Como ya se dijo, la guerra puso fin a la "feliz experiencia"
que había logrado reconstruir la prosperidad económica de la provincia de Buenos Aires
mediante la expansión de su comercio externo, anulando los esfuerzos alcanzados luego de
1820 en la eliminación del predominio militar tanto en materia de gastos como en la vida
política del Estado, que había sido el rasgo saliente de la etapa 1810-1820. Con la
guerra desatada en diciembre de 1825 retornaron los veteranos del anterior ciclo guerrero
de la independencia y aumentaron los gastos militares tanto en ejército como en marina.
Por ejemplo, en el frente marítimo no se escatimaron esfuerzos materiales, pues para
levantar el bloqueo impuesto por la escuadra brasileña había que revertir el descuido
del arma naval: con este objetivo se destinaron cuatro millones y medio de pesos, de los
cuales cerca de la mitad se empleó en la compra de buques (1).
Asimismo, a partir de diciembre de 1825 creció el gasto público
porque la guerra no interrumpió la organización del Estado central sobre las líneas del
modelo introducido en la provincia de Buenos Aires desde 1821. El 6 de febrero de 1826 el
Congreso creó la magistratura presidencial para una república aún inexistente; el 7 de
marzo del mismo año colocó a toda la provincia de Buenos Aires bajo la autoridad directa
del presidente Rivadavia. Estas medidas eran ejemplos de una política que en realidad
buscaba la guerra con el Brasil como herramienta para la consolidación acelerada del
nuevo gobierno central (2).
Pero paradójicamente, y como había ocurrido también en la anterior
experiencia de la primera década revolucionaria, la guerra imponía opciones que hacían
cada vez más difícil la consolidación del Estado. Como señala acertadamente Halperín
Donghi, el fracaso en la construcción de un Estado centralizado aprovechando la
situación de guerra se debía a que esta crisis bélica exigía decisiones prioritarias
sobre la base de recursos limitados:
la construcción del Estado sólo podía avanzar a riesgo de imponer una presión cada vez más insoportable a los escasamente espontáneos proveedores de esos recursos (...) Bajo esa presión cada vez más odiosa, la identificación del naciente Estado central en la cruzada por la liberación de la Provincia Oriental, que había comenzado por parecer el más persuasivo argumento en favor de su consolidación, precipita su ruina: la creciente impaciencia frente a una política de guerra hasta la victoria repercute sobre un gobierno que esperaba hacer de ella el instrumento para afianzar rápidamente su supremacía (3).
La salida coyuntural adoptada tanto por Buenos Aires como por el
Imperio del Brasil frente al creciente aumento de gastos militares y no militares fue la
emisión de billetes, que acompañada por una disminución del respaldo en metálico
generó una fuerte inflación. Así, por ejemplo, la guerra destruyó la siempre dudosa
solidez del Banco de Descuentos creado en 1822. Por cierto, la disminución del respaldo
en metálico reflejaba la desconfianza de los dueños del metálico ante una plaza
bursátil paralizada por la guerra. En 1826 se creó el Banco Nacional -en el que se
refundió el de Descuentos- como prestamista del gobierno. El banco transfería al
gobierno los billetes que éste le autorizaba a emitir sin garantía, precisamente por el
volumen destinado a serle transferido. Teóricamente, esta actividad resultaba lucrativa
para el Banco Nacional: el dinero prestado al gobierno reportaría intereses al banco
emisor. Pero el banco nunca vio ni el capital ni el interés: uno y otro se acumularían
en la deuda del gobierno, hasta que en 1836 Rosas la suprimió junto con el banco (4).
Junto con el crecimiento del gasto público y de la inflación como
consecuencia de la creciente emisión de billetes y títulos devaluados que debían
financiar un conflicto demasiado prolongado, otro efecto importante de la guerra fue la
carestía de pan y carne en Buenos Aires. Para paliarla el presidente Rivadavia decretó
el 4 de mayo de 1827 un aumento del precio máximo de la carne fijado en 1818 y una
liberación total del precio de ambos artículos a partir de 1828.
