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Manuel de Sarratea fue enviado a Londres por el ministro García como encargado de negocios y se presentó ante el ministro George Canning en noviembre de 1825 solicitando la intervención de Su Majestad Británica en el conflicto entre Buenos Aires y el Imperio del Brasil. Canning temía que el conflicto entablado entre el Imperio y Buenos Aires desembocara en un entendimiento de las repúblicas hispanoamericanas para eliminar la única monarquía del continente, cuya permanencia interesaba a Londres. Como respuesta a las gestiones de Sarratea, a principios de 1826 (ya declarada la guerra con el Brasil) Gran Bretaña resolvió designar a lord John Ponsonby como mediador entre Buenos Aires y Río de Janeiro. El nombramiento de Ponsonby revelaba que Gran Bretaña estaba interesada en resolver pacíficamente la crisis oriental.
    Resulta interesante reproducir en las propias palabras de Ponsonby su juicio sobre la cuestión oriental y cómo debía ser resuelta. Para el enviado británico, el único camino posible para una paz duradera en la región rioplatense era la independencia de la Banda Oriental, pues juzgaba que los orientales no aceptarían ni la autoridad imperial ni la porteña. Decía Ponsonby a Canning en octubre de 1826 respecto de esta cuestión:

Parece ser que el único remedio para los males presentes, es colocar una barrera entre las partes contendientes y la idea sugerida en mis instrucciones, esto es, la independencia de la Banda Oriental, parece ser la más oportuna: yo creo que la única de posible andamiento; pero, para hacer efectiva esa fórmula, será necesario que Inglaterra garanta a los beligerantes la libre navegación del Río de la Plata y, también al tercero: el nuevo estado a crear.
Sin esta salvaguardia, cualquier paz que pudiera ser suscrita, no sería más que una tregua; y, con ella, yo imagino ambas seguras y permanentes, porque esos intereses y temores que, de otro modo, llevaría a las partes a la renovación de las hostilidades, en la primera oportunidad, perderán completamente su fuerza, cuando el Brasil no tenga medios de herir a Buenos Aires en sus grandes intereses, ni tampoco de dañarle, mayormente, y Buenos Aires no abrigue temores de que su existencia o su prosperidad pueden correr riesgo por el bloqueo de su único canal de comunicación con Europa. (...) De todo lo que puedo deducir de este estado de cosas, concluyo que los orientales están tan poco dispuestos a permitir que Buenos Aires tenga predominio sobre ellos como a someterse a la soberanía de S. M. I. el emperador. Ellos luchan contra los brasileños, pero es para rescatar a su país y librarse ellos mismos de una asfixiante esclavitud, no para colocarse bajo la autoridad de Buenos Aires; y, si el emperador fuera alguna vez desalojado de la Banda Oriental, los orientales estarían igualmente prontos a luchar contra Buenos Aires por su independencia, como lo hacen ahora con el Brasil.
La firme convicción que aliento acerca de estos hechos es la que me infunde tanta confianza en la fórmula sugerida, que no sólo promete positivos beneficios a la república, librándola de una guerra de carácter civil, consecuencia a mi juicio, de la anexión de la Banda Oriental a Buenos Aires, pero que tendría la positiva ventaja, si se utilizara, de aliviar el estado de todas sus dificultades presentes y asegurarle una nueva era de prosperidad (1).

En la primera etapa de la misión de John Ponsonby, que se extendió desde mayo de 1826 hasta mayo de 1827 -fecha de la firma de la Convención Preliminar de Paz, luego rechazada por las Provincias Unidas-, su actividad mediadora se desarrolló en Río de Janeiro y Buenos Aires. Dicha etapa se caracterizó por una posición muy intransigente del Imperio de Pedro I, que contrastó con una actitud más flexible del gobierno de Rivadavia.
    Lord Ponsonby no tuvo éxito en sus gestiones en Río de Janeiro entre mayo y fines de agosto de 1826: ninguna de las soluciones juzgadas aceptables por Londres fueron admitidas por el emperador. Es decir que Pedro I, a través del ministro de relaciones exteriores brasileño vizconde de Inhambupé, rechazó tanto la opción del retorno del territorio oriental a las Provincias Unidas contra indemnización de éstas al Imperio -alternativa barajada por los enviados del gobierno de Rivadavia- como la de constitución de la Banda Oriental en un Estado independiente -hipótesis barajada por el gobierno británico-. En su lugar, el ministro Inhambupé presentó una contrapropuesta inaceptable para el gobierno de Rivadavia: que las Provincias Unidas reconocieran la incorporación del "Estado Cisplatino" al Brasil como provincia del Imperio. En compensación, Montevideo sería declarado puerto libre para todas las naciones, y de abrigo para los buques de las Provincias Unidas sin pagar derechos.
    El enviado John Ponsonby se quejó amargamente de la dureza de la posición imperial, contrastándola con la flexibilidad del gobierno porteño en una nota del 11 de agosto de 1826 enviada al vizconde Inhambupé:

(...) Si las proposiciones presentadas, una por el gobierno del Brasil y la otra por el gobierno de La Plata, fueran minuciosamente examinadas, se encontraría que la de este último gobierno contiene en sí los elementos necesarios para la existencia de la mediación, es decir, el principio de transacción: ofrece dar algo en retribución de lo que desea recibir.
La proposición del Brasil, por el contrario, exige todo y no ofrece nada en cambio, y, por consiguiente al excluir la idea de concesión, hace imposible la mediación. (...)
La Gran Bretaña se ha empeñado inútilmente y, ahora, es fútil la esperanza de que una amistosa intervención pueda alcanzar resultado, porque decididamente el Brasil es contrario a toda transacción (2).

