A partir del fracaso de la misión García, lord Ponsonby reanudó su
actividad mediadora, que en esta segunda etapa contó con tres vértices de negociación:
la Provincia Oriental, Buenos Aires y el Imperio del Brasil.
En la Provincia Oriental, y como repudio a los intentos de control
porteño, se produjo el golpe de Estado de Juan Antonio Lavalleja el 12 de octubre de
1827, que restableció al caudillo en el cargo de gobernador de la provincia. Poco tiempo
después, Lavalleja delegó el cargo de gobernador en Luis Eduardo Pérez para continuar
las operaciones militares contra Brasil.
El enviado británico lord Ponsonby, consciente de que la independencia
de la Banda Oriental era la única fórmula posible de paz, debió convencer a Lavalleja
para que también la aceptara. Como los caudillos provinciales de la otra orilla,
Lavalleja veía originalmente a la Banda Oriental como una provincia que formaba parte del
Río de la Plata aunque sin subordinarse a Buenos Aires. Sin embargo, las acciones
centralistas del gobierno de Rivadavia fueron haciendo germinar en aquél y en algunos
patriotas orientales un deseo de independencia basado en un fuerte rechazo a la
dominación tanto imperial como porteña. Pero esta creciente identificación de Lavalleja
y los caudillos orientales con la idea de la independencia absoluta de la Banda Oriental
no se dio sin vacilaciones, pues el primero parecía no comprender las ventajas de dicha
solución: por un lado, las Provincias Unidas se desprendían de una provincia valiosa y
por el otro, la Banda Oriental quedaría en situación de tal vulnerabilidad que podría
ser fácilmente retomada por el Imperio, en cuyo caso ya no contaría con la ayuda de las
Provincias Unidas para su defensa. Una carta de Lavalleja a Trápani de abril de 1827
ilustra al respecto:
Comprendo que la Banda Oriental podría mantenerse, por sí sola, como
un estado libre; pero, mi amigo, no puedo concebir por qué la república se esfuerza por
separar de su liga una provincia que puede considerarse la más importante de todas. Sea
como fuere, si la paz es obtenida por ese medio y los tratados no son perjudiciales a esta
provincia sino que, por el contrario, le asignan un digno lugar, soy de la opinión que la
independencia será una ventaja para nosotros.
Lo que deseo es que el emperador del Brasil nos dé una garantía de que no nos declarará
la guerra, por cualquier fútil pretexto, obligándonos a luchar solos (1).
En otra carta, de Ponsonby a Gordon, de marzo de 1828, el primero contrastaba la intransigente actitud inicial del gobernador Dorrego con la actitud colaboracionista del oriental Lavalleja, afirmando que:
es necesario que yo proceda, sin un instante de demora, y obligue a Dorrego, a despecho de sí mismo, a obrar en directa contradicción con sus compromisos secretos con los conspiradores y que consienta en hacer la paz con el emperador. (...) Es a Lavalleja a quien deberemos la paz, en gran parte al menos. Creo que nunca la hubiéramos alcanzado por medios correctos sin su cooperación, (...) (2).
En el acuerdo hilvanado entre Ponsonby y Lavalleja tuvo un papel muy
importante Pedro Trápani, emigrado oriental, saladerista residente en Buenos Aires y uno
de los organizadores de la expedición de los Treinta y Tres. Este poseía contactos tanto
con Ponsonby como con Lavalleja, y era partidario de la independencia oriental como
solución al conflicto bélico (3). Pero la voluntad de Ponsonby y Lavalleja de
independizar a la Banda Oriental chocó con la reticencia del gobierno de Buenos Aires a
negociar la paz sobre la base de esa independencia. El gobernador Dorrego, que no estaba
dispuesto a renunciar a la Banda Oriental, intentó boicotear la vinculación entre
Lavalleja y Trápani, que percibía como la expresión misma del intento de independizar
el territorio oriental.
Para obtener la independencia absoluta de la Banda Oriental como base
de las negociaciones de paz, Ponsonby y el ministro británico en Río de Janeiro Robert
Gordon decidieron comisionar en marzo de 1828 a J. Fraser, miembro de la legación
británica en Río, para negociar con Lavalleja en Cerro Largo. Fraser traía nuevas bases
de negociación propuestas por el emperador brasileño, que establecían:
a) la independencia de la Banda Oriental;
b) la no incorporación a otro estado del nuevo Estado oriental, y
c) la entrega de las plazas fuertes de Colonia y Montevideo a los orientales.