La angustiosa situación económico-financiera de las Provincias Unidas
durante la guerra contra el Brasil era comentada dramáticamente desde Buenos Aires por el
enviado Ponsonby al ministro George Canning en octubre de 1826:
Esta república está en un estado próximo a la extrema debilidad y en
gran peligro de verse manifiestamente imposibilitada de continuar la guerra con alguna
esperanza de éxito. Las rentas de la república ascienden, más o menos, a 1.200.000
pesos aproximadamente al año; los gastos, a unos 600.000 pesos al mes. El exceso de los
gastos sobre las rentas, se cubre por medio de préstamos del Banco, tomados en billetes
que ahora, en Buenos Aires, están al cambio de 120 por ciento de pérdida contra
bulliones (oro en barras). Las provincias no contribuyen en nada a costear los gastos que
origina la guerra, los que gravitan, exclusivamente, sobre Buenos Aires.(...)
No veo ninguna posibilidad de mejorar el estado de las finanzas, mientras el bloqueo
continúe y destruya el comercio; aún creo que hay gran peligro de que empeore mucho
más. El gobierno ha tenido una desavenencia con el banco, que vaciló en hacerle nuevos
adelantos en la escala por él demandada. Se ha efectuado una reunión de los directores
del mismo, de cuyo resultado aún no he tenido noticias; sospecho que la discusión sobre
este asunto arrojará demasiada luz sobre la poco sólida situación de las finanzas y el
estado del maltrecho crédito (5).
Pero no todos los efectos de la guerra con el Brasil fueron negativos. El conflicto perjudicaba las economías exportadoras porteña y litoraleña, pero el bloqueo brasileño, al cercenar el ingreso de productos importados vía Buenos Aires, otorgaba una protección indirecta a las economías del Interior. Citando un informe del cónsul Parish a Canning, Ferns señala que "en algunas de las provincias del Interior se han hecho grandes ventas de productos nativos a precios muy altos para Buenos Ayres, lo cual hace que la guerra sea popular en aquellos distritos (6)". Ferns prosigue diciendo:
Hasta cierto punto la guerra permitió que tornaran a reanimarse las economías de provincias como Córdoba, debilitadas y hostigadas por la competencia extranjera en el mercado de Buenos Aires. Acaso sea lícito ver alguna relación entre este resurgimiento de la economía provincial y el contraataque de las fuerzas federales, que abatieron a Rivadavia y su sistema y prepararon el camino para el general Rosas. El general Bustos, que dirigía la ofensiva contra la Constitución unitaria elaborada por el Congreso nacional de 1826, en el que Rivadavia tenía tan grande influencia, era Gobernador de Córdoba, el protector más decidido de la economía de las provincias argentinas y uno de los hombres más perjudicados por la competencia internacional (7).
Ver estos datos en T. Halperín Donghi, Guerra y finanzas..., p. 166.
Ibid., pp. 166-167. Las fechas que da Halperín han sido corregidas. Preferimos 7 de marzo como fecha en que se coloca a la provincia bajo autoridad presidencial porque ese día se le comunica la resolución de Rivadavia por nota al gobernador Las Heras. La toma de la Junta de Representantes por el presidente del Congreso, apoyado por la policía, se produce al día siguiente. Cfr. Vicente F. López, op. cit., tomo V, pp. 362-367.
T. Halperín Donghi, Guerra y finanzas..., p. 167.
Ibid., p. 157.
Carta de Ponsonby a Canning, Buenos Aires, 20 de octubre de 1826, citada en L. A. de Herrera, op.cit., II, pp. 71-72.
F.O. 6/11, Parish a Canning, 30 de mayo de 1826, citado en H. S. Ferns, Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX, Buenos Aires, Solar-Hachette, 1966, p. 173.
Ibid., pp. 173-174.
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