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Entre tanto, Chile se preparaba para atacar pero tenía problemas internos. El ejército había sido penetrado por elementos aislacionistas y contrarios al gobierno, los que llevaron a cabo una serie de revueltas. La fuerza expedicionaria estuvo lista recién en junio de 1837 y debía ser acompañada por Diego Portales, el hombre que dominaba la política chilena detrás del trono, pero éste fue raptado y asesinado cuando se encontraba en camino a Valparaíso. Sin embargo, el incidente sirvió para consolidar el orden interno en Chile, ya que el público reaccionó con furia apoyando al gobierno. La eficiente administración fundada bajo la hegemonía política de Portales sobrevivió a su muerte. Portales había logrado eliminar el caudillismo y el personalismo, una gran ventaja en el proceso de construcción del Estado chileno, y este logro estaba ya en gran medida alcanzado cuando se produjo la crisis de su asesinato.
    Es así que en septiembre de 1837 una nueva fuerza expedicionaria chilena al mando de Manuel Blanco Encalada zarpó hacia el Perú. Según las instrucciones que llevaba su mano, los términos mínimos de paz incluían la independencia de Bolivia y Ecuador, la imposición de límites a la armada peruana, y un trato de nación más favorecida para Chile. El derrocamiento de Santa Cruz constituía también un objetivo chileno. La expedición desembarcó en el sur del Perú, pero no pudo conseguir una victoria decisiva. Por otra parte, la esperada ofensiva argentina no se llevó a cabo. Entonces Santa Cruz, desde su posición militar ventajosa, ofreció negociar y el 17 de noviembre de 1837 los representantes de Chile y de la Confederación Peruano-Boliviana firmaron un tratado de paz en Paucarpata. Santa Cruz aceptó relaciones comerciales bajo la cláusula de nación más favorecida, y se acordó la mediación de Chile en el conflicto de Santa Cruz con Buenos Aires.
    No obstante, un obstáculo gigantesco se erguía frente a las posibilidades de paz. Al firmar el tratado de Paucarpata los representantes chilenos le estaban otorgando reconocimiento justamente a aquella entidad que el gobierno chileno deseaba destruir: la Confederación Peruano-Boliviana. Por esta razón, cuando a fines de diciembre el gobierno chileno recibió noticias del tratado lo rechazó y le hizo saber a Santa Cruz que la guerra continuaba. El regreso del ejército sin combatir provocó además una fuerte reacción y Blanco Encalada fue sometido a consejo de guerra.
    Por otra parte, a los británicos les agradaba Santa Cruz por su eficiencia y por su capacidad de imponer el orden. Querían también la finalización de la guerra, ya que interrumpía el comercio e impedía el pago de la deuda. Por esto se sintieron muy irritados por el rechazo del tratado de Paucarpata e insistieron en mediar, una sugerencia que Santiago aceptó pero solamente bajo ciertas condiciones aceptables para la consecución de sus objetivos, como por ejemplo la disolución de la Confederación. En este trance, servía a los intereses de Chile que Buenos Aires no contestara la propuesta británica, como en efecto ocurría.
    Por otra parte, Santiago volvió a intentar negociar la ayuda de Buenos Aires y Quito, pero fracasó nuevamente. Los chilenos esperaban que Buenos Aires invadiera Bolivia con 5.000 hombres. Ellos harían lo mismo en Perú, y estaban dispuestos a reconsiderar la cuestión de incorporar Tarija a Salta. Como compensación, y para preservar el equilibrio regional, los chilenos planeaban quitarle al Perú un pedazo de la provincia de Arequipa para anexarlo a Bolivia. Pero Rosas insistía en que ambos países atacaran simultáneamente a Bolivia, algo que los chilenos no podían aceptar, por lo que las negociaciones se suspendieron otra vez.
    En cuanto a las posibilidades de una victoria militar aun sin ayuda externa, el gobierno chileno era optimista ya que los exiliados peruanos y bolivianos informaban que en sus países el sentimiento contra Santa Cruz era generalizado. Por otra parte, para evitar los conflictos que ya se habían presentado entre los comandantes chilenos y los oficiales peruanos en la expedición anterior, la segunda expedición fue planeada con un ejército chileno separado del de los exiliados peruanos, que estaba bajo las órdenes, nada menos, que del general Agustín Gamarra. Frente a los peruanos exiliados, el gobierno de Chile aceptó limitarse al desmantelamiento de la Confederación, y a no intervenir en los asuntos internos de Perú.
