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El Tratado Preliminar de Paz de 1828 no trajo una paz verdadera, aunque logró terminar con las hostilidades entre las Provincias Unidas y el Brasil. En las palabras de Ferns:

Con la primavera se produjo la paz entre la Argentina y el Brasil y la Banda Oriental se hizo independiente. La paz, según habían supuesto durante largo tiempo los diplomáticos y comerciantes británicos, inauguraría una floreciente era de comercio, inversiones e inmigración. Pero no iba a ocurrir tal cosa. Comenzó, en cambio, un cuarto de siglo de estancamiento comercial, de repudio de las deudas, de tensión política y de agostadas esperanzas. La paz internacional en el Río de la Plata acarreó la guerra civil en la Argentina (1).

Según Miguel Angel Scenna, el desenlace del conflicto, si bien puede considerarse deportivamente como un empate, en realidad fue una derrota de relevantes consecuencias para las Provincias Unidas. La pérdida de la Banda Oriental implicó la renuncia de éstas a una provincia que poseía un puerto como Montevideo, el único en las Provincias Unidas capaz de competir y servir de freno al poder de Buenos Aires. Según esta línea de pensamiento, la coexistencia de Montevideo y Buenos Aires hubiera sido una garantía de verdadero federalismo (2). Esta interpretación, típica de las que responden al mito de pérdidas territoriales argentinas, puede cuestionarse con la reflexión de que la pérdida para el Imperio era infinitamente más humillante: las fuerzas brasileñas habían sido expulsadas de la Banda Oriental, a pesar del mayor poderío brasileño y a pesar de que la ocupación de 1816-17 parecía prácticamente un hecho consumado cuando en 1825 comenzó la reconquista con la expedición de los Treinta y Tres.
    Más allá de este debate, lo cierto es que la coexistencia de Buenos Aires y Montevideo en un mismo Estado hubiera sido siempre problemática, aun sin contabilizar el mayor poderío brasileño en el hipotético y contrafactual caso de haberse apostado, desde Buenos Aires, a una continuación de la guerra en aras de un final victorioso. Buenos Aires no deseaba compartir nada con Montevideo desde un status de igualdad. Desde épocas muy tempranas, ambas ciudades rivalizaban entre sí por el control exclusivo de sus hinterlands: el Río de la Plata, la campaña oriental y el litoral occidental. En su momento, y dados los fracasos de los sucesivos gobiernos porteños para anular la insurrección artiguista, el Directorio y el Congreso hicieron la vista gorda ante la invasión de la Banda Oriental por parte de las tropas portuguesas en 1816-17 con tal de sacarse de encima el problema que representaba Artigas y su pretensión de formar una "Liga de los Pueblos Libres" con las provincias del Litoral. Y a partir de 1828 el gobierno de Buenos Aires encontró una más satisfactoria solución de compromiso para el conflictivo tema de la Banda Oriental, que le sirvió para terminar una guerra con el Imperio brasileño para la que no estaba preparado. Con la renuncia a la Banda Oriental, Buenos Aires creía cerrar un frente de conflicto y a la vez consolidar su perfil exportador, demostrando buena voluntad hacia Londres y su comunidad mercantil con influyentes representantes en el Río de la Plata.
    Pero el transcurso del tiempo demostraría las fallas del Tratado de 1828: la Banda Oriental, aunque tuviese el status de Estado independiente, seguiría gravitando como si fuera una provincia más de las Provincias Unidas en la política interna y exterior de éstas. La letra de un tratado no podía por sí misma separar el entrelazamiento de intereses, alianzas y solidaridades personales forjadas entre caudillos de las Provincias Unidas y la Banda Oriental durante todo el período colonial y a lo largo de los ciclos independentista y artiguista. Las alianzas del oriental Oribe con el bonaerense Rosas, del oriental Fructuoso Rivera con el general antirrosista José María Paz, como se verá en capítulos posteriores, no reconocían las fronteras estipuladas por la letra de éste ni de ningún otro tratado. En consecuencia, el territorio oriental siguió siendo, como lo fue en la etapa independentista y artiguista, la manzana de la discordia en el Río de la Plata. Por su parte, y como consecuencia de estas alianzas entre caudillos tejidas desde ambas orillas del Plata, tanto Buenos Aires como Montevideo seguirían siendo refugios de los disidentes opuestos respecto del gobierno de turno.
    Para Scenna, hasta las omisiones del Tratado Preliminar de Paz obraron en contra de las Provincias Unidas. El Tratado de 1828 no decía una palabra sobre fronteras. Quedaba abierta una larga discusión sobre el deslinde uruguayo-brasileño, de la que Río de Janeiro sacaría buen partido. Tampoco se habló de las Misiones Orientales, que no formaban parte de la Banda Oriental y se las dejó en poder de Brasil. Y para completar, en 1826, en vísperas de la guerra, Río de Janeiro había elevado a la categoría de encargado de negocios a su cónsul en Asunción, reconociendo tácitamente la independencia del Paraguay. En el Tratado no se dijo nada de la cuestión paraguaya y la espina quedó clavada para el gobierno de las Provincias Unidas. Pero como es típicamente el caso con las interpretaciones que alimentan el mito de las pérdidas territoriales, esta argumentación omite el significativo hecho de que la independencia del Paraguay (luego rechazada inocuamente por Rosas) ya había sido reconocida por Belgrano en su tratado de 1811.
    Otra consecuencia de la guerra contra el Brasil fue la cuestión del Alto Perú, planteada cuando el estallido del conflicto era inminente. Cuando el lugarteniente bolivariano general Antonio Sucre entró en el Alto Perú y convocó a la celebración de un Congreso de Provincias Altoperuanas, éstas proclamaron su segregación de las Provincias Unidas en julio de 1825. Ante esta situación, y en vísperas de guerra con el Brasil, el gobernador Las Heras obró con prudencia. Por ley del Congreso del 9 de mayo de 1825 se resolvió invitar a las provincias altoperuanas a integrar el Congreso Constituyente, pero, en caso de que hubieran tomado alguna disposición en otro sentido, se las dejaba en libertad de acción, lo cual implicaba un reconocimiento de su independencia. Lo que buscaba Las Heras con esta estrategia era una alianza con Simón Bolívar para enfrentar al Brasil, alianza que, como ya se vio, no pudo fructificar. El saldo fue que quedó reconocida la independencia de cuatro provincias altoperuanas a las que pronto se sumó una quinta, Tarija, que no figuraba en la lista original de Sucre pero que Bolivia se apresuró a anexar con el beneplácito de sus representantes. Al contrario de lo que plantean los cultores del mito de las pérdidas territoriales, este desenlace quizás haya sido óptimo en las circunstancias, dado que las Provincias Unidas no estaban en posición de imponer la unión del Alto Perú por la fuerza, una unión, además, que dada la configuración de intereses económicos era contra natura. Desde 1810 el Alto Perú nunca había sido controlado por Buenos Aires, y fue afortunado que esta realidad de hecho haya podido plasmarse jurídicamente sin necesidad de una injusta y seguramente perdidosa guerra contra los bolivianos, que sin duda tenían derecho a su autodeterminación.
    En otro plano, la paz con el Brasil abrió una perspectiva llena de nubarrones para el gobernador Manuel Dorrego. El fin de la guerra dejó en libertad de acción a un ejército muy identificado con las viejas tentativas de organización nacional desde Buenos Aires. El ejército de las Provincias Unidas se sentía humillado además por una paz que consideraba bochornosa. Tanto Juan Manuel de Rosas como Julián Segundo de Agüero le advirtieron claramente a Dorrego las nefastas consecuencias del Tratado Preliminar de Paz. El primero le decía al entonces gobernador:

Será tan ventajoso como usted dice el tratado celebrado con el Brasil; pero no es menos cierto que usted ha contribuido a formar una grande estancia con el nombre de Estado del Uruguay. Y esto no se lo perdonarán a usted. Quiera Dios que no sea el pato de la boda en estas cosas.

Por su parte Agüero, advertía la futura suerte del gobernador Dorrego: "Nuestro hombre está perdido: él mismo se ha labrado su ruina (3)".
    Por cierto, Rosas y Agüero no se equivocaron en su pronóstico. En diciembre de 1828, pocos meses después de la firma del Tratado Preliminar de Paz entre Buenos Aires y el Imperio de Brasil, Dorrego cayó fusilado por los hombres del general Juan Galo de Lavalle. Con el fusilamiento de Dorrego se abrió una lucha abierta entre dos personajes claves. Por un lado, Lavalle, brazo armado de los viejos integrantes del Partido del Orden, que utilizaron con oportunismo el descontento de la opinión pública porteña y de los militares que regresaban de la guerra y consideraban deshonrosa la paz de 1828. Por el otro, el estanciero Juan Manuel de Rosas, quien, como Dorrego se apoyaba en los sectores populares de la campaña bonaerense y a partir de 1829 pasó a ser la figura central de las Provincias Unidas del Río de la Plata.

  1. H. S. Ferns, op. cit., p. 201.

  2. Miguel Angel Scenna, Argentina-Brasil: cuatro años de rivalidad, Buenos Aires, La Bastilla, 1975, pp. 101-102.

  3. Opiniones de Rosas y Agüero respecto del Tratado de 1828 celebrado durante el gobierno de Dorrego, citadas en Adolfo Saldías, Historia de la Confederación Argentina, tomo I, Buenos Aires, Hyspamérica, 1987, p. 179.

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