Ante la negativa imperial lord Ponsonby llegó a Buenos Aires a mediados de septiembre de 1826 y tuvo su primera entrevista con el presidente Rivadavia el 20 de ese mes. La contrapropuesta imperial fue rechazada de plano por éste. No obstante, Ponsonby concluyó que la parte que debía ceder era el gobierno porteño, debido esencialmente a dos razones: porque estaba peor preparado para una guerra prolongada que el del Brasil, y porque la estabilidad interna del gobierno de Buenos Aires preocupaba menos a Londres que la del gobierno del Brasil, principal mercado de América del Sur para los intereses británicos.
    Además Ponsonby veía el gobierno republicano de Rivadavia como dominado por el ánimo salvaje de la plebe (percepción curiosamente opuesta a la de la de los historiadores argentinos que suelen identificar a Rivadavia como el representante de una elite insensible a las apetencias populares). El demoledor juicio de Ponsonby sobre la figura de Rivadavia queda claramente expresado en una carta del enviado británico a Canning del 20 de octubre de 1826:

Me causa algo más que disgusto la ceguedad del presidente, frente a los verdaderos intereses de su país. El ha sido, en algunos casos, un competente administrador de los asuntos de la república y ha contribuido mucho a dar una conveniente dirección a sus nuevas energías, así como ha sido el autor de muchas importantes y benéficas leyes y reglamentos internos; pero, como político, parece carecer de las cualidades requeridas. El alentó y apoyó el desenfrenado y necio estallido de la multitud, del que proviene el verdadero origen de esta desastrosa guerra. El descuidó (metido en la guerra) prepararse debidamente para llevarla adelante con probabilidades de éxito; esto es, cuando el río estaba libre. Desde entonces, ha dirigido los mayores esfuerzos del gobierno a las operaciones por tierra, sin ver que era por los medios navales, únicamente, que podía evitar el golpe mortal dirigido al estado, el único golpe de muerte que el Brasil puede infligirle. El ha sostenido la guerra recurriendo a un sistema de papel moneda de la peor naturaleza (que ya amenaza romperse en sus manos), habiendo retirado previamente de Londres (por un acto insensato) los asuntos financieros de este país, que estaban en manos de Alexander Baring, para entregarlos a Messrs. Hullet y Cía., de quienes él no puede esperar ayuda en sus apremiantes necesidades. Y, ahora, mantiene, en la forma más obstinada, una política belicosa, de la que no puede esperar ningún resultado seguro, obedeciendo creo, a las instigaciones del orgullo, aun contrariando sus propias opiniones (3).

A principios de octubre de 1826 Ponsonby envió a Manuel José García, entonces enviado extraordinario ante la corte de Londres, un Memorándum de las Bases Generales para una conversación de Paz entre Su Majestad Imperial y las Provincias Unidas del Plata, que contenía doce puntos, entre ellos:

a) la independencia de la Banda Oriental;
b) el compromiso del Imperio de Brasil y del gobierno de Buenos Aires de no intervenir en el territorio oriental y de estorbar en dicho territorio la intervención de otra potencia, europea y americana;
c) la garantía del convenio por parte de los gobiernos de Provincias Unidas y Brasil por el término de quince años contados a partir de la celebración del acuerdo;
d) el desmantelamiento de las fortificaciones de Montevideo y Colonia;
e) el retiro de las fuerzas brasileñas y de las Provincias Unidas del territorio oriental luego de la demolición de las fortificaciones de Montevideo y Colonia, y
f) el cese de hostilidades por mar y tierra a partir de la ratificación de este memorándum.

A su vez, García pasó el proyecto al presidente Rivadavia, quien insistió ante Ponsonby que Gran Bretaña se comprometiera a garantizar la libre navegación del Río de la Plata y todos los puntos del futuro tratado, pues el presidente no confiaba en el gobierno brasileño. Esta cuestión retrasó el proceso de negociación, pues de acuerdo con las instrucciones de Ponsonby Londres no estaba dispuesto a garantizar el régimen de libre navegación en el Río de la Plata.
    No obstante esta dificultad, Rivadavia, acosado por un tormentoso frente interno, suplicó a Ponsonby que no diera por terminada la gestión mediadora. Pese a que la marcha de la guerra no había sido desfavorable a las Provincias Unidas, pocos meses después de la batalla de Ituzaingó el gobierno de Rivadavia, jaqueado por la oposición de los caudillos provinciales, necesitaba la paz con más urgencia que el emperador Pedro I.

  1. Carta de Ponsonby a Canning, Buenos Aires, 20 de octubre de 1826, en Luis Alberto de Herrera, La misión Ponsonby, tomo II, Buenos Aires, EUDEBA, 1974, pp. 73-76.

  2. Carta de Ponsonby a Inhambupé, Río de Janeiro, 11 de agosto de 1826, citada en ibid., II, pp. 40-41.

  3. Carta de Ponsonby a Canning, Buenos Aires, 20 de octubre de 1826, citada en ibid., II, p. 75.
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