    Las constantes interacciones de los soldados de un país y de los exiliados del otro, en Chile, en Perú, en Bolivia y en las provincias argentinas, nos muestra una vez más hasta qué punto las fronteras entre estos nuevos Estados eran artificiales, aun en el caso de un Estado relativamente consolidado como Chile. Como venimos arguyendo desde comienzos de esta obra, la construcción de estos Estados habría de requerir la paulatina destrucción de la preexistente nacionalidad pan-hispanoamericana. Esto está ilustrado también por el hecho de que el tratado de Paucarpata (cuyo rechazo había generado grandes dificultades internas en Chile debido al enorme prestigio de quienes lo firmaron en su nombre) había sido suscripto, por la parte chilena, por el almirante Blanco Encalada y por Antonio José de Irisarri. Este último era guatemalteco, no obstante lo cual no era considerado un extranjero en Chile. Cuando Irisarri supo del rechazo del tratado, se encolerizó, se cruzó al bando de Santa Cruz y se dedicó a escribir furiosos ataques contra el gobierno chileno, los que tuvieron un impacto considerable tanto en Chile como en el resto de la región.
    No obstante estos tropiezos, la segunda expedición zarpó en julio de 1838 bajo el mando del general Manuel Bulnes. Mientras navegaban, el Estado Norperuano se rebeló contra Santa Cruz y proclamó presidente a Orbegoso, hasta entonces aliado de Santa Cruz. No obstante, cuando Bulnes llegó al Perú se encontró con que Orbegoso tampoco era favorable a las fuerzas chilenas, por lo cual inició su campaña. Los chilenos ganaron una importante batalla y consiguieron ocupar Lima, proclamando a Gamarra como presidente provisional del Perú. Pero ni los chilenos ni Gamarra fueron capaces de conseguir apoyo popular. Entonces Bulnes marchó al interior del Perú para enfrentarse con Santa Cruz, quien a su vez acababa de derrotar a las fuerzas argentinas que habían invadido su territorio. Aprovechando la marcha de Bulnes hacia el interior, y sin haber tenido una batalla decisiva contra sus fuerzas, en noviembre de 1838 Santa Cruz consiguió retomar Lima expulsando a Gamarra.
    Para entonces, el gobierno de Santiago comenzó a albergar serias dudas sobre lo que estaba haciendo. El sentimiento contra Santa Cruz demostraba ser mucho menos intenso de lo que Gamarra y sus amigos habían anticipado. Buenos Aires estaba demasiado ocupada con su conflicto con Francia como para hacer algo en serio contra Santa Cruz, y los británicos presionaban por la paz. Así que el gobierno chileno decidió buscar la paz. Sin embargo, antes de que esta propuesta se materializara, en enero de 1839, Bulnes, a pesar de su inferioridad numérica, inesperadamente aplastó al ejército de Santa Cruz en la batalla de Yungay. Santa Cruz escapó, primero a Lima, luego a Bolivia, en donde se encontró con la desagradable nueva de que, frente a la derrota, sus fuerzas restantes habían desertado. Huyó entonces al Ecuador, adonde se exilió.
    Este fue el fin de la Confederación Peruano-Boliviana. Inmediatamente, se establecieron gobiernos separados en Bolivia y en Perú, los que comenzaron a prepararse para ir a la guerra el uno contra el otro, fiel a su tradición de políticas caudillo-céntricas que postergaban, tiranizaban y empobrecían a las ciudadanías de estos países. En efecto, estos dos países siguieron siendo víctimas de caudillos que se apropiaban del poder y de la fuerza como de un bien personal. A su vez, el gobierno chileno intentaba consolidar el orden en ellos. Su política en tal sentido estaba inspirada por la necesidad de encontrar un antídoto contra las interminables ambiciones del general Santa Cruz, ya que éste había comenzado a conspirar desde su nueva base ecuatoriana. Para peor, el general Agustín Gamarra, ahora presidente de Perú gracias a la exitosa campaña militar chilena, aspiraba nuevamente a anexar a Bolivia, a pesar de su promesa previa a los chilenos de disolver definitivamente la Confederación. Bolivia, por su parte, cayó en una anarquía interna.
    A su vez en Ecuador otro aventurero, el general Juan José Flores, quería extender su propio territorio a expensas del Perú y de Nueva Granada, y le propuso a Chile la partición del Perú, apelando a argumentos basados en el frecuentemente abusado concepto de equilibrio del poder. En mayo de 1841 invadió la provincia colombiana de Pasto (que ya había invadido y perdido en su previo ejercicio como presidente ecuatoriano) y declaró que quedaba anexada al Ecuador. Cuando fue expulsado por los colombianos nuevamente, amenazó con apoderarse de territorios amazónicos peruanos, Maynas y Jaén, que había reclamado previamente. Evidentemente, Flores desesperadamente necesitaba expandirse a alguna parte.
