, la reacción a estas medidas del gobierno de Rivadavia generó en algunos orientales una corriente de opinión a favor de la independencia absoluta de su provincia.
    Este sentimiento secesionista o independentista de un importante sector oriental fue denunciado por el ministro de gobierno de las Provincias Unidas, Julián Segundo de Agüero, y fue mencionado por el enviado británico lord John Ponsonby en varios de sus informes oficiales, como el que mandó a Canning el 20 de octubre de 1826:

De todo lo que puedo deducir de este estado de cosas, concluyo que los orientales están tan poco dispuestos a permitir que Buenos Aires tenga predominio sobre ellos como a someterse a la soberanía de S.M.I. el emperador. Ellos luchan contra los brasileños, pero es para rescatar a su país y librarse ellos mismos de una asfixiante esclavitud, no para colocarse bajo la autoridad de Buenos Aires; y, si el emperador fuera alguna vez desalojado de la Banda Oriental, los orientales estarían igualmente prontos a luchar contra Buenos Aires por su independencia, como lo hacen ahora con el Brasil (10).

En este crítico contexto de repudio de los caudillos provinciales a la autoridad central de Buenos Aires, y ante la perspectiva catastrófica de una larga guerra para las Provincias Unidas tras la poco decisiva victoria de Ituzaingó, Rivadavia envió en 1827 a Río de Janeiro al desplazado ex ministro Manuel José García como enviado oficioso, con el objetivo de buscar una rápida paz con el Imperio. El presidente no podía luchar al mismo tiempo contra las fuerzas del emperador brasileño y contra las de los caudillos provinciales y la de los sectores disidentes de Buenos Aires. Pero la vergonzosa derrota de Ituzaingó obligaba a Pedro I a salvar el prestigio imperial exigiendo al enviado García la devolución de la Banda Oriental o la continuación de la guerra.
    A fines de mayo de 1827, y repitiendo la historia de 1817 con Artigas, García firmó un convenio por el cual el gobierno porteño entregaba la Banda Oriental al Imperio del Brasil. Cuando García regresó con este convenio firmado, el gobierno de Rivadavia se encontraba tambaleante frente a la oposición de los caudillos provinciales. Más allá de sus convicciones personales y quizás buscando algún rédito político, Rivadavia solicitó al Congreso -ante la sorpresa de García- el rechazo de la Convención Preliminar de Paz. El Congreso, dominado por los elementos belicistas, rechazó el tratado el 25 de junio de 1827 y dos días después, Rivadavia renunció.
    La caída de Rivadavia implicaba la derrota del partido unitario y el fracaso del régimen presidencial. Reconociendo su falta de apoyo popular, el Congreso dictó el 3 de julio una ley en virtud de la cual debía designarse un presidente provisorio que gobernaría hasta la reunión de una Convención Nacional. Esta debía nombrar al presidente permanente y aceptar o rechazar la Constitución de 1826. La ley además ordenaba la restitución de la ciudad de Buenos Aires a la provincia y el restablecimiento de las autoridades de ésta. El 5 de julio, el Congreso eligió presidente provisorio a Vicente López y Planes. En cumplimiento de la mencionada ley, López reinstaló la Junta de Representantes de la provincia de Buenos Aires, la cual, el 12 de agosto, designó gobernador a Manuel Dorrego. Poco después, López presentó su renuncia ante el Congreso. Este la aceptó, declaró nuevamente en vigencia la Ley Fundamental, encomendó al gobierno de Buenos Aires la conducción de la guerra y las relaciones exteriores y luego se declaró disuelto.
    El coronel Manuel Dorrego, jefe de la oposición federal de Buenos Aires al gobierno de Rivadavia y por ende partidario de la guerra con el Brasil, sería paradójicamente el encargado de arribar a una paz con el Imperio. Este desenlace fue resultado de la tenaz presión británica, de los propios apoyos de Dorrego y de un consenso público, que comenzó a percibir una paz decorosa como la mejor solución para una guerra que ya no se podía ganar.

  1. T. Halperín Donghi, De la revolución..., pp. 228-229.

  2. Ibid., p. 229.

  3. V. D. Sierra, op. cit., t. VII, p. 470.

  4. Ibid.

  5. Ibid.

  6. T. Halperín Donghi, De la revolución..., p. 234.

  7. La ley de Presidencia fue sancionada el 6 de febrero de 1826 y no el 3 como menciona Halperín Donghi. Cfr. T. Halperín Donghi, De la revolución..., p. 233. La fecha de la elección de Rivadavia es 7 de febrero de 1826; es errónea la que figura en el libro de Klaus Gallo. Cfr. K. Gallo, De la invasión al reconocimiento. Gran Bretaña y el Río de la Plata, 1806-1826, Buenos Aires, A-Z ed., 1994, p. 236.

  8. V. D. Sierra, op. cit., t. VII, p. 495.

  9. Ibid.

  10. Carta de Ponsonby a Canning, Buenos Aires, 20 de octubre de 1826, en L. A. de Herrera, op. cit., II, pp. 75-76 y en A. Castellanos, op. cit., p. 81.

Aclaración: Las obras citadas (op. cit.) que no se mencionan explícitamente en este listado de citas, se encuentran en las páginas inmediatamente anteriores. Para ello, haga un click en el botón "Anterior". También puede utilizar la opción "squeda" , ingresando el nombre del autor de las obras respecto de las cuales se requiere información.

Ir a página anterior Home Ir a página siguiente

© 2000. Todos los derechos reservados.
Este sitio está resguardado por las leyes internacionales de copyright y propiedad intelectual. El presente material podrá ser utilizado con fines estrictamente académicos citando en forma explícita la obra y sus autores. Cualquier otro uso deberá contar con la autorización por escrito de los autores.