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Una de las consecuencias más relevantes del enfrentamiento entre Buenos Aires y el Imperio de Brasil fue el severo desgaste del prestigio de la autoridad imperial. El resultado del conflicto, tan alejado de las esperanzas del emperador Pedro I, lo dejó prácticamente sin sustento frente a la sociedad. La guerra contra las Provincias Unidas había llevado al incremento del reclutamiento, muy resistido por los brasileños. Ante este inconveniente, Pedro I optó por un remedio que resultó peor que la enfermedad: recurrió al aporte de tropas mercenarias extranjeras para reforzar el reclutamiento. Esta decisión resultó desastrosa pues produjo un motín de varios miles de mercenarios irlandeses y alemanes en Río de Janeiro en julio de 1828, que debió ser sofocado de una forma humillante para el prestigio de la autoridad imperial: hubo que recurrir a la ayuda de unidades navales francesas e inglesas. La guerra con Buenos Aires además interrumpió el suministro de mulas y ganado de Río Grande do Sul a Sao Paulo, Minas Gerais y Río de Janeiro, regiones cuyas economías sufrieron un fuerte deterioro por la subida de los precios de las mulas y del ganado a fines de la década de 1820. La falta de participación en el poder de los grupos dominantes de Minas Gerais, de Sao Paulo y de algunos sectores de Río de Janeiro, se combinaron con el odio popular a Pedro I. Finalmente, el emperador Pedro I abdicó en abril de 1831 en favor de su hijo Pedro, proclamado emperador como Pedro II.
    Pedro I debió resolver dos problemas pendientes luego de la guerra con las Provincias Unidas: uno, la situación creada en el reino de Portugal con la muerte de Juan VI. Este factor otorgaba a Pedro I de Brasil -que a la vez era Regente de Portugal- la posibilidad de acceder al trono lusitano. Pero esta posibilidad de reunir las dos coronas era rechazada por los brasileños, de modo que Pedro I optó por ceder la corona portuguesa en favor de su hija María, que fue coronada en Portugal como María II, y poco después destronada por un movimiento absolutista. El otro problema pendiente era el estado de las relaciones con Gran Bretaña tras el reconocimiento de la independencia brasileña por parte de Londres en 1825. Durante la guerra con las Provincias Unidas, el Imperio firmó un tratado comercial con Inglaterra en agosto de 1827 que prácticamente convertían a Brasil en una factoría británica. Pero estos acuerdos incluían la supresión del tráfico de esclavos negros, una cláusula sumamente sensible para los intereses de los dueños de grandes plantaciones en Brasil. La importancia del azúcar y del café para la economía brasileña impuso la necesidad de olvidar los acuerdos con Inglaterra, con lo que la cuestión de la esclavitud pasó a ser un tema muy conflictivo en las relaciones entre Londres y Río de Janeiro.
    Como en el caso de las Provincias Unidas, el Imperio brasileño era un mosaico de mini-Estados separados por la distancia física, las características regionales e incluso culturales de sus respectivas poblaciones. El gaúcho riograndense poco tenía en común con el mineiro, el paulista o el bahiano. Justamente de la peculiar región de Río Grande do Sul, parecida geográfica y culturalmente al territorio oriental o a las pampas bonaerenses, provendría una revolución separatista y de orientación republicana, la de los farrapos (harapos). Esta revolución de los farrapos fue conducida por el estanciero Bento Gonçalves da Silva, que era un verdadero émulo riograndense del caudillo oriental Juan Antonio Lavalleja o del bonaerense Juan Manuel de Rosas, en el sentido de que era un hacendado con fuerte influjo sobre la población campesina.
    Gonçalves da Silva procuraba enfrentar el poder imperial separando a Río Grande del Brasil, y uniéndolo al Uruguay. Con ese objetivo, da Silva entró en tratos justamente con Lavalleja. Este último no deseaba que Uruguay fuera fronterizo con Brasil y prefería la presencia de un Estado tapón entre Brasil y el Uruguay, que podía ser la región de Río Grande hecha república, o bien Río Grande sumada a la provincia oriental. Las tratativas entre Gonçalves da Silva y Lavalleja y da Silva y Rosas, junto con la declaración de la revolución de los farrapos en septiembre de 1836, son datos que demuestran que en esta etapa, más que hablar de historia argentina convendría hablar de una compleja historia rioplatense.

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