    En Perú, Gamarra temía que Flores atacase, y que debido a la tensión peruano-boliviana las fuerzas del Altiplano aprovecharan la oportunidad de invadir Perú simultáneamente con la temida invasión ecuatoriana. Por lo tanto, en octubre de 1841 decidió llevar a cabo un ataque preventivo e invadir Bolivia, con el objetivo de anexarla. Frente a esta nueva amenaza al equilibrio de poder que tanto valoraba, el gobierno chileno se encontraba a punto de intervenir nuevamente contra las fuerzas peruanas cuando recibió la noticia de la muerte de Gamarra en batalla y de la destrucción de su ejército.
    Pero entonces fueron las fuerzas bolivianas las que invadieron el territorio peruano, y cuando éstas se encontraban a punto de exigir el entonces puerto peruano de Arica como el precio de la paz, los chilenos consiguieron persuadirlos por medios diplomáticos de aceptar el statu quo ante y firmar un tratado de paz.
    No obstante, esto no logró estabilizar la región debido a que Ecuador no controlaba a Santa Cruz, que preparaba una expedición desde tierra ecuatoriana. No se sabía si ésta estaría dirigida hacia Perú o Bolivia, ni dónde desembarcaría: el caudillo dirigiría sus fuerzas contra el objetivo más fácil que la oportunidad le brindara. En 1843 aprovechó la guerra civil peruana para desembarcar en Perú. Sin embargo, cayó prisionero de la Junta Revolucionaria del Sur del Perú, que lo entregó a los chilenos. En noviembre de 1845, Santa Cruz fue enviado al exilio a Europa con el acuerdo de Perú, Bolivia y Chile.
    Queda claro que a diferencia de lo que ocurría en Chile, donde las políticas tendían a servir a los intereses de largo plazo del Estado más que a los intereses más estrechos y mezquinos de este o aquel caudillo, las maniobras de Flores, Gamarra y Santa Cruz eran típicas de procesos y políticas inspirados en intereses caudillo-céntricos que sacrificaban totalmente no sólo los intereses de largo plazo de sus inexistentes Estados, sino también los de sus ciudadanías respectivas. En efecto, sólo los conflictos de intereses entre los caudillos y las elites provinciales estaban involucrados en estos conflictos "internacionales". Los jíbaros que habitaban Maynas, por poner un caso, no sentían ninguna identificación con Quito ni con Lima, a la vez que la anexión de Maynas a Ecuador sería de muy poca utilidad para la población de Quito (la mayor parte de la cual era, por otra parte, quechua, y tenía poco en común con las gentes hispanizadas que la lanzaban a una batalla que para ellos tenía escaso sentido). Lo que estaba en juego era esencialmente quién dominaba aquí o allá, y este "quién" no era una entidad colectiva tal como la ciudadanía, sino un grupo minúsculo de personas que, debido a que la vieja nacionalidad pan-hispanoamericana de los grupos hispanizados aún no había sido totalmente destruida, podían sentirse cómodas dominando territorios muy lejanos de los que las habían visto nacer. Es así como Santa Cruz podía operar en Ecuador, Perú, o en su Bolivia natal. En ninguno de estos países era un verdadero extranjero entre los habitantes hispanizados.
    Por otra parte, con el fin de la guerra de la Confederación Peruano-Boliviana en 1839 Chile logró su objetivo de impedir la percibida ruptura del equilibrio de poder en Sudamérica. Chile consiguió su objetivo, pero no es necesario adherir a la percepción de que una Confederación de Bolivia y Perú habría sido altamente peligrosa para el país trasandino, que Burr parece apoyar debido probablemente a que él también es víctima de la ideología "realista" que supone que el poder siempre debe estar "equilibrado". Si debido a la unión de Perú y Bolivia el equilibrio se perdía, entonces la existencia de un estado como Brasil debería haber sido intrínsecamente desestabilizadora para la región, pero éste no fue el caso. Efectivamente, la historia de las relaciones entre los países del Cono Sur nos enseña que los Estados no siempre buscan el equilibrio del poder. En la Guerra de la Triple Alianza de 1865-70, fueron las dos potencias más grandes las que se agruparon contra el pequeño Estado de Paraguay, una alternativa que el dictador de Paraguay, Francisco Solano López, había descartado precisamente debido a consideraciones de equilibrio del poder: pensó que Brasil era necesariamente el enemigo de la Argentina, y que ésta buscaría una alianza con el Paraguay. López y el pueblo paraguayo perdieron todo en esta apuesta supuestamente racional pero profundamente equivocada. Previamente en 1816, el gobierno de Buenos Aires había respaldado la ocupación portuguesa de la Banda Oriental para destruir el poder de Artigas, aceptando la intervención de una potencia mayor para contener a una muy menor, y con beneficio para sus intereses a pesar de las presunciones de los abogados del "equilibrio". Por lo tanto, no es necesariamente cierto que una confederación peruano-boliviana fuera peligrosa para Chile, aunque no hay duda de que sí lo era en la opinión de la dirigencia chilena.

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