Por otra parte, uno de los fenómenos constitutivos de la complicada situación del
noroeste en estos años, que ilustra elocuentemente la artificialidad de la frontera entre
la República de Bolivia y el noroeste de la Confederación Argentina, era la amenaza de
segregación del territorio de la Puna de Jujuy (1) y la posibilidad de su unión con
Bolivia. Por cierto, en noviembre de 1834 Alejandro Heredia denunciaría ante los
gobiernos de Buenos Aires y Santiago del Estero que, extorsionada por Pablo de la Torre y
sin recursos para hacerle frente, la Puna había gestionado su agregación a la República
de Bolivia, cuyo presidente la había aceptado (2).
La Puna es una gran meseta a través de la cual la jurisdicción de
Jujuy se comunicaba directamente con los mercados bolivianos. Compuesta por cuatro
departamentos -Yavi, Cochinoca, Santa Catalina y Rinconada- la región puneña contaba con
importantes recursos: la cría de ovejas, los extensos salitrales de Casabindo (que
proveían de sal a Jujuy, Salta y Tucumán y a la propia Bolivia) y oro no explotado
proveniente de las serranías pero que se extraía de los ríos. El metálico de la Puna
servía para pagar el trigo y el maíz que venían de Bolivia a los departamentos de la
Puna, perjudicando la actividad agrícola del resto de la provincia de Jujuy y la de
Salta. No obstante, los beneficios derivados de la explotación de estos recursos no
llegaban a la población puneña, que vivía en permanente miseria. Esto se debía al
menos parcialmente a que buena parte de la población de la Puna pagaba contribuciones en
concepto de arriendos al titulado marqués de Yavi o de Tojo, Fernando Campero. Este era
un coronel del ejército boliviano que, alegando su descendencia de los marqueses del
Valle de Tojo y el carácter de perpetuidad de las encomiendas concedidas al beneficiario
original, se autoadjudicaba derechos de propiedad sobre una considerable porción del
territorio de la Puna (Casabindo, Cochinoca, Yavi y otros campos en jurisdicción de
Salta) (3).
La cuestión Campero era difícil para las autoridades salteñas.
Aunque el litigio entre Fernando Campero y Pedro Nolasco Uriondo (otro aspirante a
heredero del ex marquesado de Yavi) estaba en suspenso, surgió otra complicación cuando
en 1834, durante el gobierno de Pablo de la Torre, la Legislatura salteña autorizó al
poder ejecutivo a disponer de la suma de $8.000 recaudados, entre otras fuentes, de los
arriendos del ex marquesado de Yavi, con el objetivo de hacer frente a las indemnizaciones
exigidas por el tratado del 2 de diciembre de 1831. Campero reaccionó rápidamente. El 8
de julio de 1834, una partida armada procedente de Tarija cruzó la frontera y sustrajo al
subdelegado de la Puna el dinero recaudado de los arriendos. A este incidente se sumaron
aprestos armamentistas en Yavi por parte de Campero y manifestaciones de insubordinación
entre las tropas de las zonas fronterizas (4).
Según Pavoni, la actitud segregacionista de la Puna estaba vinculada
no sólo a su íntima conexión económica con Bolivia, sino también a la escasa
atención prestada por la Legislatura salteña a los problemas de esta región, dado que
el conflicto con Alejandro Heredia de Tucumán y los levantamientos en la misma Salta
aparecían como las amenazas prioritarias. Asimismo la población puneña, compuesta en su
mayoría por indígenas, tenía por opciones responder como arrendatarios a las órdenes
del boliviano Fernando Campero, o a las de un gobierno local cuyo trato no era
precisamente benévolo. Un claro ejemplo de la conducta desintegradora de la comunidad
indígena puneña fue un informe reservado que revelaba que el subdelegado de la Puna,
Cirilo Alvarado:
había hecho recojida de algunos muchachillos y chinitas quitandoselos á sus padres para mandarlos á Jujuy y Salta de regalo segun dice, y los padres de estos se dice reclaman por ellos y amenasan que en caso de que no se les debuelban á sus hijos se darán buelta á la Republica de Bolivia como lo ha hecho Tarija (5).
La cuestión de la Puna agravaba el panorama político de Salta y
otorgaba argumentos para la intervención en dicha provincia del gobernador tucumano
Alejandro Heredia, que por aquel tiempo (como se verá luego) le había declarado la
guerra al gobernador salteño Pablo de la Torre. Más allá de las intenciones
segregacionistas de la Puna respecto de Salta (luego extendidas a todo el territorio
jujeño), e incluso de sus intenciones de anexión a Bolivia denunciadas por el riojano
Facundo Quiroga y el tucumano Alejandro Heredia, Pavoni, en oposición a lo que
tradicionalmente han sostenido los historiadores, descarta la idea de expansionismo por
parte de Fernando Campero o del gobierno boliviano de Santa Cruz sobre el territorio
puneño. Esta autora sostiene que a fines de 1834 Santa Cruz tenía puesta toda su
atención en la expansión sobre Perú y no sobre el norte de la Confederación Argentina.
Según su interpretación, la acción de Campero se habría limitado a demostraciones de
fuerza, las que lograron terminar con la sustracción de los arriendos (6).
Luego de la secesión de Jujuy de la jurisdicción de Salta (proceso
que analizaremos más abajo), ningún cambio se produjo en la situación de la Puna.
Miguel Angel Vergara sostiene que las autoridades de la provincia recientemente emancipada
pactaron con el poderoso Campero la elección de autoridades locales que fuesen del agrado
del pretendido marqués de Yavi con el fin de tenerlo de aliado. Pero este pacto de
alianza no implicó la pérdida de la autonomía jujeña respecto del gobierno boliviano.
Más bien hubo un tácito reconocimiento de las respectivas órbitas de influencia por
parte de ambos gobiernos (7).
No debe confundirse la Puna de Jujuy, que era parte de la jurisdicción jujeña (y por ende de Salta), con la Puna de Atacama que hasta la guerra del Pacífico era jurisdicción boliviana, luego fue tomada por los chilenos, y después pasó a la Argentina en su mayor parte como resultado combinado de un acuerdo argentino-boliviano y un laudo norteamericano.
Alejandro Heredia al gobernador de Buenos Aires, Tucumán, 19 de noviembre de 1834, en Archivo General de la Nación, X-5-10-6; Alejandro Heredia al gobernador de Santiago del Estero, en Andrés A. Figueroa, Los papeles de Ibarra, Santiago del Estero, 1941, tomo II, pp. 26-27, citados en N.L. Pavoni, op. cit., p. 80.
Ibid., pp. 80-81.
Teniente gobernador José María Fascio al gobernador de la provincia, Jujuy, 11 de julio de 1834, en A.B.H.S., año 1834, carpeta 3; subdelegado de la Puna Cirilo Alvarado al teniente gobernador José María Fascio, Yavi, 15 de julio y 16 de agosto de 1834, A.B.H.S., año 1834, carpetas 3 y 4; Nepomuceno Iriarte al gobernador de Salta, Rinconada, 7 de octubre de 1834, en A.B.H.S., año 1834, carpeta 4, en ibid., pp. 81-82.
Dionisio de La Madrid al gobernador de Salta, Orán, 23 de septiembre de 1834, A.B.H.S. año 1834, carpeta 4, en ibid., p. 82.
Ibid., p. 84.
Ibid., p. 84; M. A. Vergara, Jujuy bajo el signo federal, Edición Oficial del Gobierno de Jujuy, Imprenta del Estado, 1938, pp. 16-18.
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