Lavalleja aceptó estas bases. Un informe de J. Fraser al embajador
Gordon del 13 de abril de 1828 decía:
Fue en este lugar, excmo. señor, que entregué sus cartas en manos del general Lavalleja. Las leyó detenidamente y, por repetidas veces, me aseguró que estas proposiciones debían satisfacer a todos los habitantes de la Banda Oriental, pues que les aseguraban la realización de los propósitos por los cuales habían batallado durante tres años. (...) y concluyó asegurándome que escribiría de inmediato al gobierno de Buenos Aires, recomendándole enérgicamente la inmediata aceptación de las mismas. En caso de que surgieran algunas objeciones, me declaró que él mismo tomaría sobre sí el removerlas. (...)
En la misma nota se mencionaban los estrechos contactos de Lavalleja con Trápani y los temores del gobernador de Buenos Aires Dorrego y del gobernador de la Provincia Oriental Luis Pérez respecto de la relación entre ambos. Fraser decía:
(...) La manera embarazada de explicarse Lavalleja, me hizo comprender
que había allí individuos de quienes tenía motivos de sospecha, y no tardé mucho en
saber que una persona, de nombre Vidal, acababa de llegar de Buenos Aires, nominalmente
como superintendente de una rama del comisariado, pero, en realidad, para vigilar los
movimientos del general; y más tarde supe, en Durazno, que este hombre era un amigo
íntimo del general Dorrego y que había sido mandado por él para informarse del objeto
de mi viaje y también para inducir al general Lavalleja a adoptar alguna medida que diera
pretexto para retirarlo del comando. (...) Salí para Durazno el día 3 y llegué allí el
6 del corriente. (...) Allí encontré al señor Trápani, quien me mostró la carta
original de usted al general Lavalleja y me renovó, de parte del mismo, las más solemnes
protestas de que estaba decididamente en favor de la paz; hasta me aseguró que, si fuera
necesario, Lavalleja trataría separadamente con el emperador. El señor Trápani es
nativo de Montevideo e íntimo amigo del general Lavalleja; goza de gran aprecio en Buenos
Aires y es muy respetado por sus compatriotas. El gobernador, temiendo su influencia sobre
el general declaró embargadas todas las embarcaciones en el puerto de Buenos Aires. Este
embargo lo consiguió eludir el señor Trápani y se dirigía al ejército, cuando se le
detuvo en el Durazno, por la intervención gratuita del diputado gobernador de la Banda
Oriental.
Don Luis Pérez, que actualmente ejerce ese empleo, es un hombre de muy escasos alcances y
ha sido ganado a los intereses del coronel Dorrego; se ha alarmado ante la idea de que el
emperador dará una constitución a la Banda Oriental, habiendo oído decir que era su
intención la de transformar la provincia en una monarquía. Felizmente, no ejerce la más
mínima influencia en el país (4).
Este trabajoso acuerdo enhebrado entre Ponsonby y Lavalleja vía
Trápani y Fraser estuvo a punto de quebrarse por los planes de Fructuoso Rivera, un
oriental que estaba distanciado de Lavalleja y deseaba combatir al Brasil con apoyo de los
caudillos de las Provincias Unidas. Entre abril y mayo de 1828 la conquista de las
Misiones (que habían estado en manos de las fuerzas imperiales) por parte de Rivera
comprometió la suspensión de hostilidades acordada entre las Provincias Unidas y Brasil,
mientras se realizaban las tratativas de paz. Dispuesto a apoyar las gestiones de
Ponsonby, Lavalleja envió fuerzas al mando de Manuel Oribe para impedir la invasión de
Rivera al territorio brasileño (5).
Por otra parte, la gestión de Manuel Dorrego, que como sabemos,
después de la caída de Rivadavia y de la gestión provisional de Vicente López, asumió
el gobierno de Buenos Aires, no fue sencilla. A la oposición de los seguidores de
Rivadavia y los integrantes del viejo Partido del Orden, que habían perdido el poder, se
sumó la de los caudillos provinciales, especialmente la del gobernador de Córdoba Juan
Bautista Bustos quien deseaba para sí la dirección de los asuntos internos y externos de
las Provincias Unidas y boicoteó la tentativa de Dorrego de convocar una Convención
Constituyente en Santa Fe en julio de 1828.
Respecto de la cuestión oriental, y como consecuencia lógica del
estrepitoso fracaso de la misión García, el gobernador Dorrego -que además había
militado entre los partidarios de la guerra durante los gobiernos de Las Heras y
Rivadavia- inicialmente tuvo una posición mucho más intransigente que la que habían
tenido sus antecesores. El nuevo gobernador de Buenos Aires estaba en contra de la idea
sostenida por Ponsonby y Lavalleja de negociar la paz con Brasil sobre la base de la
independencia absoluta de la Banda Oriental. Dorrego confiaba en la posibilidad de
derrotar al Imperio con la ayuda de los emigrados brasileños enemigos del emperador, que
desde Buenos Aires tramaban una expedición en su contra.
