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Con el objeto de finiquitar cuanto antes la guerra, el presidente Rivadavia resolvió enviar a Río de Janeiro al doctor Manuel José García. Un factor que motivó a Rivadavia a tomar esta decisión fue la luz verde emitida por el ministro inglés en Río de Janeiro Robert Gordon a John Ponsonby y al ministro de las Provincias Unidas Francisco Fernández de la Cruz respecto de que el emperador Pedro I estaría dispuesto a negociar la independencia de la Banda Oriental.
    No obstante al llegar a Río de Janeiro en mayo de 1827 García chocó contra la tozudez del emperador, que afectado en su prestigio por la derrota en la batalla de Ituzaingó del 20 de febrero de 1827, sólo podía aceptar una paz cuyos términos reflejaran las máximas aspiraciones brasileñas. Pedro I había jurado ante el Senado no tratar la paz con las Provincias Unidas y continuar la guerra hasta que la Provincia Cisplatina "quedara libre de invasores". Ante esta situación, García procuró regresar a Buenos Aires pero el ministro Gordon lo convenció de que se entrevistara con las autoridades imperiales y buscara una fórmula de acercamiento.
    El negociador del gobierno porteño, pasando el límite de sus instrucciones que sólo le autorizaban a admitir la creación de un Estado Oriental independiente, se contactó con el marqués de Queluz, el vizconde de San Leopoldo y el marqués de Maçaio, y al cabo de tres entrevistas, firmó el 24 de mayo de 1827 una Convención Preliminar de Paz por la cual el gobierno de las Provincias Unidas renunciaba a sus derechos sobre la Banda Oriental y la dejaba en manos del Imperio, se comprometía al pago de una indemnización de guerra y al desarme de la isla Martín García. Cuatro meses después de Ituzaingó, el delegado de las Provincias Unidas aceptaba los planteos imperiales.
    Esta actitud claudicante de García se debía al temor que el ministro compartía con los hombres de Buenos Aires respecto de las consecuencias internas de la continuación de la guerra con el Imperio. La posibilidad de que la autoridad central se derrumbara y se vieran forzados a entregar su poder a caudillos del Interior, que ellos consideraban salvajes, los estremecía, y era un mal que querían evitar a cualquier precio (1). García se sorprendió por la indignación que sus gestiones provocaron ante quienes eran, según su óptica, los principales beneficiarios de la paz: el presidente Rivadavia y el Congreso. La convención firmada fue el punto de partida de una lluvia de injurias contra su gestor y la gota final que precipitó la caída de Rivadavia.
    Por otra parte, Ponsonby tenía razón al percibir a Buenos Aires como el lado más débil del conflicto. En una carta dirigida al ministro George Canning el 4 de junio de 1827, señalaba la debilidad interna del presidente de las Provincias Unidas frente a los caudillos provinciales y presagiaba el fin del gobierno de Rivadavia con estas palabras:

Las provincias están animadas de la mayor hostilidad contra el presidente y esa actitud se dirige contra él. Yo creo que ellas están deseosas de permanecer unidas con Buenos Aires y de autorizar al gobierno local de esa ciudad a encargarse de las relaciones exteriores de la república, si el gobierno pasa a otras manos. Mi opinión es que, tanto la realización de la paz como el definitivo rechazo de las tentativas de hacerla, traerá consigo una crisis inmediata y que el señor Rivadavia será probablemente obligado, por medios pacíficos o violentos, a abandonar su cargo (2).

  1. Tulio Halperín Donghi, De la revolución de independencia a la confederación rosista, Buenos Aires, Paidós, 1972, p. 238.
  2. Carta de Ponsonby a Canning, Buenos Aires, 4 de junio de 1827, en L. A. de Herrera, op. cit., II, p. 135.

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