La guerra civil entre conservadores y liberales finalizó en abril de
1830 con la batalla de Lircay, en la que los primeros derrotaron a los segundos, y
Joaquín Prieto fue designado presidente bajo la vigilancia de Diego Portales, el hombre
fuerte que se convirtió en la figura política dominante durante varios años. La
Constitución de 1828 fue abolida. De hecho la "era portaliana" fundó una
organización política estable en Chile que se consolidó con la Constitución de 1833.
Esta constitución era muy distinta a la anterior: oligárquica, establecía el voto
calificado desde el punto de vista tanto de la propiedad como de la educación. Para
ocupar cargos públicos establecía calificaciones de propiedad aún mayores, y en la
práctica limitaba la participación en el gobierno a aproximadamente 500 familias. Se
restablecieron los mayorazgos, que habían sido suprimidos por la constitución anterior.
Chile constituiría desde entonces una república bajo la influencia de la aristocracia
terrateniente y de la tradición colonial. Bajo este régimen, Chile comenzó a crecer.
Se fundó y promovió una marina mercante, se establecieron tarifas
diferenciales para aquellos bienes que fueran transportados en barcos chilenos, algunos de
los cuales se producían en Chile. El descubrimiento de plata en 1832 en la provincia
norteña de Copiapó posibilitó la financiación de estos proyectos de desarrollo.
Respecto de la política exterior, Portales creía que los Estados
Unidos aspiraban a dominar América latina, lo que lo llevó a oponerse a la Doctrina
Monroe. Al principio, la política exterior de este régimen fue aislacionista,
básicamente porque Chile no enfrentaba ninguna amenaza externa. En Europa el imperialismo
perdía su ímpetu. Las Provincias Unidas eran un conglomerado de pequeños Estados
feudales incapaces de representar una amenaza para nadie excepto para ellas mismas.
Colombia había derrotado a Perú y había quedado en bancarrota. Sólo Perú era una
amenaza potencial, pero se encontraba en una continua guerra civil y al borde de la guerra
con Bolivia.
Por otra parte, aunque Chile tenía sus problemas con las grandes
potencias, en cuanto a que Gran Bretaña no le había otorgado reconocimiento y Francia
reclamaba derechos extraterritoriales, el gobierno chileno sabiamente eligió evitar
conflictos con estas potencias y desarrollar lazos económicos con ellas. Este es uno de
los primeros ejemplos sudamericanos de lo que puede denominarse "realismo
periférico", es decir, una política de control de daños de los débiles frente a
los poderosos diseñada con el objetivo de remover obstáculos políticos externos para el
desarrollo económico (que en última instancia es la verdadera fuente de poder, al menos
hasta que se alcanza la condición de gran potencia). Como señala Robert N. Burr (1), en
aquel momento la elite chilena tenía una ideología comercialista y creía que aquello
que era bueno para el comercio era bueno para el país. Este pensamiento nos acerca al
tipo ideal de Estado que Rosecrance denomina "Estado comercial" -trading
state- (2). A pesar de que esta postura de la elite chilena pronto cambiaría, la
actitud prudente con respecto a las grandes potencias permanecería relativamente
constante en la política de Chile. Una buena ilustración de esta actitud, digna del
consejo dado por los atenienses a los melianos en la obra clásica de Tucídides, es la
declaración de 1841 del ministro chileno de relaciones exteriores, cuando dijo que
"las grandes potencias tienen en sus manos el destino del universo, un hecho que no
podemos ignorar". Y si bien Chile pronto pondría en práctica políticas de
equilibrio de poder, en general el liderazgo chileno continuó pensando que, exceptuando
lo que ellos consideraban rupturas intolerables en el equilibrio regional, la paz era más
beneficiosa que la guerra por sus efectos positivos para el comercio. Por ello, sus
políticas no estuvieron basadas en un juego de suma-cero en el que lo que contaba era la
ganancia relativa, sino que había lugar para múltiples situaciones de juegos de
suma-positiva en el que todas las partes podían ganar.
Con respecto a las relaciones con el Perú, existía una permanente
desconfianza (quizás incluso odio) entre las elites de ambos países (3). El Estado
chileno le había prestado un millón de pesos a las fuerzas peruanas durante la guerra de
Independencia, que Perú no podía devolver debido a su anarquía interna. Sin embargo,
las relaciones comerciales eran importantes para los estándares de estos países en la
época. Hacia fines de 1820 Perú importaba de Chile grandes cantidades de trigo y harina,
mientras Chile compraba productos tropicales peruanos, especialmente azúcar. Este es el
motivo por el cual los chilenos buscaron eliminar tanto las altas tarifas como la
competencia norteamericana en el mercado peruano.
Otro objetivo chileno era convertir a Valparaíso en el puerto más
importante de la costa del Pacífico en Sudamérica, y en esto competía con el puerto
peruano del Callao. La ventaja geográfica del primero estaba determinada por el hecho de
que antes de la apertura del canal de Panamá, los buques provenientes de Europa y de la
costa este de los Estados Unidos debían dar la vuelta al Cabo de Hornos, pasando por el
puerto chileno antes de llegar al Callao. Para ello los chilenos crearon la marina
mercante y otorgaron la concesión de la navegación costera a vapor. Perú tenía la
posibilidad de imponer tarifas más altas a los barcos que pasaban por Valparaíso desde
el sur, una medida discriminatoria que la diplomacia chilena intentaba evitar. Finalmente,
estaba la espinosa cuestión de los exiliados chilenos -los liberales vencidos en Lircay-
que conspiraban contra el gobierno chileno en suelo peruano.
Pero las posibilidades de negociación entre chilenos y peruanos fueron
constantemente frustradas por la crónica inestabilidad política del Perú. ¿Con cuál
de los varios caudillos peruanos que pretendían encarnar la legitimidad y el control de
un Estado prácticamente inexistente debían negociar los chilenos? Durante las primeras
décadas luego de la independencia este problema surgió una y otra vez en las relaciones
entre Chile y Perú.
1. R.N. Burr, op. cit., pp. 19-22.
2. Richard Rosecrance, The Rise of the Trading State. Commerce and Conquest in the Modern World, New York, Basic Books, 1986.
3. Burr sostiene que había odio y desconfianza entre ambos pueblos. Esta afirmación presupone que ya existían dos pueblos diferenciados, cada cual con una identidad particular, el chileno y el peruano. Particularmente respecto del peruano, esto parece sumamente problemático, y aun en el caso chileno tal premisa debería limitarse a la población hispanizada del valle central. El error de Burr es típico de quienes cuentan la historia de las relaciones inter-"nacionales" de Estados incipientes no sólo como si se tratara de Estados consolidados, sino también de auténticos Estados-naciones. Esto es un absurdo, además de una complicidad no intencionada con quienes desde el poder encuentran útil esta mitología precisamente para coadyuvar a la consolidación de Estados débiles.
© 2000. Todos los
derechos reservados.
Este sitio está resguardado por las leyes internacionales de copyright y
propiedad intelectual. El presente material podrá ser utilizado con fines estrictamente
académicos citando en forma explícita la obra y sus autores. Cualquier otro uso deberá
contar con la autorización por escrito de los autores.