Pero Dorrego debió ceder ante el peso de la realidad: el fracaso de la
mediación colombiana en la guerra, la indefinición de las operaciones militares tanto
terrestres como navales, la imposibilidad de contar con respaldo del Banco Nacional
dominado por los intereses británicos y los miembros del viejo Partido del Orden y del
grupo rivadaviano que eran acérrimos enemigos de Dorrego, el fracaso de las negociaciones
con las tropas mercenarias del Imperio tendientes a debilitar las fuerzas imperiales y aun
a secuestrar a Pedro I, y, finalmente, las crecientes presiones británicas provenientes
del agente lord Ponsonby y de la comunidad mercantil inglesa para que Buenos Aires llegase
a un rápido acuerdo con Río de Janeiro. Por ello, finalmente autorizó el envío del
general Tomás Guido y del ministro de guerra Juan Ramón Balcarce a Río de Janeiro a
negociar sobre la base de la independencia absoluta.
Pero los planes del oriental Fructuoso Rivera en contra del Brasil y la
conquista del territorio misionero por dicho caudillo le dieron ánimo a Dorrego para
intentar negociar bajo condiciones diferentes. Redactó entonces nuevas instrucciones para
sus enviados ordenando tratar sobre la base de una independencia temporaria
después de la cual la Provincia Oriental debería decidir a cuál de los dos estados
quería incorporarse (6).
Los plenipotenciarios, desconcertados por el cambio de frente,
contestaron a su gobierno el 18 de agosto comunicando sus observaciones, entre ellas que
habían comprobado que el gobierno brasileño rechazaba toda independencia temporaria de
la Banda Oriental. Además daban sus razones para el rechazo de los argumentos con que
pretendía justificarse el cambio de conducta, señalando que los tumultos de las tropas
alemanas habían sido dominados y que los progresos de la campaña de Rivera solo servían
para que los orientales tuvieran la certeza de tener más derechos para conquistar su
independencia. Por estos y otros motivos declaraban su oposición a las nuevas
instrucciones (7).
Por otra parte, un año después de la desdichada negociación de
García, el emperador brasileño, abrumado por los problemas internos que acarreaba la
guerra contra las Provincias Unidas -entre ellos la inflación, la resistencia de los
brasileños al reclutamiento, y la incorporación de mercenarios poco confiables a las
tropas imperiales-, parecía resignado a renunciar a la Banda Oriental. Así, la
interacción de tres factores: la actitud firme de los plenipotenciarios porteños en
atenerse a las bases ya convenidas, la situación del emperador y la actitud de Rivera
-que decidió obedecer al gobierno de la Banda Oriental y no retener las Misiones-
permitió que las tratativas prosiguieran.
La negociación se llevó a cabo sobre términos que previamente Gran
Bretaña había hecho aceptar por las partes en conflicto. A regañadientes, agotados por
el esfuerzo de una guerra prolongada, el gobierno de Buenos Aires y el Imperio del Brasil
se decidieron a sellar la paz. El Tratado del 27 de agosto de 1828 convirtió a la
provincia Oriental en un Estado independiente. Los beligerantes aceptaban garantizar la
estabilidad interna de la nueva República Oriental del Uruguay por sólo cinco años.
Algunos en Buenos Aires -entre ellos el gobernador Dorrego- pensaban que, pasado ese
lapso, la tierra oriental podría ser reincorporada pacíficamente a las Provincias
Unidas. Además, según el tratado un nuevo conflicto entre las Provincias Unidas y el
Imperio del Brasil sólo podría desembocar en una guerra pasado un período de preaviso.
Gran Bretaña no ofrecía garantía alguna del cumplimiento de las partes con los
términos del tratado, pero su participación en la gestación de éste dejaba a la
diplomacia británica en libertad de defender sus estipulaciones o ignorar las violaciones
a las mismas, según lo que considerara oportuno.
Carta privada de Lavalleja a Trápani, Puntas de los Corrales, 1º de abril de 1827 en ibid., II, p. 123.
Carta de Ponsonby a Gordon, Buenos Aires, 9 de marzo de 1828 en ibid., II, p. 207.
Ver Alfredo R. Castellanos, Historia uruguaya, tomo 3, 1820-1838, La Cisplatina. La independencia y la república caudillesca, Montevideo, Ed. de la Banda Oriental, 1977, pp. 81-82.
Informe de J. Fraser a Gordon, Buenos Aires, 13 de abril de 1828, citado en L. A. de Herrera, op. cit., II, pp. 223-224.
A. R. Castellanos, op. cit., pp. 84-85.
Ibid., p. 85.
Vicente D. Sierra, Historia de la Argentina, tomo VII, Buenos Aires, Ed. Científica Argentina, 1970, p. 631.
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